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Hop-Frog
Por
Edgar Allan Poe
"Cuentos Completos"
Traducción: Julio Cortázar
Alianza Editorial, 1970
Jamás
he conocido a nadie tan dispuesto a celebrar una broma como el rey.
Parecía vivir tan sólo para las bromas. La manera más
segura de ganar sus favores consistía en narrarle un cuento donde
abundaran las chuscadas, y narrárselo bien. Ocurría así
que sus siete ministros descollaban por su excelencia como bromistas.
Todos ellos se parecían al rey por ser corpulentos, robustos
y sudorosos, así como bromistas inimitables. Nunca he podido
determinar si la gente engorda cuando se dedica a hacer bromas, o si
hay algo en la grasa que predispone a las chanzas; pero la verdad es
que un bromista flaco resulta una rara avis in terris. Por lo que se
refiere a los refinamientos -o, como él los denominaba, los "espíritus"
del ingenio-, el rey se preocupaba muy poco. Sentía especial
admiración por el volumen de una chanza, y con frecuencia era
capaz de agregarle gran amplitud para completarla. Las delicadezas lo
fastidiaban. Hubiera preferido el Gargantúa de Rabelais al Zadig
de Voltaire; de manera general, las bromas de hecho se adaptaban mejor
a sus gustos que las verbales. En los tiempos de mi relato los bufones
gozaban todavía del favor de las cortes. Varias "potencias"
continentales conservaban aún sus "locos" profesionales,
que vestían traje abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a
cambio de las migajas de la mesa real, debían mantenerse alerta
para prodigar su agudo ingenio. Nuestro rey tenía también
su bufón. Le hacía falta una cierta dosis de locura, aunque
más no fuera, para contrabalancear la pesada sabiduría
de los siete sabios que formaban su ministerio... y la suya propia.
Su "loco", o bufón profesional, no era tan sólo
un loco. Su valor se triplicaba a ojos del rey por el hecho de que además
era enano y cojo. En aquella época los enanos abundaban en las
cortes tanto como los bufones, y muchos monarcas no hubieran sabido
cómo pasar los días (los días son más largos
en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el
cual reírse y un enano de quien reírse. Pero, como ya
lo he hecho notar, en el noventa y nueve por ciento de los casos los
bufones son gordos, redondeados y de movimientos torpes, por lo cual
nuestro rey se congratulaba de tener en Hop-Frog (que así se
llamaba su bufón) un triple tesoro en una sola persona. Creo
que el nombre de Hop-Frog no le fue dado al enano por sus padrinos en
el momento del bautismo, sino que recayó en su persona por concurso
general de los siete ministros, dado que le era imposible caminar como
el resto de los mortales. En efecto, Hop-Frog sólo podía
avanzar mediante un movimiento convulsivo -algo entre un brinco y un
culebreo-, movimiento que divertía interminablemente al rey y
a la vez, claro está, le servía de consuelo, aunque la
corte, a pesar del vientre protuberante y el enorme tamaño de
la cabeza del rey, lo consideraba un dechado de perfección. Pero
si la deformación de las piernas sólo permitía
a Hop-Frog moverse con gran dolor y dificultad en un camino o un salón,
la naturaleza parecía haber querido compensar aquella deficiencia
de sus miembros inferiores concediéndole una prodigiosa fuerza
en los brazos, que le permitía efectuar diversas hazañas
de maravillosa destreza, siempre que se tratara de trepar por cuerdas
o árboles. Y mientras cumplía tales ejercicios se parecía
mucho más a una ardilla o a un mono que a una rana. No puedo
afirmar con precisión de qué país había
venido Hop-frog. Se trataba, sin embargo, de una región bárbara
de la que nadie había oído hablar, situada a mucha distancia
de la corte de nuestro rey. Tanto Hop-Frog como una jovencita apenas
menos enana que él (pero de exquisitas proporciones y admirable
bailarina) habían sido arrancados por la fuerza de sus respectivos
hogares, situados en provincias adyacentes, y enviados como regalo al
rey por uno de sus siempre victoriosos generales. No hay que sorprenderse,
pues, de que en tales circunstancias se creara una gran intimidad entre
los dos pequeños cautivos. Muy pronto llegaron a ser amigos entrañables.
