Pasión de pleno verano

Por Erskine Caldwell
Traducción: Piri Lugones

 

El viejo Ben Hackett y la yunta, Cromwell y Ju­lia, estaban juntando el pasto a todo lo que daban cuando estallaron los truenos en los cerros del este. Ben sabía que la tormenta estaba por venirse porque toda la mañana el trueno retumbó por el río, pero Ben no quería que estallara la tormenta hasta que hubiera llevado el pasto al granero y cuando el dilu­vio se vino encima le dio ganas de matar a alguien. Ben había estado sudando de calor antes de que lle­gara la tormenta y ahora estaba furioso. El agua de la lluvia lo refrescó y le sacó un poco de la rabia. Pero seguía maldiciendo la tormenta porque arrui­naba su primera cosecha de pasto.

            La tormenta había pasado y el sol volvió a salir tan fuerte como siempre, pero lo mismo tenía que descargar el pasto del carro. Sudando y maldiciendo, descargó y condujo a Cromwell y Julia por el campó, hacia el camino. Llenó la pipa y se trepó al carro. Cacareando como una gallina a sus nuevos pollitos Ben animó la yunta hacia la carretera, que estaba a una media milla. Salió el sol y otra vez hacía calor. Pero el pasto estaba húmedo. ¡Maldito sea!

            —Si Dios sabe lo que es juntar el pasto con un tiempo así debería bajar él mismo y recogerlo, ¡por Cristo! —les dijo a Cromwell y Julia.

            Cromwell le sacudió la cola en la cara de Ben y Julia resopló unos panaderos por la nariz.

            Mirando fijamente el cielo y chupando la pipa casi se cae al suelo entre la yunta cuando repentinamente Cromwell y Julia hicieron un alto.

            —¡Vamos, Cromwell! —gruñó al caballo. —¿Qué te pasa, Julia?

            El caballo y la yegua avanzaron un paso y volvieron a detenerse. Ben se paró, haciendo equilibrio sobre el carro.

            —¡Por Dios! —gruñó, mirando el camino.

            Un automóvil vacío bloqueaba el angosto sendero.

            Ben saltó del carro, maldiciendo a Cromwell y a Julia. Caminó alrededor del auto, desconcertado, inspeccionándolo beligerantemente. No había nadie a la vista.

            —¡Maldito el tipo al que se le ocurre detener su auto bloqueando el camino! —refunfuñó, mirando a Cromwell y a Julia en espera de asentimiento—.

Supongo que tendré que empujar la cosa esta fuera del camino. Si al que se le ocurrió dejarla estuviera ahora aquí le diría algo que no olvidaría pronto. ¡No así nomás!

            Pero Ben no pudo mover el auto. Crujía y gruñía cuando lo empujaba o lo tironeaba, pero no se movía una sola pulgada. Tiró la pipa, se enjugó la cara y condujo la yunta por el pasto, bordeando el automóvil. Cuando retomó el camino detuvo los caballos y volvió al auto. Por primera vez miró adentro.

            —¡Por Dios! —exclamó con voz chillona. Dando un rápido vistazo a ambos extremos del camino abrió la puerta y sacó un par de medias de seda.

            Estaba demasiado excitado para hacer o decir algo. Sobando aún las medias miró ahora en el asiento del conductor, y allí, para su sorpresa, encontró bajo el volante una damajuana de sidra, casi vacía. Inme­diatamente la destapó para oler si era alcohólica. Era. Ensartó el pulgar en el asa y empinó la damajuana sobre el codo. Era alcohólica, sí, pero quedaba muy poca.

            —Cromwell —anunció rechupándose los labios con satisfacción— es una sidra espléndida por venir de arriba.

            Cuando volvía a colocar cuidadosamente la da­majuana bajo el volante, vio una prenda de vestir tirada en el piso. Estaba enganchada en los chiches que accionaban el auto. Cuidadosamente la destrabó y la colocó ante sus ojos. No podía imaginarse qué era exactamente, pero sabía que era algo que usan las mujeres. Era rosadita, sedosita y preciosa. Y muy escasa. Ben la contempló con los ojos y la boca muy abiertos.

            —¡Por Cristo, Cromwell! —Ben se lamió el labio superior. —¿Qué te parece esto?

