Desde
el otro Lado
Por
Julio Cortázar
Clarín 20/08/81
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sobre cosas ya escritas puede parecer demasiado fácil, pero en mi caso
al menos siempre me ha sido más fácil inventar que repetir. Ocurre
sin embargo que ciertas repeticiones, que prefiero llamar recurrencias, se me
dan con la misma evidencia que diariamente nos da a todos la inevitable salida
del sol. Y si esta cotidiana maravilla no nos asombra puesto que conocemos la
relojería general del cosmos, hay otras repeticiones perceptibles en
un dominio que ninguna ciencia ha explicado todavía, repeticiones que
pertenecen a esos intersticios de lo habitual donde leyes que no son las de
la física o la lógica se cumplen de una manera casi siempre inesperada.
Todo esto para decir que anoche entré una vez más en esa zona
de arenas movedizas y que trato ahora de contarlo para esos lectores a quienes
también les pasan cosas así y no las desechan como meras coincidencias.
Hace años que conozco a Michel Portal y que admiro
su prodigiosa capacidad de instrumentista. Usted le alcanza cualquier variedad
de saxo, flauta, clarinete, fagote, trombón, quena, clavecín y
hasta el difícil y secreto bandoneón, y Michel lo vuelve música,
y qué música. Así, para abreviar la biografía, lo
mismo se lo encuentra como solista en un concierto de la llamada música
clásica (Brahms y Schumann no tienen secretos para él) o mezclado
en la compleja telaraña de una obra de Stockhausen; pero apenas le queda
un poco de tiempo libre, Michel arma un cuarteto o un quinteto de jazz y ahí
es la entrega y la creación en libertad, la invención de quien
pasa de un instrumento a otro con la gracia de, un gato Jugando con ovillos
de lana. Ocurre que somos amigos, pero nos vemos apenas, andamos, por órbitas
tan diferentes, cuando lo busco está en el Japón o viceversa,
pero anoche descubrí que su grupo actuaba en una cave d e Paris y me
largué para escucharlos y por lo menos charlar dos minutos con Michel
es así como se vive en este siglo donde se ha perdido toda armonía
entre el tiempo y nosotros, entre la Infinita variedad que nos rodea y nuestra
cada vez menor disponibilidad para abrazarla, Señalo de paso es parte
de este todo incomprensible que quisiera por lo menos insinuar que la víspera
yo había estado a punto de ir a escuchar a Michel y que circunstancias
nimias me obligaron a dejarlo para la noche siguiente.
Desde el fondo de la cave humosa y gótica y llena
de pelos y de barbas y de hermosas criaturas de todo sexo, escuché a
Michel y a su ?quinteto. Él me reconoció mientras disponía
sobre una mesa los cinco o seis instrumentos que utilizaría, y me hizo
un gesto de saludo. Tocó -tocaron- admirablemente, improvisando casi
una hora sobre temas que se iban abriendo y multiplicando como un, follaje de
árbol. El jazz no impide pensar (la improvisación tiene sus caídas
inevitables y en esos huecos momentáneos uno se reencuentra y vuelve
a su mundo mental); en algún momento me acordé de mi primer contacto
con Michel en el festival de Avignon y de cómo en un café él
me habla hablado de mi relato El perseguidor. Viniendo de un músico,
y qué músico, su preferencia por ese cuento me había dado
una de esas recompensas que justifican toda una vida, y mi manera de decírselo
fue hablar largamente con él de Charlie Parker, el hombre Parker y no
ya el personaje de mi relato. Su amor y el mío por la música del
Bird nos hizo amigos para siempre.
Yo había pensado en todo eso escuchando a Michel,
aunque nada hubiera de Charlie Parker en lo que se tocaba esa noche, y después
llegó el intervalo y Michel cruzó la sala para encontrarse conmigo.
Siempre un poco perdido, un poco en otra cosa, sentí que ahora estaba
más allá que nunca de lo que la gente llama normal. Nos abrazamos,
le dije de mi felicidad al escuchar su música. "No, no", se
defendió apretándome el hombro con una mano como si también
yo estuviera a punto de convertirme en uno de sus instrumentos "No, esta
noche es otra cosa, verte ahí y de golpe, de golpe...". Nos mirábamos,
yo esperaba sin saber qué. "Es increíble", dijo Michel,
"que estés aquí esta noche, Julio. Vengo de tocar en otra
parte, estuve tocando con un saxo que me prestaron, un saxo increíble
de viejo y gastado, con iniciales de nácar y una boquilla casi, inservible.
Olía a incienso de iglesia, te das cuenta, tocar en él era..".
Su deslumbramiento y su angustia batallaron en un largo silencio, en sus ojos
clavados en mi. "Adivina, Julio, adivina de quién era. No había
nada que adivinar, la figura estaba cerrada, la maravilla cumplida. "El
saxo del Bird", dije, y Michel, que acaso había temido que en ese
instante todo se viniera abajo, se apretó contra mí, feliz, como
temblando. Supe que la viuda de Charlie Parker estaba en Paris, que ese saxo
estaba destinado a un museo (hay uno muy simple y pobre y hermoso en Nueva York)
y que las cosas habían girado y se habían ordenado para que esa
tarde Michel pudiera tener entre las manos el saxo del Bird, acercar los labios
a esa boquilla donde había nacido el prodigio de Out of Nowhere, de Lover
Man, de tantos y tantos saltos a lo absoluto de la música, de eso que
malamente yo había tratado de decir en El perseguidor.
Nadie, claro, se dio cuenta de lo que ocurría
entre Michel y yo. Me quedé todavía un rato y me fui sin volver
a verlo. Nos seguiremos encontrando aquí y allá, pero si no es
así ya no importa. La figura se cerró anoche, eso que llaman azar
juntó otra vez tanta baraja dispersa y nos dio nuestro instante perfecto
fuera del tiempo idiota de la ciudad y las citas a término y la lógica
bien educada. Ahora ya nada importa, realmente; anoche fuimos tres, anoche lo
vimos junto a nosotros desde el otro lado.
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