|
Entrevista
a Salvador Elizondo
Por
Fernando García Ramírez
Coyoacán, 16-VI-04
Fernando
García Ramírez. ¿Piensa sobre todo en el pasado o en
el porvenir?
Salvador Elizondo. Vivo esencialmente en el presente. Un presente entre
doméstico y clínico, pero ese presente está compuesto ya
de un largo pasado que recuerdo y, por razón aritmética natural,
de un futuro breve.
¿Qué
estudios realizó en las universidades de Perugia y luego en Cambridge?
Soy profesor titulado de Lengua y Literatura Inglesa, profesión que comparto
con Mallarmé y con Joyce, en el Cambridge Examinations Board, 1959. En
otras universidades hice cursos de "Civilización" en general.
En Perugia, con el profesor Critofani, estudié a Piero de la Francesca,
y con el profesor Pallotino cuestiones de los etruscos.
En otro
tiempo pensó consagrarse al cine, ¿qué lugar ocupa hoy
en su vida?
Ahora solamente nostálgico. Recuerdo las viejas películas de mi
infancia y de mi juventud; del cine mexicano guardo muchos recuerdos en el orden
familiar. Ahora ya hace cuarenta años que no voy al cine. Conservo el
pequeño catálogo íntimo de "mis diez favoritas";
en primer lugar Las cuatro plumas y, con ella, El acorazado Potemkin, Berlín,
sinfonía de una gran ciudad, de Ruttman, El triunfo de la voluntad, Carnet
de bal, Brief Encounter...
En su
obra parece conceder -en relación con la literatura, la pintura o la
fotografía- poca atención a la música, ¿qué
papel representa la música en su vida y en su obra?
La música tiene en mi vida el mismo papel que muchas otras cosas. La
XELA se inauguró el 5 de julio de 1940; ese día prendí
el radio que seguí oyendo toda mi vida ininterrumpidamente hasta el 14
de febrero de 1984, en que lo apagué para siempre. Frecuenté a
muchos músicos. Conocí de vista a Silvestre Revueltas en los estudios
Clasa. Estudié desde chico y sin éxito el piano. Uno de mis profesores
fue el maestro Aurelio Fuentes, amigo de mi familia. Me casé con la hija
de un músico, amigo mío, Raúl Lavista. Ahora me quedo con
Brückner. Su Cuarta Sinfonía es mi favorita.
La transgresión,
el desquiciamiento de los límites, el éxtasis de lo erótico,
la blasfemia batailleana y la violencia sádica, como temas, ¿lo
aproximaron a la experiencia de lo sagrado?
Todas esas cosas ya no me dicen nada.
¿Es
usted pesimista, ve el porvenir muy oscuro?
No sé bien. Mi estado físico y de ánimo no me permiten
responder con certeza. Espero que algún día triunfe el comunismo.
Como mexicano, y como todos los mexicanos de mi edad, tengo nostalgia vergonzante
del PRI. La democracia, tal y como se entiende aquí y ahora, no me convence.
En general soy pesimista.
¿Cómo
llegó a la escritura?
Por la vía natural de la lectura. Corazón, diario de un niño,
Julio Verne, Hesse, Dostoyevski, Joyce, etcétera... con muchos intercalados.
¿Sigue
llevando regularmente un diario?
Sí, regularmente, en lo posible, desde que tengo diez años. Cuadernos
en los que escribo todo lo que se me ocurre. No se si hay alguna relación
entre ellos y mi obra. A veces escribo borradores, pero se distinguen claramente
cuando tienen una intención literaria ulterior. He programado mis cuadernos
para que sean publicados después de que las cosas de las que hablo en
ellos ya hayan sido olvidadas.
¿Cuáles
fueron sus primeros contactos con la literatura francesa? Ha tenido una gran
influencia sobre usted...
Desde muy chico. Mi papá leía libros en francés, teatro
de su época, memorias, etcétera. Mi madre y mi abuela en traducción.
A mi mamá le gustaba mucho Balzac. El primer libro que leí en
francés fueron las Pensées de Pascal, un libro que me impresionó
mucho, y que todavía hasta la fecha mantengo cerca. No creo que ningún
autor francés haya tenido influencia sobre mí, aunque hay muchos
a los que admiro: Valéry y Céline.
¿Le sigue interesando, como lector, la novela?
Ya no puedo leer libros muy largos. Me falla la atención.
