En el Momento Justo Equivocado – por Jorge Luis Sagrera

Hay muchas cosas pesadas para el espíritu,
para el espíritu fuerte y sólido,
pleno de respeto.
La fuerza de ese espíritu reclama
cosas pesadas, las más pesadas.
¿Qué es pesado?
– pregunta el espíritu sólido –
y se arrodilla como el camello
y quiere que se lo cargue bien.
¿No es rebajarnos para que
padezca nuestro orgullo?.
¿No es dejar que brille nuestra locura
para mofarnos de nuestra sensatez?
¿O es estar enfermo y despedir
a los que nos consuelan
y entablar amistad con sordos
que jamás oyen lo que deseamos?
Así hablaba Zaratustra.
F. Nietzsche.

Buenos Aires, 22 de junio de 2002

Querida Norma: estás asustada, tenés miedo. Preguntás, querés saber. Que yo recuerde, lo primero lo primero, fue el incidente en la agencia de turismo. “Camembert es tentador como un queso”. El afiche mostraba un pueblito de paredes blancas y techos rojos en torno de un campanario sobre una pequeña colina. La colina era muy verde, aterciopelada, como el saco que usé para el casamiento y que, sin dudas, habrá desaparecido del ropero, llevándose su color y su olor. Los árboles del afiche eran de troncos grises, pero no tristes. Estaría atardeciendo, porque las sombras se veían largas y finas y lo blanco se pintaba a sí mismo de ocre.
Empujé la puerta vidriada de la agencia de turismo. El empleado me ofreció asiento y café. Destaqué ante él la perfección y la belleza del lugar que anunciaba el afiche. Ponderé el exacto contraste que hacía el verde con el campanario, piedra sobre piedra, gris. El empleado dijo: Eso es Francia. También dijo que, bajando por la autopista A13, que viene de París, se empalma con la D579 hasta Vimoutiers, para luego tomar la D26 hasta Camembert; que los hoteles, las estrellas. ¿Las qué?, dije. Las estrellas, dijo él, tres estrellas ¡Ah!, dije, se refiere a esas. Media pensión. Excursiones. Tarifa. Hablando de tarifas, interrumpí: sólo quiero saber cuánto me cobraría por tumbarme en esa gramilla de terciopelo… ¿sabe?: tengo un saco que se parece bastante. El empleado dijo: Entiendo, entiendo. Continué: cuánto me cobraría por pasarle la mejilla a las paredes de las casas. Cuánto por subirme al campanario. El canto de los pájaros y las fragancias, no; regatee. Eso no se cobra. Eso no sale en el afiche… El empleado volvió a ofrecerme café y a repetir su discurso inicial. Y vuelta a insistir con las comodidades del avión y la copa de champán y el petit fours y que hay excelentes planes de pago. ¿Tiene tarjeta de crédito?, preguntó. Dije no. ¿Efectivo? Efectivo sí, dije. Abrí la billetera y le dejé veinte pesos sobre los folletos. Sí, ya sé. Ya sé. Lógico, me doy cuenta, dije, este dinero no alcanza. Pero no tengo inconvenientes en reemplazar el petit fours por ensalada de berro y el hotel tres estrellas por un granero.
Hay un segundo incidente que pude rescatar de mi memoria. Lo había olvidado. Tenía diecisiete, dieciocho años tal vez. Como suele pasar a esa edad, y sobre todo a los de nuestra generación, yo no me planteaba la existencia de Dios. Tampoco atribuía la injusticia del mundo a sus caprichos. Sí, con frecuencia, me visitaba un profundo desasosiego. Desasosiego espiritual.
En el interior del templo, en el ala opuesta a la sacristía, está la capilla con el Santísimo: una réplica del Arca de la Alianza (si es que hay alguien que pudo verla), trabajada en oro y bronce. El amplio vitraux de la derecha, que da al naciente, pinta de colores a los fieles de la misa de nueve. Las paredes son blancas, inmaculadas, como en un permanente estado de gracia. Hay siete bancos, pero yo prefería sentarme en el piso de madera. Me gustaba andar caminando por ahí, demorar la palma de la mano en el terso mantel del altar, o detenerme a observar el preciso y breve momento en que el sol encabritaba el oro y bronce del Sagrario.
