Exploración
en el Vórtice de Artaud
Por Tomás Barna
El supuestamente
esquizofrénico Antonin Artaud produjo en el concepto de lucidez y -por
ende- de locura... una auténtica revolución provocada por su pensamiento,
su obra y su acción. Fue una explosiva ruptura, puesto que con sus ideas
comienza a trastabillar el significado exacto del vocablo RAZON. Es que si el
hombre no ha logrado gestar una sociedad en la que deberían reinar la
armonía, la comprensión y el amor -no obstante poseer un cerebro
evolucionado -¿eso no es índice de una falencia, anomalía
o tara evidente, y -en tal caso- no sería ésa una señal
de locura? ¡La inversión de los valores -señalada por Nietzsche-
cristaliza plenamente en el pensamiento de Artaud, quien se proyecta -con plena
lucidez- más allá de la razón! Así es como este
león de la transgresión puede rugir sus "mensajes revolucionarios",
y así es como este adalid de la verdad consigue enarbolar las banderas
de la "revolución de la conciencia" que exige destruir los
esquemas preestablecidos, las costumbres regidas por las religiones y las instituciones
culturales cargadas de academicismos y de escoria intelectual. Artaud llega
hasta el extremo límite de rechazar su identidad, hasta echar mano del
grito para sustituir a la palabra, hasta poner en duda la pertenencia de su
cuerpo, y todo ello impulsado por su búsqueda de re-hacerse, por su avidez
de independencia total, de libertad y de pureza que -al fin de cuentas- es el
ideal que debería nutrir a todo ser humano.
La denominada "locura" de Antonin Artaud ha sido una acción
revolucionaria, estremecedoramente consciente, caracterizada por una coherencia
que desembocó en un abismo saturado de dolor y de incandescencia.
¡Con qué acierto, al referirse a Artaud, exclamó Maurice
Blanchot: "Cuando él habla de la vida, es del fuego que habla; cuando
nombra el vació es la quemadura que provoca el vacío, el ardor
del espacio en carne viva, la incandescencia del desierto!"
Asimismo observemos la exactitud de André Breton al expresar: "El
grito de Artaud parte de las "cavernas del ser". La juventud reconocerá
como suyo, para siempre, este estandarte calcinado."
Y a no olvidar, entonces, lo que Artaud escribió con tanto fervor: "La
juventud sueña con la vida y corre en pos de la vida, pero esa vida la
persigue -si se puede decir- en su esencia: la juventud quiere saber por qué
la vida está enferma y qué es lo que pudrió la idea de
la vida." Artaud consideraba que la poesía era un acto inseparable
de la vida. Proclamaba: "Quemar las formas para obtener la vida."
La escritura fragmentaria de Artaud obedece a su rechazo por la obra como construcción
fija, aprisionada dentro de formas determinadas. Refleja, a la vez, las fisuras
de una existencia (la suya) "destrozada cada medianoche" -como él
decía-. Artaud -anticipándose a Michel Leiris- se entregó
a una literatura tauromáquica, siendo él mismo el toro. Embistió
con toda su furia contra su cuerpo viejo, contra su alma antigua -ambos elementos
de su ser que él no había deseado-.
¿Por qué estaba obligado a vivir con algo que no había
pedido? Él quería crearse su propia esencia, su propio "caparazón".¿No
es, acaso, absurdo que hayamos nacido para tener que morir indeclinablemente...
luego de haber gozado en la vida, como en un paraíso, y -por lo tanto-
no querer abandonarla, o -por lo contrario- tener que sufrirla como un castigo
infernal?¿Qué sentido se le puede encontrar a esta realidad-pesadilla?
Por poseer perfectamente conciencia de todo esto, Artaud se dejó abrasar
por las llamas que él mismo encendió, mentalmente, impulsado por
una fuerza interior, desgarradora y desgarrante, que lo llevó al aniquilamiento
de su "yo central". Artaud se fue despojando de su rostro de su cuerpo,
de su espíritu, en un intento de arrancarse el chaleco de fuerza que
enjaulaba sus anhelos.