Hop-Frog, a pesar de sus continuas exhibiciones, no era nada popular,
y no podía, por tanto, prestar mayores servicios a Trippetta;
pero ésta, con su gracia y exquisita belleza -pese a ser una
enana-, era admirada y mimada por todos, lo cual le daba mucha influencia
y le permitía ejercerla en favor de Hop-Frog, cosa que jamás
dejaba de hacer. En ocasión de una gran solemnidad oficial (no
recuerdo cuál) el rey resolvió celebrar un baile de máscaras.
Ahora bien, toda vez que en la corte se trataba de mascaradas o fiestas
semejantes, se acudía sin falta a Hop-Frog y a Trippetta, para
que desplegaran sus habilidades. Hop-Frog, sobre todo, tenía
tanta inventiva para montar espectáculos, sugerir nuevos personajes
y preparar máscaras para los bailes de disfraz, que se hubiera
dicho que nada podía hacerse sin su asistencia. Llegó
la noche de la gran fiesta. Bajo la dirección de Trippetta habíase
preparado un resplandeciente salón, ornándolo con todo
aquello que pudiera agregar éclat a una mascarada. La corte ardía
con la fiebre de la expectativa. Por lo que respecta a los trajes y
los personajes a representar, es de imaginarse que cada uno se había
aprontado convenientemente. Los había que desde semanas antes
preparaban sus rôles, y nadie mostraba la menor señal de
indecisión... salvo el rey y sus siete ministros. Me es imposible
explicar por qué precisamente ellos vacilaban, salvo que lo hicieran
con ánimo de broma. Lo más probable es que, dada su gordura,
les resultara difícil decidirse. A todo esto el tiempo transcurría;
entonces, como postrer recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-Frog.
Cuando los dos pequeños amigos obedecieron al llamado del rey,
lo encontraron bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el
monarca, sin embargo, parecía de muy mal humor. No ignoraba que
a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el pobre
lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación
agradable. Pero el rey amaba sus bromas y le pareció divertido
obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) "a estar
alegre".
-Ven aquí, Hop-Frog -mandó, cuando el bufón y su
amiga entraron en la sala-. Bébete esta copa a la salud de tus
amigos ausentes... (Hop-Frog suspiró)... y veamos si eres capaz
de inventar algo. Necesitamos personajes... personajes, ¿entiendes?
Algo fuera de lo común, algo raro. Estamos cansados de hacer
siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te avivará el ingenio.
Como de costumbre, Hop-Frog trató de contestar con una chanza
a las palabras del rey, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sucedió
que aquel día era el cumpleaños del pobre enano, y la
orden de beber a la salud de "sus amigos ausentes" hizo acudir
las lágrimas a sus ojos. Grandes y amargas gotas cayeron en la
copa mientras la tomaba, humildemente, de manos del tirano.
-¡Ja, ja, ja! -rió éste con todas sus fuerzas-.
¡Ved lo que puede un vaso de buen vino! ¡Si ya le brillan
los ojos!
¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar,
pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan potente como
instantáneo. Dejando la copa en la mesa con un movimiento nervioso,
Hop-Frog contempló a sus amos con una mirada casi insana. Todos
ellos parecían divertirse muchísimo con la "broma"
del rey.
-Y ahora, ocupémonos de cosas serias -dijo el primer ministro,
que era un hombre muy gordo.
-Sí -aprobó el rey-. Ven aquí, Hop-Frog, y ayúdanos.
Personajes, querido muchacho. Personajes es lo que necesitamos... ¡Ja,
ja, ja!
Y como sus palabras pretendían ser una nueva chanza, los siete
las celebraron a coro.
También rió Hop-Frog, aunque débilmente y como
si estuviera distraído.
-Vamos, vamos -dijo impaciente el rey-. ¿No tienes nada que sugerirnos?
-Estoy tratando de pensar algo nuevo -repuso vagamente el enano, a quien
el vino había confundido por completo.
-¡Tratando! -gritó furioso el tirano-. ¿Qué
quieres decir con eso? ¡Ah, ya entiendo! Estás melancólico
y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! -y llenando
otra copa la alcanzó al lisiado, que no hizo más que mirarla,
tratando de recobrar el aliento-. ¡Bebe, te digo -aulló
el monstruo-, o por todos los diablos que...!
El enano vaciló, mientras el rey se ponía púrpura
de rabia. Los cortesanos sonreían bobamente. Pálida como
un cadáver, Trippetta avanzó hasta el sitial del monarca
y, cayendo de rodillas, le imploró que dejara en paz a su amigo.
