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Introducción
Por
Salvador Elizondo
De la introducción a la antología MUSEO POETICO,
Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1974.
En el año
de 1968 fui honrado con el nombramiento de profesor de la clase de "Poesía
Moderna y Contemporánea en México" en la Escuela de Cursos
Temporales (antigua Escuela de Verano) de la Universidad Nacional Autónoma
de México. Al hacerme cargo de dicho curso tropecé desde luego
con un sinnúmero de dificultades, pues no existía un programa
del desarrollo de dicha materia y el nombre de la misma me pareció, entonces,
bastante ambiguo para poder precisar, de una manera definitiva, los puntos que
deberían estudiarse en dicho curso. A esto agréguese que, destinado
a alumnos extranjeros, el estudio de nuestra poesía moderna se veía
dificultado por el hecho de que un conocimiento suficiente de la lengua corriente
no basta casi nunca para penetrar en la selva selvaggia del lenguaje poético.
Las diferentes antologías existentes dan buena cuenta de la vasta riqueza
de la poesía mexicana moderna, pero sólo a costa de una extenuante
manipulación y cotejo permiten al estudiante obtener un panorama sumario
y sintético a la vez, de la producción poética mexicana,
como lo requeriría la naturaleza de estos cursos, esencialmente breves
e intensivos, que una investigación crítica de la copiosa bibliografía
no podría sino entorpecer o retardar.
El personalismo en que se fundan casi todas las antologías, con ser su
más alta virtud en el curso corriente del desarrollo del gusto poético
y hasta de la poesía misma, actúa, en el terreno de la exposición
didáctica, como un obstáculo que el alumno, indiferente a las
particularidades internas o a los detalles característicos de una forma
de expresión no solamente ajena sino además refinada más
allá de su significado común en el habla cotidiana, no puede salvar
para llegar a la materia misma del poema en la que debiera ponerse todo su interés.
Se interponen entre el lector y el poema los gustos, las consideraciones críticas,
las hermenéuticas terminantes y las deficiencias, también, del
antólogo.
Pero una antología poética absolutamente impersonal no puede ser
concebida más que como la entelequia de una actividad que por la naturaleza
misma de la materia de que trata sólo es concebible como una de las más
sospechosas hipótesis intelectuales: la crítica de la poesía.
Es decir, la crítica de una organización especial del lenguaje
que aún para los de la propia lengua en que está escrita es como
el mapa de la terra incógnita del espíritu. Elegir es criticar
y criticar es definir, a priori, en los términos más generales
que es posible, la naturaleza esencial de lo que se trata de tal manera que
es esta definición a priori la circunstancia, providencial puede decirse,
a partir de la cual esa crítica es posible.
A pesar de ser completamente desconocida su naturaleza esencial, la existencia
misma de diferentes antologías da a entender, de inmediato, que subyacen
al criterio con que han sido hechas definiciones diferentes y aun contradictorias
de la poesía: hay poetas que aparecen en todas las antologías,
y otros cuya presencia es intermitente o cuya estrella pulsa con intensidades
diferentes en el cuadro categórico o valorativo de la poesía que
comprenden. Hay algunos que desaparecen de pronto sin dejar una sola huella
de su existencia en ciertas antologías (como Gutiérrez Nájera
den la de Jorge Cuesta, 1928) y que luego renacen, como el Fénix, con
renovado brillo, en otras posteriores.
En la presente, que a diferencia de las demás no está destinada
a ser la expresión de una estética particular, sino un instrumento
didáctico ad usum barbarii (empleo esta designación en el sentido
por el que con ella se define a quienes no son de nuestra lengua) me ha parecido
lo mejor emplear un criterio hasta cierto punto estadístico. Digo hasta
cierto punto estadístico porque estoy consciente de que sin la intervención
del gusto o del prejuicio personal la elección de un número representativo
de poemas sería imposible. De hecho he volcado mi criterio para la elaboración
de esta selección, hasta donde me ha sido posible para obtener, no una
selección original de poemas nunca antes antologados, sino, por el contrario,
he admitido en ella, con preferencia aquellos poemas que constituyen, por así
decirlo, el repertorio ya invariable de lo mejor de nuestra tradición
poética, fundándome en su incidencia en las diferentes antologías
que he consultado. Creo que ese criterio incorpora a la presente obra la autoridad
de quienes, a lo largo de los años, se han preocupado por decantar, de
acuerdo a ideas particulares acerca de la poesía, aquellos ejemplos que
notoriamente tienen un valor general. De hecho puede decirse que este trabajo
es una summa de muchos que lo preceden y de los que no difiere sino en aquellos
poemas que en las otras antologías todavía no habían encontrado
un lugar que a mí me ha parecido justo otorgarles en ésta, si
bien no son muchos los casos en que he seguido esta práctica.
De ninguna manera hubiera sido posible reunir en un solo rubro general todos
los poemas incluidos aquí en esto es fuerza prescindir de la originalidad
crítica. La excelencia de las obras casi siempre se ve subrayada por
la frecuencia con que son incluidas en las antologías, que representan
como un corte seccional de toda la actividad poética de una época
o de una nación mirado desde un punto de vista particular: el del autor
de la antología. Y no importa cuan divergentes sean los puntos de vista
de los antólogos, si concuerdan en la elección de un mismo poema,
podemos estar seguros de que alguna virtud tendrá.