En "EL PESA-NERVIOS", desde la primera página comienza a transferirnos
los latidos de su interioridad: "Somos unos pocos, en esta época,
empeñados en atentar contra las cosas, en crear en nosotros espacios
para la vida, espacios que no estaban y no parecían tener que encontrar
un sitio en el espacio". Y, más adelante, se zambulle de lleno en
las profundidades del ser: "Saben lo que es la sensibilidad suspendida,
esa especie de vitalidad aterradora y escindida en dos, ese punto de cohesión
necesaria en pos del cual el ser no se yergue más, ese lugar amenazador,
ese lugar contundente". Y corona estas vibraciones del alma, hechas poesía
mediante un lenguaje-esencia, con esta floración de su mente plena de
delirio y de extraña lucidez: "Si uno pudiese gustar al menos de
su nada, si uno pudiera descansar bien en su nada, y esa nada no fuese una cierta
clase de ser... pero tampoco la muerte completa. Es tan duro no existir más,
no ser más en alguna cosa. El verdadero dolor es sentir su pensamiento
trasladarse en uno mismo. Estoy en el punto en que la vida ya no me concierne,
pero con todos los apetitos y la titilación insistente del ser en mí.
¡Sólo tengo una ocupación: rehacerme!".
Para Artaud no existen diferencias de géneros literarios en lo que atañe
a su escritura, tanto se trate de una carta, de un ensayo, de una pieza teatral
o de un poema (aunque yo palpo en toda la obra que nos ha legado una permanente
vibración poética). En "EL OMBLIGO DE LOS LIMBOS" escribe:
"Yo me encuentro conmigo mismo tanto en una carta escrita para explicar
el encogimiento íntimo de mi ser y la castración insensata de
mi vida, como en un ensayo exterior a mí mismo, y que surge como una
gravidez indiferente de mi espíritu."
Todo tipo de escritura, para Artaud, cumple la misma función: intentar
acceder a la existencia mediante la creación, atenuar la tortura que
desgarra a su ser, recomponer sus sensaciones resquebrajadas y sus pensamientos
que son ecos fieles de su conciencia.
Para Artaud la escritura es una terapia. Al hablar de su desequilibrio mental
que -curiosamente- crea una insólita armonía en su atribulado
ser, Artaud atenúa la opresión aplastante de dicho desequilibrio.
Cada frase que brota de su dolor es un triunfo sobre esa nada que amenaza abatirlo
dislocando su conciencia hora tras hora. Sólo Baudelaire en sus "Diarios
Íntimos" y Lautréamont en "Los Cantos de Maldoror",
pueden compararse con Artaud en la descripción de eso que él llama
"la abominable sensación" que a veces se aferra a él
convirtiéndolo en un despojo humano. Y lo hace así: "Hasta
preferiría no describirla. Me gustaría fotografiar esa árida
impotencia que se inclina dentro de mi ser como la curva de la vida". Y
en realidad, la obra de Artaud es como la proyección de un paisaje mental
en ruinas, del que emana la belleza de un abismo cubierto por mil ríos
de lava congelada tras una erupción provocada por impulsos vitales de
un alma lunar.
Artaud deberá luchar contra su propio cuerpo a fin de lograr extraer
-vocablo tras vocablo- la luminosidad lacerada de sus textos.
Esa búsqueda de pureza, de intensidad existencial, de plenitud, que lo
arrastró a una verdadera insurrección contra una sociedad regida
por leyes erradas, lo llevó a sufrir terribles consecuencias. Por todo
ello se sintió hermanablemente unido a Van Gogh y escribió una
de sus obras fundamentales: "VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD",
a la cual André Breton la calificó de "obra hiperlúcida,
obra maestra indiscutible". En un pasaje de la misma Artaud dice: "Van
Gogh reclamó la revolución indispensable para el desarrollo corporal
y físico de su personalidad de iluminado. Y eso la sociedad no lo toleraba".
