Artaud
Por Jean Marabini
Antonin Artaud
murió ayer por la mañana en el asilo de Ivry-sur-Seine. A la hora
en que solían llevar a los enfermos la taza de café y el pedazo
de pan, la enfermera de servicio descubrió su cuerpo sin vida cuan largo
sobre el piso. Tal vez había querido vestirse. Todavía sostenía
un zapato en la mano.
Yo había ido a verle la semana anterior. Entonces me confesó que
había contraído el cáncer y que debía tomar fuertes
dosis de cloral* para aplacar sus sufrimientos. Había rechazado quince
días atrás una invitación de sus íntimos, que querían
llevarlo al sur. Les dijo:
-A fines de febrero o a comienzos de marzo estaré muerto.
La profecía se consumó.
Habitaba un cuarto desolado en lo que fuera el antiguo pabellón de caza
de un Orléans. Estaba tendido al pie de una inmensa chimenea sobre un
jergón. En la pared, unos dibujos fulgurantes suyos que recordaban los
bocetos de Van Gogh.
Me dedicó una foto: "¿Hasta qué tonalidad de sangre
iremos juntos?", y sobre la edición de su Van Gogh, respondió:
"La tonalidad de sangre irá hasta el negro". Se levanta, enciende
con la mano temblorosa un gauloise y se pasea por el gran cuarto:
-Sé que tengo cáncer. Lo que quiero decir antes de morir es que
odio a los psiquiatras. En el hospital de Rodez yo vivía bajo el terror
de una frase: "El señor Artaud no come hoy, pasa al electroshock".
Sé que existen torturas más abominables. Pienso en Van Gogh, en
Nerval, en todos los demás. Lo que es atroz es que en pleno siglo XX
un médico se pueda apoderar de un hombre y con el pretexto de que está
loco o débil hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta
electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo fui
amnésico. Había olvidado incluso a mis amigos: Marthe Robert,
Henri Thomas, Adamov; ya no reconocía ni a Jean Louis Barrault. Aquí
en Ivry sólo el doctor Delmas me hizo bien; lamentablemente murió...
Continúa febrilmente:
-Estoy asqueado del psicoanálisis, de ese "freudismo" que se
las sabe todas. Ahora sólo puedo concebir la pureza. Todos aquellos que
dejaron algo: Edgar Poe, Baudelaire, Van Gogh, eran castos. Yo únicamente
puedo crear cuando soy casto.
-Luego dirán que usted es cristiano...
-Eso no tiene nada que ver con Dios. Lo decía en mi famosa emisión
radial prohibida. De paso, yo no tengo nada que ver con el escándalo
que entonces se formó. La religión siempre ha sido ambigua en
esos terrenos. En lo que me concierne pienso que debe abolirse el ser sexual.
Hemos perdido, verá usted, una cierta concepción del hombre. Hacia
el año mil, el hombre no moría. Hubo un tiempo en que vivía
durante siglos. Había entonces pueblos enteros de muertos vivos como
hoy apenas existen en algunos lugares apartados de Asia. Mientras los filósofos
crean que existe de una parte el espíritu y de otra el cuerpo, el mundo
no progresará. Sólo hay el cuerpo que el hombre pierde cuando
piensa. Antaño, el acto era indirecto; no había ningún
debate mental; la mano no hacía cálculos sobre si tomar o no tomar.
En este momento quiero destruir mi pensamiento y mi espíritu. Por encima
del pensamiento, del espíritu y la conciencia, no quiero suponer nada,
no quiero admitir nada, no quiero entrar en ninguna parte, no quiero discutir
sobre nada.
Sigue un largo silencio, interrumpido apenas por el crepitar del leño.
Recuerdo que un día me confesó haber encontrado en el cloral esa
libertad que buscaba, la liberación de sus obsesiones, lo que él
llamaba su "rotación interna". Observo cerca de la chimenea
la varilla de hierro que partió en dos durante su último delirio
nocturno. Lo animaba entonces una fuerza luciferina.
Afuera, unos abetos, un pabellón oculto entre la maleza. Me dice que
es la morgue y que en esa maleza irreal que lo rodea, a doscientos metros apenas
del bosque por un costado y de las chimeneas de las fábricas por el otro,
que ese pabellón podría ser el "jardín de la muerte"
de Andersen.
Antonin Artaud contemplaba la cercanía de su fin desde hacía semanas.
Aquella libertad que buscaba desesperadamente por fin la halló.
Frente a todo esto, ¿qué resta
del viejo Artaud?
algunas notas
aquellas del obrero de pozos que
trepa sin sol, hacia las afueras de la
bóveda redonda,
peldaño a peldaño por la escalera
del tiempo
gangrenado por la eternidad.
Hélas aquí a través de un cierto
pasado.
Antonin Artaud
(Fragmento de un poema entonces inédito)
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* Un hipnótico muy fuerte.
(N. del E). Los dos textos anteriores fueron sacados de René Char (faire
du chemin avec), de Marie-Claude Char, Ediciones Gallimard, 1992. El segundo
proviene de un recorte de periódico conservado por Char. La traducción
es de Andrés Hoyos.
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