|
Carta
a la Madre
De
Cartas a la Madre
Por CHARLES BAUDELAIRE
Traducción de Roberto Monsberger, 1993, España (Barcelona).
Editorial Grijalbo-Mondadori.
6 de mayo de 1861
Mi querida madre, si posees realmente un alma maternal y si todavía no estás
harta, ven a París, ven a verme, e incluso ven por mí. Yo, por mil razones terribles,
no puedo ir a Honfleur en busca de lo que tanto desearía, un poco de ánimo y
unas caricias. A fines de marzo te escribía: ¿Volveremos a vernos algún día?
Me encontraba en una de esas crisis en que uno contempla la terrible verdad.
No sé lo que daría por pasar unos días a tu lado, tú, el único ser de quien
pende mi vida, ocho días, tres días, unas horas.
No lees mis cartas con atención; tú crees que miento, o al
menos que exagero, cuando hablo de mis desesperaciones, de mi salud, de mi horror
a la vida. Te digo que querría verte y que no puedo correr a Honfleur. Tus cartas
contienen numerosos errores e ideas equivocadas que la conversación podría rectificar
y que volúmenes de escritura no bastarían para destruir.
Cada vez que tomo la pluma para exponerte mi situación, tengo
miedo de matarte, de destruir tu débil cuerpo. Y yo estoy sin cesar, sin que
tú lo sepas, al borde del suicidio. Yo creo que tú me quieres apasionadamente;
¡está tan ciego tu entendimiento, pero tienes tanta grandeza de carácter! Yo,
de niño, te he querido apasionadamente; más tarde, obligado por tus injusticias
te he faltado al respeto, como si una injusticia materna pudiese autorizar una
falta de respeto filial; y con frecuencia me he arrepentido, aunque, según mi
costumbre, nada haya dicho. Ya no soy aquel niño ingrato y violento. Largas
meditaciones sobre mi destino y sobre tu carácter me han ayudado a comprender
todas mis faltas y toda tu generosidad. Pero, en resumidas cuentas, el mal ya
está hecho, hecho por tus imprudencias y por mis faltas.
Es evidente que estamos destinados a queremos, a vivir el
uno para el otro, a acabar nuestra vida lo más decorosa y lo más tranquilamente
que sea posible. Y no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro,
estoy convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos
por matarnos mutuamente. Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo,
eso está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte,
sobre todo si murieses a consecuencia de un choque causado por mí, me mataría,
eso es indudable. Tu muerte, de la que hablas a menudo con demasiada resignación,
no modificaría en nada mi situación; el tutor seguiría (¿por qué no iba a seguir?),
todo se quedaría sin pagar, y yo tendría, además de la pena, la horrible sensación
de un aislamiento absoluto. Matarme yo, es absurdo ¿no es cierto? «Entonces,
piensas dejar a tu anciana madre completamente sola», dirás. A fe mía que si
no tengo estrictamente derecho, creo que la cantidad de pesares que he soportado
casi treinta años me haría digno de disculpa: « i Y Dios! » dirás. Deseo de
todo corazón (¡y nadie mejor que yo puede saber con qué sinceridad!) creer que
un ser exterior e invisible se interesa por mi destino; pero ¿qué hacer para
creerlo?
(La idea de Dios me hace pensar en ese maldito cura. En medio
de la penosa impresión que va a causarte mi carta, no quiero que le consultes.
Ese cura es mi enemigo, tal vez por pura estupidez.)
