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El
Regreso (de Franz Kafka)
Por
Giovanni Papini
El Libro Negro: Giovanni Papini
Editorial Porrúa, 1990, 280 pps. México.
El gran
maestro de la prosa italiana de este siglo, Giovanni Papini, crea un personaje
llamado Gog. Al cabo de dos libros (GOG y EL LIBRO NEGRO) el particular Gog
va encontrando seres lunáticos y paradójicos, al tiempo que recorre anticuarios
y compra manuscritos imposibles como este que van a leer.
Praga,
27 de marzo.
Un
librero de Praga, conocedor de mi pasión por los autógrafos de escritores célebres,
me ofreció en venta el borrador (inédito) de un cuento de Franz Kafka. Tiempos
antes yo había leído la traducción inglesa de su obra El Proceso; dicha lectura
me había simultáneamente hastiado y entusiasmado. Por eso quise hacer una rápida
lectura del manuscrito, seis paginitas de apuntes en alemán, antes de pagar
el elevado precio que me pedía el librero.El
Regreso, título que se lee en la parte superior, es el rápido esbozo de un cuento
que Kafka no quiso o no tuvo tiempo de desarrollar. Un agente de seguridad,
el señor W. B., quiere emprender un largo viaje de negocios por Bohemia, debiendo
dejar sola a su joven esposa en la casa de campo, situada a unos cien kilómetros
de Praga. Mucho le disgusta dejarla porque se han casado poco tiempo antes y
están muy enamorados, pero el deber y el interés le obligan a partir. Dicho
viaje debía durar un mes y medio, pero por diversas causas que Kafka no
hace saber, el señor W. B. se ve obligado a permanecer ausente por espacio
de dos meses. Finalmente llega el tan deseado día del regreso; aproximándose
la noche desciende en la estación más cercana a su morada, en la estación le
aguarda una carroza pedida por telegrama; ha realizado buenos negocios y está
contento, pero más que nada está contento al pensar que al cabo de tanto tiempo
podrá abrazar a su buena y hermosa María. Llega finalmente a la puerta de madera
de su jardín. Ya es de noche. El jardinero sale a su encuentro llevando un farol.
Mirando a su alrededor todo le parece nuevo, aunque nada ha cambiado. El viejo
perro blanco lo reconoce y le hace fiestas; la vieja fámula que le sirvió desde
la niñez está a la entrada de la puerta, le sonríe, le da la bienvenida, le
ayuda a quitarse el grueso capote negro especial para viajes:
¿Ninguna
novedad?
Ninguna,
señor.
¿Y
la señora?
Hela
aquí que baja.
En
efecto: por la escalera de haya que conduce a la planta alta desciende una mujer
que saluda alegremente al señor W. B., pero éste, cuando la mujer está cerca,
hace un movimiento de estupor y en lugar de abrazarla camina hacia atrás sin
decir palabra. Aquella joven señora, vestida de terciopelo, no es su María,
no es su esposa. María es morena como una meridional, mientras que ésta tiene
los cabellos de un color rubio ceniza; María es de mediana estatura y algo redonda,
mientras que ésta es alta, delgada. Ni siquiera los ojos son los mismos: la
desconocida que pretende abrazarle tiene ojos azules clarísimos, casi grises,
mientras que los de María, oscuros y ardientes, se parecen a los de una mujer
criolla.
Y,
sin embargo, esa señora lo llama por su nombre, con voz acariciadora, le pide
noticias acerca de su viaje y de su salud, toma una de sus manos y le atrae
hacia sí, lo besa con labios cálidos en ambas mejillas. El viajero es incapaz
de articular una sola palabra, le parece que en lugar de entrar a su casa ha
ingresado al mundo de los sueños; le agradaría que alguien lo despertara. Pero,
todo es allí normal excepto la nueva mujer: la casa es siempre la misma, los
muebles son los mismos que dejó al partir, el jardinero, dejadas las valijas,
aguarda órdenes de la dueña de casa, la mucarna trata a la desconocida como
si fuese la señora María e incluso el perro se mueve por allí haciendo fiestas
y ladrando como acostumbraba hacerlo con su verdadera ama. ¿Qué había sucedido?,
¿por qué ninguno de los presentes, excepto él, se da cuenta de que aquella mujer
no es su María?
