Historia
de dos Cuentos
Por
Vlady Kociancich
Clarín 10/02/94
Pese
al manifiesto descrédito de la originalidad, la búsqueda de sospechosas
coincidencias argumentales o temáticas entre escritores es todavía
el oscuro goce de muchos. Bajo palabras enguantadas -influencias, símiles,
paralelos- se esconde el filo de un deseo común a inteligencias toscas:
hallar la imitación, el plagio. Que todos los grandes escritores sufran,
en algún momento de su vida, esta frívola persecución,
esta caza del zorro organizada por gente ociosa y extranjera, no mengua el entusiasmo
de los cazadores ni la sorpresa del zorro. Inútilmente aducen los escritores
su salvaje inocencia, clamando en el desierto que hay más zorros que
los que encierra esta filosofía. Los ignorantes del oficio, incapaces
de escribir una página con gracia, siguen rastreando las obras en busca
de modelos y de imitaciones. (Y por supuesto, los encuentran. De la literatura,
como de la vida, nadie tiene el copyright). Menos ilusos, ladrones de insignificancias,
atentos al relato que los ocupa, los escritores desdeñan esta pasión
detectivesca por un cruce de imaginaciones en el camino -no tan ancho ni tan
largo como se supone- de los temas que conmueven al hombre.
Que la originalidad es parte olvido, parte genio combinatorio
y también una dosis de azar, lo prueban las obras en cuya incontestable
singularidad vemos una escena ya vista, asistimos a un accidente ya narrado,
y nunca o solo vagamente percibimos una semejanza, deliberada o casual, tan
poco importante para la emoción como los rasgos hereditarios de un huérfano.
Solo el placer de la pedantería reconoce las Metamorfosis de Ovidio en
los caprichos mágicos de Sueño de una noche de verano de Shakespeare.
Salvo como truco de la memoria, ¿interesa que una página de Maupassant
se filtrara en "El negro del Narciso", de Joseph Conrad? ¿Deslumbra
menos "El Aleph" de Borges porque sigue las huellas de "El Cuento
más Hermoso del Mundo" de Kipling?
Reflejos de una común identidad irisan la máscara
bruñida de toda obra literaria. Nadie lo ignora. Tampoco dos autores
argentinos, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar. A ellos, sin embargo,
estas livianas coincidencias un día se les dieron con creces. Escribieron
dos cuentos idénticos.
"Un viaje" o "El Mago Inmortal", de Bioy Casares y "La
Puerta Condenada" de Cortázar, narran la historia de un hombre que
se aloja en un hotel y no puede dormir por las voces que oye en el cuarto vecino.
Irritado al principio, luego desesperado, se resigna a comentar la acción
que transcurre del otro lado del tabique. A lo largo de su desvelo, los sonidos
adquieren realidad de hechos, las voces cuerpo y carácter, y el testigo
insomne se ha enredado en la trama ajena. Finalmente descubre que la trama no
existe, que en el cuarto de al lado había un único e imposible
huésped.
Si ya la coincidencia argumental es rara (aunque cuartos vacíos y ocupantes
fantasmas estén arraigados en la tradición de la literatura fantástica),
la enrarece aún más la coincidencia en los detalles. Petrone,
el personaje de Cortázar, y el "yo" narrador de Bioy, son (¡entre
tantas profesiones a elegir!) comerciantes. Viajan a la misma ciudad, Montevideo
(En el Vapor de la carrera), y están a punto de registrarse en el mismo
hotel.
"A Petrone le gustó el Hotel Cervantes por
razones que hubieran desagradado a otros", dice Cortázar. "Juraría
que al chauffer del taxímetro le ordené: "Al hotel Cervantes",
se asombra el personaje de Bioy con inquietante perplejidad cuando el taxi se
para frente al hotel La Alhambra. Del Cervantes apunta nostálgico: "Cuántas
veces, por la ventana del baño, que da a los fondos, con pena en el alma
habré contemplado, a la madrugada, un árbol solitario, un pino..."