Las antologías sintetizan sucesivamente el perfil del gusto poético
particular de una época o de una sociedad. Este perfil se traza en función
de las generalidades estéticas que caracterizan la comunicación
entre los poetas y sus lectores; son, por así decirlo, el índice
de la riqueza poética de una literatura en un momento dado y su utilidad
para las disciplinas histórico-bibliográficas es de inapreciable
valor, no tanto por la selección en su totalidad que nos ofrecen como
por el grado de eminencia o de obscuridad que diferentes poetas adquieren o
pierden en las ediciones sucesivas de una misma antología institucional
como, por ejemplo, las de la Universidad de Oxford. En las de nuestra propia
lengua hechas en el siglo pasado hubiera sido muy difícil encontrar alguna
composición de Góngora como cualquiera de las que en el nuestro
han dado tanto de qué hablar a los poetas y a los críticos.
La periódica e intermitente notoriedad que algunos poetas obtienen a
través de las antologías no significa, sin embargo, que la historia
de la poesía dé cuenta de una evolución. No puede progresar
aquello que ignora el fin hacia el que se dirige históricamente. No hay
adelanto o retroceso en la historia de la técnica poética; hay
solamente nacimiento y muerte como referencias bien definidas del transcurso
de algo indefinible: la poesía, que es siempre la misma desde los tiempos
de Homero hasta los de Ezra Pound y sólo podría confundirnos aquello
que haciéndose pasar por poesía nos propone disyuntivas de juicio
y de apreciación que no caen bajo la única categoría general
bajo la que, muchas veces por intuición o simplemente por gusto, ponemos
eso que indiscutiblemente sabemos que es la poesía, aunque no podamos
explicarlo.
El elemento anecdótico humano no deja, ciertamente, de teñir nuestro
juicio acerca de la poesía con coloraciones que lejos de hacérnosla
más accesible como pretende, nos distrae e introduce en nuestra apreciación
una sobrecarga de elementos extraños que encubren la desnudez con la
que fuera preciso que se nos entregara. Así, la locura de Hölderlin,
los vicios de Baudelaire son espectros vanos que se interponen entre nosotros
y el Empédocles o Las Flores del Mal tanto como la pistola de Díaz
Mirón o la beatería López Velarde se interponen entre nosotros
y la obra de estos poetas.
Aparte de elegir con preferencia los poemas que más veces han sido incluidos
en las antologías he pensado que una manera de obtener una mayor medida
de impersonalidad consistiría en suprimir todo el "material humano"que
abrumaría con anécdotas pintorescas la sutilísima substancia
de que está hecho este libro que, en resumidas cuentas, no pretende ser
más que una colección de poemas y no una historia ilustrada de
la poesía.
Suprimido el hombre, queda el poema, expresión suficiente para satisfacer
cualquier requisito de conocimiento de una poesía específica en
la medida en que se nos propone no como el resultado de un imponderable sino
como cosa hecha de lenguaje.
Y para definir la noción de "lenguaje" en el contexto de la
crítica de la poesía, fuerza es distinguirlo de lo que de buenas
a primeras pudiéramos pensar. Poema quiere decir cosa consumada, cosa
cumplida que no existía antes de haber sido hecha, antes de haber sido
cumplida en el orden escueto del existir como condición fundamental de
algo. El poema trasciende por la crítica y por la apreciación,
pero existe en sí y por sí. El poema es una cosa hecha de lenguaje,
no de anécdotas ni de material autobiográfico o biográfico;
tiene una forma de existencia particular que lo identifica en ciertos aspectos
(los que atañen a la técnica) similares a los que animan las otras
artes: tono, modo, ritmo, melodía en su aspecto musical -estructura,
composición, equilibrio, volumen en su aspecto arquitectónico-
color y calor en su aspecto pictórico, pero solamente forma en su aspecto
propio. El poema no puede ser más que el aspecto especular de un hecho
físico o mental; toda su importancia reside en el orden de su consumación
perfecta, de su "terminado", de su hechura, pero es el reflejo de
un hecho que no tiene más importancia que la que su reflejo en la superficie
del espejo le confiere. El poema es, muchas veces, el reflejo amplificado en
el espacio textual de un estado de cosas instantáneo en el tiempo sensual
de la experiencia; puede ser también la expresión concreta de
algo eminentemente abstracto. En ambos casos se trata de algo que está
hecho con el mismo material: el lenguaje.
Es a partir del lenguaje que la comprensión o el análisis del
poema es posible y para esto es preciso diferenciar claramente al lenguaje de
la lengua. "La lengua de Garcilaso -dice Octavio Paz (1)- es el español
del siglo XVI; su lenguaje es el de los poetas europeos de esa época.
No es únicamente un estilo y una visión del mundo sino un repertorio
de elementos (un vocabulario en el sentido amplio), cuya combinación
producía ciertas formas arquetípicas: modelos verbales, poemas".
En la elaboración de la presente antología no hemos perdido de
vista en ningún momento esta distinción sin la cual el estudio
de una poesía determinada no sería sino un inventario de particularidades
que no daría jamás la visión de un conjunto orgánico
de expresiones que emanan de una cultura o de una concepción del mundo
claramente inscrita en un ámbito esencialmente lingüístico
fuera del cual ni siquiera existiría.
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1 Las cosas en su sitio. Finisterre, editor. México, 1971. Pág.
30.
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