Siempre
en silencio, el Sr. W. B. sigue a la desconocida, suben por la escalera de madera
y entran en la cámara conyugal. También allí está todo igual que antes. La 'toilette'
de María es la misma, con sus frascos y demás cosas bien conocidas por él; los
vestidos de María cuelgan en el mismo perchero, su retrato, el de W. B., está
en la misma mesita de la esposa. La nueva María se aprovecha de su turbación
para abrazarlo y besarlo en la boca, siente que el perfume es el mismo, bien
conocido, exótico e intenso, aun cuando el cuerpo sea diverso.
¿Estás
cansado? le pregunta la mujer. ¿Quieres reposar un poco antes de
bajar para cenar? Me parece que estás extraño, muy cambiado. ¿Por qué te muestras
tan frío conmigo, que te estoy esperando desde hace tiempo?, ¿te sucedió algo
desagradable?, ¿no te sientes bien?, ¿quieres beber un sorbo de tu licor preferido?,
siempre tuve a mano la botella para tu regreso...
No
preciso nada logra decir, finalmente, el señor W. B. Solamente querría
descansar un poco y reflexionar sobre lo que está sucediendo. No lo puedo comprender.
Déjame solo por un momento.
Como
quieras responde dulcemente la mujer. Voy a la cocina para vigilar
que la cena esté a punto. Hice preparar los platos que más te agradan.
Estrecha
su mano, le sonríe y sale del cuarto. El señor W. B., vestido como había llegado,
se tiende en el lecho presintiendo que se aproxima una especie de vértigo. No
logra darse cuenta de la inaudita aventura que le está sucediendo. En su aturdimiento
no es capaz de hallar una explicación satisfactoria. ¿Qué había sucedido? Durante
aquellos dos meses de ausencia, ¿se habría transformado él hasta el punto de
no reconocer más a su amada esposa?, o tal vez, aun cuando nadie se diera cuenta,
¿su María se habría cambiado enteramente dejando de ser como antes era?; u otra
hipótesis aún más absurda y pavorosa: ¿la verdadera María habría sido sacada
de allí por la fuerza, quizás hasta asesinada, contando con la complicidad de
la servidumbre, y otra mujer a la que nunca había visto pero que tal vez lo
amaba, habría ocupado el puesto de la primera?
Todas
estas suposiciones le parecieron igualmente infundadas, y procuró hacerlas desaparecer
de su mente. Pero, por más que hiciera trabajar a la fantasía no lograba hallar
explicaciones más naturales y convincentes. El señor W. B. no era un romántico
y no sentía simpatía ninguna por los relatos de Hoffmann y de Poe. Finalmente
prevaleció en él el buen sentido: decidió no hacer caso de nada y adaptarse,
por lo menos en las apariencias, a aquella incomprensible situación. Aceptaría
y recitaría su parte en la comedia, tratando a la desconocida como si fuera
en verdad su María. Tal vez, pasando el tiempo y con una tenaz observación,
llegaría a descubrir la verdad. Esta resolución calmó su excitación, pero no
mitigó la intensidad de sus pensamientos. Cuando la falsa María entró otra vez
en la cámara matrimonial, el señor W. B. se levantó del lecho y vio brillar
una nueva esperanza: en la penumbra le pareció que era ella, la que había dejado
al partir. Pero, sólo por un brevísimo momento; luego era la desconocida, la
intrusa.
Logró
ser dueño de sí mismo y la tomó del brazo, constatando con estupor que aquel
brazo, tibio a través de la tenue manga, le recordaba el de María, y tanto que
casi sintió remordimiento. La nueva esposa se mostraba afectuosa, solícita,
alegre, elegante, como la anterior. Ahora, la experiencia que pensaba hacer
le parecía menos difícil, menos pavorosa. Bajaron juntos para ir a cenar... "
Ahí
concluye, y de un modo brusco, el escrito de Kafka, y no es posible imaginar
el fin de tan enigmática situación, cosa que, por lo demás, está conforme al
singular ingenio de ese escritor.
Aun
cuando el cuento no estuviera completo, pagué con gusto las doscientas coronas
pedidas por el librero.
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