Volviendo al suicidio, que no es una idea fija pero que reaparece
en épocas periódicas, hay algo que debe tranquilizarte. No puedo matarme sin
dejar en orden todas mis cosas. Todos los papeles que tengo en Honfleur están
en una enorme confusión. Por lo tanto, tendría que trabajar duro en Honfleur,
y una vez allí ya no podría irme de tu lado. Pues debes suponer que de ninguna
manera iba a querer mancillar tu casa con una acción tan detestable. Además
tú te volverías loca. Y ¿por qué el suicidio? ¿Es a causa de las deudas? Sí,
y sin embargo, las deudas se pueden superar. Es, sobre todo, a causa de un cansancio
espantoso resultado de una situación insostenible, demasiado prolongada. Cada
minuto me demuestra que he perdido las ganas de vivir. Una gran imprudencia
cometiste tú en mi juventud. Tu imprudencia y mis viejas faltas pesan sobre
mí envolviéndome. Mi situación es atroz. Hay gente que me saluda, hay gente
que me busca. Quizá la haya que me envidie. Mi situación literaria es mejor
que buena. Podría hacer lo que quisiera. Me publicarán todo. Como tengo una
clase de talento impopular, ganaré poco dinero, pero dejaré tras de mí una gran
fama, lo sé, siempre que tenga el valor de vivir. Pero mi salud espiritual,
detestable; tal vez perdida. Todavía tengo proyectos: Mi corazón al desnudo,
novelas, dos dramas, de los cuales uno para el Teatro Francés ¿los haré algún
día? Ya no lo creo. Mi situación en relación con la honorabilidad, espantosa,
eso es lo peor. Ni un momento de reposo, insultos, ultrajes, afrentas
como no puedes hacerte idea y que corrompen la imaginación, la paralizan. Gano
un poco de dinero, es verdad; si no tuviese deudas, y si ya no me quedase patrimonio
alguno, SERIA RICO, fíjate en lo que te digo; podría darte dinero, podría sin
peligro ejercer mi caridad con Jeanne. Volveremos a hablar luego de ella. Eres
tú quien ha provocado estas explicaciones. Todo ese dinero se va en una existencia
manirrota y malsana (pues vivo muy mal) y en el pago, o más bien en la amortización
insuficiente, de antiguas deudas, en gastos de tribunales, en papel timbrado,
etc...
Enseguida pasaré a las cosas reales, es decir actuales; pues,
en verdad, necesito que alguien me salve y sólo tú puedes hacerlo. Quiero hoy
decirlo todo. Estoy solo, sin amigos, sin amante, sin perro y sin gato ¿a quién
contarle mis penas? No tengo más que el retrato de mi padre, siempre mudo.
Me encuentro en el mismo terrible estado de ánimo que experimenté
en el otoño de 1844. Una resignación peor que la indignación.
Pero mi salud física, que necesito para ti, para mí, para
mis obligaciones ¡esa sigue siendo la cuestión! Tengo que hablarte de ella por
más que tú le prestes tan poca atención. No hablaré de esas afecciones nerviosas
que me destruyen día a día y que anulan el ánimo, vómitos, insomnios, pesadillas,
desmayos. Con demasiada frecuencia te he hablado de ellas. Pero es inútil usar
de pudor contigo. Ya sabes que siendo muy joven tuve una afección virulenta,
que más tarde creí totalmente curada. En Dijon, después de 1848, tuve un rebrote.
De nuevo se pudo paliar. Ahora vuelve en forma distinta, de manchas en la piel
y de una extraordinaria fatiga en todas las articulaciones. Puedes creerme,
sé de lo que hablo. Puede ser que dentro de la tristeza en que estoy sumido,
el terror me haga creer mayor el mal. Pero necesito un régimen severo, y no
es con la vida que llevo como podré librarme de aquello.
Hubo en mi infancia una época de un cariño apasionado hacia
ti; escucha y lee sin temor. Nunca te habré dicho tanto. Recuerdo un paseo en
simón; acababas de salir de un sanatorio en donde habías estado recluida, y
me enseñaste, para demostrarme que habías pensado en tu hijo, unos dibujos a
pluma que habías hecho para mí. No dirás que no tengo una memoria tremenda.
Más tarde, la plaza de Saint-André-des-Arts y Neuilly. ¡Largos paseos y mimos
continuos! Recuerdo aquellos muelles tan tristes en el atardecer. ¡Ah!
Para mí fue la época feliz de las caricias maternales. Perdóname
si llamo época feliz la que sin duda para ti fue tan mala. Pero estaba siempre
presente en ti; tú eras únicamente mía. Eras a la vez un ídolo y un compañero.
Quizá te sorprenda que pueda hablar con tal pasión de un tiempo tan lejano.
Yo mismo estoy sorprendido. Tal vez porque una vez más he acariciado el deseo
de morir, cosas tan alejadas se recorten tan nítidamente en mi espíritu.
Más tarde, sabes qué atroz educación quiso tu marido que
se me diera; tengo cuarenta años y no puedo pensar sin dolor en los colegios,
lo mismo que en el temor que me inspiraba mi padrastro. No obstante le quise
y hoy, por lo demás, tengo la suficiente sensatez como para hacerle justicia.
