La colección de silencios del Dr. Murke

Por Heinrich Böll

Traducción: José Moral Arroyo

 

Cada mañana, nada más entrar en la casa de la radio, Murke se sometía a una gimnasia existencial: saltaba al ascensor de rosario, pero no bajaba en el segundo piso, donde estaba su oficina, sino que continuaba subiendo más allá del tercero, del cuarto, del quinto piso, y cuando la plataforma del cangilón se elevaba sobre el nivel del quinto piso, cuando la jaula entraba rechinando en el vacío, donde cadenas lubricadas, barras untadas de grasa y hierros chirriantes trasladaban la cabina de la posición de subida a la de bajada, le asaltaba el miedo y miraba fijamente lleno de pánico a este lugar de la casa de la radio, el único sin revocar, y suspiraba aliviado cuando la jaula se enderezaba, pasaba la esclusa, se alineaba y se hundía lentamente hacia abajo, hacia el quinto, el cuarto, el tercer piso. Murke sabía que su miedo no tenía fundamento y que naturalmente no pasaría nunca nada, que no podía pasar nada y que si pasaba algo, en el peor de los casos, al pararse el ascensor estaría arriba y se quedaría allí encerrado una hora, dos cuando más. Siempre llevaba un libro en el bolsillo y también cigarrillos; sin embargo, desde que se construyó el edificio de la radio, hacía tres años, el ascensor jamás había faIlado. Había días en que lo revisaban, días en los que Murke tenía que renunciar a esos cuatro segundos y medio de miedo, y esos días estaba irritable y descontento, como alguien que no ha desayunado.

Necesitaba ese miedo como otros necesitan su café, sus copos de avena o su zumo de frutas.

Cuando, llegado de nuevo al segundo piso, donde se encontraba la sección de programas culturales, saltaba del ascensor, estaba alegre y sereno, tan alegre y sereno como el que ama y domina su trabajo. Abría la puerta de su despacho, iba despacio hacia su sillón, se sentaba y encendía un cigarrillo: era siempre el primero en llegar. Era joven, inteligente y amable, e incluso su arrogancia, que a veces afloraba por un momento, se le perdonaba, porque se sabía que había estudiado psicología y se había doctorado con sobresaliente.

Pero hacía dos días que Murke renunciaba a su desayuno de miedo por una razón particular: tenía que llegar a la casa de la radio a las ocho en punto, ir corriendo a un estudio y empezar a trabajar porque el director le había encargado que recortara las cintas con las dos conferencias sobre la esencia del arte que había grabado el gran Bur-Malottke, conforme a las instrucciones del mismo. Bur-Malottke, que se convirtió a raíz del entusiasmo religioso del año 1945, tuvo «de la noche a la mañana», así lo decía, «grandes reparos religiosos», «se sintió acusado de repente de ser en parte responsable del predominio religioso de la radio», y tomó la decisión de cortar la palabra Dios, que citaba frecuentemente en sus dos conferencias sobre la esencia del arte, de media hora cada una, y sustituirla por una fórmula que correspondiera más a su manera de pensar antes de 1945; Bur-Malottke propuso al director que se cambiara la palabra Dios por la fórmula «ese Ser superior que nosotros adoramos», pero se negó a volver a grabar las dos conferencias completas y pidió que cortaran la palabra Dios y pegaran en su lugar «ese Ser superior que nosotros adoramos». Bur-Malottke era amigo del director, pero no fue por amistad que éste transigió, sino que, sencillamente, no se le podía llevar la contraria. Bur-Malottke era autor de numerosos libros sobre temas de ensayo filosófico religioso-cultural, trabajaba en la redacción de tres revistas y dos diarios, era lector-jefe de la editorial más importante. Se mostró dispuesto a ir el miércoles un cuarto de hora a la radio para repetir «ese Ser superior que nosotros adoramos» tantas veces como apareciese la palabra Dios en sus disertaciones. El resto lo encomendaba a las facultades técnicas de la gente de la radio.

Al director le costó encontrar a alguien a quien poder encomendar esta tarea; pensó en Murke, pero la rapidez con que le vino a las mientes Murke le hizo desconfiar —era un hombre vital y de espíritu sano—, por ello meditó durante cinco minutos, pensó en Schwendling, en Humkoke, en la señorita Broldin, pero tuvo que volver a Murke. El director no tenía simpatía por Murke; es cierto que lo contrató en seguida nada más se lo propusieron, lo contrató como el director de un zoológico que aunque siente predilección por los conejos y los corzos adquiere lógicamente fieras, porque en un zoológico también tiene que haber fieras. Pero el director a quien quería es precisamente a los conejos y a los corzos y, en su opinión, Murke era una bestia intelectual. Al fin triunfó su vitalidad y encargó a Murke que cortara las disertaciones de Bur-Malottke. Las dos conferencias estaban programadas para el jueves y viernes, y los reparos de conciencia de Bur-Malottke se produjeron la noche del domingo al lunes. Suicidarse habría sido igual que contradecir a Bur-Malottke, y el director era demasiado vital para pensar en el suicidio.

Así es que el lunes por la tarde y el martes por la mañana Murke escuchó tres veces las dos disertaciones de media hora sobre la esencia del arte, cortó la palabra Dios, y en los breves descansos, fumando un cigarrillo con el técnico sin decir nada, pensó en la vitalidad del director y en el ser inferior que Bur-Malottke adoraba. No había leído nunca ni una línea de Bur-Malottke, jamás escuchó ninguna de sus disertaciones. La noche del lunes al martes soñó con una escalera tan alta y tan empinada como la torre Eiffel; empezó a subirla, pero pronto se dio cuenta de que los escalones estaban untados de jabón y abajo el director le gritaba: « ¡Animo, Murke. Vamos..., demuestre de qué es capaz.» La noche del martes al miércoles el sueño fue parecido: sin darse cuenta, se encontró en la montaña rusa de un parque de atracciones, pagó treinta céntimos a un hombre que se le antojaba conocido y cuándo entró en la montaña rusa, se dio cuenta de repente de que su longitud era al menos de diez kilómetros, pero no podía volverse atrás y pensó que el hombre a quien había entregado los treinta céntimos era el director. Las dos mañanas posteriores a los sueños no necesitó el inocente desayuno de miedo allá arriba, en el vacío del ascensor.

