Carta
Abierta a Glenda
Por
Julio Cortázar
Clarín 08/10/81
Querida
Glenda, esta carta no le será enviada por las vías ordinarias
porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos
sociales de los sobres y el correo. Será más bien como si la pusiera
en una botella y la dejara caer a las aguas de la bahía de San Francisco
en cuyo borde, se alza la casa desde donde le escribo, como si la atara al cuello
de una de las gaviotas que pasan como latigazos de sombra frente a mi ventana
y oscurecen por un instante el teclado de esta máquina. Pero una carta
de todos modos dirigida a usted, a Glenda Jackson, en alguna parte del mundo
que probablemente seguirá siendo Londres; como muchas cartas, como muchos
relatos, también hay mensajes que son botellas al mar y entran en esos
lentos, prodigiosos sea-changer que Shakespeare cinceló en La Tempestad
y que amigos inconsolables inscribirían tanto tiempo después en
la lápida bajo la cual duerme el corazón de Percy Bysahe Shelley
en el cementerio de Cayo Sextio, en Roma.
Es así, pienso, que se operan las comunicaciones
profundas, lentas botellas errando en lentos mares, tal como lentamente se abrirá
camino esta carta que la busca a usted con su verdadero nombre, no ya la Glenda
Garson que también era usted, pero que el pudor y el cariño cambiaron
sin cambiarla, exactamente como usted cambia sin cambiar de una película
a otra. Le escribo a esa mujer que respira bajo tantas máscaras, inclusa
la que yo inventé para no ofenderla y le escribo porque también
usted se ha comunicado ahora conmigo debajo de mis máscaras de escritor;
por eso nos hemos ganado el derecho de hablarnos así, ahora que sin la
más mínima posibilidad imaginable acaba de llegarme su respuesta,
su propia botella al mar rompiéndose en las rocas de esta bahía
para llenarme de delicia en la que por debajo late algo como el miedo, un miedo
que no acalla la delicia, que la vuelve pánica, la sitúa fuera
de toda carne y de todo tiempo como usted y yo sin duda lo hemos querido cada
uno a su manera.
No es fácil escribirle esto porque usted no sabe
nada de Glenda Garson, pero a la vez las cosas ocurren como si yo tuviera que
explicar inútilmente algo que de algún modo es la razón
de su respuesta; todo ocurre como en planos diferentes, en una duplicación
que vuelve absurdo cualquier procedimiento ordinario de contacto; estamos escribiendo
o actuando para terceros, no para nosotros, y por eso esta carta toma la forma
de un texto que será leído por terceros y acaso jamás por
usted, o tal vez por usted pero solo en algún lejano día, de la
misma manera que su respuesta ya ha sido conocida por terceros mientras que
yo acabo de recibirla hace apenas tres días y por un mero azar de viaje.
Creo que si las cosas ocurren así, de nada serviría intentar un
contacto directo; creo que la única posibilidad de decirle esto es dirigiéndole
una vez más a quienes van a leerlo como literatura, un relato dentro
de otro, una coda o algo que parecía destinado a terminar con ese perfecto
cierre definitivo que para mi deben tener los buenos relatos. Y si rompo la
norma, si a mi manera le estoy escribiendo este mensaje, usted que acaso no
lo leerá jamás es la que me está obligando, la que tal
vez me está pidiendo que se lo escriba.
Conozca, entonces, lo que no podía conocer y
sin embargo conoce. Hace exactamente dos semanas que Guillermo, Shavelson, mi
editor en México, me entregó los primeros ejemplares de un libro
de cuentos que escribí a lo largo de estos últimos tiempos y que
lleva el título de uno de ellos, Queremos tanto a Glenda. Cuentos en
español, por supuesto, y que sólo serán traducidos a otras
lenguas en los próximos años, cuentos que esta semana empiezan
apenas a circular en México y que usted no ha podido leer en Londres,
donde por lo demás casi no se me lee y mucho menos en español.
