El
pensamiento de Cortázar en Rayuela
Por
Cristina Feijóo
La
obra de Julio Cortázar ha sido examinada y estudiada por la crítica
literaria hasta destriparla, desalmarla, reducirla a sus últimos componentes.
Yo quiero hacer algunas reflexiones como escritora; limitarme, además,
a examinar la proyección de una sola de las obras de Cortázar,
Rayuela, sustrayéndome a la tentación de analizar su estructura,
el sugestivo juego de espejos de sus personajes centrales, el abordaje estético
de los grandes temas y los presupuestos éticos que dialogan entre sí
con fuerza inspiradora, para concentrarme en el análisis de las causas
que llevaron a esta obra a insertarse de manera definitiva en el corazón
de sus lectores.
La aparición de Rayuela constituyó un fenómeno singular
en los lectores de mi generación. En primer lugar fue un libro nacido
del espíritu de su tiempo, un verdadero espejo mental en el cual los
jóvenes de entonces nos mirábamos y nos reconocíamos, es
decir íbamos reconociéndonos, como Cortázar hubiera querido,
activamente. Ya antes de la aparición de Rayuela los cuentos de Cortázar
trabajan con esta misma sustancia que fermenta y se nutre de sí misma
y que el autor calificó como su "sentimiento de lo fantástico",
una percepción de la realidad que definía como extrañamiento,
como irrupción en lo cotidiano de elementos que escapan a las leyes y
a las explicaciones de la inteligencia lógica. Este poner en tela de
juicio el criterio de realidad anticipaba ya su rebeldía a las ideas
heredadas, a toda normativa cultural, cuestionamiento que llevaría a
su cenit en Rayuela. ¿Por qué fue tan grande el impacto de Rayuela?
Voy a intentar ahondar en esta pregunta desde mi posición de lectora
antes que de escritora. Rayuela es una exasperada manifestación de rebeldía
del pensamiento contra marcos culturales y moldes éticos y estéticos,
es una indagación radical, un situarse desnudo y sin validaciones previas,
cuestionando implacablemente todo legado.
El
marco histórico cultural en el que se escribe Rayuela está dado
por el movimiento dinámico de las juventudes de Latinoamérica
y del mundo occidental en el sentido de un cuestionamiento radical a los parámetros
civilizatorios de la época. Eran vigorosas las búsquedas culturales,
las exploraciones artísticas, conceptuales, formales. Como expresión
de esta aspiración de cambio surgieron entre los jóvenes corrientes
orientalistas que buscaban romper los chalecos de fuerza de la organización
social que ofrecía occidente -recordemos la influencia de Los Beatles
en la cultura de masas, en la etapa más tardía de este proceso-
y a la vez aparecían movimientos políticos radicales comprometidos
con el cambio social, que en la década de los sesenta atravesarían
todo el costado occidental del planeta -con exponentes como el mayo francés
en 1968, las multitudinarias manifestaciones contra la guerra de Vietnam en
Estados Unidos y Europa, los movimientos revolucionarios en América Latina.
Este despliegue de potencias estaba "en el aire" cuando Rayuela irrumpió
en nuestro mundo. Hablando sobre la génesis de esta obra dice Cortázar
en 1967: "en Rayuela hice la tentativa más a fondo de que era capaz
en ese momento para plantearme en términos de novela lo que otros, los
filósofos, se plantean en términos metafísicos. Es decir,
los grandes interrogantes, las grandes preguntas." En una época
en que las grandes preguntas no se limitaban al campo teórico, en un
tiempo en que los grandes temas se vivían, Rayuela vino a ser una metáfora
de ese proceso.
En
las décadas del sesenta y setenta leí varias veces Rayuela. Treinta
años después y con la excusa de compartir con ustedes estas reflexiones
he vuelto a esta novela. Esta vez fue una lectura sorprendente porque a medida
que avanzaba en las páginas tenía una impresión de dejá
vu que no guardaba, curiosamente, relación con el texto. Me parecía
leer la versión final de mí misma. Como si la obra hubiera imantado
mis pensamientos todos estos años, convertida en el mandala hacia cuyo
centro había estado caminando sin tregua. No he hecho otra cosa, se me
ocurrió, que repetir las variaciones de esa música, sus argumentos
fundamentales. Mis opiniones, percepciones y creencias han sido cocinadas en
el caldero de Rayuela. La idea es abrumadora. Pero el solo pensamiento de realidad
invertida que contiene es, a la vez, muy atractivo. Imaginar a una persona como
el producto de una obra de ficción. La ¿ilusión? no es
casual, sino que forma parte de la experiencia vital que aporta su lectura.
La primera página del libro se titula "Tablero
de dirección" y destruye en el mismo umbral de la obra el orden
formal entre "lo escrito" y "lo leído" al proponer
dos maneras de leer las seiscientas páginas que siguen: de corrido, -en
cuyo caso el libro terminaría en el capítulo 56 siendo el resto
"prescindible"- o como propone el autor, según un orden alterado
en el que ubica como primero al capítulo 73, en cuyo caso todos los capítulos
serían "necesarios". Este sacudón inicial rompe con
el pacto de lectura de la narrativa, según el cual al escritor se adueña
del papel activo y el lector queda relegado a una cómoda pasividad. La
primera página de Rayuela destruye ese acuerdo tácito. El lector
tiene que elegir. Y esta elección lo eleva a un ilusorio plano de igualdad
con el escritor, al serle otorgado un protagonismo que como lector le estaba
vedado. "Posibilidad de hacer del lector un cómplice, un camarada
de camino, simultaneizarlo, puesto que la lectura abolirá el tiempo del
lector y lo trasladará al del autor" (1). Ya en la primera
página del libro estallan los códigos de lectura. Quebrado ese
pacto se debilita el criterio de realidad que toda obra propone y al que el
lector se acomoda. El lector ingresa aquí a un espacio sin reglas que
lo fuerza a adoptar una actitud alerta, ya no de receptor sino de cómplice
de ese acto que se está perpetrando con su acuerdo y por su elección.
