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Théophile
Gautier
De
El Arte Romántico
Por Charles Baudelaire
Traducción de Nydia Lamarque 1º edición, 1961, México, Editorial
Aguilar.
Manejar sabiamente una lengua es practicar una especie de hechicería evocatoria.
Entonces el color habla, como una voz profunda y vibrante; los monumentos se
yerguen y resaltan sobre el espacio profundo; los animales y las plantas, representantes
de la fealdad y del mal, articulan su mueca inequívoca; el perfume provoca el
pensamiento y el recuerdo correspondientes; la pasión murmura o ruge su habla
eternamente semejante. En el estilo de Théophile Gautier, hay una justeza que
encanta, que asombra y que hace pensar en esos milagros producidos en el juego
por una profunda ciencia matemática. Recuerdo que siendo yo muy joven, cuando
saboreaba por primera vez las obras de nuestro Poeta, la sensación del toque
justo, del golpe directo me hacía estremecer Y la, admiración engendraba en
mí una especie de convulsión nerviosa. Poco a Poco me acostumbré a la perfección,
y m e abandoné al movimiento de ese hermoso estilo, onduloso y brillante, como
un hombre montado en un caballo seguro que le permite la meditación, 0 a bordo
de un navío lo bastante sólido para desafiar los temporales no previstos por
la brújula, y que puede contemplar a gusto los magníficos decorados desprovistos
de error que la naturaleza construye en sus horas de genio. Gracias a esas facultades
innatas, tan preciosamente cultivadas, Gautier ha podido a menudo (todos lo
hemos visto) sentarse a una mesa corriente, en el despacho de un periódico,
e improvisar cualquier cosa, crítica o novela, con el carácter de algo irreprochablemente
terminado, y que al día siguiente provocaba en los lectores tanto placer como
estupor había producido en los compositores de la imprenta la rapidez de la
ejecución y la belleza de lo escrito. Esta presteza para resolver todo problema
de estilo y de composición hace pensar en la severa máxima que una vez dejó
caer ante mí en el curso de la conversación, y de la que él se ha hecho sin
duda un constante deber: "Todo hombre, al que una idea, por sutil e imprevista
que se la suponga, torna en falta, no es un escritor. Lo inexpresable no existe."
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