Durante unos instantes el tirano la miró lleno de asombro ante
tal audacia. Parecía incapaz de decir o de hacer algo... de expresar
adecuadamente su indignación. Por fin, sin pronunciar una sílaba,
la rechazó con violencia y le tiró a la cara el contenido
de la copa.
La pobre niña se levantó como pudo y, sin atreverse a
suspirar siquiera, volvió a su sitio a los pies de la mesa.
Durante casi un minuto reinó un silencio tan mortal que se hubiera
escuchado caer una hoja o una pluma. Aquel silencio fue interrumpido
por un áspero y prolongado rechinar, que parecía venir
de todos los ángulos de la sala al mismo tiempo.
-¿Qué... qué es ese ruido que estás haciendo?
-preguntó el rey, volviéndose furioso hacia el enano.
Este último parecía haberse recobrado en gran medida de
su embriaguez y, mientras miraba fija y tranquilamente al tirano en
los ojos, respondió:
-¿Yo? Yo no hago ningún ruido.
-Parecía como si el sonido viniera de afuera -observó
uno de los cortesanos-. Se me ocurre que es el loro de la ventana, que
se frotaba el pico contra los barrotes de la jaula.
-Eso ha de ser -afirmó el monarca, como si la sugestión
lo aliviara grandemente-. Pero hubiera jurado por el honor de un caballero
que el ruido lo hacía este imbécil con los dientes.
Al oír tales palabras el enano se echó a reír (y
el rey era un bromista demasiado empedernido para oponerse a la risa
ajena), mientras dejaba ver unos enormes, poderosos y repulsivos dientes.
Lo que es más, declaró que estaba dispuesto a beber todo
el vino que quisiera su majestad, con lo cual éste se calmó
en seguida. Y luego de apurar otra copa sin efectos demasiado perceptibles,
Hop-Frog comenzó a exponer vivamente sus planes para la mascarada.
-No puedo explicarme la asociación de ideas -dijo tranquilamente
y como si jamás en su vida hubiese bebido vino-, pero apenas
vuestra majestad empujó a esa niña y le arrojó
el vino a la cara, apenas hubo hecho eso, y en momentos en que el loro
producía ese extraño ruido en la ventana, se me ocurrió
una diversión extraordinaria... una de las extravagancias que
se hacen en mi país, y que con frecuencia se llevan a cabo en
nuestras mascaradas. Aquí será completamente nuevo. Lo
malo es que hace falta un grupo de ocho personas, y...
-¡Pues aquí estamos! -exclamó el rey, riendo ante
su agudo descubrimiento de la coincidencia-. ¡Justamente ocho:
yo y mis ministros! ¡Veamos! ¿En qué consiste esa
diversión?
-La llamamos -repuso el enano- los Ocho Orangutanes Encadenados, y si
se la representa bien, resulta extraordinaria.
-Nosotros la representaremos bien -observó el rey, enderezándose
y alzando las cejas.
-Lo divertido de la cosa -continuó Hop-Frog- está en el
espanto que produce entre las mujeres.
-¡Magnífico! -gritaron a coro el monarca y su Consejo.
-Yo os disfrazaré de orangutanes -continuó el enano-.
Dejadlo todo por mi cuenta. El parecido será tan grande, que
los asistentes a la mascarada os tomarán por bestias de verdad...
y, como es natural, sentirán tanto terror como asombro.
-¡Exquisito! -exclamó el rey-. ¡Hop-Frog, yo haré
un hombre de ti!
-Usaremos cadenas para que su ruido aumente la confusión. Haremos
correr el rumor de que os habéis escapado en masse de vuestras
jaulas. Vuestra majestad no puede imaginar el efecto que en un baile
de máscaras causan ocho orangutanes encadenados, los que todos
toman por verdaderos, y que se lanzan con gritos salvajes entre damas
y caballeros delicada y lujosamente ataviados. El contraste es inimitable.
-¡Así debe ser! -declaró el rey, mientras el Consejo
se levantaba precipitadamente (se hacía tarde) para poner en
ejecución el plan de Hop-Frog.
La forma en que procedió éste a fin de convertir a sus
amos en orangutanes era muy sencilla, pero suficientemente eficaz para
lo que se proponía. En la época en que se desarrolla mi
relato los orangutanes eran poco conocidos en el mundo civilizado, y
como las imitaciones preparadas por el enano resultaban suficientemente
bestiales y más que suficientemente horrorosas, nadie pondría
en duda que se trataba de una exacta reproducción de la naturaleza.
