La Ejecución

Por Calvert Casey

 

Una hora antes de que se produjera la detención, el teléfono de Mayer sonó. Mayer se estaba afeitando en el baño. Tenía la piel sensible; sobre todo la del cuello, y cada afeitada hacía invariablemente brotar un poco de sangre.

Se secó con cuidado la mitad afeitada de la cara y comprobó que la espuma que cubría la otra mitad se había secado un poco. Salió al corredor, pero se detuvo indeciso al darse cuenta de que había dejado abierta la llave del lavabo.

Vaciló unos instantes.

El teléfono, en una mesa baja, descansaba sobre un cojín que disminuía el ruido de la campanilla metálica.

Mayer pensó que si regresaba a cerrar la llave, el teléfono podía dejar de sonar. Volviendo sobre sus pasos, la cerró; luego salvó la distancia entre el baño y la habitación y descolgó.

—Oigo.

Nadie contestó.

—Oigo —repitió Mayer.

No hubo respuesta.

—Oiga, oigo -volvió a decir.

Tampoco esta vez obtuvo respuesta. Esperó unos instantes, decidido a colgar. Pero antes de que pudiera hacerlo, oyó que al otro extremo colgaban suavemente.

Contrariado, volvió al baño. Al pasar por el corredor miró el reloj que colgaba de la pared: las seis. Abrió de nuevo la llave del lavabo, se humedeció con la brocha la cara y reanudó la afeitada. Sus movimientos eran metódicos; tenían la presión exacta para que la navaja cortara la barba sin llegar a rasgar la piel.

Mayer concentró la mirada en el mentón, donde la barba formaba pequeños remolinos, casi invisibles, y que era preciso afeitar al sesgo. Afortunadamente, aquí la piel era más dura y la presión de la navaja podía ser mayor. Al desaparecer la pasta, pudo comprobar que había procedido con pericia y que el mentón brillaba limpio.

El teléfono volvió a sonar. Mayer colocó la navaja en el borde del lavabo. Volvió a cerrar la llave, llegó al teléfono antes de que hubiera dado el cuarto timbrazo y contestó con voz seca.

—Oigo.

No obtuvo respuesta.

—Oigo.

Del otro lado de la línea reinaba un silencio absoluto. Instantes después, volvieron a colgar con la misma suavidad.

Mayer decidió no inmutarse. No era la primera vez que esto ocurría. El teléfono era inoportuno cuando necesitaba estar más tranquilo. En esos momentos, sobre todo en medio de la noche, lo cubría con cojines, disponiéndolos hasta ahogar casi el timbre.

Pensó en descolgarlo, pero no lo hizo.

Volvió al espejo, confiando en que más tarde o más temprano el autor de la broma acabaría por cansarse y él podría pasar la tarde como lo había planeado, verificando la maquinaria de su reloj, que atrasaba, puliendo y limpiando su encendedor, cuyo niquelado barato tendía a oscurecerse. Mucho más tarde se prepararía la cena y comería. No pensaba salir ni esperaba a nadie; el resto de la noche transcurriría tranquilamente en la lectura o mejor aún, como hacía con frecuencia, fumando en la pequeña sala, dejando vagar la mente sin objeto preciso, en la oscuridad, abiertas las ventanas y apagadas todas las luces para no ser observado por sus vecinos.

Para aprovechar estas horas, había cubierto con papeles opacos los cristales por donde podía filtrarse la luz de la calle. En estas veladas a oscuras, fumaba despacio hasta agotar su cuota diaria de cigarrillos.

Comenzó a afeitarse el cuello, la zona de la barba que más cuidados requería. A través del cojín que había dejado colocado sobre el teléfono, el timbre se dejó oír de nuevo, paciente; Mayer decidió ignorarlo y terminar de afeitarse. La navaja corrió torpemente sobre la piel del cuello y vio cómo la espuma se teñía, primero por un lugar, luego por otro, de una tenue coloración roja. Tiró la navaja contra el lavabo, enjuagó el cuello y la cara, comprobó en el espejo que las cortadas eran superficiales y decidió interrumpir la afeitada. Esta alteración en el orden de la tarde lo contrarió profundamente.

Entró en la habitación y contempló un momento la mesa donde reposaba el teléfono, ahora cubierto. Bruscamente, destapo el aparato, descolgó el receptor y escuchó sin decir nada.

Del otro lado tampoco dijeron nada. Mayer trató de identificar algún ruido dentro del auricular. Pero el más absoluto silencio reinaba en el lugar desde donde llamaban. Largo rato permaneció Mayer con el auricular pegado al oído, tratando de penetrar el silencio.

Reconoció la habitación con la mirada. Sin que pudiera precisar qué exactamente, creyó notar que algo había cambiado de modo imperceptible en los objetos que lo rodeaban.