Hoy era miércoles y esta noche no había soñado con jabón, con montañas rusas ni con directores. Entró sonriente en la casa de la radio, se metió en el ascensor, subió al sexto piso —cuatro segundos y medio de miedo, el rechinar de las cadenas, el sitio sin revocar—, bajó al cuarto piso, descendió y fue al estudio donde se había citado con Bur-Malottke. Eran las diez menos dos minutos, cuando se sentó en el sillón verde, saludó con la mano al técnico y encendió un cigarrillo. Respiró tranquilo, sacó una nota del bolsillo superior de la chaqueta y miró el reloj: Bur-Malottke era puntual, por lo menos corría la fama de su puntualidad y cuando el segundero completaba el minuto sesenta de las diez horas, el minutero resbaló a las doce, la aguja de las horas a las diez, se abrió la puerta y entró Bur-Malottke. Murke se levantó sonriendo amablemente, se acercó a Bur-Malottke y se presentó. Bur-Malottke le estrechó la mano y sonriendo dijo: «Bien, adelante.» Murke tomó la nota de la mesa, se puso el cigarrillo en la boca y, dirigiéndose a Bur-Malottke, leyó la nota:

—En ambas disertaciones la palabra Dios aparece veintisiete veces, quisiera rogarle, por tanto, que lea en voz alta veintisiete veces lo que tenemos que sustituir. Le agradeceríamos mucho que lo dijera treinta y cinco veces, porque necesitamos cierta cantidad de reserva para el montaje.

—Concedido —dijo Bur-Malottke sonriente y se sentó.

—Por lo demás, hay un problema —dijo Murke—: aparte de los genitivos, en su conferencia no queda claro el caso en que aparece la palabra Dios; pero en «ese Ser superior que nosotros adoramos» tiene que estarlo. En total —sonrió amablemente hacia Bur-Malottke— necesitamos diez nominativos y cinco acusativos, por tanto, quince veces «ese Ser superior que nosotros adoramos», luego siete genitivos, es decir «de ese Ser superior que nosotros adoramos», cinco dativos «a ese Ser superior que nosotros adoramos», y queda un vocativo, el lugar en que usted dice: «Oh, Dios.» Me permito proponerle que lo dejemos en vocativo y qué usted exclame: « ¡Oh, Tú, Ser superior, al que nosotros adoramos!»

Era evidente que Bur-Malottke no había pensado en estas complicaciones; empezó a sudar, el disloque de casos le creaba problemas. Murke prosiguió amable y amistosamente:

—Necesitaremos en total un minuto y veinte segundos de emisión para las veintisiete nuevas frases, mientras que el tiempo para los veintisiete «Dios» sólo ocupaba veinte segundos. Debido a sus cambios, tendremos que acortar las dos conferencias medio minuto.

Sudando más y más, Bur-Malottke se maldijo a sí mismo por sus súbditos recelos y preguntó: —Ya habrán cortado lo otro, ¿no?

—Sí —dijo Murke, sacó del bolsillo una cajita metálica de cigarrillos, la abrió y se la ofreció a Bur-Malottke; dentro había unos trocitos negros de cinta magnetofónica, y Murke dijo en voz baja:

—Veintisiete veces Dios pronunciado por usted. ¿Lo quiere?

—No —dijo Bur-Malottke furioso—, gracias. Hablaré con el director sobre los dos medios minutos. ¿Qué emisiones siguen a las mías?

—Mañana —dijo Murke— la habitual Noticias locales, una emisión que redacta el doctor Grehm. —Maldita sea —dijo Bur-Malottke—, Grehm jamás se dejará convencer.

—Y pasado mañana —dijo Murke— sigue a la suya la emisión Vamos a mover las piernas.

—Huglieme —gimió Bur-Malottke—, los de variedades jamás cedieron a culturales ni la quinta parte de un minuto.

—No —dijo Murke—, nunca, por lo menos —y dio a su rostro juvenil la expresión de modestia perfecta—, nunca desde que yo trabajo en la casa.

—Muy bien —dijo Bur-Malottke y miró el reloj—, seguramente no tardaremos más de diez minutos y luego hablaré con el director sobre este minuto. Empecemos. ¿Puede dejarme su nota?

—Con mucho gusto —dijo Murke—, me la sé de memoria.

Cuando Murke entró en la cabina, el técnico dejó el diario. El técnico sonrió. Durante las seis horas del lunes y el martes en que escucharon las disertaciones de Bur-Malottke e hicieron los cortes, Murke y el técnico no intercambiaron ni una sola palabra de tipo privado, de vez en cuando se miraron, durante los descansos el técnico ofreció a Murke un cigarrillo y viceversa. Ahora, viendo sonreír al técnico, Murke pensó: «Si es verdad que la amistad existe en este mundo, este hombre es amigo mío.» Colocó la cajita metálica con los trocitos de cinta de las disertaciones de Bur-Malottke sobre la mesa y dijo en voz baja: «Empezamos.» Tras conectar con el locutorio dijo por el interfono:

—Nos podemos ahorrar la prueba de voz, profesor. Lo mejor es que empecemos en seguida, si no le parece mal con los nominativos.

Bur-Malottke asintió, Murke desconectó el interfono, apretó el botón que encendía en el locutorio la lucecita verde, y oyeron la voz ceremoniosa, bien acentuada de Bur-Malottke: «Ese Ser superior que nosotros adoramos, ese Ser superior que...»

