Franz Kafka

Por Hernan Isnardi

Kafka, uno de los grandes escritores del siglo, operó en mí de manera no usual.

         Me parece extraño —al menos en un escritor— que la primera imagen que se presenta en mí del joven Kafka, sea la de su cara; tal vez porque resume su obscura y enfermiza existencia, simplificando aquello llamado “emoción espontánea”. Lo mismo  me pasa al recomenzar la infinita lectura de sus textos.

            Indivisible de su aguda cara está la historia y con ella resurge el viejo enigma del artista desdichado; en el caso de Franz, esa angustia aplastante es hija de la sumisión a cualquier índole superior —tenía un gran sentido de lo supremo—. Sabía que nada reduce o engrosa una serie infinita (como lo sabía Zenón de Elea) y ése puede ser, quizá, su legado importante. Borges lo dijo de una manera más simple: “Dos ideas rigen la obra de Kafka: la subordinación es la primera; el infinito, la segunda.”

            La humillación y la angustia, la desdicha y la soledad, fueron sus instrumentos o su materia prima —o ambos— para traducir su realidad en palabras.

            Dijo Franz:

“Tengo que estar solo mucho tiempo. Todo cuanto he realizado, es sólo un logro de la soledad”.

            Estos instrumentos —o elementos o como deseen llamarlos— que termino de nombrar, pueden componer la vida de cualquier hombre inteligente; no hacerlo talentoso. Sí, el hombre con talento, merced a la agudeza y sensibilidad, será arrastrado previsible e inexorablemente hacia alguna de las gamas del hastío, del dolor.

            Dijo John Donne:

“La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas, están doblando por ti.”

            Dimensiona de manera extraordinaria ese futuro mundo creado por Kafka, donde uno sabe simplemente que sentimos porque existimos, a veces, sin esa triste necesidad de ser Josef K o Gregorio o el ayunador. Acaso los seamos siempre pero en dosis más pequeñas y esa inferioridad en nuestra sensibilidad nos impida enloquecer, de lo que no han sido salvados los genios como Nietzsche, Hölderlin, Artaud, Poe, Baudelaire, Rimbaud y tantos otros —conocidos y desconocidos—.

            Dijo Kafka (en una carta a Felice Bauer —su primer amor— del 22 de agosto de 1913), ayuno de esperanzas y en lucha con uno de sus grandes tormentos, el de la disputa interna entre la literatura y cualquier algo —sea cual fuere— :

“No te espera la vida de esa mujer feliz que tu ves caminar ante ti, no te espera la alegre charla, tomados del brazo, sino una vida monacal al lado de un hombre afligido, triste, callado, descontento, enfermizo, quien —cosa que podría parecerte una locura— está atado con cadenas invisibles a la literatura y que prorrumpe en gritos cuando uno se acerca a él, porque según afirma, se tocan sus cadenas.”

            Cultor de la filosofía de arena, sabía que los futuros contingentes ocurrían, de la misma manera que el cómo o el cuándo le estaban vedados; también a esto se subordinó —es decir a lo incierto—.

            Todo lo transformaba en literatura, como él mismo lo señalara en su carta del 1º de noviembre de 1912 a Felice:

“En el fondo, mi vida consiste y ha consistido desde siempre en intentos de escribir, por lo general malogrados.” . Y en su diario, fechado el 21 de julio de 1913, llega más lejos cuando señala: “Odio cuanto no se refiere a la literatura”.

            Adhiero a Franz en estas últimas dos apreciaciones, de las cuales, además, me permito decir lo siguiente: pudo completar su personalidad. Se conocía y dirigía su dolorosa vida hacia dolorosos puertos que lo conducían cada vez más  hasta su propia profundidad. Después de todo, sólo se muere una vez. ¿Quién dirá —y con que certeza— lo contrario?.

            Transcribiré otra carta a Felice del 26 de julio de 1913 donde categoriza claramente el lugar que ocupan en su vida la oficina y la literatura. También, más sutilmente, iguala a Felice con la oficina, subordinando a ambos a las cosas externas de la vida:

“¿La oficina? queda excluido por completo que la pueda abandonar alguna vez. Pero ya no resulta tan imposible que alguna vez me vea obligado a dejarla porque ya no puedo más. En este aspecto resultan terribles mi inseguridad y mi intranquilidad internas y también aquí la única razón, la auténtica, está en el escribir. Las preocupaciones por ti y por mí son preocupaciones vitales y por consiguiente entran dentro del ámbito de la vida, por lo cual podrían congeniar finalmente con el trabajo en la oficina; pero la oficina y el escribir se excluyen mutuamente, porque el escribir tiene su centro de gravedad en lo profundo, mientras que la oficina ocupa la parte externa de la vida. Así subo y bajo de continuo y con ello quedo destrozado.”

            Cuando más me lleno de Kafka, más recuerdo al genio de Emile Cioran al expresar:

“El escepticismo que no contribuye a la ruina de la salud no es más que un ejercicio intelectual”.

            Repito, era genuino, se conocía. Describió sus vergüenzas en sus historias cumpliendo con el artista interno que ciertas veces nos traiciona y nos condena, por ese motivo, al plagio —involuntario—.

            Para finalizar este humilde recuerdo, nuevamente voy a pedir prestado a Cioran otras pocas palabras que acaban  con pincelada perfecta el retrato espíritual de mi amigo Franz Kafka:

“Es preferible no dedicarse a las letras si, poseyendo un alma obscura, se esta obsesionado por la claridad. No se dejarán tras de sí más que suspiros inteligibles, pobres residuos del rechazo a ser uno mismo.”

            La dolorosa felicidad que me dan sus textos, hacen que me duela Kafka mucho y en tantas partes... 

 

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