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Los
beneficios de la luna
Por
Charles Baudelaire
traducción del francés por Julián del
Casal
La luna,
que es el mismo capricho, miró por la ventana mientras dormías
en tu cuna, y se dijo: "Esta niña me gusta."
Y descendió suavemente por su escalera de nubes y pasó, sin hacer
ruido, a través de los vidrios. Después se tendió encima
de ti con la dulce ternura de una madre y depuso sus colores en tu faz. Tus
pupilas han permanecido verdes y tus mejillas extraordinariamente pálidas.
De tanto contemplar a esa visitadora tus ojos se han ensanchado extrañamente;
y ella te ha apretado tan tiernamente la garganta que, desde entonces, has conservado
siempre el deseo de llorar.
Sin embargo, en la expansión de su alegría, la luna llenaba todo
el cuarto como una atmósfera fosfórica, como un veneno luminoso;
y toda su luz viviente, pensaba y decía: "Tu sufrirás eternamente
la influencia de mi beso. Serás bella a mi manera. Te gustará
lo que me gusta y a quien le gusto: el agua, las nubes, el silencio y la noche;
la mar inmensa y verde; el agua informe y multiforme; el lugar en que no estés;
el amante que no conozcas; las flores monstruosas; los perfumes que hacen delirar;
los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen y comen como las mujeres,
con voz ronca y dulce.
"Y tú serás amada por mis amantes, cortejada por mis cortesanos.
Serás la reina de los hombres de ojos verdes, cuya garganta he apretado
también con mis caricias nocturnas; de los que aman la mar, la mar inmensa,
tumultuosa y verde, el agua informe y multiforme, el lugar en que no están,
la mujer que no conocen, las flores siniestras que parecen incensarios de una
religión desconocida, los perfumes que perturban la voluntad y los animales
salvajes y voluptuosos que son los emblemas de la locura."
Y, por eso, maldita y querida niña mimada, estoy ahora acostado a tus
pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la temible Divinidad, de la
fatídica madrina, de la nodriza, envenenadora de todos los lunáticos.
La Discusión, 29 de abril de 1890.
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