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Del Vino y del Haschisch De
Los Paraísos Artificiales El Vino (...)
El vino es semejante al hombre: Jamás se sabrá hasta qué punto es posible estimarlo
y despreciarlo, amarlo y odiarlo, ni de cuántos actos sublimes o fechorías monstruosas
es capaz. No seamos entonces más crueles con él que con nosotros mismos y tratémoslo
como nuestro igual. El Haschisch (...)
La segunda fase se anuncia con una sensación de frescor en las extremidades,
y con una gran debilidad; uno siente, como se dice vulgarmente, que tiene las
manos de trapo, la cabeza pesada y una estupefacción general en todo el ser.
Los ojos se agrandan, se sienten como tironeados en todos sentidos por un éxtasis
implacable. La cara se llena de palidez, se vuelve marmórea y verdosa. Los labios
se retraen, se recogen y parecen querer meterse para adentro. Roncos y profundos
suspiros se exhalan del pecho, como si nuestra, naturaleza anterior no pudiera
soportar el peso de esta nueva naturaleza. Los sentidos adquieren una finura
y una agudeza extraordinarias. Los ojos penetran el infinito. El oído percibe
los sonidos más imperceptibles en medio de los ruidos más violentos. (...) El vino exalta la voluntad; el haschisch la aniquila. El vino es un apoyo físico; el haschisch es un arma para el suicidio. El vino hace bueno y sociable; el haschisch aísla. El uno es laborioso, por así decirlo; el otro, esencialmente perezoso. ¿Para qué trabajar, en efecto, laborar, escribir, fabricar lo que sea, cuando se puede obtener el paraíso de un solo golpe? En fin, el vino es para el pueblo que trabaja y que merece beberlo. El haschisch pertenece a la categoría de los goces solitarios; está hecho para los miserables ociosos. El vino es útil, produce resultados fructíferos. El haschisch es peligroso e inútil.
(...) Terminaré este artículo con algunas hermosas palabras que no son mías,
sino de un notable filósofo poco conocido, Barbereau, teórico musical 94 y profesor
del Conservatorio. Yo estaba cerca de él en una reunión donde algunas personas
habían tomado el bienaventurado veneno, y me dijo entonces con acento de desprecio
indecible: "No comprendo por qué el hombre racional y espiritual se sirve
de medios artificiales para llegar a la beatitud poética, puesto que el entusiasmo
y la voluntad bastan para elevar lo a una existencia supernatural. Los grandes
poetas, los filósofos, los profetas, son seres que, por el puro y libre ejercicio
de la voluntad, consiguen llegar a un estado en el que son a la vez causa y
efecto, sujeto y objeto, hipnotizador y sonánibulo."
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