Retrato
de Cortázar
Por
Héctor Yánover
No
tengo ganas de escribir una nota. Me gustaría poder ponerlo sobre el
papel para que todos lo admiren como yo lo admiré desde que lo conocí
en 1951, leyendo Bestiario. Pero cómo puedo, con mis palabras previsibles,
hablar de un escritor cuyo mayor mérito es la imprevisibilidad de las
suyas. Me lo recomendó una clienta de la librería, Martha Posse,
que me llenó de fantasías contándome sus cuentos. Siempre
hubo algo mágico en los encuentros con sus libros y luego con él.
Cuando en junio de 1968 llegamos a París lo llamé y me invitó
a su casa. Pasamos el día juntos. Hablamos y coincidimos en muchas lecturas,
en los dibujos de Oski y en los textos de César Bruto que ambos sabíamos
de memoria: "Si vas a París en octubre/ no te olvides de visitar
Louvre".
Era cordial "como un legítimo argentino". Si es cierto que
lo más profundo es la piel, a flor de piel sentimos -Olga y yo- que ya
éramos sus amigos. Y así fue desde entonces. Pero nunca dejé
de saber que era un elegido por el Dios de la palabra, que estaba casado con
ella y que su oralidad era por escrito. Que había aprendido a dominarlas
y que con ellas había construido esas máquinas fascinantes que
son sus páginas, rebosantes de hallazgos. Cuando estuve a su lado, las
veces que estuve a su lado, nunca dudé de que era a él que le
salían conejitos de la boca. Que era otro Polifemo, un tocado, un intocable,
un otro como Calvino o Raúl o Borges. La admiración siempre me
vedó otro entendimiento que el de un niño azorado, deslumbrado
frente al mago. Lo conocí, sí, pero verdaderamente lo conocí
leyéndolo: con todo el cuerpo. Dejándome atravesar por sus palabras.
Me nombra al comenzar a grabar el disco que edité en
1970 y que acabo de reeditar después de 32 años. A ese nombrar
lo vivo como una condecoración. En 1973 vino a Buenos Aires y estuvo
todo su primer día en la librería, le ofrecí hacerle un
reportaje público en el Luna Park, seguro de llenarlo, no quiso. Cuando
vino en 1983, su primer día fue en la librería, días después
le escuché decir en un reportaje radial que él "paraba"
en la librería y que si querían alcanzarle algo lo dejaran allí.
Soy un cholulo que admira y envidia a aquellos que saben manejar sus palabras
entre rápidos y sostienen el timón hasta llegar al puerto que
deseaban llegar. El 13 de octubre de 1983 me escribió: "...ando
medio enfermo y todo se me trabuca... espero que nos veamos hacia febrero, tengo
toda la esperanza de poder darme una vuelta". Pero vino en diciembre y
al subir al taxi, cuando nos despedíamos, me dijo: "Volveré
en marzo y me quedaré un tiempo".
En una candente mañana de febrero , al entrar a la librería quejándome
del calor, Carlos Gutiérrez, que está junto a nosotros en la foto
con Cortázar, y que después fue asesinado por un ladrón,
me dijo: "Sí, y además esta noticia". "¿Cuál?",
pregunté; "Murió Cortázar".
No recuerdo muerte que haya conmovido tanto. Se nos achicó la infancia.
Su muerte nos desbarató, nos llenó de estupor, de perplejidad,
porque es muy duro proseguir cuando esos hombres mueren.
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