Los labios de Bur-Malottke se arqueaban hacia el micrófono como si quisiese besarlo, el sudor le corría por el rostro y Murke contemplaba impasible a través del cristal la tortura de Bur-Malottke; de repente, desconectó el micrófono de Bur-Malottke, paró la cinta que estaba grabando las palabras de

Bur-Malottke y disfrutó viendo a Bur-Malottke, mudo como un gordo y hermoso pez, al otro lado del cristal. Con gran calma dijo: «Lo siento, pero nuestra cinta estaba defectuosa y tengo que rogarle que vuelva a empezar otra vez con los nominativos.» Bur-Malottke empezó a lanzar maldiciones, pero eran maldiciones mudas que sólo él podía oír, pues Murke le había desconectado el micrófono y no lo volvió a conectar hasta que empezó a decir: «Ese Ser superior...» Murke era demasiado joven y se sentía demasiado culto para que le gustara la palabra odio. Pero en este momento, a este lado del cristal, mientras Bur-Malottke pronunciaba sus genitivos, supo de repente lo que es el odio: odiaba a ese hombre alto, gordo y hermoso, cuyos libros con tiradas de dos millones trescientos cincuenta mil ejemplares se amontonaban en bibliotecas, librerías, armarios y editoriales, y no pensó ni por un minuto en refrenar ese odio. Cuando Bur-Malottke había pronunciado dos genitivos, Murke le interrumpió de nuevo por el interfono y dijo tranquilamente: «Perdone que le interrumpa, los nominativos eran excelentes, también el primer genitivo, pero, por favor, vuelva a empezar desde el segundo genitivo: un poco más suave, un poco más sosegado, se lo voy a pasar.» Y a pesar de que Bur-Malottke mostró su disconformidad con un violento gesto de cabeza, hizo una seña al técnico para que pasara la cinta en el locutorio. Vieron que Bur-Malottke se sobresaltó y sudando aún más, se tapó los oídos hasta que la cinta terminó. Dijo algo, blasfemó, pero Murke y el técnico no le oían, le habían dejado el micrófono desconectado. Murke esperó impasible hasta que pudo leer en los labios de Bur-Malottke que había recomenzado con el «Ser superior», conectó micrófono y cinta y Bur-Malottke empezó con los dativos: «a ese Ser superior que nosotros adoramos».

Después de recitar los dativos, arrugó la nota de Murke, se levantó furioso y bañado en sudor y se dispuso a salir; pero la voz joven, suave y amable de Murke lo llamó. Murke dijo: «Profesor, ha olvidado el vocativo.» Bur-Malottke le dirigió una mirada de odio y dijo hacia el micrófono: « ¡Oh, Tú, Ser superior, que nosotros adoramos! »

Cuando iba a salir, le llamó de nuevo la voz de Murke. Murke dijo: «Usted perdone, profesor, pero pronunciada de esa forma, la frase no se pude usar.»

—Por el amor de Dios —le susurró el técnico—, no exagere.

Bur-Malottke se detuvo en la puerta, de espaldas al cristal, como si la voz de Murke lo hubiese encolado allí.

Le pasaba lo que nunca le había pasado: estaba indeciso y esa voz tan juvenil, tan amable, tan exageradamente inteligente, le mortificaba como nada le había mortificado nunca. Murke prosiguió:

—Naturalmente lo podría incluir en la disertación tal como está, pero me permito llamarle la atención, profesor, de que no hará buen efecto.

Bur-Malottke se volvió, regresó al micrófono y dijo con voz suave y ceremoniosa:

—Oh, Tú, Ser superior, que nosotros adoramos.

Sin volverse hacia Murke, abandonó el estudio. Eran exactamente las diez y cuarto y en la puerta tropezó con una mujer joven 'y bonita que llevaba unas partituras en la mano. La joven era pelirroja y esplendorosa, se dirigió muy decidida hacia el micrófono, lo giró y puso bien la mesa para poder colocarse sin impedimentos delante del micrófono.

Murke estuvo medio minuto charlando en la cabina con Huglieme, el redactor de la sección de variedades. Señalando la caja de cigarrillos, Huglieme dijo: «¿La necesita todavía?» Y Murke dijo: «Sí, todavía la necesito.» Dentro, la muchacha pelirroja cantaba: «Toma mis labios tal como son, son hermosos.» Huglieme pulsó el botón del interfono y dijo tranquilamente: «Cierra el pico durante veinte segundos más, por favor, todavía no estoy listo.» La muchacha rió, arremangó la boca y dijo: «Zopenco marica.» Murke dijo al técnico: «Volveré hacia las once, cortaremos la cinta y pegaremos los trocitos.»

—¿Lo tendremos que volver a oír? —preguntó el técnico.

—No —dijo Murke—, ni por un millón de marcos lo volvería a oír.

El técnico asintió, colocó la cinta para la pelirroja y Murke se fue.

Se puso un cigarrillo en la boca, lo dejó sin encender y fue por el pasillo trasero hasta el segundo ascensor, que estaba instalado en la parte sur y conducía a la cantina. Las alfombras, los pasillos, los muebles y los cuadros, todo le irritaba. Eran hermosas alfombras, hermosos pasillos, hermosos muebles y cuadros de buen gusto, pero de repente sintió el deseo de ver en la pared, en cualquier lugar, la cursi estampita del Sagrado Corazón que le envió su madre. Se detuvo, miró en derredor, prestó atención, sacó la estampita del bolsillo y la fijó entre el papel pintado y el marco de la puerta del ayudante de dirección de la sección de guiones radiofónicos. Era una estampita de colores llamativos y debajo de la figura del Sagrado Corazón se leía: «Recé por ti en San Jacobo.»

Murke siguió andando, tomó el ascensor y descendió. En esta parte de la casa de la radio ya estaban montados los ceniceros Schrörschnauz, que obtuvieron el primer premio en el concurso de ceniceros. Estaban colgados junto a las cifras rojas que indicaban el número del piso: un cuatro rojo, un cenicero Schrörschnauz, un tres rojo, un cenicero Schrörschnauz, un dos rojo, un cenicero Schrörschnauz. Eran unos ceniceros muy bonitos, repujados en cobre, en forma de concha; su soporte eran unas originales plantas marinas —unas nudosas algas— repujadas también en cobre; y cada cenicero costó doscientos cincuenta y ocho marcos y setenta y siete céntimos. Eran tan hermosos que Murke nunca se atrevió a ensuciarlos con ceniza, y mucho menos con algo tan poco estético como una colilla. Parecía que a todos los otros fumadores les pasaba lo mismo: cajitas vacías de cigarrillo, colillas y ceniza se amontonaban en el suelo bajo los hermosos ceniceros: por lo visto nadie tenía suficiente valentía para utilizar los ceniceros como tales; eran de cobre, brillantes y siempre estaban vacíos.