Tengo que hablarle de uno de ellos sintiendo al mismo tiempo, y en eso reside
el ambiguo horror que anda por todo esto, lo inútil de hacerlo, porque
usted, de una manera que solo el relato mismo puede insinuar, lo conoce ya;
contra todas las razones, contra la razón misma, la respuesta que acabo
de recibir me lo prueba y, me obliga a hacer lo que estoy haciendo frente al
absurdo, si esto es absurdo, Glenda, y yo creo que no lo es aunque ni usted
ni yo podamos saber lo que es.
Usted recordará entonces, aunque no puede recordar
algo que nunca ha leído, algo cuyas páginas tienen todavía
la humedad de la tinta de imprenta, que en ese relato se habla de un grupo de
amigos de Buenos Aires que comparten, desde una furtiva fraternidad de club,
el cariño y la admiración que sienten por usted, por esa actriz
que el relato llama Glenda Garson, pero cuya carrera teatral y cinematográfica
está indicada con la claridad suficiente para que cualquiera que lo merezca
pueda reconocerla. El relato es muy simple: los amigos quieren tanto a Glenda
que no pueden tolerar el escándalo de que algunas estén por debajo
de la perfección que todo gran amor postula y necesita, y que la mediocridad
de ciertos directores enturbie lo que sin duda usted había buscado mientras
las filmaba. Como toda narración que propone una catarsis, que culmina
en un sacrificio lustral, éste se permite transgredir la verosimilitud
en busca de una verdad más honda y más última; así,
el club hace lo necesario para apropiarse de las copias de las películas
menos perfectas y las modifica allí donde una mera supresión o
un cambio apenas perceptible en el montaje repararán las imperdonables
torpezas originales. Supongo que usted, como ellos, no se preocupa por las despreciables
imposibilidades prácticas de una operación que el relato describe
sin detalles farragosos; simplemente la fidelidad y el dinero hacen lo suyo,
y un día el club puede dar por terminada la tarea y entrar en el séptimo
día de la felicidad. Sobre todo de la felicidad porque en ese momento
usted anuncia su retiro del teatro y del cine, clausurando y perfeccionando
sin saberlo una labor que la reiteración y el tiempo hubieran terminado
por mancillar.
Sin saberlo... Ah, yo soy el autor del cuento, Glenda,
pero ahora ya no puedo afirmar lo que me parecía tan claro al escribirlo.
Ahora me ha llegado su respuesta, y algo que nada tiene que ver con la razón
me obliga a reconocer que el retiro de Glenda Garson tenía algo de extraño,
casi de forzado, así, al término justo de la tarea del ignoto
y lejano club. Pero sigo contándole el cuento aunque ahora su final me
parezca horrible puesto que tengo que contárselo a usted, y es imposible
no hacerlo puesto que está en el cuento, puesto que todos lo están
sabiendo en México desde hace diez días y sobre todo porque usted
también lo sabe. Simplemente, un año más tarde Glenda Garson
decide retornar al cine, y los amigos del club leen la noticia con la abrumadora
certidumbre de que ya no les será posible repetir un proceso que sienten
clausurado, definitivo. Solo les queda una manera de defender la perfección,
el ápice de la dicha tan duramente alcanzada. Glenda Clarson no alcanzará
a filmar la película anunciada, el club 'hará lo necesario y para
siempre.
Todo esto, usted lo ve, es un cuento dentro de un libro,
con algunos ribetes de fantástico o de insólito, coincide con
la atmósfera de los otros relatos de ese volumen que mi editor me entregó
la víspera de mi partida de México. Que el libro lleve ese título
se debe simplemente a que ninguno de otros cuentos tenía para mí
esa resonancia un poco nostálgica y enamorada que su nombre y su imagen
despiertan en mi vida desde que una tarde, en el Aldwych Theater de Londres,
la vi fustigar con el sedoso látigo de sus cabellos el torso, desnudo
del marqués de Sade; imposible saber, cuando elegí ese título
para el libro que de alguna manera estaba separando el relato del resto y poniendo
toda su carga en la cubierta, tal como ahora en su última película
que acabo de ver hace tres días aquí en San Francisco, alguien
ha elegido un título, Hopscotch, alguien que sabe que esa palabra se
traduce por Rayuela en español. Las botellas han llegado ha destino,
Glenda, pero el mar en el que derivaron no es el mar de los navíos y
de los albatros.