Un día le solté mi desasosiego al párroco. Suelo pensarme Zacarías, dije, esperando que el Ángel de Dios venga a anunciarme el nacimiento de Juan el Bautista. El párroco se tomó un momento para responder: ¿Tenés una esposa, muy entrada en años, que se llame Isabel? Llevo en mi sangre, dije, en algún rincón de mi ser la función sacerdotal. El Levítico, dijo él, tercer libro del Pentateuco. No quedé conforme, insistí: permanecería el resto de mi vida en este lugar, siempre y cuando usted me asegure que el sol entrará por esa ventana. Las misas, en el verano, se rezan a la tardecita, dijo él.
Esto que voy a contarte ocurrió cuando yo era chico. Es curioso, pensaba referirte el inconveniente que tuve con la empresa Gas del Estado, que es lo que cierra mi etapa en San Pedro; y de pronto, surgió la imagen de un micro escolar, color naranja, detenido frente a la Ford. Muy llamativo, los dos incidentes tienen a un árbol como protagonista.
Habíamos ido con la escuela al parque de diversiones Ital Park. De regreso a San Pedro el colectivo pinchó un neumático en la ruta 9, frente a la Ford. Las maestras nos hicieron bajar para que los choferes pudieran trabajar tranquilos. En el parque de la fábrica (¿reparaste en él?, es impecable) un jardinero zamarreaba con violencia un árbol; acaso haya sido un álamo. Las hojas caían como una lluvia de verano. Aquel hombre se servía de una caña, que tenía un gancho en la punta, con las hojas de muy arriba que se negaban a bajar. Según el almanaque, todavía faltaban quince días para el otoño. Aquel jardinero intentaba acelerar el devenir natural de la Creación. Me aparté del grupo para acercarme al alambrado. ¿No le gusta sentarse a ver caer las hojas? El jardinero dio un respingo hacia atrás, como si fuera el árbol quien le había hablado. Después se quedó quieto, algo agazapado. Parecía una liebre sorprendida en la oscuridad de la ruta, encandilada por los faros de un auto. Habrá pestañeado un par de veces, pero no se trataba de un sueño: era yo. Se repuso: Cobro por árbol, nene, no por hora, contestó… Ah, dije, y ¿por qué las guarda en esa bolsa?, ¿no le gusta el crac trap que hacen al pisarlas?. El segundo incidente lo evoco con precisión. En la vereda de la casa de H. Yrigoyen (observo el remitente de tu carta y compruebo que ya no viven ahí) había un álamo. En primavera era estupendo con sus hojas verde alpaca. Verde alpaca, alpaca verde, verde alpaca, alpaca verde, si uno tiene la suerte que sople algo de viento. En otoño sus ramas finas y desnudas son como dedos frente a los ojos mitigando la realidad.
La empresa Gas del Estado necesitaba una extensión de la red y pretendía quitar el álamo. Sugerí una desviación en “U”. No costaba nada esquivar el árbol. Tiene que hablar con el capataz, dijeron los cavazanjas (¿notaste que los cavazanjas siempre responden así?: Yo no sé nadadenada, tiene que hablar con el capataz). Pude ubicarlo recién al tercer día. Enseguida me di cuenta de que no iba a convencerlo, faltaban palabras para mi argumento. ¿Por qué quiere conservarlo?, dijo el capataz, puede plantar otro en el patio de su casa. Es que yo quiero éste. ¿Por qué, dijo él, el patio es de cemento?. En una noche limpia de invierno, dije, una media luna se demoró entre esas ramas. ¿Una medialuna? Sí, una media luna. ¿Un croissant?. Media luna, el satélite, expliqué innecesariamente, y volví a la carga. ¿Nunca se detuvo a pensar qué inspiró a los turcos para crear su bandera? No, dijo, nunca pienso. Ahí fue la primera vez que me faltó. Cuando me falta el aire se ve que no veo. Si no hubiera sido por el casco, el martillazo le habría abierto un boquete en la cabeza.
El tiempo siguió transcurriendo. Las miradas eran de extrañeza, pero buenos los consejos. Los consejos conejos. Están ahí, suaves y tan dispuestos. Cuando estirás la mano, Norma, salen corriendo a ofrecerse a otra mano. Un médico explicó que tal vez podría evacuar (dijo así, evacuar) por el lado del arte. Daría un sentido a mi vida, dijo. ¿Cómo un sentido a mi vida?: tenía claro dónde ir, el problema era que marchaba solo y en el momento histórico equivocado. De todas maneras lo intenté. Mi primer trabajo fue un autorretrato. Estaba vestido de blanco, descascarándome como una cornisa vieja. Les gustó. A ese trabajo le agregué un médico volcándome un balde de mierda en la cabeza. No les gustó.
