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Cortázar:
la cercana lejanía
Por
Abelardo Castillo
A
la muerte de Edgar Poe, Rufus Griswold leyó un discurso fúnebre
que años después le hizo decir a Baudelaire: "¿No
existe, acaso, en América, una ley que prohíba a los perros la
entrada en los cementerios?" Julio Cortázar, transcribiendo alguno
de los peores párrafos de aquel discurso admite que, si bien Griswold
estaba minado de resentimiento y mala fe, no dejaba, a veces, de tener razón.
Por desagradable que resultara, Poe, muerto, seguía siendo responsable
de sus actos. O de otro modo, que la muerte no mejora a nadie. Siempre estuve
de acuerdo con Cortázar en esto. Hoy el muerto es él, y no voy
a embellecerlo. Ni voy a embellecerme yo con sus despojos.
Nunca busqué su amistad ni pude darle la mía.
París está demasiado lejos; la diferencia de edad también
armaba otro mapa en otro continente. Yo lo admiraba como escritor, creía
en la sinceridad visceral de sus gestos políticos: ése fue nuestro
lugar de encuentro. Puestas en claro estas cosas, ya puedo decir que escribo
estas palabras con malestar y desgano: desde su muerte he visto demasiados perros
que, con la excusa de la amistad, la política o la literatura, han levantado
la pata sobre su tumba. Una ordalía de estupidez, superficialidad, ignorancia
del significado de su obra, pegajoso sentimentalismo, ha caído como un
paradojal castigo sobre la memoria de uno de los hombres que nos enseñó
a reírnos de todo eso.
Se ha señalado que muchos argentinos de mi generación son deudores
de la prosa y del mundo de Cortázar, yo hasta cambiaría el verbo
y escribiría somos, si a su nombre se agregan los de Arlt, Marechal,
Borges, Sabato, Onetti. Y también diría que en realidad unos pocos
escritores han aprendido de él lo que les hacía falta y demasiados
muchachos más o menos ágrafos de los años sesenta por imitar
a sus personajes, se dedicaron a apretar el tubo de dentífrico por cualquier
parte, o a inventar palíndromos, convencidos de que eso era toda la insurrección
contra la ideología paterna o el orden burgués y la primera instrucción
para subir la escalera que conduce a cambiar el mundo. Me acuerdo. Hacia 1965
no había boutique que no se llamara Rocamadour, librería que no
se llamara Rayuela o revista juvenil que no se llamara Cronopio. Ninguna: Fama,
como ha dicho Isidoro Blaisten. Todas las chicas algo zaparrastrosas que no
querían se Alejandra Vidal Olmos, querían ser la Maga. Ya no tenían
ataques de epilepsia ni complejo de Edipo ni escuchaban Brahms ni cortejaban
las pulmonías en la intemperie del puerto o de Parque Lezama; ahora buscaban
papelitos de colores en las alcantarillas, anhelaban ser violadas por uruguayos
negros, decían bop y Bird y, como en nuestro país siempre estuvo
prohibida Acorazado Potemkin y el Riachuelo es fétido, no sabían
que película ver ni cómo suicidarse. Alguna, hasta era la Maga.
Una de ellas se lo confesó al escéptico Blaisten. Enojadísima
le dijo: Yo soy la Maga; yo lo conocí a Julio en Bruselas. Ya lo sé,
Cortázar no es culpable de la locura de nadie; al fin de cuentas estos
desplazamientos de la realidad son el triunfo de su literatura. Hasta puede
ser que esa chica fuera de verdad la Maga; en aquel espacio privilegiado que
fue el mundo imaginario de Cortázar todo podía suceder, su universo
fantástico invadía el mundo real. Claro que si se piensa que Cortázar
vivió en Bruselas hasta los cinco años, la precocidad erótica
de esta Maga y de aquel niño debió ser sorprendente, y digna de
otra novela,, sólo que ésta exigiría un autor que fuese
al mismo tiempo Charles Dickens y Henry Miller. En los años setenta,
por fin, ya no quedaba argentino que no hubiese bebido con Cortázar un
calvados en el Café Bonaparte, o hablado de Charlie Parker con él,
en una ruinosa escalera de la rue Vaugirard. O, por lo menos, recibido una carta
que comenzara: "Querido Cronopio". Todos y todas le llamaban Julio;
también hay chicas que aman la poesía y para nombrar a García
Lorca dicen Federico, como si hubieran pasado la noche anterior acostadas en
su bóveda.