Antes de insertar aquí un, momento revelador de ese vórtice, de
esa vorágine, que sacude las entrañas del ser de Artaud y que
se vuelve transparencia a través de las páginas desbordantes de
furia y de honda reflexión de "VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD",
quiero transcribir un aserto magnífico de Aldo Pellegrini en su ensayo
"Antonin Artaud el enemigo de la sociedad", refiriéndose a
la locura: "Todo delirante es un acusador moral de los falsificadores razonantes
que dominan y manejan el mundo en que vivimos. La locura representa una ruptura
total del molde que se denomina mentalidad del hombre normal, y por ello no
sólo prescinde de todas las normas convencionales, sino que vive directamente
en el mundo de la imaginación. De ahí el estrecho contacto de
la locura con la poesía. Pero lo que el poeta se limita a volcar en el
verbo, el loco lo vive integralmente... La etimología de "paranoia"
nos revela que significa "estar fuera de la mente", y la de "esquizofrenia",
presentar una mente dividida. Pero el más adecuado es el término
global de "alienación"; en efecto, ninguna designación
mejor para ese mundo de apartados, más aún, de excluidos, que
no aceptan la estructura mental deformadora que caracteriza al hombre actual.
El alienado vuelve visible la alienación que lleva todo ser humano oculta
como una vergüenza, la vuelve visible en toda su real dimensión.
El loco es el ser de la gran autenticidad.
Todo aquel que se siente verdaderamente humano tiene el germen de la locura
en sí, que no es más que la resistencia a aceptar un mundo ficticio,
deshumanizado.
¿Pero qué es en definitiva el hombre normal? Echemos una mirada
alrededor: crímenes, guerra, fraudes, crueldad, y flotando por encima
el polvo adherente de la sordidez que le confiere su atributo más característico
a la normalidad. Una masa humana regida fundamentalmente por el egoísmo
y el odio, pero que predica enfáticamente la generosidad y el amor; que
exalta la libertad al tiempo que la encadena; que sólo puede vivir en
la más abyecta injusticia pero proclama la justicia como el fin más
alto del hombre. Toda esa organización paranoica se mueve muy eficazmente
al compás de la música de la razón, con toda una escenografía
verbal que trata de ocultar el panorama de la sordidez y de la bajeza.
Loco es aquel que de alguna manera decide no participar, no someterse y no acepta
vivir en el mundo llamado normal sino en otro mundo, que lamentablemente se
ve reducido a ser su mundo exclusivo. La locura se convierte entonces en refugio
para las fuerzas interiores autónomas, Despierta la posibilidad de alcanzar
"ciertas revelaciones trascendentales".
Y ahora sí, vayamos al encuentro de esas páginas vigorosas, agudas,
en las que Artaud -haciendo referencia a la tragedia de Van Gogh- hunde el escalpelo
de su cólera en el corazón mismo de una sociedad fallida. Y lo
hace con estos vocablos: "¿Qué se entiende por auténtico
alienado? Es un hombre que prefiere volverse loco -en el sentido social de la
palabra- antes que traicionar una idea superior del honor humano.
Por esa razón la sociedad amordaza en los asilos a todos aquellos de
los que quiere desembarazarse o protegerse, por haberse rehusado a convertirse
en cómplices de ciertas inmensas porquerías. Pues un alienado
es en realidad un hombre al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere
impedir que exprese determinadas verdades insoportables. Pero en este caso la
internación no es el arma exclusiva, porque la confabulación de
los hombres tiene otros medios para someter a las voluntades que pretende quebrar.
Fuera de las pequeñas hechicerías de los brujos de pueblo están
los grandes pases de hechizo colectivo en los que toda la conciencia en estado
de alarma interviene periódicamente. Así es como hubo hechizos
unánimes en los casos de Baudelaire, Edgar Poe, Gérard de Nerval,
Nietzsche, Kierkegaard, Hölderlin, Coleridge, y lo hubo en el caso de Van
Gogh.
Eso puede ocurrir durante el día, pero habitualmente ocurre de noche.
Así es como extrañas fuerzas son elevadas y conducidas a la bóveda
astral, a esa especie de cúpula sombría que, por encima de la
respiración humana general, configura la venenosa agresividad del espíritu
maléfico de la mayor parte de las gentes."
Y esto se concatena con la punzante denuncia que lanza en este "Post scriptum":
"Van Gogh no murió a causa de una definida condición delirante,
sino por haber llegado a ser corporalmente el campo de acción de un problema
a cuyo alrededor se debate, desde los orígenes, el espíritu inicuo
de esta humanidad, el del predominio de la carne sobre el espíritu, o
del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno y otra. ¿Y
dónde está, en ese delirio, el lugar del yo humano?