El último tiempo, los amigos concedían un cabeceo, un asentimiento resbaloso para sacarme de encima. Les preguntaba: ¿Entienden lo que digo?. Entendemos, respondían ellos y se hacían guiños cómplices en sus mentes, acaso más cautivas que la mía.
Acá, amén del arte, están los evangelistas que sugieren la fe. También los testigos de Jehová, aunque aseguran que no voy a estar entre los 144.000 elegidos de Dios (“Nosotros tampoco estaremos entre los elegidos”, lo dicen con una alegría que conmueve). Me obstino y les contradigo asegurándoles que no voy a resucitar para volver a vivir en esta tierra y fabricar, como dicen ellos (si es que mi oficio es carpintero) dos sillas, una para mí y otra para mi vecino que la necesita. Voy a estar, les digo, entre los 12.000 de la tribu de Benjamín. Ahí es cuando se ofenden y saltan hasta el otro banco, hasta el otro paciente, y comienzan a hablarle de fabricar dos sillas.
Un poco antes de Navidad vienen los católicos. Dicen que soy único e irrepetible, que vine al mundo con una misión. Deduzco, entonces, que si estoy aquí es por culpa mía, a no ser que estar aquí sea mi misión. Se los pregunto: ¿estar aquí es mi misión?. Paciencia, dicen, mientras preparan una respuesta. Antes era un hombre, les digo, ahora soy un paciente. Paciente que no espera, paciente sin fe, que no comprende para qué Dios lo trajo al mundo. ¿Seré un gatillo disparador para mis hermanos? ¿Seré el dedo índice que acciona el gatillo disparador de mi prójimo? ¿O hay un gatillo, un dedo cósmico y soy el proyectil que impacta contra una nueva Edad? Todas esas cosas les digo, ¡Feliz Navidad!, ¡Próspero año nuevo!, dicen ellos, y demoran entre mis manos una tarjetita de Trapenses-Hinojos (B).
Hace cuatro años que estoy aquí y no termino de entrar al hospital. Físicamente sí. Quiero decir, por la puerta. Aunque al principio hubo una puerta giratoria (la entrada a un servicio) que no estaba instalada según las normas IRAM. Era muy divertido: nos llevaban en fila, como hormigas, hacia el taller de día, pero, después de pasar por la puerta giratoria, desembocábamos en la cocina. Una risa.
Frecuentemente, a la hora de la fiebre, siento que el aire está todo afuera de mí y me desespero. Es una sensación física, una opresión en el pecho. Cuando trabajaba en contaduría, las planillas de Bienes de Cambio, consumían todo mi oxígeno, entonces empujaba la silla rodante hacia atrás y me quedaba mirando tu foto sobre el escritorio hasta que llegaba el gerente. Algunas veces me deslizaba hasta el archivo del primer piso y permanecía un rato largo, mirando por la ventana el monte de duraznos florecidos. Ahora es igual aunque no hay planillas, ni gerente. Sí sillas, que arrojo aquí y allá (eso es lo que debería haber hecho en contaduría, ¿no te parece?). Pierdo el control, lo sé, me doy cuenta. Pero revolear sillas por el aire es como respirar. De todas maneras no es para tanto: no soy peligroso. Igual me aplican electroshock: es la consigna. Pierdo. Pierdo materia gris. Si hay algo que reconocerle a los enfermeros, los muchachos rudos, es que de a poco nos van quitando el gris de la vida.
Tenés miedo. Preguntás. Me pregunto. Pregunto si voy a curarme. Es posible recuperar algunas cosas, dicen. Qué bien, digo. Dicen que, tal vez, pueda visitarte algún día. Mienten; sin embargo necesito esa mentira. Esa mentira, es la oscura motivación que cada día me levanta de la cama. Estamos atrapados en una telaraña, y el gran dilema es vivir como insectos sin ser insectos.
Norma. Querida y entrañable Norma. En tu carta decís que la maestra se burló, porque le aseguraste que, algún día, ibas a tocar la luna con las manos. Tus compañeritos se rieron. Maldecís tu cuna. Renegás de tu sangre; peor que leprosa, se apartan de tu lado. Preguntás si la locura es hereditaria. No lo sé Norma, no lo sé. Acaso la aislación y la soledad sea una herencia universal.
Te extraña.
Papá.