Reunión de existencias

por Juan Carlos de Sancho

Cualquier acercamiento a la poesía de un país determinado puede convertirse en una trampa si reducimos nuestro análisis a la geografía que la transita o a la tradición que representa. Pero si pensamos en la intersección, en las influencias, en el mestizaje y en la creolidad obtendríamos una imagen más real de lo que andamos buscando: otra realidad imprevisible y múltiple.
Según el poeta de Martinica E. Glissant, sólo la poética de la relación puede llevar a los pueblos a renunciar a la espiritualidad, a la mentalidad y al imaginario estimulado por una concepción identitaria de raíz única. Según Glissant la conciencia identitaria de cualquier comunidad debe estar inserta en un imaginario de existencias, es decir, en un sistema reflexivo signado por el asombro y la maravilla del otro que también nos constituye. Desde esta perspectiva destaca que toda identidad es múltiple y que ninguna cultura puede desembocar en una definición del ser porque siempre estará inmersa en un movimiento perpetuo de interpenetrabilidad cultural y lingüística. En definitiva: sólo hay existencias.
Contra las culturas atávicas el poeta de Martinica propone un modelo cultural basado en la errancia, inclinación orgánica a otra forma de ser y conocer, experiencia que induce al sujeto a dejar los pensamientos de sistema por los pensamientos de indagación de lo real, por pensamientos de traslación, por pensamientos de incertidumbre y de ambigüedad, escudos contra la intolerancia y los sectarismos de todo tipo.
La poesía en Canarias se ha desenvuelto siempre en esas latitudes del pensamiento, en la invención contra la afectación, en la ironía como estrategia de protección y acometida y en la sutileza expresiva como asiento del estilo.
Un talante propio de un territorio inventado, continuamente visitado y eternamente conmovido.

La conciencia de la conciencia

Con una mirada restauradora que los transformó en sofistas y atentos observadores de un mundo en ebullición, los poetas insulares supieron renovar el laberinto que emergió lentamente de la nada. Durante quinientos años tuvieron que inventarlo todo.
En los primeros siglos se narró el paisaje, se ubicaron los héroes, se inventaron las palabras ilustres, el barroquismo, el modernismo, las corrientes regionalistas, las vanguardias, la poesía social y los movimientos surrealistas. Cinco siglos de experimentos que comenzaron con las endechas y los romances que llegaban en carabelas y galeones y que se transformaron en canciones.
El mar fue durante siglos el hilo conductor, los caminos por donde llegaron las ideas y las influencias. Cada isla se transformó así en una placa giratoria de culturas y cada libro en un experimento de materiales intransferibles. En todos esos lugares creativos, pese a la limitación del espacio y la escasez de materiales, el interés por lo universal prevaleció sobre lo local.
Los escritores isleños siempre tuvieron una tendencia a filosofar dentro de las palabras, a convertirse en exportadores e importadores de ideas en un archipiélago fronterizo y cosmopolita.
Convivían con los pensamientos de ultramar, los horizontes circulares, el desasosiego del aislamiento, la melancolía y el júbilo contenido. Pero a menudo, como un presagio, un barco irreal retornaba a puerto para franquear la isla, como si pasara a través de un espejo. Desde entonces las islas siguen siendo incógnitas, lejanas, inasibles; señalando un horizonte invisible.