Van Gogh buscó el suyo durante toda su vida, con energía y determinación
excepcionales, Y no se suicidó en un ataque de insanía, por la
angustia de no llegar a encontrarlo; por el contrario, acababa de encontrarlo,
y de descubrir qué era y quién era él mismo, cuando la
conciencia general de la sociedad, para castigarlo por haberse apartado de ella,
lo suicidó.
Y esto le aconteció a Van Gogh como acontece habitualmente con motivo
de una bacanal, de una misa, de una absolución, o de cualquier otro rito
de consagración, de posesión, de sucubación o de incubación,
Así se introdujo en su cuerpo
esta sociedad
absuelta
consagrada
santificada
y poseída
borró en él la conciencia sobrenatural que acababa de adquirir,
y, como una inundación de cuervos negros en las fibras de su árbol
interno,
lo sumergió en una última oleada,
y tomando su lugar,
lo mató.
Pues está en la lógica anatómica del hombre moderno, no
haber podido jamás vivir ni pensar en vivir, sino como poseído."
La escritura de Artaud -como lo fuera la de Lautréamont- supera toda
concepción imaginable de forma y contenido poéticos. Ambos crean
un lenguaje singular, a la vez visceral y mágico, donde se fusionan la
realidad más desnuda, descarnada, con el sortilegio de lo sobrenatural
(es decir de lo que sólo pueden captar los iniciados). Y de allí
surge con maravillosa fluidez una poesía de esencias, vivencial, volcánica,
plena de incandescencias, aspirando a convertir en cenizas a esta sociedad carente
de tolerancia, de sensibilidad y de amor. Con el correr de su pluma Artaud nos
va transmitiendo los estremecimientos más íntimos de su ser, a
través de profundas meditaciones metafísicas, de gritos lacerantes,
de reflexiones filosóficas. Aquí es donde debo acudir, una vez
más, a la certera opinión de Aldo Pellegrini y a la belleza con
que fue expresada, al hacer mención de cómo -en Artaud- "la
vida se convierte en obra": "Nadie puso su vida tan crudamente en
su obra, no como reflejo de un transcurrir exterior, ni siquiera como confesión
de sentimientos o reflexiones vinculadas con el anecdotario de una vida, sino
yendo más adentro para alcanzar el lugar donde se alberga lo desconocido
del hombre, donde nace el torbellino de las causas primeras en la mezcla de
lo orgánico y lo metafísico, el lugar secreto de las grandes esperanzas
y las grandes mutilaciones, de la conmoción pura y el asombro feroz,
el lugar único de las significaciones inequívocas."
Entre la infinitud de ejemplos maravillosos surgidos del estro poético
de Artaud, no puedo dejar de tentarme y transferir -ya mismo- el fragmento de
una crítica (¡qué digo crítica: un POEMA de una exquisitez
escalofriante y de un lirismo cárdeno, exultante, impulsado por una alegría
interior provocada por el descubrimiento de un alma gemela: la de Van Gogh!).
Sólo Baudelaire logró alcanzar esta magnitud de belleza literaria
-un siglo antes, en sus críticas de arte-. Ambos transfiguraron la crítica,
despojándola de su fría objetividad mediante los acentos luminosos
de su pasión, hasta convertirla en fascinantes soplos de poesía
y de cadencia musical.
Dejémonos, pues, absorber en medio del espacio, más allá
del tiempo, por esa tromba lírica transmutadora del arte y de la muerte
que es "VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD", a través de
este pasaje impregnado de los caracteres de la excelsitud poética: "Van
Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales,
esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin,
de una permanente e intempestiva transmutación.
Los cuervos pintados dos días antes de su muerte no le abrieron, más
que sus otras telas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero abren a
la pintura pintada, o más bien a la naturaleza no pintada, la puerta
oculta de un más allá posible, de una permanente realidad posible,
a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un enigmático
y pavoroso más allá.