Usted participó en una conversación televisada con Jorge Luis
Borges y con Octavio Paz, en donde cada uno (Paz desde el romanticismo y Borges
desde el clasicismo) exploraba su relación con la poesía. ¿Recuerda
ese diálogo? ¿Con qué posición estética se
sentía -y se siente- más afín?
Sí lo recuerdo, pero no recuerdo en detalle de qué hablamos. Sólo
me acuerdo de que hablamos de imágenes del mar y que yo cité el
verso de Valéry: "... la mer, la mer, toujours recommencée..."
No me siento afín a ninguna "posición" estética;
era un triálogo, no una polémica.
Es usted
un admirador de Poe y en especial de su "Filosofía de la composición".
¿Antes de escribir sus cuentos y novelas, las planeó a detalle?
¿Alguna de sus narraciones tomó un rumbo inesperado?
Sigo siendo su ferviente admirador y traduje The Philosophy of Composition,
que es un análisis a posteriori de la construcción del poema "El
Cuervo".
¿En
qué sentido la lectura atenta de Flaubert y de Joyce fueron decisivas
en su formación de narrador?
Lo primero que leí de Flaubert fue La leyenda de San Julián el
Hospitalario cuando tenía trece años. Me lo regaló mi abuela,
a título de libro edificante y ejemplar, cuando todavía no sabía
francés y tampoco nada acerca del "estilo" y esas cosas. Con
los años, lo que más ha llegado a interesarme es el método
y el proyecto literario de Flaubert. Los diferentes disfraces que adopta en
sus libros. En Madame Bovary, por ejemplo, se convierte en mujer para poder
describir con el mot juste el alma femenina; se convierte en estúpido
en Bouvard et Pécuchet para describir exactamente cómo piensan
los tontos. Creo hasta hoy que, junto con Baudelaire, es el más grande
escritor francés del siglo XIX, por lo menos para mi gusto. No creo que
haya marcado mi escritura en ningún sentido. En lo que se refiere a Joyce,
la historia es diferente. Es un autor que me apasionó desde la primera
vez que lo leí, a los quince años más o menos, y desde
entonces es la figura que preside mi vasto panteón literario. He leído
Ulysses seis veces. Me lo sé de memoria, y, ahora que se celebra el Bloomsday,
me uno al festejo en honor de un personaje, más que del autor mismo que
lo hizo. A principio de los años sesenta leí Finnegans Wake y,
aunque me costó trabajo, comprendí de inmediato que marca el fin
de la literatura homérica occidental. Si Ulysses es la Odisea bajo el
signo poundiano de "make it new", el Finnegans Wake es la entelequia
de la literatura. Creo que, más allá de Finnegans Wake, ya solamente
queda el sistema de la escritura china. Es lo único, que yo sepa, con
lo que podríamos hacer algo nuevo los escritores occidentales.
¿Conoció personalmente a José Gorostiza, cuál
fue su trato con él?
Sí. Tuve trato con él. Era de Aguascalientes, y mi familia era
amiga de la suya. Mi papá tuvo tratos con él en el Servicio Exterior,
y mi mamá fue su secretaria en la Comisión de Energía Nuclear.
Se conocían desde los años veinte. Gorostiza la menciona, entre
otras muchachas de esa época, en su correspondencia con Genaro Estrada.
Muy poco tiempo antes de su muerte, por medio de Teresa Silva, me concedió
una entrevista a la que asistimos mi esposa Paulina, Vilma Fuentes, Teresa Silva,
David Huerta y yo. Ya estaba muy mal. Tenía un tanque de oxígeno,
etcétera, y estaba en bata. Solamente le hice una pregunta: ¿Cómo
escribió Muerte sin fin? Su respuesta fue doble: "Con engrudo y
tijeras primero, y luego poniendo los ladrillos como se hace una casa."
Primero lo pasó a máquina en el orden en que lo había escrito
de primera intención. Luego pegó las hojas una con otra hasta
formar una tira muy larga, luego la dividió en diferentes partes según
el género de las cosas que cada parte trataba según la clasificación
natural de las cosas: los minerales, las plantas, los animales. Recortó
cada parte y las volvió a pegar de acuerdo a un orden clasificatorio
lógico. David Huerta lo grabó, pero quién sabe que fue
de esa cinta.
¿Me
puede contar cómo llegó a conocer a Octavio Paz?
Coincidimos en la cena de Navidad de 1953 en casa de su concuño Guerrero
Galván, que era mi maestro de pintura. Nos hicimos amigos y lo fuimos
hasta su muerte.