Este cambio de actitud revoluciona el acto de lectura, es un puente que el escritor
tiende al lector y que lo arranca de su soledad essencial. Como dice su personaje
principal, Oliveira "Habría que vivir absurdamente para acabar con
el absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el salto acabara
en los brazos de otro." (2). Solamente apelando al absurdo se rompe
con el absurdo de la realidad. Ese es el principio al que Cortázar apela,
convirtiéndonos de lectores en actores.
"En un plano de hechos cotidianos, la actitud de mi incorformista
se traduce por su rechazo de todo lo que huele a idea recibida, a tradición,
a estructura gregaria basada en el miedo y en las ventajas falsamente recíprocas",
dice Morelli (3). Al caducar todas las condiciones preconcebidas de la
vida en sociedad no pueden sino caducar también las formas clásicas
de la organización del lenguaje, que debe rebelarse. "Usar la novela
como se usa un revolver para defender la paz, cambiando su signo. Tomar de la
literatura eso que es puente vivo de hombre a hombre y que el tratado o el ensayo
sólo permite entre especialistas"(4). Es así como
Rayuela rehuye las clasificaciones fáciles al cruzar las fronteras de
los géneros, para inscribirse en lo que Umberto Eco llamaría "obra
abierta", definición que presupone 1) que el significado de la obra
esté entre líneas, 2) esté en lo extraliterario y 3) esté
en la cabeza del lector. En una integración protoplasmática se
unifican en Rayuela elementos de la cultura de masas -arte pop, tiras cómicas,
collage y montage, folletines radiales y de teve, música popular, jerga
urbana- y las técnicas literarias experimentales de avanzada -intercalación
de relatos, experimentaciones sonoras y sintácticas (gíglico),
alteración del orden del relato, finales falsos, quiebres, desplazamientos
en la narración.
Podría
pensarse que la tarea subversiva del escritor está más que cumplida:
acaba de otorgar al lector un protagonismo no esperado. Sin embargo las analogías
entre las interrogaciones del escritor y su tiempo no se limitan al papel activo
que los jóvenes pretendían ejercer entonces, sino que acompañan
en forma y contenido las búsquedas filosóficas con que se enfrentaban.
La gran tensión del pensamiento de la época estaba puesta en el
conflicto entre lo "espiritual o trascendente" y el "compromiso
político-social", que aparecían como polos irreconciliables
aún cuando compartieran una misma naturaleza. La tensión entre
estas perspectivas del mundo nacía más de las similitudes que
de las diferencias. Los supuestos conflictos entre el "individualismo egoísta"
de lo espiritual y el "colectivismo solidario" de la militancia quedan
minimizados ante una búsqueda igualmente ansiosa de "la Verdad",
cuyo motor impone una ética y una escatología del triunfo del
Bien sobre el Mal como aspiración final. La lectura de Rayuela no es
otra cosa que un agudo recorrido por los nudos neurálgicos de estas interrogaciones
y por las tensiones en apariencia irreconciliables entre estas corrientes del
pensamiento. Cortázar era un hombre comprometido con las luchas políticas
de su tiempo pero su cuestionamiento no se limitaba a la realidad de las injusticias
sociales sino que atravesaba la estructura misma de la realidad, aunando dos
perspectivas distintas por la puesta en crisis de la existencia vista como finalidad.
Si
las formidables reflexiones de Rayuela expresaban la encrucijada del pensamiento
en los años sesenta ahora esas reflexiones parecen anticipatorias de
nuevas búsquedas filosóficas, que indagan tanto en la metafísica
como en el ser social. La locura de Oliveira es la alienación de la modernidad,
su acorralamiento no es sólo conceptual sino existencial. "Desde
los eleatas hasta la fecha el pensamiento dialéctico ha tenido tiempo
de sobra para darnos sus frutos, los estamos comiendo, son deliciosos, hierven
de radioactividad. Y al final del banquete ¿porqué estamos tan
tristes, hermanos? (5). Este reclamo angustioso por romper los chalecos
de fuerza de las ideologías dominantes, por concebir "un lugar en
el hombre desde donde pueda percibirse la realidad entera" (6) es
tomado hoy por los nuevos filósofos. Las indagaciones actuales sobre
el ser y sus múltiples formas de ser en sociedad estaban ya presentes
en Rayuela como la revulsión visceral contra un orden que se desmoronaba
y que terminó de derrumbarse en las últimas décadas, cuando
cayeron todas las máscaras de racionalismo y nos dejaron, cegados de
terror, ante un orden mundial que es un monumental mausoleo de las ideas de
justicia, igualdad y libertad sobre las que se asentó nuestra civilización.
Rayuela es un grito por la libertad del hombre, un grito que se prolonga en
otros gritos, diversos, múltiples, potentes y actuales que nacen, paradójicamente,
de la asfixia, como le gustaría decir a Oliveira.
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Notas:
(1) Capitulo 99
(2) Capítulo 22
(3) Alter ego literario de Cortázar, en Rayuela
(4) Rayuela, capítulo 99
(5) Rayuela, capítulo 79
(6) Rayuela capítulo 71
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