No es frecuente que un hombre, con un balazo en el vientre del fusil que lo
mató, ponga en una tela cuervos negros, y debajo una especie de llanura,
posiblemente lívida, de cualquier modo vacía, en la que el color
de borra de vino de la tierra se enfrenta locamente con el amarillo sucio del
trigo. Pero ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz
de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona
fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos
por los resplandores declinantes del crepúsculo.
.....En el cuadro hay un cielo muy bajo, aplastado,
violáceo como los márgenes del rayo.
La insólita franja tenebrosa del vacío se eleva en relámpago.
A pocos centímetros de lo alto y como proveniente de lo bajo de la tela
Van Gogh soltó los cuervos cual si soltara los microbios negros de su
bazo de suicida,
siguiendo el tajo negro de la línea donde el batir de su soberbio plumaje
hace pesar sobre los preparativos de la tormenta terrestre la amenaza de una
sofocación desde lo alto.
Y, sin embargo, todo el cuadro es soberbio.
Cuadro soberbio, suntuoso y sereno.
Digno acompañamiento para la muerte de aquel que, en vida, hizo girar
tantos soles ebrios sobre tantas parvas rebeldes al exilio y que, desesperado,
con un balazo en el vientre, no pudo dejar de inundar con sangre y vino un paisaje,
empapando la tierra con una última emulsión, radiante y tenebrosa
a un tiempo, que sabe a vino agrio y a vinagre picado."
Y un ejemplo irrebatible de la lucidez mental, de la justeza en la expresión,
de la coherencia en su pensamiento, de la claridad en el lenguaje, la manifiesta
Artaud cinco renglones después de lo antes expuesto, poniendo de relieve
la sutileza de su talento: "Lo que más me sorprende en Van Gogh,
el más pintor de todos los pintores, es que, sin salirse de lo que se
denomina y es pintura, sin apartarse del tubo, del pincel, del encuadre del
motivo y de la tela sin recurrir a la anécdota, al relato, al drama,
a la acción con imágenes, a la belleza intrínseca del tema
y del objeto, llegó a infundir pasión a la naturaleza y a los
objetos en tal medida que cualquier cuento fabuloso de Edgar Poe, de Herman
Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gérard de Nerval, de Achim von Arnim
o de Hoffmann, no superan en nada, dentro del plano psicológico y dramático,
a sus telas de dos centavos."
Y completando este agudo análisis -en la misma página, al establecer
algunas de las diferencias entre las personalidades de Gauguin y Van Gogh pone
en evidencia, una vez más, su espíritu evolucionado... propio
de un clarividente. Y lo hace con fuerza, con espontaneidad, con un estilo conversacional:
"Pienso que Gauguin creía que el artista debía buscar el
símbolo, el mito, agrandar las cosas de la vida hasta la dimensión
del mito, mientras que Van Gogh creía que hay que aprender a deducir
el mito de las cosas más pedestres de la vida, y según yo pienso,
carajo que estaba en lo cierto.
Pues la realidad es extraordinariamente superior a cualquier relato, a cualquier
fábula, a cualquier divinidad, a cualquier superrealidad.
No se necesita más que el genio de saber interpretarla."
El tema de la realidad me lleva a mencionar la identificación de Artaud
con el teatro, de lo que me he explayado en otro acercamiento a este singular
iluminado... que titulé "Antonin Artaud o el redescubrimiento del
hombre" (También editado en este número de La Máquina
del Tiempo). De todos modos el teatro es una materia insoslayable al hablar
de Artaud, para quien "el teatro tiene que ser el doble no de la realidad
cotidiana y directa sino de otra realidad peligrosa". Se refiere a la auténtica
realidad del ser humano permanentemente prohibida por la sociedad. Esto sostiene
en su libro "El TEATRO Y SU DOBLE", aspirando a que erija en el doble
del teatro dado que el teatro de Occidente siempre se había limitado
a ser simplemente el doble de la vida.
El flujo de la metafísica bullía sin cesar en sus venas, lo cual
queda denotado en toda su obra, y -por supuesto- en lo que concierne a su concepción
del teatro. En su "TEATRO DE LA CRUELDAD" nos anuncia lo que propone:
"El teatro debe perseguir un replanteo, no sólo de todos los aspectos
del mundo objetivo, sino también del mundo interno, es decir del hombre
considerado metafísicamente."