¿Se
siente parte de una generación literaria?
No me siento parte de ninguna generación o tradición literaria.
Mi generación, la del 32, tiene buena fama, me dicen mis amigos o compañeros
de la 32.
¿Qué
tipo de escritor o de actitud es la que menos soporta, o qué clase de
literatura es la que menos le interesa?
Lo que no soporto procuro no conocerlo, o no saber de ello más que no
lo soporto, y lo eludo. De literatura sólo sé o puedo saber lo
que más me interesa.
¿Puede
recordar la época en que escribió Farabeuf y la manera en que
veía el mundo en ese periodo de su vida?
Sí. En esa época el mundo era todavía algo de lo que se
podía escapar escribiendo novelas. Ahora siento que es más difícil
escapar.
Para
algunos, como para el novelista y crítico César Aira, El hipogeo
secreto es una novela muy superior a Farabeuf, ¿cómo ve esa novela
suya a más de 35 años de haberla publicado?
Hace 35 años todavía podía valorar la obra literaria de
otros. Nunca he podido valorar la propia. Siento ahora que mi obra ya llegó
a su máxima amplitud posible para mí, pero no distingo valores
o categorías de mis libros. Cada uno responde a una circunstancia específica
de mi vida.
¿Podría
hablarme de su encuentro con la obra y el pensamiento de Valéry?
Desde chico. El primer libro de Valéry que leí, sin entenderlo
bien, fue Eupalinos o el arquitecto, traducido por un tío mío,
Mario Pani, allá a principios de los años cuarenta. Más
tarde en la vida fui conociendo más su obra. Monsieur Teste ha sido un
libro fundamental en mi vida. A principios de los años setenta lo traduje
y en los noventa traduje Histories brisées. De ambos hay nuevas ediciones
de la editorial Aldus, 2002.
¿Intentó
alguna vez una novela o cuento de un tipo completamente diferente de las que
ha publicado? Recuerdo un cuento suyo, de tono rulfiano, que no he visto recogido
en libro...
Aparte de ese cuento que usted menciona, y que fue lo primero que escribí
en mi vida con intención "literaria", no. Era el primer intento.
Muy defectuoso todavía. Escrito al impulso de una lectura que fue fundamental
en mi vida.
Conviven
en usted dos actitudes como escritor, por un lado la del escritor romántico,
que gusta de la provocación y el malditismo; por el otro, el autor que
admira el orden mental y el clasicismo, ¿siente que con el tiempo el
escritor romántico ha cedido el paso al escritor clásico?
Creo que tanto el escritor romántico como el escritor clasicista han
cedido el paso al diletante viejo y nostálgico.
Su obra
abarca tanto la novela como el ensayo, el cuento y el teatro, la crítica
de arte y la traducción. Su obra, además, es un sitio de encuentro
entre la literatura francesa y la mexicana. ¿Cómo considera su
situación personal en nuestra literatura?
Lo que hice no creo que sea un punto de encuentro entre la literatura francesa
y la mexicana. Nunca se me ocurrió eso. Mi autor favorito de los escritores
franceses modernos es Céline, pero en ningún aspecto me identifico
con él. Céline, como Bloy, es un anarquista estilista. Yo nada
más soy anarquista espiritual. El estilo nunca me ha importado; es una
cosa propia o característica de los escritores que usan el francés.
Mi situación personal dentro de nuestra literatura es como la de muchos
escritores en la suya: la del lonely crab.
¿Le
siguen interesando más los proyectos que las realizaciones? ¿Qué
proyectos tiene en mente?
Ya no tengo más que proyectos irrealizables, hipótesis, conjeturas
imposibles... Como ir más allá de Finnegans Wake. Ahora lo más
presente es el pasado, los recuerdos...
¿Ha
conocido a un escritor que lo haya impresionado verdaderamente?
Sí, Juan Rulfo. Empecé a escribir después de leer El llano
en llamas. La lectura y la existencia de ese libro obró poderosamente
en mi vocación definitiva.
¿Cuál
debe ser, en su opinión, la acción política del escritor?
Creo que la actitud política del escritor debe ser la indiferencia.
¿Qué
lugar se puede esperar para el hombre de cultura en el interior de esta civilización?
De esta civilización, ninguno importante.
¿Qué lugar atribuir a la libertad si la Historia es el ámbito
del ejercicio del mal?
Quién sabe. -
|