Murke vio que se acercaba el quinto cenicero junto al cero rojo, el ambiente estaba más caldeado, olía a comida, Murke saltó de la cabina y se tambaleó hacia la cantina. En una mesa del rincón había sentados tres colaboradores libres; delante de él hueveras, platos y cafeteras.

Los tres hombres habían escrito juntos la serie radiofónica «El pulmón, órgano humano», juntos fueron a cobrar sus honorarios, desayunaron juntos y ahora estaban bebiendo aguardiente y jugándose a los dados la factura para la declaración de impuestos. Murke conocía bien a uno de ellos, Wendrich; pero en aquel preciso momento Wendrich estaba gritando « ¡Arte! ¡Arte! » y volvió a gritar « ¡Arte! ¡Arte!» y Murke se estremeció asustado, como la rana en la que Galvani descubrió la electricidad. Durante los dos últimos días, Murke había oído demasiadas veces la palabra arte de boca de Bur-Malottke; se repetía exactamente ciento treinta y cuatro veces en ambas disertaciones y había escuchado las disertaciones tres veces, es decir, que había escuchado la palabra arte cuatrocientas dos veces, demasiadas para tener ganas de participar en una conversación sobre este tema. Se escabulló a lo largo de la barra hasta la galería al otro fado de la cantina y al ver que no había nadie respiró aliviado. Se sentó en el sillón tapizado de amarillo, encendió el cigarrillo y cuando se le acercó Wulla, la camarera, dijo: «Por favor, un zumo de manzana» y se alegró de que Wulla se fuese en seguida. Cerró los ojos y escuchó sin querer la conversación de los tres colaboradores del rincón, que parecían discutir apasionadamente sobre arte; cada vez que uno de ellos pronunciaba «arte», Murke se estremecía. «Es como si le estuvieran dando a uno mil azotes», pensó.

Wulla, que le traía el zumo, lo miró preocupada. Era alta y robusta, aunque no gorda, su expresión era sana y alegre y mientras servía el zumo de manzana en el vaso dijo: «Debería tomarse sus vacaciones, Herr Doktor, y haría bien si dejase el tabaco.»

Antes se llamaba Wilfriede-Ulla, pero luego, por aquello de la comodidad, lo había contraído en Wulla. Sentía un respeto especial por las personas de la sección Cultural.

—Déjeme en paz —dijo Murke—, por favor, váyase.

—Y debería irse al cine con una muchacha sencilla y amable —dijo Wulla.

—Es lo que haré esta tarde —dijo Murke—, se lo prometo.

—No hace falta que sea una de esas frescales —dijo Wulla—, una muchacha sencilla, tranquila, simpática, con corazón. Todavía las hay.

—Lo sé —dijo Murke—, las hay e incluso conozco a una.

«¿Lo ves?», pensó Wulla y se acercó a los colaboradores, uno de los cuales había encargado tres aguardientes y tres tazas de café. «Pobres —pensó Wulla—, el arte acabará volviéndoles locos.» Sentía compasión por los .colaboradores y los incitaba siempre a ahorrar. «En cuanto tienen dinero —pensó—, lo tiran por la ventana», y fue hacia la barra a encargar con un gesto de desaprobación los tres aguardientes y las tres tazas de café.

Murke tomó un trago de zumo' de manzana, apagó el cigarrillo en el cenicero y pensó angustiado en las horas entre las once y la una, en que. tenía que cortar las sentencias de Bur-Malottke y pegar en las disertaciones los nuevos trozos en los lugares debidos. El director quería escuchar ambas disertaciones a las dos en su estudio. Murke pensó en el jabón verde; en las escaleras, unas escaleras empinadas y en las montañas rusas, pensó en la vitalidad del director, pensó en Bur-Malottke, y al ver entrar a Schwendling en la cantina se sobresaltó.

Schwendling llevaba una camisa a grandes cuadros rojos y negros y marchaba con determinación a .la galería donde se ocultaba Murke. Schwendling iba tarareando la canción de moda: «Toma mis labios tal como son, son hermosos» y al ver a Murke dijo sorprendido:

—Hombre, ¿tú por aquí? Pensaba que estabas montando las tonterías de Bur-Malottke.

—A las once seguiré —dijo Murke.

—Wulla, una cerveza —voceó Schwendling hacia la barra—, medio litro. Bien —dijo a Murke—, deberían darte vacaciones extra por eso, tiene que ser asqueroso. El viejo me ha contado de qué se trata.

Murke callaba y Schwendling dijo:

—¿Sabes lo último de Murckwitz?

Primero Murke hizo sin mostrar el menor interés un gesto negativo con la cabeza; luego preguntó por mera cortesía:

—¿Qué ocurre con él?

Wulla trajo la cerveza, Schwendling tomó un trago, se hinchó un poco y dijo muy despacio:

—Murckwitz está haciendo un documental sobre la Taiga.

Murke rió y dijo:

—¿Qué hace Fenn?

—Un documental sobre la Tundra —dijo Schwendling.

—¿Y Weggucht?

—Weggucht está escribiendo un programa sobre mí y luego yo escribiré un programa sobre él, de acuerdo con el lema: prográmame y yo te programaré...

Uno de los colaboradores libres, ahora en pie, vociferaba enfáticamente: «Arte, arte, eso es lo único que importa.»

