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La
Furia y otros cuentos
de Silvina Ocampo
Por
Abelardo Castillo
Crítica
aparecida en El GRILLO DE PAPEL Nº 4. 1960.
Hace
3.000 años, Anás, escriba de Ramsés II, ideó una historia, con gran regocijo
de Seti Maerneftah, que era hijo del faraón y estaba ocioso. Los 19 papiros
aún perduran para solaz de los egiptólogos y para confusión de Kronos,
que, como algunos estetas, reniega de las obras por encargo en cierta
vitrina del Museo Británico, y son, por la gracia del vizconde de la Rougé,
el más antiguo testimonio del género cuentístico que se conoce. Desde Anás hasta
hoy, la literatura narrativa no ha sido muy generosa en ejemplos inmortales.
Si como se ha dicho, por cada buen cuento se escriben cien buenas novelas, y
calculando que existen 3.000 novelas intachables a una por año, exageradamente,
desde los tiempos de Ramsés, debemos concluir que un buen cuento, como
el genio, como el amor que prescribía Rafael Barrett, como la sombra de Nulfo,
aparece exactamente cada siglo: alarmante periodicidad que nos da un total de
30 narraciones memorables. Silvina Ocampo, ella sola y en sólo un libro, consigna
34, cuatro más de las que pacientemente elaboró la Historia, lo que no impide
que nuestra matemática anterior treinta narraciones memorables permanezca
inalterada.
Eloy Martínez (rotograbado de La Nación, enero de 1960)
sospecha que, por lo menos, "La Furia" es una de las colecciones narrativas
más intensas que ha dado el país. Esta sospecha es sospechosa. La autora de
Espacios Métricos, sin duda, escribe bien, tiene un estilo particularmente elegante,
puede ser astuta, pero no articula con exactitud el riguroso mecanismo del cuento.
El círculo mágico, la inventada realidad donde un narrador introduce al que
lee, obligándolo a creer en resucitadas, horlas o pescadores sin sombra, esa
que angustia en Kafka y escuece en Chéjov: la atmósfera del relato, no aparece
aquí. Hay, es verdad, una constante tenebrosa, malvadísima, una suerte de frívolo
draculismo que se repite en todas las historias, pero la frivolidad no es intensa.
Comentaristas, que con variados elogios dilucidaron
La Furia, coinciden al menos en algo: los niños de Silvina Ocampo, que acaso
ocultan (o denuncian) la Divinidad, son espantosos. Es cierto. Hay niñitos que
asesinan al abuelo ("El Vástago") y que, corriendo el tiempo, son
el abuelo: niños brujos ("Los Amigos") que ocasionan cataclismos y,
rezándole al Demonio, impetran la muerte abominable del amiguito, hay, también,
alguna niña ("El Vestido de Terciopelo'') que se divierte muchísimo y dice
qué risa: a la madre la estrangula un dragón estampado; párvulos piromaníacos
("Voz en el Teléfono"), quienes, encerrando a la gente en un cuarto,
juegan, encantadores, a prender fuego a los papeles previamente apilados junto
a la puerta, con la inmediata defunción por incendio de todas sus
mamás. Este cuento, presumo, tiene una moraleja: la superficialidad es merecedora
del infierno. Y sus implicaciones pueden ser monstruosas. Hay chiquitines que,
a quien les roba un barrilete ("La Oración") optan por estrangularlo;
lo mejor es meterlo de cabeza en una zanja como cuando sumergimos una botella
y hace glu-glu-glu (sic), mientras los demás niños aplauden y luego, llegando
a sus casas: anunciaron que Amancio Herrero había asesinado a Claudio Aráoz
(policialmente [sic]), el mismo Amancio Herrero que, en virtud de su irrevocable
degeneración, será utilizado por una adúltera para (como en "El Vástago")
proceder al homicidio de un mayor molesto. Alguna otra niña ("La Boda")'
desliza arañas venenosas en el rodete de una contrayente, quien, fulminada por
la ponzoña, muere en la iglesia. Hay paralíticos y pitonisas. Hay, además, niños
meramente expectadores: observan atentos cómo, en una tintorería, la gente mayor
plancha con prolijidad a un jorobadito. Desdichadamente, el jorobadito se rompe.
Pero todo esto, pese a que formulado así gana en efecto
perdón, Silvina, en La Furia no alcanza a producir horror: acaso
porque, como escribe Pagés Larraya, éstas son versiones delicadamente femeninas
del mundo (rotograbado de La Prensa, diciembre de 1959), o acaso, como escribió
Edgar Poe, porque el horror legítimo viene del alma y sólo arrancándoselo de
allí puede llevárselo a sus legítimas consecuencias (Prólogo a Cuentos de lo
Grotesco y lo Arabesco, 1840).