Pero es verdad que fue poco hábil hasta la obstinación. No quiero insistir,
porque veo lágrimas en tus ojos.
Finalmente, pude hacer mi vida y desde ese momento se me
dejó caer del todo. Sólo me atraía el placer, una excitación permanente; los
viajes, los muebles preciosos, los cuadros, las mujeres, etc. Hoy recibo cruelmente
el castigo por ello. En cuanto al tutor judicial, sólo una palabra: hoy sé del
inmenso valor del dinero, y comprendo la trascendencia de todo lo que se relaciona
con él; concibo que hayas podido creer que lo hacías con acierto, que trabajabas
por mi bien; pero con todo una pregunta, una pregunta que siempre me ha obsesionado.
¿Cómo es que jamás no te planteaste en tu fuero interno la siguiente idea: «Es
posible que mi hijo no llegue a tener nunca el sentido de lo que es comportarse
en el "sino grado que yo; pero también puede ocurrir que llegue a ser un
hombre notable en otros aspectos. En ese caso ¿qué haré yo? ¿Lo condenaré a
una doble existencia contradictoria; por una parte a una existencia digna de
respeto, odiosa y despreciada, por otra? ¿Lo condenaré a tener que llevar hasta
la vejez una marca lamentable, una marca perjudicial, un motivo de impotencia
y tristeza?». Es evidente que si no hubiera habido tutor, todo se lo habría
llevado la trampa, no habría habido más remedio que tomarle el gusto al trabajo.
Ha habido tutor, todo se lo ha llevado la trampa y soy viejo y me siento desgraciado.
Rejuvenecer ¿es posible? En eso radica la cuestión. Toda
esta vuelta hacia el pasado no tenía otra finalidad que mostrar que puedo hacer
valer ciertas disculpas, cuando no una completa justificación. Si notas algún
reproche en lo que escribo, que sepas bien al menos que lo anterior en nada
altera mi admiración por tu gran corazón, mi agradecimiento por tu abnegación.
Siempre te has sacrificado. Lo tuyo es sólo el sacrificio. Menos razón que caridad.
Yo te pido más, te pido, a la vez, consejo, apoyo, que nos entendamos completamente
bien tú y yo, para salir de esto. Te suplico que vengas, que vengas, tengo los
nervios al final de mis fuerzas, estoy a punto de que me falle el valor, a punto
de perder la esperanza. Veo una continuidad en el horror. Veo mi vida literaria
obstaculizada para" siempre. Veo una catástrofe. Por ocho días, podrías
sin duda pedir hospitalidad a algún amigo, a Ancelle, por ejemplo. No sé lo
que daría por verte, por abrazarte. Presiento una catástrofe y ahora no puedo
irme contigo. París me es dañino. Ya por dos veces he cometido una imprudencia
grave que tú calificarás más severamente; voy a acabar por perder la cabeza.
Te pido la felicidad tuya y te pido la mía, mientras todavía
seamos capaces de conocerla.
Me has permitido que te confiase un proyecto, es el siguiente:
Pido un término medio. Enajenación de una fuerte suma limitada a diez mil, por
ejemplo, dos mil para liberarme ya; dos mil en poder tuyo para hacer frente
a necesidades imprevistas o previstas, gastos en vivir, en ropa, etc., durante
un año (Jeanne estará en una casa donde se le pagará lo estrictamente necesario).
Por otra parte, luego te hablaré de ella. Una vez más eres tú la que lo ha provocado.
Por último seis mil en poder de Ancelle o de Marin, y que se irán gastando poco
a poco, sucesivamente, prudentemente, de manera que se puedan pagar tal vez
más de diez mil y se evite toda conmoción y todo escándalo en Honfleur.
Ya tenemos un año de tranquilidad. Por mi parte sería un
tonto de remate y un pillo redomado si no lo aprovechase en renovar fuerzas.
Todo el dinero ganado durante ese tiempo (diez mil, a lo mejor sólo cinco mil)
se depositará en tus manos. No te ocultaré el menor asunto, la menor ganancia.
En lugar de tapar huecos, el dinero se seguirá aplicando a las deudas y así
sucesivamente en los años venideros. De este modo, tal vez pueda, gracias al
rejuvenecimiento operado ante tus ojos, pagarlo todo, sin que mi capital disminuyese
en más de diez mil sin contar, es verdad, los cuatro mil seiscientos de los
años anteriores. Y así se salvará la casa, que es una de las consideraciones
que tengo siempre presente.