Ante todo, el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido
elástico y sumamente ajustado. Se procedió inmediatamente
a untarlos con brea. Alguien del grupo sugirió cubrirse de plumas,
pero esta idea fue rechazada al punto por el enano, quien no tardó
en convencer a los ocho bromistas, mediante demostración práctica,
que el pelo de orangután puede imitarse mucho mejor con lino.
Una espesa capa de este último fue por tanto aplicada sobre la
brea. Buscóse luego una larga cadena. Hop-Frog la pasó
por la cintura del rey y la aseguró; en seguida hizo lo propio
con otro del grupo, y luego con el resto. Completados los preparativos,
los integrantes se apartaron lo más posible unos de otros, hasta
formar un círculo, y, para dar a la cosa su apariencia más
natural, Hop-Frog tendió el sobrante de la cadena formando dos
diámetros en el círculo, cruzados en ángulo recto,
tal como lo hacen en la actualidad los cazadores de chimpancés
y otros grandes monos en Borneo.
El vasto salón donde iba a celebrarse el baile de máscaras
era una estancia circular, de techo muy elevado y que sólo recibía
luz del sol a través de una claraboya situada en su punto más
alto. De noche (momento para el cual había sido especialmente
concebido dicho salón) se lo iluminaba por medio de un gran lustro
que colgaba de una cadena procedente del centro del tragaluz, y que
se hacía subir y bajar por medio de un contrapeso, según
el sistema corriente; sólo que, para que dicho contrapeso no
se viera, hallábase instalado del otro lado de la cúpula,
sobre el techo.
El arreglo del salón había sido confiado a la dirección
de Trippetta; pero, por lo visto, ésta se había dejado
guiar en ciertos detalles por el más sereno discernimiento de
su amigo el enano. De acuerdo con sus indicaciones, el lustro fue retirado.
Las gotas de cera de las bujías (que en esos días calurosos
resultaba imposible evitar) hubiera estropeado las ricas vestiduras
de los invitados, quienes, debido a la multitud que llenaría
el salón, no podrían mantenerse alejados del centro, o
sea debajo del lustro. En su reemplazo se instalaron candelabros adicionales
en diversas partes del salón, de modo que no molestaran, a la
vez que se fijaban antorchas que despedían agradable perfume
en la mano derecha de cada una de las cariátides que se erguían
contra las paredes, y que sumaban entre cincuenta y sesenta.
Siguiendo el consejo de Hop-Frog, los ocho orangutanes esperaron pacientemente
hasta medianoche, hora en que el salón estaba repleto de máscaras,
para hacer su entrada. Tan pronto se hubo apagado la última campanada
del reloj, precipitáronse -o, mejor, rodaron juntos, ya que la
cadena que trababa sus movimientos hacía caer a la mayoría
y trastrabillar a todos mientras entraban en el salón.
El revuelo producido en la asistencia fue prodigioso y llenó
de júbilo el corazón del rey. Tal como se había
anticipado, no pocos invitados creyeron que aquellas criaturas de feroz
aspecto eran, si no orangutanes, por lo menos verdaderas bestias de
alguna otra especie. Muchas damas se desmayaron de terror, y si el rey
no hubiera tenido la precaución de prohibir toda portación
de armas en la sala, la alegre banda no habría tardado en expiar
sangrientamente su extravagancia. A falta de medios de defensa, produjese
una carrera general hacia las puertas; pero el rey había ordenado
que fueran cerradas inmediatamente después de su entrada, y,
siguiendo una sugestión del enano, las llaves le habían
sido confiadas a él.
Mientras el tumulto llegaba a su apogeo y cada máscara se ocupaba
tan sólo de su seguridad personal (pues ahora había verdadero
peligro a causa del apretujamiento de la excitada multitud), hubiera
podido advertirse que la cadena de la cual colgaba habitualmente el
lustro, y que había sido remontada al prescindirse de aquél,
descendía gradualmente hasta que el gancho de su extremidad quedó
a unos tres pies del suelo.