            Cromwell y la yegua mordisqueaban el pasto del camino, sin inmutarse.

            Ben sobó los calzones un poco más íntimamente. Lentamente los hizo girar.

            —¡Bien, Cromwell, cosa de hembras! —bailaba excitado—. Cosa de hembras, ¡muy bien!

            Se subió al carro sosteniendo en alto la prenda y por el sendero se encaminó a la carretera. La prenda era linda y suave en sus manos, olía bien, además.

            Anduvo camino abajo pensando en los calzones. Lo llenaban de una necesidad de hacer algo fuera de lo común, pero no sabía bien qué. Cuando llegó a lo de Fred Williams detuvo la yunta. La mujer de Fred estaba agachada sobre la huerta. Ben metió cuidadosamente la prenda en el bolsillo de su pantalón.

            —¡Lindo día, hoy, Mrs. Williams! —gritó ale­gremente. La voz sonaba tonta—. ¿Dónde está Fred?

            —Fred se fue al pueblo —contestó ella, girando la cabeza, en cuclillas, inclinada.

            La mano de Ben se introdujo furtivamente en el bolsillo y sintió la prenda. Hasta en el bolsillo, fuera de la vista, lo hacía sentirse diferente hoy.

            Ató la yunta al palenque y entró a la puerta, junto a la mujer de Fred. Ella estaba recogiendo arvejas para la cena. No era fea. ¡No era nada fea!

            Mirándola mientras arrancaba las arvejas de las plantas, Ben caminó alrededor de ella en círculo, metiendo la mano en el bolsillo en que estaban los calzones rosas. La mujer no habló mucho y Ben no dijo nada. Ahora se estaba poniendo así y podía sen­tir los calzones sin tocarlos siquiera con la mano.

            De pronto entendió los brazos hacia la cintura de ella y la apretó con excitación.

            —¡Socorro! —aulló la mujer con su voz más alta, tirándose hacia adelante—. ¡Socorro! —gritó—. ¡Socorro!

            Cuando ella se tiró hacia adelante los dos caye­ron entre las plantas de arvejas, destrozándolas y arrancándolas. Ella aullaba y arañaba, pero Ben es-taba decidido y la sostenía con toda su fuerza. Ro­daron en el barro y sobre las arvejas. Ben sacó de un tirón los calzones rosas. Rodaron y rodaron des-trozando más plantas de arvejas. Ben luchaba por pasarle los calzones por los pies. Consiguió pasarle un pie por una de las piernas del calzón. Siguieron rodando hasta el final de la línea de arvejas, destro­zando toda la plantación. Fred haría un escándalo infernal por sus arvejas cuando volviera a casa.

            Ben jadeaba y soplaba como un caballo cin­chando, pero no conseguía hacer pasar el otro pie por la pierna del calzón. Siguieron rodando hasta el cerco y entonces la mujer de Fred dejó de luchar. Se sentó, mirando a Ben en la mugre. Los dos esta­ban negros del barro de la huerta y Ben sudaba a través de su máscara.

            —Ben Hackett, ¿qué estás tratando de hacer? —farfulló ella a través de la tierra que le cubría la cara.

            Ben le soltó las piernas y la miró. No dijo nada. Ella se paró, metiendo el pie por la pierna libre y se levantó los calzones por debajo de la pollera. Era allí donde él había estado tratando de ponerlos todo este tiempo, ¡maldito sea!

            Ben se puso de pie, sacudiéndose la ropa. La siguió por el jardín hasta la entrada de la casa. —Espera aquí —dijo ella.

            Cuando volvió traía una palangana de agua y una toalla.

            —Lávate la mugre de la cara y las manos, Ben Hackett —ordenó, parada sobre él, con los calzones rosas puestos.

            Ben hizo lo que le decían. Cuando terminó de lavarse la cara y las manos, se sacudió un poco de tierra del pantalón.

            —Fue muy bueno que trajeras la toalla y el agua —agradeció.

            —Ahora estás más o menos listo para volver a casa —aprobó ella, recogiéndose el pelo con una hor­quilla.

            —Buen día —dijo Ben.

            —Buen día —dijo la mujer de Fred.

 


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