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Editorial
Literatura,
o Tipografía
Por
Abelardo Castillo
Aparecido
en El Escarabajo de Oro Nº 5. Febrero de 1962.
Ignoro si, como quería Mallarmé, el mundo ha sido hecho para llegar al libro,
pero estoy seguro de la inversa: los libros han sido, son y serán escritos para
llegar al mundo. Los emperadores, algún califa, ciertos monjes de la Edad Media,
los teólogos de la Inquisición, y la policía, han olvidado, por turno, aquello
que los latinos llamaron "el destino del libro", su paralela historia
con el hombre, quien, como se sabe desde Prometeo, tiene entrañas de inmortal
y, por turno, han pasado a esa turbia posteridad que también, implacablemente,
registran los libros: a sus capítulos largos de execración.
Esto lo escribíamos, en otro sitio, hace un año, cuando
el fantasma del Senador Mac Carthy (Mac Burro, dijo Guillén) se nos apareció
de golpe, disfrazado de Sargento Chirico y, sin más trámite que el usual trabucazo
en las costillas, prohibió Gaceta Literaria, El Grillo de Papel, Fichero, Cuadernos
de Cultura, Cuatro Patas, clausuró no sé cuántas editoriales y saqueó (entre
otras cosas) bibliotecas. Aquella vez, hubo una Mesa Redonda en la SADE, alguien
propuso un Comité de Defensa de la Cultura, y, a la salida nomás, en una cantina
de San Telmo, ideamos el nombre de esta revista. No sabemos, pues, si festejar
la Efemérides o llorarla, porque hasta hoy nadie se atrevió a formar aquella
Junta, siguen en silencio las mejores publicaciones literarias del país y, todavía,
hay en las imprentas interdictas, ciertos caballeros de azul, con gorra, fumando
en la puerta. Hemos vísto muchas arbitrariedades en este tiempo. La poderosa
castidad de un fiscal originó pleitos, juicios, censuras: soportamos, incluso,
la intolerable payasada de ir presos. Hace unos meses fue cerrada Impresora
del Oeste; el otro día, la revista Che y, con ella, algo de lo poco (o quizá
todo) lo que en este país nos quedaba para leer sin arriesgarnos a morir fulminados
por la súbita imbecilidad, la vergüenza, la risa o sencillamente el asco. Por
fortuna hay gente empecinada publicar revistas. Hoy en la Cultura, Eco Contemporáneo,
Palabra, Una Hoja, Síntesis, Airón, son algunas de las que quiero recordar ahora.
La cercanía afectiva, o ideológica, no impide sin embargo que uno, al leerlas,
se sienta excéptico: en general (salvando las dos primeras) dan la idea de ser
publicaciones estudiantiles, atropelladas, neblinosamente escritas cuando no
como sucede con Una Hoja, con Entrega mal escritas. 0 de misteriosa
ideología, como sucede con Eco Contemporáneo. Se dirá, en el primer caso, que
importa menos escribir "bien" que tener algo que decir. Y de eso,
justamente, se trata, porque es bastante inextrincable que, quien piensa bien,
pueda escribir mal. En el segundo caso se objetará (tal vez) que no es imperioso,
para dar una opinión honesta o escribir un magnífico cuento, tener "ideología",
sea misteriosa o explícita. Es cierto, pero, si no bastara indagar el luminoso
origen de la palabra ("idea") podríamos alegar que no hablábamos de
Dogma, de Ortodoxia, sino de coherencia intelectual. Y siempre nos pareció bastante
menos hirsuto tenerla que carecer de ella. Por otra parte, al traer a la memoria
el humillante panorama de la cultura argentina, la sistemática violencia que
el Estado ejerce sobre las ideas, sobre la creación artística, sin olvidarnos
(de paso) que estamos trabajando en un sistema donde la televisión, la radio,
el periodismo están imaginados para un nivel de inteligencia tipo norteamericano
medio entiéndase, aproximadamente, al nivel de un chimpancé adulto,
al recordar esto, digo, lo menos que puede pedírsele al hombre que dirige una
revista, a quienes la hacen, es claridad de juicio y toda vez que se expresan
por medio de la ficción, o el poema una razonable dosis de belleza. Lo
demás, son chiquilinadas de adolescentes jugando a ser importantes. El riesgo
que se corre entre nosotros, es que, cualquier día al millón y medio de literatos,
poetas, filósofos y teóricos que protuberan en Buenos Aires se les antoje darse
el gustazo de publicar su revista propia: inigualable espanto, si se piensa
por ejemplo que trabajando todos de acuerdo podríamos editar un
diario enorme, como La Nación o, seamos francos, hacer una revolución,
no, precisamente, literaria.
Estas dos necesidades, la de una buena literatura (redundancia
que en cualquier otro idioma del mundo sería un disparate sintáctico, pero que,
en argentino, es una imposición histórica), ésa, y la urgencia de claridad intelectual
son, a mi entender, lo único que puede justificar el trabajo, penoso, impago,
temible, de escribir. Intelectual y Literatura lo sé son dos palabras
que se han vuelto despreciables; pero de esto tienen la culpa, justamente, quienes
ignoran qué es un escritor y qué es un hombre inteligente. No se trata de reivindicar
vocablos, sino de rescatar, para nosotros, la idea que ellos representan. Porque
somos nosotros: Hoy en la Cultura, Airón, El Escarabajo de Oro, Una Hoja, Síntesis,
Eco Contemporáneo, Palabra: los que escribimos y caminamos por los quioscos,
y andamos enloquecidos levantando pagarés o gambeteándole a la censura, padeciendo
lo que creamos, amándolo; los que quizá nacimos para otra cosa, para inventar
novelas grandes, o cuentos inmortales, o poemas irrepetibles, o dramas para
siempre, pero de pronto estamos sacando una revista, peleándonos a palabra limpia
con la vida, ganándosela a ellos por derecho de juventud y de pasión; somos
acaso los únicos que podemos inventar el limpio significado de las
bellas palabras; los únicos que tenemos motivos legítimos para hacerlo. No hay
más que una literatura, la grande, no hay, para el escritor, más que una justificación:
escribirla. Lo demás, es tipografía.
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