Farabeuf
(fragmento)

Por Salvador Elizondo
Farabeuf, Fondo de Cultura Económica, 5º edición, 2000, México


"-¿Ve usted? Esa mujer no puede estar del todo equivocada. Su inquietud, maestro, proviene del hecho de que aquellos hombres realizaban un acto semejante a los que usted realiza en los sótanos de la Escuela cuando sus alumnos se han marchado y usted se queda a solas con todos los cadáveres de hombres y mujeres. Sólo que ellos aplicaban el filo a la carne sin método. En ello descubrió usted una pasión más intensa que la de la simple investigación, y es por eso que valido de su uniforme azul y sus polainas blancas, abriéndose paso a codazos y a empellones se colocó usted frente al "hecho" para crear en medio de él un espacio de horror después de haber colocado pacientemente su enorme aparato fotográfico."
(…)
"Todas aquellas filosísimas navajas y aquellos artilugios, investidos de una crueldad necesaria a la función a la que estaban destinados, adquirían una belleza dorada, como orfebrerías barrocas brillando en un ámbito de terciopelo negro, fastuosos como los joyeles de un príncipe oriental que se sirviera de ellos para provocar sensaciones voluptuosas en los cuerpos de sus concubinas, o para provocar torturas inefables en la carne anónima y tensa de un supliciado."
(…)
"Su mirada todo lo invadiría con una sensación de amor extremo, con el paroxismo de un dolor que está colocado justo en el punto en que la tortura se vuelve un placer exquisito y en que la muerte no es sino una figuración precaria del orgasmo."
(…)
"No pensaste jamás que ese espejo eran mis ojos, que esa puerta que el viento abate era mi corazón, latiendo, puesto al desnudo por la habilidad de un cirujano que llega en la noche a ejercitar su destreza en la carroña ansiosa de nuestros cuerpos."
(…)
"¿Por qué te has detenido?, ¿por qué se ha congelado este momento?, ¿por qué lo has invocado mediante aquel garabato que tu mano trazó al azar sobre el vidrio empañado? Si hubieras llegado hasta donde ibas, si hubieras logrado borrarlo con la palma de tu mano, la vida, tal vez, hubiera proseguido y nada su hubiera detenido": el instante concibe en la detención del tiempo en una detención metafísica, en el punto constitutivo, justo donde se abren las tapas de un libro: el acto de morir, en este sentido, como una lectura de ese signo indeleble sobre el vidrio. El ideograma (escrito con la punta del dedo, p. 36) remite a la idea, es la escritura de la idea: la idea llevada a superficie. De esta forma lo muerto, lo que se ausenta (lo in-existente inmediato) deviene vivo en el momento de su lectoescritura. Siguiendo esto, se podría postular que el signo vaciado de su contenido como algo anterior a él, al ser éste autónomo en un instante, ha perdido su memoria, es una especie de olvido significativo, de su función. Hablar de instante conlleva hablar del instante en que se quiebra la memoria ("más allá del suplicio la memoria se congelaba", p. 43), en que es fracturada en montones de instantes, agrupados en el arbitrio mismo: la realidad del instante es una realidad fractal, donde todo "deja de ser" para convertirse, a través del azar, en otra cosa:
"-Fotografiad un moribundo- dijo Farabeuf-, y ved lo que pasa. Pero tened en cuenta que un moribundo es un hombre en el acto de morir y que el acto de morir es un acto que dura un instante -dijo Farabeuf-, y que por lo tanto, para fotografiar a un moribundo es preciso que el obturador del aparato fotográfico accione precisamente en el único instante en el que el hombre es un moribundo, es decir, en el instante mismo en que le hombre muere".


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