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Richard Wagner y "Tannhäuser" en París De
El Arte Romántico (...) Wagner
había sido audaz: el programa de su concierto no comprendía ni "solos"
de instrumentos, ni canciones, ni ninguna de las exhibiciones tan caras a un
público enamorado de los virtuosos y de sus proezas. Nada más que fragmentos
de conjunto, coros o sinfonías. La lucha fue violenta, es cierto; pero el público,
abandonado a sí mismo, se encendió con algunos de esos irresistibles fragmentos
en los que el pensamiento se le aparecía más claramente expresado, y la música
de Wagner triunfó por su propia fuerza. La obertura de, Tannhäuser, la marcha
pomposa del segundo acto, la obertura de Lohengrin, particularmente la música
de bodas y el epitalamio, fueron aclamados de, modo magnífico. Sin duda, muchas
cosas quedaban sin comprender, pero los espíritus imparciales se decían: "Puesto
que esas composiciones están hechas para la escena, hay que esperar; las cosas
no suficientemente definidas, se explicarán por medio de la plástica."
Entretanto, quedaba demostrado que como sinfonista, como artista que traduce
por medio de las mil combinaciones del sonido los tumultos del alma humana,
Richard Wagner estaba a la altura de lo más alto, y era tan grande, por cierto,
como los más grandes. (...) Ningún músico supera a Wagner en la pintura del espacio y la profundidad, materiales y espirituales. Se trata de una observación que muchos espíritus, y de los mejores, no han podido dejar de hacer en muchas ocasiones. Posee el arte de expresar, por gradaciones sutiles, todo cuanto hay de excesivo, de inmenso, de ambicioso, en el hombre espiritual y natural. Escuchando esa música ardiente y despótica, parece a veces que se volvieran a encontrar,. pintadas en el fondo de las tinieblas desgarradas por la fantasía, las vertiginosas concepciones del opio.
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