Imágen de Julio Cortázar

Por Heberto Padilla
La Nación, 28/04/85

   ESTABA yo en Madrid el día que me enteré de la muerte de Julio Cortázar. Escribí en aquel momento un artículo; bajo el impacto de la noticia, tratando de reunir algunos recuerdos en torno a su persona, a las veces en que nos vimos en Cuba y en otros países, y sobre las muchas conversaciones que tuvimos, llenas de coincidencias y discrepancias, al comienzo de este cuarto de siglo en que literatura y política se han hecho inseparables.
   Todo el que tuvo oportunidad de conocer a Julio Cortázar estará de acuerdo en que lo primero que nos agradaba de él era su trato; hablaba con modestia y en sus predilecciones ponía una carga de afecto muy superior a la de sus rechazos. Le gustaba admirar y querer?, le apasionaban el arte, la literatura y la música; ni la política ni las ciencias sociales le atraían; sólo a mediados de la década de los años sesenta reaccionó vivamente interesado en ellas, pero no de manera académica, sino inmediata, vital.
Los cambios políticos y sociales que empezaban a producirse en Cuba lo fascinaron, de modo que rápidamente se convirtió en un partidario entusiasta de la revolución, pero el Cortázar que conocí en París era un dichoso fugitivo de¡ mundo académico y editorial del que saltó a las calles de Europa dispuesto a quemar su aparición tardía en la literatura, en un quehacer intelectual intenso y sin sosiego.
En París y en Cuba descubrió el sentimiento de la solidaridad política y el orgullo de saberse contemporáneo de los demás hombres, como escribió Octavio Paz a propósito del triunfo de la revolución.
La experiencia cubana le prestaba a, Julio otra razón de lucha. Una noche de hace 25 años, en París, conversando con un grupo de amigos en casa de Juan Goytisolo, me dijo Chiita, la esposa de Italo Calvino, que Cortázar quería verme. Al día siguiente nos encontramos en el Café Aux Deux Magots y hablamos hasta la madrugada sobre todo cuanto nos interesaba de política y literatura. Y mucho sobre Cuba. Y sobre la Unión Soviética, que a él le interesaba menos como experiencia.
   Yo regresaba de un viaje a Moscú, inquieto por las primeras respuestas de una realidad que desmentía a mis ojos el sueño que la había inspirado. Ni siquiera en la Unión Soviética posterior al XX Congreso del Partido Comunista se vislumbraba un cambio genuino hacia la democratización; pero el entusiasmo de Julio era superior a cualquier contingencia perturbadora. Más que por Cuba, creo que se interesaba por la imagen positiva que Cuba proyectaba sobre un continente plagado de tiranías militares y gobiernos corruptos; le deslumbraba el desafío de un pequeño país iberoamericano a una gran potencia situada a noventa millas, pero le preocupaba que las tensiones surgidas de ese enfrentamiento pudieran dañar el proyecto original de justicia y democracia.
Y empleaba el término con toda sinceridad. Nunca fue un marxista, pero a veces usaba la jerga de los marxólogos. Por ejemplo me decía: "Lo que importa es el carácter global del proceso revolucionario, no las falencias". Usaba mucho esta palabra que aprendí de él.
Esas eran sus opiniones de entonces, pero también creía en la necesidad de la crítica interna, en el debate intelectual y político, en la participación de todos en las decisiones públicas, en lo que cualquier hombre decente apoyarla sin pudor.
    Llegó a decirme que mi deber era expresar abiertamente mi opinión en Cuba sobre las terribles deformaciones al socialismo que la tiranía de Stalin había generado en la sociedad soviética. A él le parecía una muestra horrorosa la subliteratura que aquella etapa había producido.
Lo primero que se degrada en los totalitarismos es el lenguaje, me decía. Y exaltaba el claro y coloquial que empezaba a surgir en Cuba. En una ocasión en que fui atacado con violencia por la burocracia que comenzaba a surgir en la isla, Cortázar me envió un cable desde París donde decía textualmente: "Me siento más que nunca tu amigo".