Murke se agazapó, como se agazapa el soldado que acaba de oír los tiros de los morteros en las trincheras enemigas. Tomó otro trago de su zumo de manzana y volvía ya a agazaparse, cuando una voz empezó a llamar por el altavoz: «Doctor Murke, preséntese en el estudio trece, doctor Murke, preséntese en el estudio trece.» Miró el reloj, eran sólo las diez y media, pero la voz proseguía inclemente: «Doctor Murke, preséntese en el estudio trece, doctor Murke, preséntese en el estudio trece.» El altavoz colgaba sobre la barra de la cantina, exactamente debajo del lema que el director hizo poner en la pared: La disciplina es el todo.

—Bueno —dijo Schwendling—, no hay más remedio, vete. .

—No —dijo Murke—, no hay más remedio. —Se levantó, dejó sobre la mesa el dinero que costaba el zumo de manzana, pasó escabulléndose junto a la mesa de los colaboradores, se metió en el ascensor y subió dejando de nuevo atrás los cinco ceniceros Schrörschnauz. Vio que su estampita del sagrado corazón todavía estaba fija en el marco de la puerta del ayudante de dirección y pensó: «Menos mal que ahora hay por lo menos algo cursi en la casa de la radio.»

Abrió la puerta de la cabina de control, vio que el técnico estaba solo y sentado muy tranquilo, ante cuatro cajitas de cartón y preguntó cansada:

—¿Qué pasa?

—Esos han terminado antes de lo que creían y hemos ganado media hora —dijo el técnico—; he pensado que tal vez le interesaría aprovechar esta media hora.

—Desde luego —dijo Murke—, tengo una cita a la una. Empecemos. ¿Qué pasa con estas cajas?

—Tengo una cajita para cada caso —dijo el técnico—, los acusativos en la primera, en la segunda los genitivos, en la tercera los dativos y en ésta —dijo señalando la cajita más a la derecha, y en la que se leía CHOCOLATE PURO— están los dos vocativos, en el rincón derecho el bueno, en el izquierdo el malo.

—Es estupendo —dijo Murke—, usted ha ordenado ya esa porquería.

—Sí —dijo el técnico—, y si ha anotado el orden en que tenemos que pegar los casos, estaremos listos como mucho dentro de una hora. ¿Lo tiene anotado?

—Sí —dijo Murke. Sacó una nota del bolsillo en que estaban apuntadas las cifras 1 hasta el 27; después de cada número había un caso.

Murke se sentó y ofreció su cajita al técnico; ambos fumaron mientras el técnico colocaba en el aparato las cintas cortadas de las disertaciones de Bur-Malottke.

—En el primer corte —dijo Murke— tenemos que pegar un acusativo. —El técnico metió la mano en la primera caja, sacó un trocito de cinta y lo pegó en el corte.

—En el segundo —dijo Murke— un dativo. Trabajaban de prisa y Murke estaba contento porque la cosa iba muy rápida.

—Ahora —dijo— viene el vocativo; naturalmente pondremos el malo.

El técnico rió y pegó en la cinta el vocativo malo de Bur-Malottke.

—Adelante —dijo—, adelante.

—Genitivo —dijo Murke.

El director leía a conciencia las cartas de los radioyentes. La que estaba leyendo en este momento decía:

 

Querida radio: Seguramente no tienes una oyente más fiel que yo. Soy una mujer anciana, una abuelita de setenta y siete años y te escucho a diario desde hace treinta años. Siempre he sido pródiga en alabanzas. Tal vez recuerdes mi carta sobre la emisión «Las siete almas de la vaca Kaweida». Era una emisión magnífica, pero hoy tengo que enfadarme contigo. El abandono en que tiene la radio al alma de los perros va resultando indignante. ¿A eso llamas humanismo? Hitler tenía, sin duda, sus defectos: si ha de creerse todo lo que se dice, era un hombre malo, pero hay algo que no se le puede negar: amaba a los perros y hacía cosas por ellos. ¿Cuándo recobrará el perro sus derechos en la radio alemana? No como lo hiciste en el programa «Como gato y perro», así no; aquello fue un insulto para cualquier ser perruno. Si mi pequeño Lohengrin pudiese hablar, te lo diría. Y cómo ladraba, mi perro querido, mientras se emitía tu desastroso programa, ladraba que a una se le deshacía el corazón de vergüenza. Yo pago mis dos marcos mensuales como todos los oyentes y haciendo uso de mis derechos pregunto: ¿Cuándo recobrará el perro sus derechos en la radio alemana?

Con todo cariño, aunque esté tan enfadada contigo,

tu JADWIGA HERCHEN, SUS labores.

 

P. D. —Si ninguno de los cínicos sujetos que te buscas como colaboradores es capaz de dignificar el alma canina en la forma debida, sírvete de mis modestos ensayos, que te adjunto. Renunciaría a los honorarios. Los puedes transferir a la sociedad protectora de animales.

Adjunto: 35 manuscritos.

Tu,

J. H.

 

 

El director suspiró. Buscó los manuscritos, pero su secretaria ya los había archivado. El director llenó su pipa, la encendió, se lamió sus vitales labios, descolgó el teléfono y ordenó que le comunicasen con Krochy. Krochy tenía un despacho diminuto con una mesa diminuta pero de muy buen gusto en la sección de Cultura y llevaba un departamento tan pequeño como su escritorio: El animal en la cultura.

—Krochy —dijo el director, cuando éste contestó modestamente a la llamada—, ¿cuándo emitimos por última vez algo sobre perros?

—¿Sobre perros? —dijo Krochy—. Señor director, creo que nunca, por lo menos desde que yo estoy aquí.

—¿Y desde cuándo está usted ahí, Krochy? —Y Krochy, en su escritorio, empezó a temblar porque el director había hablado con más suavidad. Sabía que no se preparaba nada bueno cuando esa voz se volvía suave.

—Desde hace diez años, señor director —dijo Krochy.

—Es una vergüenza que todavía no haya escrito nada sobre perros —dijo el director—, al fin y al cabo es un tema de su departamento. ¿Cómo se titula su último programa?

—Mi último programa se titula —tartamudeó Krochy.

