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Salvador Elizondo: In memoriam Por Carlos Monsiváis 03 de abril de 2006 Cómo
se empieza una nota necrológica? ...Conocí a Salvador Elizondo
en 1957, en casa de Rafael Ruiz Harrell, en la reunión a la que también
concurrirían Porfirio Muñoz Ledo, Víctor Flores Olea y
Carlos Fuentes. Se iniciaba entonces la segunda etapa de la revista Medio Siglo,
que antes dirigió Muñoz Ledo y en donde colaboraron, entre otros,
Elizondo, Fuentes y Sergio Pitol. *** En 1966, en la serie coordinada por Emmanuel Carballo y editada por Rafael Gímenez Siles ("Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos"), Salvador Elizondo publica su primera (y única) autobiografía. No evita, ni podría hacerlo, la declaración de principios: "Mi visión esencial del mundo es poco edificante; en realidad no para ser difundida. En esto no creo ser una excepción a la regla o si lo soy, soy la excepción que la confirma. Nuestra idiosincrasia está hecha de los prejuicios que se resumen en nuestras opciones y ni siquiera por lo que respecta a mi propia persona me considero en posesión de una visión clara". Ese viaje por los borrones y las brumas distingue a la literatura de Elizondo porque él escribe para verse narrando y, así clásicamente, concentra lo que le importa (real o ideal, él no discutiría el término) en el acto ante el espejo de las páginas. Así, narra en Cámara Lúcida (1983):"... El hombre que da vueltas en torno a la mesilla con el cuaderno y la pluma-fuente se convierte poco a poco, a fuerzas de dar vueltas, en el hombre que camina contando sus pasos a lo largo del litoral de la isla. Allí, sólo hay palabras, presente de indicativo, la posibilidad de una escritura que da cuenta de una tentativa: la de imaginar y escribir un texto de tal índole que se va creando a sí mismo. La pregunta se plantea entonces en términos diferentes: ¿se sabe observado mientras escribe? Se da cuenta de ello en el momento de morir". *** Elizondo no se atiene a un solo modelo de escritura, no es un cultor de lo inaccesible. En Narda o el verano (1966), una colección de cuentos, incluye textos casi tradicionales en su escritura, como lo es también Elsinore, relato de su estancia en un colegio militarizado en Estados Unidos. Le importa el estilo más que las técnicas narrativas y nunca es, ni le interesa ser, un "profesional de la novedad". Su trayectoria a partir de la década de 1970 así lo muestra: maestro durante 25 años de la Facultad de Filosofía y Letras, participa en el grupo Nuevo Cine (década de 1960), y en la revista con ese nombre escribe un ensayo memorable Moral y moraleja en el cine mexicano. También dirige la revista de vanguardia Snob. Luego, ingresa a la Academia de la Lengua y al Colegio Nacional. Pertenece a la élite de la República de las Letras y no abandona su amor a la paradoja, la contradicción, la excentricidad, el espíritu contenido en su declaración: "Es por ello que deifican su mierda -la deificamos todos- y le damos el nombre de orden, paz, armonía". *** A Salvador Elizondo lo evoco en las reuniones en el instante de emitir consignas ("Ucello pa´ los huicholes"), indignado contra las faltas de lógica de la realidad, divertidísimo a cuenta de la expresión que descubrió en la mañana, entusiasmado con sus devociones (Fenellosa, el estudioso de Pound, que lo inicia en la pasión por la caligrafía; Joseph Conrad y El corazón de las tinieblas; Juan Rulfo y Julio Torri, dos maestros de la brevedad; Orson Wells y John Ford; Flaubert y Céline). Estrictamente literario en primera y última instancia, Elizondo crea una gran obra. Ésta es una despedida de amigo (nunca un adiós del lector); repito el principio de su autobiografía: "Beda, el Venerable, compara la vida humana al paso de una alondra extraviada que penetra en un recinto, lo cruza fugazmente y vuelve a salir hacia la noche". Casi todo lo demás, diría Salvador, es bullshit.
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