No se trata, o mejor: no se trata solamente de los temas:
la literatura fantástica, la grande, adolece de inolvidables crueldades; se
trata, también, de cómo escribir esos temas. Dos opas decapitando a la hermana,
no resultan menos truculentos que los niños de La Furia, pero si el cuento se
llama "La Gallina Degollada" y está escrito por Horacio Quiroga, el
aspecto cambia: se justifica, se legitimiza, en virtud del genio que, por serlo,
y aun cuando participe de lo horrible, siempre desanda el camino hacia la Belleza.
El cuento es ante todo una elaboración artística; por lo tanto, indeclinablemente
debe guardar armonía entre concepto y forma: equivocar los términos, exagerar
uno de ellos, equivale al fracaso. Si, como en La Furia, el concepto está dado
por una constante tenebrosa y la artimaña es coquetamente divertida, se produce
un tropiezo, no sólo literario sino de sospechoso donaire. Sin plantear una
cuestión ética, al menos en el sentido que Oscar Wilde hablaba de moralidad
e inmoralidad, entiendo que además se trata de una cuestión artística. Y los
cuentos de Silvina Ocampo son defectuosos como cuentos. No asombran (tampoco
me refiero al asombro último, al final "zambombástico", pues, aunque
en mi opinión es el artificio primordial del género, no creo que sea el único
artificio): no asombran por lo mismo que no apasionan, ni horripilan, ni divierten.
Hay excepciones: "Los Sueños de Leopoldina", por ejemplo, que es una
hermosa narración y, con mucho, la mejor del volumen: o "El Castigo",
cuya lectura recuerda universos regresivos ya sugeridos por Borges (y por los
griegos antes); o "El Sótano", donde la autora encerró para siempre
una ternura.
Pero, antes de continuar, quiero precaverme. A juzgar
por el elogio unánime de la crítica, no es imposible que La Furia merezca, o
empiece a merecer el Premio Municipal, la Legión de Honor, o la inmortalidad.
Dos escritores argentinos (reporteados por Clarín) afirman, por ejemplo, que
este libro es lo mejor que han leído en 1959. Sin entrar en discusión pues
habría que establecer, antes, en base a qué lecturas se pronunciaron,
me parece bueno advertir que dentro de nuestra narrativa fantástica, y en la
actualidad, todo eso puede ser válido: Silvina Ocampo, como cuentista imaginativa,
acaso sólo está por debajo de Cortázar o Borges (juicio de Roger Caillois);
pero, a mi juicio, entre aquella autora y éstos existe una desolada distancia,
donde merced a la indigencia de talento que caracteriza a nuestra literatura
de ficción no hay nadie.
Y habiéndome precavido del mentis que podrían darle
el Premio Municipal, la Legión de Honor, o la inmortalidad de La Furia, opino
que justamente en el relato central ("La Furia") es donde mejor se
advierte la temática del libro: tres hojas y una página resumen económicamente
esos sucedidos: una niñita de Manila, Winifred, vestida de ángel para el Día
de la Virgen, decide prenderle fuego a Ludovica, su pequeña amiga, quien, habiendo
entrado en combustión, echa a correr bajo los arcos presumiblemente ojivales
del templo. Antes, como Ludovica sentía horror por los animales, nuestra heroína
que la amaba, solía regalarle monos. Winifred crece. Ya en Buenos Aires, le
tienta grabar sus iniciales, entrelazadas a las de su amante, en algún portón
de Palermo, junto a inscripciones pornográficas. También cuida niños ahora:
un niño, Cintito, que toca el tambor y, bajo el piloto de su amante del
amante de Winifred, no del niño, tal vez porque a las literatas argentinas no
se les ha ocurrido, aún, la posibilidad de un niño pederasta, bajo el
piloto, digo, es introducido en una casa de citas. El arte no precisa ser verosímil,
pero, de todos maneras, a esta altura del relato todo se ha puesto tan insoportable
que Winifred, sensatamente, huye. Su amante, enloquecido acaso por esta huida,
por el tambor del niño, o por miedo a Silvina Ocampo, entiende que para terminar
el cuento es menester asesinar a alguien; elige decapitar en la bañadera al
pequeño Cintito; sin embargo reflexiona y, más higiénicamente, lo asfixia bajo
una almohada.
Puede argüirse que, esquematizado a tal punto, hasta
El Quijote resultaría espantoso. Lo admito. De todos modos, prefiero no encontrar
implicaciones metafísicas en La Furia, o esclarecer su simbología. Por otra
parte, ya se ha hecho (al respecto, me parecen admirablemente astutas las interpretaciones
de Larraya, Martínez, Ghiano, y aun la brevísima de Luisa M. Levinson): se ha
hablado de mitología, del tiempo, del infierno, de la presbicia, de Dios, del
espacio, de la venganza y del porvenir. Nosotros, inhábiles en el oficio, todavía
seguimos hablando de literatura.
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