Carta

Por Eladio Cabañero

De Una señal de amor,

Año 1958

 

A ti, allá en nuestro pueblo

 

Por el aire los pájaros tan sólo

van,

por el día las nubes siguen

remando cielo, lentas, como brazos abriéndose,

pero una carta vive en las cenizas

y en el escombro liso de los ojos.

 

Pienso en papeles blancos, dóciles,

busco claras palabras que decirte

en los oídos

ahora que un viento breve se enredará en tus manos,

manos que se reposan en las cosas

que tocas como el golpe de la nieve,

los manejables nombres:

carta de amor, manzana,

vaso de agua cerca de los labios, cosas

que amas y bendices

sus más felices formas allá lejos.

 

Llega un cometa tuyo y familiar

mientras escribo,

reluce rápido, toca mis rodillas

y tiemblo

como un parque al cumplir un nuevo otoño.

Mientras escribo ensancho la memoria,

me voy allá hasta el pueblo por el campo

con casas pequeñísimas y barbechos en fondo,

con arados allá a vista de pájaro,

-arados escribiendo a Dios derecho-

me entro por las viñas vareadas,

por patios blancos, limpios,

cubiertos con la parra y las bardillas,

entre mujeres, niños y gallinas,

carreteras que están quietas y llegan,

nubes que se despintan, sol que muere

igual que las bombillas de los pobres.

 

«Estoy aquí en Madrid con el otoño

y hasta que estén los ciervos de regreso

te espero;

no me atrevo a abrir puertas,

por si estás más hermosa temo verte.

¿Estás allí contándote milagros,

creyendo ver o viendo a Dios de súbito?

¿Sigues rezando

porque se estén las piedras quietas,

por la metralla nula y los cohetes

de las ferias pacíficas del pueblo,

pidiendo pan,

dando tu Padrenuestro a cada pobre

que aprendió a ser ateo y pasar hambre?

Tú estarás siempre por la luz del pueblo

mirando hacia el destino alto del humo,

al lento repetirse del aire en los tejados.

Yo estoy aquí sin ruido y sin quejarme,

sin este hermoso octubre en tus aceras

ni el horizonte aquel o de un analfabeto;

aquí estoy

viendo el viento que arrastra los papeles

humildes por las calles,

a punto de estar solo para siempre.»

 

Bendito sea el camino

por donde van los pájaros tan sólo,

alabada seas tú

porque sabes vivir a pecho abierto,

porque sabes estar con las espigas

con lo difícil que es mirar el trigo.

Alabada seas siempre,

lucientemente hermosa,

andando por tu casa de tareas

cantando con las manos ocupadas,

que bien estás soñándote

primera predilecta de la Virgen,

puesta en medio de muchos resplandores.

 

Qué hueco más profundo es la esperanza,

qué cubicado modo de quererte

estar aquí pensando:

«tengo que reunir unas palabras

para escribir lo poco que le escribo».

Termino ya, mi amiga, temo hablarte

de tantas cosas tuyas;

desde aquí

siento cómo el cartero del silencio

deja un ídolo humilde entre tus manos

hecho de la madera de algún chopo.

 

 

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