Todo se dio en un segundo, pensé irónicamente que habla venido
a San Francisco para hacer un cursillo con estudiantes de Berkeley y que íbamos
a divertirnos ante la coincidencia del titulo de esa película y el de
la novela que seria uno de los temas de trabajo. Entonces, Glenda, vi la fotografía
de la protagonista y por primera vez fue el miedo. Haber llegado de México
trayendo un libro que se anuncia con su nombre, y encontrar su nombre en una
película que se anuncia con el título de uno de mis libros, valía
ya como una bonita jugada del azar que tantas veces me ha hecho jugadas así;
pero eso no era todo, eso no era nada hasta que la botella se hizo pedazos en
la oscuridad de la sala y conocí la respuesta, digo respuesta porque
no puedo ni quiero creer que sea una venganza.
No es una venganza si no un llamado al margen de todo lo admisible,
una invitación a un viaje que solo puede cumplirse en territorios fuera
de todo territorio. La película, desde ya puede decir que despreciable
se basa en una novela de espionaje que nada tiene que ver con usted o conmigo,
Glenda, y precisamente por eso sentí que detrás de esa trama más
bien estúpida y cómodamente vulgar se agazapaba otra cosa, impensablemente
otra cosa puesto que usted no podía tener nada que decirme y a la vez
sí, porque ahora usted era Glenda Jackson y, si había aceptado
filmar una película con ese título, yo no podía dejar de
sentir que lo había hecho desde Glenda Garson, desde los umbrales de
esa historia en la que yo la habla llamado as!. Y que la película no
tuviera nada que ver con eso, que fuera una comedia de espionaje apenas divertida,
me forzaba a pensar en lo obvio, en esas cifras o escrituras secretas que en
una página de cualquier periódico o libro previamente con venidos
remiten a las palabras que transmitirán el mensaje para quien conozca
la clave. Y era así, Glenda, era exactamente así. ¿Necesito
probárselo cuando la autora del mensaje está más allá
de toda prueba? Si lo digo es para los terceros que van a leer mi relato y ver
su película, para lectores y espectadores que serán los ingenuos
puentes de nuestros mensajes: un cuento que acaba de editarse, una película
que acaba de salir, y Ahora esta carta que casi indeciblemente los contiene
y los clausura.
Abreviaré un resumen que poco nos interesa ya. En la
película usted ama a un espía que se ha puesto a escribir un libro
llamado Hopscotch a fin de denunciar los sucios tráficos de la CIA, del
F.B.I. y del K.G.B., amables oficinas para las que ha trabajado y que ahora
se esfuerzan por eliminarlo. Con una lealtad que se alimenta de ternura usted
lo ayudará a fraguar el accidente que ha de darlo por muerto frente a
sus enemigos; la paz y la seguridad los esperan luego en algún rincón
del mundo. Su amigo publica Hopscotch, que aunque no es mi novela deberá
llamarse obligadamente Rayuela cuando algún editor de "best sellers"
la publique en español. Una imagen hacía el final de la película
muestra ejemplares del libro en una vitrina, tal como la edición de mi
novela debió estar en algunas vitrinas norteamericanas cuando Pantheon
Books la editó hace años. En el cuento que acaba de salir en México
yo la maté simbólicamente, Glenda Jackson, y en esta película
usted colabora en la eliminación igualmente simbólica del autor
de Hopscotch. Usted como siempre es joven y bella en la película, y su
amigo es viejo y escritor como yo. Con mis compañeros del club entendí
que solo en la desaparición de Glenda Garson se fijaría para siempre
la perfección de nuestro amor; usted supo también que su amor
exigía la desaparición para cumplirse a salvo. Ahora, al término
de esto que he escrito con el vago horror de algo igualmente vago, sé
de sobra que en su mensaje no hay venganza sino una incalculablemente hermosa
simetría, que el personaje de mi relato acaba de reunirse con el personaje
de su película porque usted lo ha querido así, porque solo ese
doble simulacro de muerte por amor podía acercarlos. Allí, en
ese territorio fuera de toda brújula, usted y yo estamos mirándonos,
Glenda, mientras yo aquí termino esta carta y usted en algún lado,
pienso que en Londres, se maquilla para entrar en escena o estudia el papel
para su próxima película.
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