A fin de lograr ese anhelo asevera: "Es preciso crear una metafísica
de la palabra, del gesto, de la expresión, para rescatarlos de su servidumbre
a la psicología y a los intereses humanos".
Más que un pensamiento... la metafísica, para Artaud, era un sentimiento.
Iba más allá de la idea de Kierkegaard, puesto que para él
la angustia y la desesperación dejaban de ser conceptos para convertirse
en estremecimientos orgánicos, viscerales. La metafísica no se
limitaba a lo conceptual sino que era el núcleo de lo vital. Esto surgía
de pulsaciones muy internas que lo arrojaban de bruces en exaltaciones que se
manifestaban tanto en su obra teatral como en su poesías
El teatro es esencialmente metafísico, para Artaud, y el soplo metafísico
-sostiene- debe expresarse mediante un lenguaje corporal hendiendo el espacio
y vertido a través del movimiento, lo cual transfigura al ser convirtiéndolo
en poesía. Y clama: "¡Hay que sustituir la poesía del
lenguaje por una poesía en el espacio!"
Para Artaud el teatro no tiene que imitar sino transfigurar. Impulsado por esta
idea se rebela contra el teatro tradicional -también en lo que respecta
al actor-, dado que en el teatro clásico el actor se deja poseer, sin
resistirse, por el espíritu de un ser de ficción, mientras que
en el teatro revolucionario que concibe Artaud... el actor gesta y desarrolla
una acción que yacía en estado embrionario en el abismo de su
propio ser.
Artaud siente -en lo más profundo de su interior- que el teatro es hechizo,
magia, ceremonia, y que no sólo debe cumplir una función en pro
de un regocijo estético sino que es necesario que sacuda las fibras más
profundas del espectador con la finalidad de hacerle captar, percibir de lleno
la atroz violencia, la agresión constante que significa vivir.
En su ensayo "EL TEATRO Y LA PESTE" nos llega su pensamiento como
un grito. Pero un grito demoledor de la molicie, la inercia, la sumisión
a las que se ha entregado el ser humano debido a esa boyuna aceptación
del mundo globalizado, estupidizante, mecanizado que han ido imponiendo los
nefandos arquitectos de la sociedad actual (y de la sociedad de siempre -es
preciso añadir-), porque Artaud sabia, como Discépolo, quien lo
trasunta en 1935 en su tango "Cambalache"..."que el mundo fue
y será una porquería, ya lo sé...(¡en el quinientos
seis y en el dos mil también!)".
Y este filósofo-poeta-metafísico del tango respira la verdad sobre
la condición humana y la utilización negativa de ese prodigio
que es el cerebro, por parte del hombre... al unísono con Artaud en ese
otro tango, de 1931, titulado "Qué "sapa", Señor?":
"la tierra está maldita
y el amor con gripe, en cama...
La gente en guerra grita,
bulle, mata, rompe y brama.
...¡Qué "sapa" Señor...
que todo es demencia!..."
Sí. En "El Teatro y la Peste" Artaud nos lanza este grito terrible
y a la vez tanto libertario como liberador: "El teatro debe ser como la
peste, un azote vengador, una epidemia redentora", para proseguir así:
"La acción del teatro como la de la peste es beneficiosa, pues al
impulsar a los hombres a que se vean tal como son, hace caer la máscara,
descubre la mentira, la debilidad, la bajeza, la hipocresía del mundo,"
Este auténtico proyecto en búsqueda de la libertad, a través
de la expresión teatral más revolucionaria que se haya conocido,
lo concretó en su experiencia del Teatro "ALFRED JARRY" (que
fundó en homenaje al gestador de "Ubu Rey"). Y llevó
sus ideas hasta sus últimas consecuencias ya que fue el creador del ANTITEATRO
(vale decir: un teatro concebido de una manera totalmente nueva). Su influencia
se proyectó sobre diversos movimientos de vanguardia teatral hasta nuestros
días. Y sus epígonos más sobresalientes son los maestros
del Teatro del Absurdo: Ionesco, Beckett y Adamov, como asimismo el Living Theater,
el laboratorio de Jerzy Grotowski y Jean Genet (estos tres... fieles al "Teatro
de la Crueldad"), sin olvidarnos de su discípulo Roger Blin, de
Peter Weiss y Peter Brook.