—No hace falta que me repita la pregunta —dijo el director—, no estamos en la mili.

—Búhos en los muros —dijo Krochy tímidamente.

—Dentro de las próximas tres semanas —dijo el director, otra vez con suavidad— quiero oír un programa sobre el alma canina.

—Sí, señor —dijo Krochy, oyó el clic que hizo el director al colgar el auricular, lanzó un profundo suspiro y dijo: « ¡Dios mío! »

El director tomó la siguiente carta.

En ese momento entró Bur-Malottke. Podía tomarse la libertad de entrar en cualquier momento sin anunciarse y se tomaba esta libertad con mucha frecuencia. Sudando todavía se sentó cansado en una silla frente al director y dijo:

—Buenos días.

—Buenos días —dijo el director y dejó la carta—. ¿En qué puedo servirle?

—Por favor —pidió Bur-Malottke—, concédame un minuto.

—Bur-Malottke —dijo el director haciendo un gesto amplio y vital—, no necesita pedirme un minuto. Las horas, los días están a su disposición.

—No —dijo Bur-Malottke—, no se trata de un minuto temporal, sino de un minuto de emisión. Mi disertación se ha alargado en un minuto debido a los cambios.

El director se puso serio como un sátrapa repartiendo provincias.

—Espero —dijo malhumorado— que no se trate de un minuto político.

—No —dijo Bur-Malottke—, medio de noticias locales y medio de variedades.

—Menos mal —dijo el director—; tengo libres setenta y nueve segundos en Variedades y en Locales ochenta y tres. Con mucho gusto concederé un minuto a un Bur-Malottke.

—Usted me abruma —dijo Bur-Malottke.

—¿Qué más puedo hacer por usted? —preguntó el director.

—Le quedaría muy agradecido —dijo Bur-Malottke—, si 'alguna vez pudiésemos ponernos a corregir todas las cintas que he grabado desde 1945. Un día —dijo, se pasó la mano por la frente y contempló con melancolía el Brüller auténtico que colgaba sobre la mesa del director—, un día, yo —se interrumpió, pues lo que iba a decir al director era demasiado doloroso para la posteridad—, un día, moriré... —volvió a hacer una pausa y dio así ocasión al director para mirar asustado y hacer con la mano un gesto de prevención— y no puedo soportar la idea de que, después de mi muerte, es posible que se emitan cintas en las que diga cosas de las que ya no estoy convencido. En el entusiasmo del cuarenta y cinco, sobre todo, me dejé arrastrar por el impulso e hice algunas observaciones de carácter político, expresiones que hoy en día me llenan de graves reparos y que, ahora, sólo puedo achacar a la frescura juvenil que desde siempre ha caracterizado mis .obras. La corrección de mi obra escrita está en marcha, quisiera rogarle que me dé pronto la ocasión de corregir también mi obra hablada.

El director permaneció en silencio, sólo tosió ligeramente, en su frente brillaban pequeñas y claras gotas de sudor. Pensó que desde 1945 Bur-Malottke hablaba por lo menos una hora al mes y mientras Bur-Malottke seguía hablando multiplicó a toda prisa: doce horas por diez, igual a ciento veinte horas de Bur-Malottke hablando.

—Sólo los espíritus impuros califican la pedantería indigna del genio —dijo Bur-Malottke—; nosotros sabemos —y el director se sintió halagado de verse alineado por el nosotros entre los espíritus puros— que los verdaderos, los grandes genios, eran pedantes. Himmelsheim hizo encuadernar otra vez a su cargo toda la edición impresa de su Seelon, porque ya no le parecían adecuadas dos o tres frases en la mitad del texto. La idea de que cuando haya pasado a la posteridad puedan emitirse disertaciones mías, de las que ya no estoy convencido, esta idea no puedo soportarla. ¿Qué solución propondría usted?

Las gotas de sudor en la frente del director eran más gruesas.

—Ante todo —dijo el director en voz baja—, habría que hacer una lista exacta de todas las emisiones grabadas por usted y, luego, mirar en el archivo si se conservan todas las cintas.

—Espero —dijo Bur-Malottke— que no se haya borrado ninguna de mis 'cintas sin haberme consultado antes. Como no se me ha consultado, es que no se ha borrado ninguna cinta.

—Daré las órdenes oportunas —dijo el director. —Se lo agradeceré mucho —dijo Bur-Malottke mordaz y se levantó—. Buenos días.

—Buenos días —dijo el director acompañándolo hasta la puerta.

En la cantina los colaboradores habían decidido encargar comida. Habían bebido más aguardiente, seguían hablando sobre arte y su conversación era más tranquila, pero no menos apasionada. Cuando, de repente, Wanderburn entró en la cantina, todos se pusieron de pie asustados. Wanderburn era un poeta alto, de aspecto melancólico y pelo negro, un rostro simpático algo marcado por el estigma de la fama. Este día iba sin afeitar y, por ello, parecía aún más simpático. Fue a la mesa de los tres colaboradores, se sentó agotado y dijo:

—Muchachos, dadme algo de beber. En esta casa tengo siempre la impresión de que voy a morirme de sed.

Le dieron de beber, un aguardiente que había aún sobre la mesa y el resto de una gaseosa. Wanderburn bebió, dejó el vaso, miró de uno en uno a los tres hombres y dijo:

—Les prevengo contra la radio, contra este trasto asqueroso, contra este asqueroso trasto relamido, taimado, acicalado. Se lo advierto, nos va a destrozar a todos.

Su advertencia era sincera e impresionó mucho a los tres jóvenes; pero los tres jóvenes no sabían que Wanderburn venía directamente de caja, donde acababa de cobrar un montón de dinero en concepto de honorarios por una sencilla adaptación del libro de Job.

—Nos cortan —dijo Wanderburn—, absorben nuestra sustancia, nos pegan y ninguno de nosotros sobrevivirá.

Bebió la gaseosa, dejó el vaso sobre la mesa y con el abrigo ondeando melancólicamente marchó hacia la puerta.