Reunión de existencias en Buenos Aires
Geográficamente estamos en África, letradamente en Europa y sentimentalmente muy próximos al continente americano. Islas Afortunadas donde Erasmo de Rotterdam ubica a su personaje Locura (Elogio de la Locura) y los antiguos historiadores el Jardín de las Hespérides y el Árbol de las Manzanas de Oro (por cierto un jardín y un árbol muy disputados por otros archipiélagos colindantes). Además disfrutamos de la presencia de San Borondón, una isla que aparece y desaparece y que nadie ha podido ver nunca, pese a los múltiples intentos. En fin, una tierra imaginada y visitada por numerosas culturas, atraídas por su belleza y sus laberintos. Eso nos ha proporcionado un perfil universal, una tendencia a probar de todo un poco: nos gusta la isla donde vivimos pero nos fascina el mundo.
Mientras preparaba esta reunión de existencias, titulada Poetas canarios en Buenos Aires, comprobé como junto a los treinta poetas canarios, también vinieron a visitar este libro, entre otros, Marcel Proust, Lezama Lima, Philippe Jaccottet, Nelly Sachs, Joseph Brodski, Nazim Hickmett, Vladimir Mayakovski, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, T.S. Elliot, Paul Valery, Catulo, Artaud, Esenin, Dylan Thomas, Takuboku, Matsuo Basho, Li-Po, Lao Tze, Apollinaiare, Mallarmé, Keats, Byron, Shelley, Ruben Darío, Octavio Paz, Fernando Pessoa, Eugenio de Andrade, Edmundo de Ory, Huidobro, Blas de Otero, Bergamin, Charles Simic, Allen Ginberg, Kavafis, Luis Cernuda, Edgar Lee Master, Von Kleist, Villon, Supervielle, César Vallejo, Ezra Pound, Whitman, Borges, Juan Gelman, Valente, Benedetti, Omar Jayyam, San Juan de la Cruz, Sor Juana Inés de la Cruz, Alejandra Pizarnik, Margaritte Yourcenaur, Emili Dickinson, Margaritte Durás, Silvia Plath…
En esta tesitura internacional y con tanto invitado disparejo, ¡qué difícil era para mí cimentar con precisión una antología en un archipiélago ficticio y en continua transformación! Toda una concepción de la poesía estaba en trance de cancelación y de ser sustituida por otra. Decidí entonces convocar una reunión poética fuera de las islas y recalé en la editorial argentina La Máquina del Tiempo, dirigida por Hernán Isnardi, que rápidamente comprendió mi dificultad.
En La Máquina del Tiempo habría más posibilidad de aglutinar diferentes edades, estilos, talantes e influencias, dejando que la propia reunión existencial se fusionara libremente y que el esquema final del libro se decidiera en la mente del lector o en la velocidad fulminante de las interacciones, como propone Edouard Glissant.
Convidé entonces a todos los que asistían a esta reunión a que elaboraran una poética. Prefería que el lector se aproximara a sus textos desde la propia idea que el poeta tenía de su trabajo personal o de la poesía en general. Hacía días que había regresado de Chihuahua donde el gran poeta mexicano Lizalde había declarado que «no existe obra individual, sino obra generacional». El revuelo que montó fue fenomenal y me dio la perspectiva que ahora presento.
La mayoría de los que participan en este libro son poetas canarios de los años 60, aunque también hay algunos nacidos en los 70/80. De finales de los cincuenta y cuarenta llegaron también unos pocos, tan imprudentes como el resto al aceptar mi propuesta. Quería sortear a críticos, académicos, filólogos, periodistas culturales (¿?) y otros expertos ilustrados. Me interesaba más saber qué opinaban ellos mismos sobre el arte que practicaban. ¿Convendrían en una sola voz generacional? ¿Formarían parte de una identidad rizoma? ¿Se habría abierto la búsqueda a universos más disconformes?
«Una antología, por lo tanto —escribe Paul Auster— es una especie de trampa… Al reunir la obra de tantos poetas en un solo volumen, uno cae en la tentación de considerarlos como grupo. De ahogar sus individualidades en al gran olla de la Literatura… Uno debe resistirse a la idea de tomar la antología como la última palabra, el umbral que antecede a un territorio nuevo». El experimento se puso en marcha de inmediato, vía e-mail. El encuentro, las interferencias, el choque, las armonías y las desarmonías es lo que aún mantiene este libro en ruta hacia su futura ubicación, si es que la tiene.
Después de una larga temporada donde la palabra quedó de alguna manera cercada en sus mínimos formales, la nueva poética insular del S.XXI abre nuevos caminos filosóficos, existenciales, imaginativos y metafísicos. Un nuevo idealismo poético no exento de reflexión profunda recupera el poder de las intuiciones del poeta. En una época de anorexia cultural, de pobreza ideológica y de agotador nihilismo, la poesía canaria se adentra, sin deshacerse de la tristeza reinante, en un enorme abanico de existencias posibles.
Los argumentos que aquí se debaten responden a una época de desasosiego profundo pero al mismo tiempo reflejan el deseo de apertura a una nueva conciencia cósmica, la protección de la quimera humana en los límites de la existencia, el disfrute de la propia creación y la recuperación de la imaginación filosófica. En ese sentido creemos que vivimos un momento de esplendor poético, con poetas de amplios horizontes. Para estos poetas de las Islas Canarias sus libros son un disparo en la nieve, una tormenta prematura, la energía contenible del lenguaje, la voluntad de encontrar interlocutores, la explicación subjetiva del prodigio, la perpetua provisión de la inocencia. En un intento de concretar aún más sus convites me comentan que la poesía es ante todo, un espacio de resistencia, un zoom obstinado de resistencia fragmentaria en un mundo global, una forma de salvación personal. El poema deriva del estado de falta. Hay demasiada vida invisible, hay demasiada vida negada. Finalmente, en una esquina de papel electrónico encontré esta sentencia que abrió la polémica iniciada por Eduardo Lizalde a nuevas conjeturas y figuraciones: más que tipos de poesía, hay poetas. Especie y lengua en vías de extinción…
Notas Subterráneas es la segunda parte de esta reunión circunstancial, donde el lector interesado podrá completar los argumentos que ahora acaba de otear. Este es un libro de poetas elaborado en el Subtrópico de Cáncer, un lugar tan real como imaginario, islas unidas por aquello que las separa. Y que no siempre es el mar.

Islas Canarias, abril 2009


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