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Los
beneficios de la Luna
Por
Charles Baudelaire
traducción del francés por Enrique Díez-Canedo
La Luna,
que es el capricho mismo, se asomó por la ventana mientras dormías
en la cuna, y se dijo: "Esa criatura me agrada."
Y bajó muellemente por su escalera de nubes y pasó sin ruido a
través de los cristales. Luego se tendió sobre ti con la ternura
flexible de una madre, y depositó en tu faz sus colores. Las pupilas
se te quedaron verdes y las mejillas sumamente pálidas. De contemplar
a tal visitante, se te agrandaron de manera tan rara los ojos, tan tiernamente
te apretó la garganta, que te dejó para siempre ganas de llorar.
Entretanto, en la expansión de su alegría, la Luna llenaba todo
el cuarto como una atmósfera fosfórica, como un veneno luminoso;
y toda aquella luz viva estaba pensando y diciendo: "Eternamente has de
sentir el influjo de mi beso. Hermosa serás a mi manera. Querrás
lo que quiera yo y lo que me quiera a mí: al agua, a las nubes, al silencio
y a la noche; al mar inmenso y verde; al agua informe y multiforme; al lugar
en que no estés; al amante que no conozcas; a las flores monstruosas;
a los perfumes que hacen delirar; a los gatos que se desmayan sobre los pianos
y gimen como mujeres, con voz ronca y suave.
"Y serás amada por mis amantes, cortejada por mis cortesanos. Serás
reina de los hombres de ojos verdes a quienes apreté la garganta en mis
caricias nocturnas; de los que quieren al mar, al mar inmenso, tumultuoso y
verde; al agua informe y multiforme, al sitio en que no están, a la mujer
que no conocen, a las flores siniestras que parecen incensarios de una religión
desconocida, a los perfumes que turban la voluntad y a los animales salvajes
y voluptuosos que son emblema de su locura."
Y por esto, niña mimada, maldita y querida, estoy ahora tendido a tus
pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la terrible divinidad, de la
fatídica madrina, de la nodriza envenenadora de todos los lunáticos.
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