El viajero

Por Allen Tate
Traducción de César Aira

 

A Archibald MacLeish

 

La tarde con pesadas horas

yace vacía bajo la mirada del caminante

 y el crepúsculo espera, sus torres nebulosas

 aguardan las legiones de la noche.

 

Hasta que el hosco trueno desde la caverna

 del poniente con deliberado crescendo

 le susurra al aire su esclavo oscurecido

 que abra cerrojos del infierno

 

para aplastar las almenas de nube

 el muro de luz en el occidente

de modo que la bullente oscuridad inunde

 al viajero en su busca

 

y todo el aire con pesadas horas

se hunda en la sombría mirada del caminante

 y la espesa tiniebla cuyas torres ocultas

 amenazan su viaje hacia la noche

 

avance rodando, retroceda, colina a colina

 hasta donde el buscador no sabe dónde

 más allá de la sombra del molino de Peachers

 en el prado ardido, con el cabello sin color

 

los seres secretos alrededor dé una roca

los labios abiertos en la correspondiente sorpresa

 están quietos, nada son sino huesos

con nada dentro de los ojos más que espacio

 

hasta que extraviado por el camino

y medio olvidado de su busca

el caminante con tal carga

de aliento, huésped demasiado tardío,

 

regresa, tan cerca de la piedra secreta,

 cae sin aliento al fin y ciego,

 y un oscuro cambio dentro del hueso

le trae el fin que no pudo encontrar.

 

1932

 

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