Si adoptases este proyecto de beatitud, me gustaría haberme
mudado ahí de nuevo a fines de mes, quizás ahora mismo. Te autorizo a que vengas
por mí. Sin duda comprendes que hay una multitud de detalles que no incluye
una carta. En una palabra, quisiera que no se pagase ninguna suma hasta que
tú no dieses tu consentimiento, hasta no haberlo debatido a fondo entre tú y
yo, en una palabra, que tú te convirtieses en mi verdadero tutor. ¿Es posible
que llegue uno a verse obligado a asociar una idea tan horrorosa a otra tan
dulce como la de una madre?
En este caso, desgraciadamente, habrá que decirle adiós a
las pequeñas sumas, a las pequeñas ganancias, cien por aquí, doscientos por
allá, que supone la rutina de la vida parisiense. Entonces sería el turno de
las grandes especulaciones, de los grandes libros, cuyo pago se haría esperar
más tiempo. No consultes más que contigo misma, con tu conciencia y con tu Dios,
ya que tienes la suerte de creer. No hagas partícipe de tus pensamientos a Ancelle
a no ser con reservas.
Es una buena persona; pero tiene la mente estrecha. No puede
creer que un mal sujeto por voluntad propia, que ha tenido que llamar al orden,
sea un hombre importante. Me dejará reventar por cabezonería. En vez de pensar
únicamente en el dinero, piensa un poco en la gloria, en el descanso y en mi
vida.
En este caso, digo, no iría a pasar temporadas de quince
días y de uno o dos meses. Sería una estancia permanente exceptuados los casos
en que vendríamos juntos a París.
El trabajo de las pruebas de imprenta puede hacerse por correo.
Otra idea tuya equivocada que debes rectificar y que reaparece
una y otra vez en tu pluma. No me aburro nunca en soledad, no me aburro nunca
a tu lado. Lo único es que sé que lo pasaré mal a causa de tus amigos, pero
lo acepto.
Alguna vez se me ha pasado por el pensamiento convocar un
consejo de familia o presentarme ante un tribunal. Bien sabes que tendría cosas
muy sabrosas que decir, aunque sólo fuera esto: He producido ocho volúmenes
en condiciones horribles. Puedo ganarme la vida. ¡Se me está asesinando con
deudas de juventud!
No lo he hecho por respeto a ti, por consideración hacia
tu horrible sensibilidad. Dígnate agradecérmelo. Te lo repito; me he obligado
a no recurrir a nadie más que a ti.
A partir del año próximo, dedicaré a Jeanne la renta del
capital restante y ella se irá a algún sitio en que no esté en una soledad absoluta.
Esto es lo que le ha sucedido: su hermano la metió en un hospital para quitársela
de encima y cuando ha salido ha descubierto que le había vendido una parte de
su mobiliario y de su ropa. Desde hace cuatro meses, desde mi huida de Neuilly,
le he dado siete francos.
Te lo suplico, paz, dame paz, dame el trabajo y un poco de
ternura.
Es evidente que entre mis cosas actuales hay algunas horriblemente
urgentes; así, he cometido de nuevo la falta, en medio de esos tejemanejes inevitables
de los bancos, de apropiarme para mis deudas personales de varias centenas de
francos que no me pertenecían. Me he visto absolutamente obligado a ello; ni
que decir tiene que esperaba reparar el mal inmediatamente. Una persona, en
Londres, me niega los cuatrocientos francos que me debe. Otra, que había de
remitinne trescientos, está de viaje. Siempre lo imprevisible. - Hoy he tenido
el terrible valor de escribir a la persona concernida confesándole mi falta.
¿Cuál va a ser la reacción? No tengo idea. Pero he querido quitarme un peso
de la conciencia. Confío en que, por consideración a mi nombre y a mi talento,
no se armará un escándalo y se querrá esperar.
Adiós. Estoy extenuado. Entrando en detalles de salud, no
he dormido ni comido desde hace casi tres días; tengo un nudo en la garganta,
- y hay que trabajar.
No, no te diré adiós, pues espero verte.
Por lo que más quieras léeme con mucha atención y trata de
comprender.
Sé que esta carta te afectará dolorosamente, pero en ella
hallarás a buen seguro un tono de dulzura, de ternura e incluso de esperanza
que muy rara vez has oído.
Y te quiero.
CHARLES
|