Todos ellos recogieron elementos del teatro concebido por Artaud, quien a su
vez dejó pasar por el tamiz de sus ideas las salvajes y fascinantes expresiones
gestuales, corporales, guturales y sonoras del teatro de Bali, al que se refirió
así: "Se diría que se trata de olas de materia que encurvan
con precipitación sus crestas una sobre otra, y acuden de todos los rincones
del horizonte para insertarse en una porción ínfima de estremecimiento,
de trance."
En el teatro volcó Artaud, en gran medida, ese drama espantoso, de haber
adquirido conciencia del absurdo de la vida y de la locura que campea por el
mundo... donde los valores se hallan alterados cuando no invertidos. La existencia
de Antonin Artaud se convirtió en una horrible y permanente actividad
poética. Artaud puso sobre el tapete, con una claridad alucinante, esa
verdad irrefutable -difícil de asimilar-: que estamos debatiéndonos
en una sociedad regida por pensamientos prefabricados, enfermizos, y que lo
que nos venden como veracidad es la mayor de las falsías. Cada grito
de Artaud encierra la angustia de todos los seres. Cada grito de Artaud es una
vibración poética en estado de delirio que resume la soledad ineludible
del hombre.
Artaud expresa -en su obra y en sus actos- la certidumbre ígnea (ante
la más dolorosa de las experiencias) de la violación de la conciencia
de cada individuo... debido a la acción violenta de la conciencia de
los otros. La captación de tantas verdades esenciales justifica ese desgarramiento
que le impulsó a escribir "PARA TERMINAR CON El JUICIO DE DIOS".
Antonin Artaud -actor de cuerpo y alma, escritor y siempre poeta ha sido un
demiurgo (un ardoroso principio activo del mundo). Y vivió haciendo flamear,
incesantemente, la oriflama de la revulsión contra la existencia tal
como estamos condenados a soportarla.
Antonin Artaud consigue hacer de su vida lo que se había propuesto concretar
en el teatro: "la materialización corporal y real de un ser colmado
de poesía."
Y con ese soplo descarnado, como surgida de la acción de una quemadura
que mantiene al cuerpo -y al pensamiento- en llaga viva, me acerco a la culminación
de este buceo en la vorágine del espíritu de Antonin Artaud...
al recordar estas palabras suyas que son sinónimo de VERDAD y de POESÍA:
"Hay un complot contra la conciencia, y ese complot ni siquiera se remonta
al diluvio, y no vino de las esferas sino de toda la humanidad. Se dice que
la humanidad se queja porque va a expirar. Pero esto es falso, y -salvo algunos
escritores europeos que conozco- no pide más que continuar. No pide más
que continuar con su innoble comida de crápula, sin pagar. Y si la humanidad
se queja de hambre, miente: siempre estuvo llena hasta el hartazgo. (Y me refiero
a la humanidad regidora de los destinos de los pueblos). Hace más de
cuatro mil años que no cesa de triturar y pulverizar, en el antro sin
fin de su vientre de vampiro, el semen de los refinados."
Artaud -como los grandes iluminados- tiene sus detractores y sus seguidores;
ha sembrado odio en unos y admiración en otros. Aquellos han intentado
crucificarlo, aniquilarlo. Y estos (sus hermanos espirituales) duermen a su
lado, sin miedo, con la alegre certidumbre de que su obra y su vida -transformadoras
del dolor en melopea impregnada de pureza- son signos inequívocos de
la posibilidad de un re-nacer del hombre.
Antonin Artaud -con sencillez conmovedora- sintetiza la esencia de su anhelo
en las palabras de introducción a su libro "EL OMBLIGO DE LOS LIMBOS":
"Querría hacer un libro que perturbe, que sea como una puerta abierta
con acceso a un lugar al que nadie hubiera consentido en ir; una puerta simplemente
conectada con la realidad". Y su logro fue absoluto, ya que conectarnos
con la realidad visible para el hombre y hasta nos llevó a atisbar tras
los vaporosos umbrales de la muerte.
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