Alguien se preguntará qué pretendo, cuál
es el Cortázar esencial que conozco y del que me apropio. A mi pesar,
debo hacer ahora algunas precisiones personales.
Conocí a Julio Cortázar hace veinticinco
años. En 1959, estando Cortázar en Buenos Aires, me escribió
una carta, no importa a propósito de qué; fue la primera de una
serie de cartas cuyo contenido, al menos esta tarde, tampoco importa demasiado.
Puedo, sí, jactarme de algo: nunca me llamó Cronopio. En veinticinco
años nunca nos tuteamos. Las noches que compartimos juntos, con unos
pocos amigos de El Escarabajo de Oro, no acontecieron en ninguna de las dos
márgenes del Sena, sino en la orilla de acá del Riachuelo, más
bien tirando para el lado de Barracas que de Montparnasse. No tuvimos la fortuna
de ver ni el más mínimo clochard; tal vez se nos cruzó
un mero croto porteño, alguna subdesarrollada violetera nacional. no
evoco el menor pernod; sí, unas cuantas rotundas botellas de vino tinto.
Nunca pude llamarlo Julio. Como el pronunciaba la ere a la francesa, no por
amaneramiento sino por guturalidad natural (eso que llamamos frenillo), no creo
que hubiese articulado con claridad mi nombre. Me decía Castillo; yo
le decía Cortázar. Eso no nos impidió hablar sobre Latinoamérica,
sobre boxeo, sobre el exilio. No siempre estábamos de acuerdo. Tampoco
nos impidió coincidir sobre el único tema que parecía apasionarlo:
la literatura. De los grandes escritores que he conocido, ninguno, excepto Borges,
parecía haber meditado tanto como él sobre el problema de la forma
y el estilo. Uno tenía la impresión de que para Cortázar
las palabras eran cosas, pero no en el sentido inorgánico de objetos:
más bien pequeñas cosas vivas, animalitos o diminutos monstruos
delicados a los que había que amaestrar cuidadosamente para hacerles
cumplir la ceremonia de la sintaxis y la forma personal. Él decía
haberlo aprendido de Marechal y de Borges. Y es esto, este aprendido magisterio
que se transmite de escritor a escritor, y al que ahora hay que agregar su propio
magisterio, lo que le debemos y le deberán las generaciones que lo siguen.
No sus frívolos libros de dos pisos editados para Navidad y Año
Nuevo o sus homeopáticas rebeliones con pingüinos y tubos de dentífrico;
no su ambigua ideología de latinoamericano en París, que alguna
vez me pareció demasiado remota, sino algo esencialmente más importante,
ya que Cortázar no era ni quiso ni necesitó ser un pensador o
un hombre de ideas: fue un gran escritor, uno de los más deslumbrantes
autores de ficción que dio nuestra lengua. Lo que vamos a deberle siempre
es haber puesto, en el momento en que hacía falta, todo lo que tuvo -su
prestigio, su influencia como escritor, su nombre- al servicio del socialismo.
No es un libro menor e ideológicamente candoroso como Libro de Manuel,
el legado histórico de Cortázar: es el acto de haber escrito,
de haber intentado la aventura acaso imposible de unir su mundo real, hecho
de locura y sueño y ambigüedad, al mundo para él casi incomprensible
de las rebeliones sangrientas de los hombres. Los que amábamos la verdadera
literatura de Cortázar y creíamos en su honestidad, seguiremos
pensando que fue una suerte que este extranjero espiritual estuviera "del
lado de acá", junto a Cuba, Nicaragua, el Salvador o Chile y, sin
saberlo del todo, junto a quienes, desde el exilio interior, intentábamos
en esta tierra arrasada, y a nuestro modo, darle un sentido a la historia.
Y yo, íntimamente, seguiré sintiendo que
fue una dicha que haya escrito ciertos capítulos de Rayuela, los monólogos
de Persio, magias como la del oso afelpado que anda por las cañerías,
cuentos perfectos como "Las puertas del cielo", "El ídolo
de las Cícladas", "El perseguidor", "Casa tomada",
"Lejana", "Instrucciones para John Howell", páginas
por las que siempre estará, en mi panteón personal, al lado de
Poe o de Borges, junto a esa cada vez más reducida familia de soñadores
con la cual, en secreto, dialogamos a medida que envejecemos.
Castillo, Abelardo; Las palabras y los días, Buenos Aires, Seix
Barral, 1999
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