Y Cortázar: "El cuarto de baño tenía una ventana más
grande, que se abría tristemente a un muro, a un lejano pedazo de cielo,
casi inútil". La vista melancólica desde el cuarto de baño
aparece en el comienzo de los relatos. También esta declaración
del personaje de Bioy: "Me apresuro a declarar que no creo en magos, con
o sin bonete, pero sí en la magia del mundo".
Pero es la notable ausencia de magia lo que registran con los mismos ejemplos:
el tedio de sus negocios, la grisura de la ciudad, diarios que compran y leen
sin interés, paseos por el centro, las palomas. Incluso el cine que promete
y frustra la ilusión de un refugio. (El personaje de Cortázar
ha visto las películas y no entra, el de Bioy entra, ve una y lo desasosiega).
Al aburrimiento se le sumará el cansancio. Y las voces nocturnas: el
llanto de un niño y el arrullo de la madre despiertan a Petrone; al don
Juan fracasado de Bioy le toca el castigo de una pareja que hace el amor estrepitosa,
interminablemente. Uno se queja al gerente del hotel y le dicen que no hay ningún
niño en el piso, que la mujer siempre ha estado sola. El otro se resigna
al jaleo: sabe que no hay más cuartos libres. "Se preguntó
si no debería dar unos golpes discretos en la pared para que la mujer
hiciera callar al chico" (Cortázar). "Salté de la cama
para dar nudillos en la pared..." (Bioy). Cuando se hace el silencio, Petrone
ahora el llanto del niño, el otro se halla "desvelado y extrañamente
solo". Habían planeado una venganza para librarse de sus vecinos.
En el cuento de Cortázar se ejecuta y la mujer abandona el hotel; en
el de Bioy, se convierte en el humilde deseo de ver a la mujer de la pareja.
Pero a través de la puerta condenada, vuelve a oírse el llanto
del niño, y en "Un viaje o el mago inmortal", el envidioso
insomne atestigua que en el cuarto vecino no hay ninguna pareja sino un anciano
debilucho que se llama Merlín.
Este caso rarísimo ya no era una novedad en 1973,
cuando Cortázar visitó Buenos Aires. Pero mucha gente lo ha olvidado,
y otros seguramente ignoran las circunstancias casi literarias que rodean esa
misteriosa escritura a dos manos. Porque contra la tradición de involuntarios
plagios, los autores pudieron preguntarse cómo había sucedido.
Contra la corriente de sus vidas -uno residía en París, el otro
siempre en Buenos Aires- y contra una amistad distante, hecha de afectuoso respeto
pero con escasos encuentros personales se vieron y hablaron de los caprichos
del azar, que les había jugado una espléndida broma.
Desde todo punto de vista, los cuentos gemelos rechazaban una explicación.
Paradójicamente, Bioy Casares, quien en su obra nunca abandona la fe
en lo extraordinario, se negó a admitir otra razón que la casualidad.
Cortázar, cuyos cuentos fantásticos tienden a exacerbar nerviosamente
lo ordinario, era en cambio un creyente del orden en la magia, y sostuvo que
en la coincidencia había un mensaje indescifrable, una tercera voluntad.
Averiguar dónde y qué estaban haciendo cuando se les ocurrió
la historia del viajante, mostró que antes de escribir ya coincidían:
estaban solos, Bioy en un hotel de Portofino, leyendo a Dante, Cortázar,
en una casa en un bosque de Francia, leía un libro sobre vampiros. Los
dos sintieron una nostalgia de Buenos Aires que les pareció vergonzosa.
Por pudor, qué argentinos, decidieron situar el cuento en Montevideo.
Y así emprendieron el viaje imaginario en el vapor de la carrera, hacia
el hotel Cervantes, hacia el cuarto fantástico. En 1973, Buenos Aires
los reunió fugazmente para reírse juntos de un plagio sin plagiarios
cuya impecable confección desmorona la suspicacia del más vigilante
de los críticos. Ni Cortázar ni Bioy imaginaron que aquel encuentro
fue también el último. Jamás volverían a verse.
La cita del Quijote que precede al relato de Bioy Casares
parece comentar, con una precisión que estremece y deleita, la extraña
historia de los "El cómo o para qué nos encantó nadie
lo sabe".
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