   Había leído en la revista de las Fuerzas Armadas el ataque que lanzó contra mí el teórico del partido, Antonio Pérez Herrero, que, por cierto, ha sido destituido de su cargo en el Secretariado "por sucesivos errores", pero que entonces actuaba como inquisidor ideológico con el seudónimo de Leopoldo Avila.
Esa fue la primera oportunidad en que las opiniones de Julio Cortázar fueron tildadas de ingenuas. Después, siempre que hizo observaciones poco ortodoxas, se decía que eran "cosas de Julio".
Pero cuando recibí el Premio Nacional de Literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y los burócratas de la cultura trataron de impedir que se me otorgara y se, desató el escándalo en torno al libro, las "cosas de Julio" empezaron a sacar de quicio a los dirigentes comprometidos en la defensa de Cortázar.
Julio había llegado demasiado lejos al apoyarme públicamente desde el semanario Le Nouvel Observateur con un texto a dos páginas que tituló "Ni traidor, ni mártir". Y en 1971, la decisión de liquidar cualquier "conato de liberalismo" lo alcanzó a él también y su reacción aparece en su novela El libro de Manuel que, por supuesto, no circuló jamás en Cuba.
Ese instante en que el índice del personaje cubano lo señala con irritación será siempre un episodio perdurable en una literatura que, cómo la suya, se proponía aquellas reglas que rigen la excepción de que hablaba Jarry.
Las acusaciones e insultos que lanzó Fidel Castro contra los setenta y pico escritores y artistas que atacaron su política de 1971, que provocó mi encarcelamiento, tuvieron una dolorosa repercusión en Cortázar. Y le sirvieron para conocer la verdadera naturaleza de su adhesión al proceso revolucionario cubano.
    Se descubrió súbitamente solo y vulnerable, atacado por la izquierda y la derecha, sin la inocencia con que lo justificaba la primera y sin el cinismo que siempre reclama la segunda. El mundo está lleno de casos así.
   Lo vi en Nueva York en 1980, todavía intentando persuadirme de que lo importante era el aspecto global del proceso revolucionario. Me dijo que Fidel estaba dispuesto "a perdonarte por el escándalo que suscitó tu caso" y comprendí que su lenguaje comenzaba a ser otro.
   Ese otro lenguaje, tan diferente al que siempre le conocí, fue elogiado sin reservas por quienes eran orgánicamente enemigos de su concepción de la vida y el arte.
   La gracia, la capacidad de invención y poesía que constituyen lo mejor de su obra dieron a la literatura de nuestra lengua, una originalidad que se venía perdiendo durante el medio siglo. Cortázar vigorizó nuestra literatura en lo que realmente importa, en el lenguaje. Rayuela puede ser abierta en cualquier página y siempre nos producirá un efecto de escritura distinta, inesperada, porque en ella lo que prevalece es la expresión.
   Cada vez que la he utilizado en clase he descubierto él entusiasmo que despierta en los jóvenes, porque la obra de Cortázar es sobre todo una obra de juventud. Sus cronopios y sus famas, aquel ámbito de fábula en que sabía desplazarse con la magia de un niño, no estaban en nuestra lengua. Él es responsable de que estén ahí.
Hace un año escribí que siempre tuve la extraña certeza de que Cortázar no moriría jamás. El único padecimiento que le conocimos lo manejaba él con una graciosa vanidad. Se había detenido en el tiempo, a los sesenta años parecía un hombre de treinta, de modo que envejecía al revés, hacia la juventud, como si desnaciera.
Las fotos que se conservan de los años treinta y cuarenta nos muestran a un Cortázar grave, con gafas redondas y el pelo corto y con gomina; la imagen contraria que conocimos después: un joven de cabellos abundantes y sueltos, sin gafas, que vestía con el desenfado de un muchacho. Es el que quiero recordar, ahora que ya no se encuentra entre nosotros.

 

Volver a pagina de inicio

 

 

Contacto: info@lamaquinadeltiempo.com

..............................................................................................................................................