Murke acabó el montaje a las doce en punto. Acababan de pegar el último pedacito de cinta, un dativo, cuando Murke se levantó. Ya había empuñado la manilla de la puerta, cuando el técnico dijo:

—Me gustaría tener también una conciencia tan sensible y cara. ¿Qué hacemos con la caja? —añadió señalando la cajita de cigarrillos, que estaba en la estantería entre las cajas con cintas vírgenes.

—Déjela ahí —dijo Murke.

—¿Para qué?

—Tal vez la necesitemos.

—¿Cree que puede volver a tener problemas de conciencia?

—No es imposible —dijo Murke—, es mejor esperar. Hasta la vista.

Fue al ascensor de delante, bajó al segundo piso y por primera vez en ese día entró en su despacho. La secretaria había ido a comer, Humkoke, el jefe de Murke, estaba sentado junto al teléfono leyendo un libro. Sonrió a Murke, se levantó y dijo: «¿Qué, todavía está vivo? ¿Es suyo este libro? ¿Lo ha dejado usted sobre la mesa?» Le enseñó el título y Murke dijo: «Sí, es mío.» El libro tenía un forro grisverde-anaranjado y se titulaba Canal lírico de Batley; trataba de un joven poeta inglés que, cien años atrás hizo un catálogo del slang londinense.

—Es un libro maravilloso —dijo Murke.

—Sí —dijo Humkoke—, es maravilloso, pero usted no aprenderá nunca.

Murke le miró interrogante.

—Usted jamás aprenderá que los libros maravillosos no se dejan sobre una mesa si se espera a Wanderburn, y Wanderburn es esperado siempre.

Naturalmente lo ha visto en seguida, lo ha hojeado, ha leído cinco minutos y ¿cuál es el resultado? Murke permaneció en silencio.

—El resultado —dijo Humkoke— son dos programas de una hora de Wanderburn sobre el Canal lírico de Batley. Ese tipo terminará por presentarnos un programa sobre su abuela, y lo peor de todo es que una de sus abuelas también lo era mía. Por favor, Murke, no lo olvide. Nada de libros maravillosos sobre la mesa si esperamos a Wanderburn y, lo repito, es esperado siempre. Bien y ahora váyase. Tiene la tarde libre; supongo que se la habrá ganado. ¿Está lista la cosa esa? ¿La ha vuelto a escuchar?

—Lo tengo todo listo —dijo Murke—, pero no puedo volver a oír otra vez las disertaciones, es que sencillamente no puedo.

—Es que no puedo es, una manera de hablar muy infantil —dijo Humkoke.

—Si vuelvo a oír una vez más la palabra arte, me volveré histérico —dijo Murke.

—Ya lo está —dijo Humkoke— y reconozco incluso que tiene razones para estarlo. Tres horas de Bur-Malottke es como para dejar baldado al tipo más fuerte, y usted no es lo que se dice un hombre fuerte.

Tiró el libro sobre la mesa, se acercó a Murke y dijo:

—Cuando yo tenía su edad, me hicieron recortar tres minutos de un discurso de cuatro horas de Hitler y tuve que escuchar el discurso tres veces hasta ver qué tres minutos debían ser cortados. Cuando empecé a escuchar la cinta por primera vez, todavía era nazi, pero después de oírla completa tres veces, ya no lo era. Fue una cura horrible, dura, pero muy eficaz.

—Usted olvida —dijo Murke— que yo ya estaba curado de Bur-Malottke antes de tener que escuchar sus cintas.

—Es usted un animal —dijo Humkoke riendo—, váyase, el director las escuchará otra vez a las dos. Tiene que estar a mano por si pasa algo.—Estaré en casa de dos a tres —dijo Murke.

—Otra cosa —dijo Humkoke cogiendo una lata amarilla de galletas que había en una estantería junto al escritorio de Murke—, ¿qué son estos recortes de cinta que tiene usted en la lata?

Murke se sonrojó.

—Son —dijo—, colecciono una especie determinada de restos.

—¿Qué clase de restos? —preguntó Humkoke. —Silencios —dijo Murke—, colecciono silencios. Humkoke le dirigió una inquisitiva mirada y Murke prosiguió:

—Cuando tengo que cortar cintas en las que el narrador ha hecho de vez en cuando una pausa, o suspiros, tomas de aire, silencios absolutos, no los tiro a la papelera, sino que los colecciono. Por cierto, las cintas de Bur-Malottke no tenían ni un segundo de silencio.

Humkoke se echó a reír.

—Claro, ése no callará nunca. ¿Y qué hace usted con los recortes?

—Los pego por la tarde, cuando estoy solo en casa, paso la cinta. Todavía no es mucho, no llega a tres minutos, pero es que tampoco se producen tantos silencios.

—Tengo que llamarle la atención sobre el hecho de que está prohibido llevarse cintas a casa, incluso recortes.

—¿Los silencios también? —preguntó Murke. Humkoke rió y dijo:

—Ahora váyase.

Y Murke se fue.

Cuando pocos minutos después de las dos el director llegó a su estudio, la disertación de Bur-Malottke ya estaba en marcha:

...y siempre que iniciemos una charla sobre la esencia del arte —no importa dónde, ni cómo, ni por qué ni cuándo—, tenemos que mirar primero hacia aquel Ser superior que nosotros adoramos, tenemos que postrarnos reverentemente ante aquel Ser superior que nosotros adoramos y tenemos que asimilar agradecidamente la esencia del arte como un don de ese Ser superior que nosotros adoramos. El arte...

«No —pensó el director—, realmente no puedo exigir a nadie que se trague ciento veinte horas de Bur-Malottke.» «No —pensó—, hay cosas que simplemente no se pueden hacer, ni aunque se trate de Murke.» Volvió a su despacho, conectó el altavoz y oyó cómo Bur-Malottke estaba diciendo: «Oh, Tú, Ser superior, que nosotros adoramos...» «No —pensó el director—, no, no.»