Poco después el rey y sus siete amigos, que habían recorrido
haciendo eses todo el salón, terminaron por encontrarse en su
centro y, como es natural, en contacto con la cadena. Mientras se hallaban
allí, el enano, que no se apartaba de ellos y los incitaba a
continuar la broma, se apoderó de la cadena de los orangutanes
en el punto de intersección de los dos diámetros que cruzaban
el círculo en ángulo recto. Con la rapidez del rayo insertó
allí el gancho del cual colgaba antes el lustro; en un instante,
y por obra de una intervención desconocida, la cadena del lustro
subió lo bastante para dejar el gancho fuera del alcance de toda
mano y, como consecuencia inevitable, arrastró a los orangutanes
unos contra otros y cara a cara.
A esta altura, los invitados iban recobrándose en parte de su
alarma y comenzaban a considerar todo aquello como una estupenda broma,
por lo cual estallaron risas estentóreas al ver la desgarbada
situación en que se encontraban los monos.
-¡Dejádmelos a mi! -gritó entonces Hop-Frog, cuya
voz penetrante se hacía escuchar fácilmente en medio del
estrépito-, ¡Dejádmelos a mí! ¡Me parece
que los conozco! ¡Si solamente pudiera mirarlos más de
cerca, pronto podría deciros quiénes son!
Trepando por sobre las cabezas de la multitud, consiguió llegar
hasta la pared, donde se apoderó de una de las antorchas que
empuñaban las cariátides. En un instante estuvo de vuelta
en el centro del salón y, saltando con agilidad de simio sobre
la cabeza del rey, encaramóse unos cuantos pies por la cadena,
mientras bajaba la antorcha para examinar el grupo de orangutanes y
gritaba una vez más:
-¡Pronto podré deciros quiénes son! Y entonces,
mientras todos los presentes (incluidos los monos) se retorcían
de risa, el bufón lanzó un agudo silbido; instantáneamente,
la cadena remontó con violencia a una altura de treinta pies,
arrastrando consigo a los aterrados orangutanes, que luchaban por soltarse,
y los dejó suspendidos en el aire, a media altura entre la claraboya
y el suelo. Aferrado a la cadena, Hop-Frog seguía en la misma
posición, por encima de los ocho disfrazados, y, como si nada
hubiese ocurrido, continuaba acercando su antorcha fingiendo averiguar
de quiénes se trataba.
Tan estupefacta quedó la asamblea ante esta ascensión,
que se produjo un profundo silencio. Duraba ya un minuto, cuando fue
roto por un áspero y profundo rechinar, semejante al que había
llamado la atención del rey y sus consejeros después que
aquél hubo arrojado el vino a la cara de Trippetta. Pero en esta
ocasión no cabía dudar de dónde procedía
el sonido. Venía de los dientes del enano, semejantes a colmillos
de fiera; rechinaban, mientras de su boca brotaba la espuma, y sus ojos,
como los de un loco furioso, se clavaban en los rostros del rey y sus
siete compañeros.
-¡Ah, ya veo! -gritó, por fin, el enfurecido bufón-.
¡Ya veo quiénes son!
Y entonces, fingiendo mirar más de cerca al rey, aplicó
la antorcha a la capa de lino que lo envolvía y que instantáneamente
se llenó de lívidas llamaradas. En menos de medio minuto
los ocho orangutanes ardían horriblemente entre los alaridos
de la multitud, que los miraba desde abajo, aterrada, y que nada podía
hacer para prestarles ayuda.
Por fin, creciendo en su violencia, las llamas obligaron al bufón
a encaramarse por la cadena para escapar a su alcance; al ver sus movimientos,
la multitud volvió a guardar silencio. El enano aprovechó
la oportunidad para hablar una vez más:
-Ahora veo claramente quiénes son esos hombres -dijo-. Son un
gran rey y sus siete consejeros privados. Un rey que no tiene escrúpulos
en golpear a una niña indefensa, y sus siete consejeros, que
consienten ese ultraje. En cuanto a mí, no soy nada más
que Hop-Frog, el bufón... y ésta es mi última bufonada.
A causa de la alta combustibilidad del lino y la brea, la obra de venganza
quedó cumplida apenas el enano hubo terminado de pronunciar estas
palabras. Los ocho cadáveres colgaban de sus cadenas en una masa
irreconocible, fétida, negruzca, repugnante. El bufón
arrojó su antorcha sobre ellos y luego, trepando tranquilamente
hasta el techo, desapareció a través de la claraboya.
Se supone que Trippetta, instalada en el tejado del salón, fue
cómplice de su amigo en su ígnea venganza, y que ambos
escaparon juntamente a su país, ya que jamás se los volvió
a ver.
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