Texto
Surrealista
Por Antonin Artaud
Publicado en "La Révolution Surréaliste", Nº 2
(1925)
El mundo
fisíco todavía está allí. Es el parapeto del yo
el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho
de aire seco, de una coagulación de agua que refluye.
Pero algo sucedió de golpe.
Nació una aborrecencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados,
y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía color de sangre
aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada
con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas líneas,
círculos de senos trazados en la sangre del cerebro.
Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer
venía en el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo,
que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación
de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas
mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles
habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de
aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en
copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea
preciosa de los seno, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.
Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea
de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos.
La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta
ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en
el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado.
Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea
el silencio del vientre desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados
vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche.
La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu,
y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como
un triángulo en llamas.
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