Robert Stevenson: El Pirata y la bestia – Por Gustavo Famá

Conocido y remanido es ya el asunto del personaje o la obra que, por su fama, devora el recuerdo de su propio autor. El monstruo de Frankenstein no nos permite sospechar a la jovencita romántica que lo concibió; el “Martín Fierro” nos oculta al senador adversario de un prócer argentino; ante Don Juan, olvidamos a los españoles, franceses, alemanes o italianos que reelaboraron una y otra vez su historia. Pero entre tantos ejemplos, hay uno que se destaca particularmente, porque al olvido o ignorancia de su origen se suma el hecho de que los elementos que lo componen aparecen como extraños entre sí: por un lado, una historia famosa que a lo largo de un siglo se ha mantenido como un paradigma de la literatura juvenil o de aventuras, y por el otro, una oscura trama que ha instalado a sus protagonistas en los puestos más destacados de la galería del terror.
En efecto, “La Isla del Tesoro” (con su inolvidable Capitán Silver) ha ganado durante generaciones la preferencia del público joven y ha merecido distintas versiones en la pantalla grande. Su esquema argumental fijó las pautas de lo que de ahí en más se conoce como “una de piratas”; el tema del tesoro escondido y su misterioso plano, el motín a bordo, las supersticiones de los marineros y hasta el infaltable estereotipo del loro, el parche en el ojo y la pata de palo, tiene su fuente o al menos su modelo más acabado en esta novela, que en algún tiempo, en aquellas encuestas de unas cuantas décadas atrás, figuraba casi siempre en la lista de “los diez libros que usted se llevaría a una isla desierta”.
Al mismo tiempo, en una dimensión muy distinta, con la atmósfera literaria de las neblinosas calles londinenses (otro estereotipo) como fondo, un científico respetable aparece sorprendentemente relacionado con un ser aborrecible que es la encarnación del mal, el reflejo tortuoso de lo más oscuro que llevamos dentro. Una Novela de misterio con un final de ciencia-ficción, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” ha dado lugar a las más diversas versiones del tema del alter ego y las más profundas reflexiones acerca del bien y del mal en el interior del ser humano. Con una concisión asombrosa y un suspenso que no se resuelve hasta el final, esta novela corta -con su fino terror inglés- dista bastante de las películas que generó en el cine norteamericano, especialmente la (per) versión clásica protagoniza- da por Spencer Tracy e Ingrid Bergman (personaje femenino inexistente en el original literario), cuya pésima propuesta fue ya criticada en su oportunidad por Borges en “Discusión”. Más allá de la apreciación que podamos hacer de esas versiones o tergiversaciones, lo importante es destacar que el tema del hombre que convive con su bestia interior y debe enfrentarla (ya sea un desagradable hombrecito de galera y bastón, ya sea un musculoso monstruo verde que rompe camisas en su metamorfosis) ha aportado un elemento valioso a la lista de conflictos humanos que los mitos vienen ilustrando con toda su tragicidad a lo largo de la historia.
¿Qué tienen en común las dos obras, además del origen britá- nico, el misterio como clima, la precisión en la pintura de sus personajes, el estilo claro, casi de finura clásica? Separadas en la imaginación de la gente, cada una grande en su especie, con héroes y antihé- roes de referentes tan distintos, ambas reconocen como autor a un escocés nacido a mitad del siglo XIX, de vida tan variada como su obra.
Indudable lector de Poe (“El escarabajo de oro” y “William Wilson” son antecedentes ilustres de las novelas mencionadas), capaz de superar al mismísimo Walter Scott (el de “Ivanhoe”) en la novela histórica, ensayista con un toque de puritanismo, autor de poemas para niños y de cuentos que, a riesgo de cometer un anacronismo, podríamos considerar de “realismo mágico”, Robert Louis Balfour Stevenson es además (según los críticos o los clasificadores de la literatura) un exponente de exotismo británico post-romántico. Coherente con su propia literatura (y buscando nuevos aires para su débil salud), dejó las islas victorianas y se lanzó al mundo en barco. Visitó Francia (a la que le debe mucho de su estilo), en Estados Unidos se casó con una norteamericana divorciada y conoció el Far West, y un crucero lo llevó a la Polinesia. El Pacífico Sur fue el destino final que buscó; instalado en la isla de Samoa en 1980, pasó los últimos cuatro años de su existencia entre los indígenas del lugar. Allí, el que había estudiado ingeniería y graduado en derecho logró lo que muchos desearíamos para nuestras vidas: dedicarse plenamente a su verdadera vocación (la literatura), lejos del mundanal ruido y reconocido por los que lo rodeaban. Al final de sus días, Stevenson (que había ganado de parte de los nativos el título de “Tusitala”, “Narrador de historias”, como por antonomasia) había hallado, de algún modo, la isla de su propio tesoro.