Murke estaba en su casa, fumando tendido en el sofá. A su lado, sobre una silla, había una taza de té y Murke tenía la mirada fija en el blanco techo de la habitación. En su escritorio estaba sentada una hermosa muchacha rubia, que a través de la ventana miraba fijamente hacia la calle. Entre Murke y la muchacha, sobre una mesita, había un magnetofón grabando. No se hablaba ni una palabra, no se oía ni un solo sonido. Se hubiera podido tomar a la muchacha por una modelo fotográfica, tan bella y silenciosa estaba.

—No aguanto más —dijo la muchacha de repente—, no aguanto más, lo que exiges es inhumano. Hay hombres que exigen inmoralidades a las chicas, pero lo que tú me exiges es todavía más inmoral que lo que otros hombres exigen a las muchachas.

Murke suspiró.

—Por Dios —dijo—, querida Rina, tendré que cortar todo esto, sé razonable, sé buena chica y guarda silencio para mí por lo menos cinco minutos más de cinta.

—Guardar silencio —dijo la muchacha, y lo dijo de una manera que hace treinta años hubiera sido calificada de «desabrida»—. Guardar silencio; vaya una invención tuya. No me disgustaría llenar una cinta, pero de silencio...

Murke se levantó y desconectó el aparato.

—Rina, Rina —dijo—, si supieras qué valioso es para mí tu silencio. Por la noche, cuando estoy cansado, cuando tengo que estar sentado aquí, hago correr tu silencio. Por favor, sé buena chipa y guarda silencio por lo menos tres minutos más y no hagas que tenga que andar cortando; sabes perfectamente lo que significa para mí tener que cortar.

—Como quieras —dijo la muchacha—, pero, por lo menos, dame un cigarrillo.

Murke sonrió, le dio un cigarrillo y dijo:

—De esta forma tengo tu silencio en el original y en cinta, qué estupendo.

Conectó la cinta y ambos se sentaron silenciosos frente a frente hasta que sonó el teléfono. Murke se levantó, desvalido se encogió de hombros y descolgó.

—Bueno —dijo Humkoke—, parece que las conferencias están bien, el jefe no ha dicho nada en contra, puede irse al cine, y piense en la nieve.

—¿En qué nieve? —preguntó Murke y miró hacia la calle, envuelta en un brillante sol veraniego.

—Dios mío —dijo Humkoke—, ya sabe que tenemos que empezar a pensar en los programas invernales. Necesito canciones sobre la nieve, cuentos sobre la nieve, no podemos pasarnos la vida con Schubert y Stifter. Nadie parece adivinar la enorme carencia que tenemos de canciones y cuentos sobre la nieve; imagínese que se nos presenta un largo y duro invierno con mucha nieve y heladas, ¿de dónde sacamos nuestros programas sobre la nieve? A ver si se le ocurre algo donde salga la nieve.

—Sí —dijo Murke—, algo se me ocurrirá. Humkoke había colgado.

—Vamos —dijo a la joven—, podemos ir al cine.

—¿Ya puedo hablar? — preguntó ella.

—Sí —dijo Murke—, habla.

Hacia esta hora el ayudante de dirección de la sección de guiones acababa de escuchar de nuevo la obra que iba a transmitirse por la tarde. Le pareció buena. Sólo el final no le había acabado de gustar. Estaba sentado en el control del estudio trece junto al técnico, mordisqueando un fósforo y estudiando el manuscrito.

 

(Acústica de una gran iglesia vacía.)

Ateo: (Habla en voz alta y clara.) ¿Quién pensará todavía en mí cuando sea pasto de los gusanos?

(Silencio.)

Ateo: (Hablando un poquito más alto.) ¿Quién me esperará cuando me haya convertido de nuevo en polvo?

(Silencio.)

Ateo: (Aún más alto.) ¿Y quién pensará en mí cuando me haya convertido en hojas?

(Silencio.)

El ateo vociferaba en la iglesia doce preguntas parecidas, y ¿qué había detrás de cada pregunta? Silencio.

El ayudante de dirección se quitó de la boca el medio digerido fósforo, se metió otro y dirigió al técnico una mirada inquisitiva.

—Bueno —dijo el técnico—, si se me permite opinar, creo que hay demasiado silencio.

—Eso es lo que me parece —dijo el ayudante de dirección—, incluso el autor opina igual y me ha autorizado a cambiarlo. Que una voz que se limite a decir «Dios», pero tendría que oírse sin la resonancia de la iglesia, tendría que hablar, por así decir, en otro espacio acústico. Pero, dígame, ¿dónde puedo encontrar a estas horas esta voz?

El técnico sonrió y tomó la cajita de cigarrillos que seguía arriba, en la estantería.

—Aquí —dijo—, aquí hay una voz que dice «Dios» con un fondo neutro.

El ayudante de dirección se tragó el fósforo de la sorpresa, se atragantó un poco y el fósforo volvió a su boca.

—No tiene nada de particular —dijo el técnico—, lo hemos tenido que cortar veintisiete veces en una disertación.

—No me hacen falta tantos, sólo doce —dijo el ayudante de dirección.

—Naturalmente, lo más fácil sería cortar el silencio doce veces y pegar en su lugar doce veces Dios —dijo el técnico—, eso en el caso de que usted pueda cargar con esa responsabilidad.

—Es usted un ángel —dijo el ayudante de dirección—, y yo puedo hacerme responsable de ello.

Venga, empecemos. —Contempló feliz los pequeños recortes de cinta mate que había en la cajita de Murke—. Es usted un verdadero ángel. ¡Venga, empecemos!

—Bien —dijo sonriente—; empecemos.

El ayudante de dirección metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una caja de cigarrillos; pero al mismo tiempo agarró un papelito arrugado, lo alisó y se lo mostró al técnico.

—¿No es curioso que en la casa de la radio uno pueda encontrarse estas cursilerías? Esto lo he encontrado en la puerta de mi despacho.

El técnico tomó la estampa, la miró y dijo: —Sí, es curioso —y leyó en voz alta lo que había escrito debajo—: Recé por ti en San Jacobo.

 

 

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