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Catalina
Por
Carmen Nani
Catalina
había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros. Al principio
parecía una tortuga normal: cuatro patas cortitas, una cabeza arrugada
y el caparazón con quince cuadrados iguales. Catalina se paseaba lentamente;
buscaba la tibieza del sol cuando el día estaba fresco y se recostaba
a la sombra de algún arbusto cuando hacía mucho calor.
Catalina había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros.
Al principio parecía una tortuga normal, pero a los cuatro meses, comenzó
a notar que caminaba muy agachada, levantando la cola. La pobre tortuga no entendía
qué era lo que le pasaba, hasta que un día se dio cuenta de que
su cabeza crecía cada vez más. Cuando pasaba por un charco de
agua y se veía la cabeza más y más grande, le daban ganas
de llorar. ¿Quién la iba a mirar con esa cabezota? Catalina estaba
muy preocupada por su aspecto. Se sentía distinta y por eso empezó
a aislarse del resto. Ya no hablaba con la hormiga, que antes era su confidente,
ni con el gusano, que cada mañana la saludaba, asomando la cabeza por
un hueco en la tierra. "Espero que no se den cuenta las otras tortugas",
pensó al comprobar que su cabeza seguía creciendo. Pero en seguida
escuchó el saludo del tortugo Manolo :"¡Chau cabezona !",
le dijo en tono burlón. Esto fue suficiente para que todos la empezaran
a llamar así: cabezona, cabezona, cabezona, mientras se reían
de ella.
Catalina
había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros. Al principio
parecía una tortuga normal, pero al ver que se había convertido
en el hazmerreír de todos, le dio tanta vergüenza, que de un solo
movimiento, metió la cabeza dentro del caparazón. Y ahí
comenzó el problema. Catalina había metido la cabeza, pero ahora
no podía sacarla. Tanteó y tanteó con las patas traseras
hasta que llegó, caminando marcha atrás, a una pared. Apoyó
bien la cola, clavó las patas delanteras, y volvió a empujar.
Fue inútil. No pudo destrabar la cabeza.
Catalina había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros.
Al principio parecía una tortuga normal; pero ahora era una tortuga sin
cabeza. Estaba cansada de tanto hacer fuerza, tenía mucho calor y sobretodo
mucha sed, porque no podía tomar agua sin cabeza. En ese momento sintió
miedo; pensó que moriría de hambre y de sed si no solucionaba
su problema. Sin saber qué hacer, lloró lágrimas muy saladas.
Volvió a empujar y nada. La cabeza no salía. Entonces se decidió
a gritar. Abrió la boca lo más que pudo. El sonido que salió
de su garganta retumbó dentro del caparazón y casi la deja sorda.
Por eso le dio trabajo escuchar que alguien le hablaba.
- Quedáte quieta que yo te voy a ayudar.
- ¿Cómo? ¡Si con mi cabezota es casi imposible!
- No te desesperés y tratá de girar la cabeza para uno de los
dos lados.
- Para el derecho no puedo.-
- Entonces probá para el izquierdo. ¿Podés?
- Sí, creo que sí. ¡Pero me duele!
- Y sí, un poco te va a doler, tené paciencia. ¿Ya giraste
la cabeza?
- Sí.-
- Bueno ahora, cuando yo cuente hasta tres, vos empujá despacito que
voy a tratar de agarrarte la cabeza. ¿Listo? A la una, a las dos, y a
las tres. Catalina sintió que su cabeza se deslizaba y siguió
empujando hasta que terminó por sacarla.
Catalina había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros.
Al principio parecía una tortuga normal, pero ahora era una tortuga encandilada
por el sol. Cuando se acostumbró a la luz, buscó al que la había
salvado. Para su sorpresa se encontró con el tortugo Pascual, que la
miraba sonriendo. En ese momento se acordó de su cabeza grande y trató
de ocultarla.
- ¡No me mirés la cabeza!
- ¿Por qué?
- ¿No ves que es enorme?
- A mí, me gustan mucho las tortugas cabezonas. Vamos a dar una vuelta.
¿Querés?
Segundo Premio: "Catalina", de Carmen Nani (Córdoba, Argentina)
IMAGINARIA
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