Transcurrieron varios minutos sin que el tenaz interlocutor interrumpiera el silencio.

Con infinitos cuidados, a fin de no revelar sus movimientos, Mayer depositó el receptor sobre el cojín, y se alejó. Contempló un momento el aparato. Luego fue despacio hasta la habitación que daba a la calle. No pudo evitar una sonrisa al comprobar que caminaba en puntillas. Cuando llegó junto a la puerta de entrada encendió un cigarrillo. De allí fue hasta la ventana y miró la calle. Había oscurecido un poco. Pensó que con el otoño los días se acortaban. Tras varias bocanadas de humo que le parecieron insípidas, tiró el cigarrillo. Entonces fue a su habitación. Contempló el reloj y el encendedor que al llegar había dejado sobre la cama. El metal reflejaba la palidez de la tarde, ya muy avanzada. Lentamente, regresó a la habitación donde estaba el teléfono. Al acercarse a la puerta, volvió a andar tratando de no ser oído.

En puntillas, se aproximó al aparato y, arrodillándose, sin tomar el receptor en la mano, acercó el oído. Sólo pudo oír el mismo silencio tranquilo e impenetrable. Era evidente que no habían interrumpido la comunicación porque el tono no se había restablecido. Se puso de pie, pero creyó percibir un ruido en el auricular y volvió a arrodillarse apresuradamente El silencio se mantenía, sin variaciones.

Al poco rato, sintió dolor en los músculos y se acostó en el suelo, descansando la cabeza sobre el cojín. Con sumo cuidado, alejó la bocina para que su respiración no se oyera. Se dio cuenta entonces de que los ruidos de la calle, el claxon de los automóviles, las voces de la gente, entraban sin obstáculo por la bocina y eran oídos por los que escuchaban. Decidido a quitarles esa pequeña ventaja, se sacó el pañuelo del bolsillo tratando de evitar todo movimiento brusco que pudiera delatar su presencia junto al teléfono y procediendo con extremo cuidado cubrió la bocina con el pañuelo, sin desdoblarlo. Escuchó ansiosamente para verificar si la interrupción de los sonidos había tenido algún efecto al otro extremo. Pero no hubo modificación perceptible en el silencio.

La tarde terminaba y la pequeña habitación se inundaba de sombras. La llegada de la noche traía a Mayer cada día un profundo sosiego. Al desdibujarse lentamente el contorno de las cosas, sentía como una pequeña victoria diaria. Prefería el invierno con sus breves horas de luz difusa, a veces gris, a los días largos del verano en que la noche tardaba en llegar.

Pero por primera vez en muchos años, en la posición forzada en que yacía en el suelo hacía rato, apoyando el cuerpo sobre un brazo y los músculos de las nalgas entumecidos, apretando el pañuelo contra la bocina del teléfono, Mayer sintió que con las sombras no llegaba la acostumbrada sensación de bienestar, y que el corazón le latía desaforadamente en el pecho.

Quiso encender la luz, pero no se atrevió. Se dio cuenta de que si se movía, el roce de la tela delataría sus movimientos y su silencioso interlocutor volvería a penetrar en el pequeño mundo privado que, Mayer sentía, acababa de perder. Quizás para siempre, pensó, quizás para siempre, sosteniendo con fuerza el pañuelo contra la bocina, como una última línea de defensa.

Tenía el cuerpo bañado en un sudor copioso, que le bajaba desde el pecho hundido hasta el ombligo y le rodeaba la cintura empapándole las espaldas. Sentía el sudor de los muslos correrle por las corvas.

Sus ojos exploraron la oscuridad. De nuevo le asaltó la idea, fugaz e inexplicable —aquello no dejaba de ser una broma— de que todo era diferente, de que cada objeto, cada libro de su minúscula biblioteca, cada uno de sus muebles mal pintados y feos, había sufrido un cambio profundo y que, lejos de sosegarle como antes, lo amenazaban de una manera vaga pero formidable.

Sentía que si lograba sostenerse todo el tiempo que fuera necesario en su incómoda posición, quien quiera que estuviera al otro extremo de la línea acabaría también por cansarse y todo volvería a la normalidad.

Tres aldabonazos breves pero firmes a la puerta, lo sobresaltaron. Casi simultáneamente, sintió que al otro lado de la línea colgaban el receptor.

Se levantó del suelo; cojeando y saltando casi sobre una pierna (apoyar la pierna dormida le hacía sentir un dolor cómico) fue por el corredor hasta la puerta de entrada, la abrió y se encontró frente a tres policías fuertemente armados. Recordó después que uno de ellos era muy alto, rubio, con un hermoso rostro de muchacha adolescente.

—¿El señor Mayer?

—Sí.

—Tiene que venir con nosotros.

Mayer no dijo nada. Alzó una mano hasta el conmutador y encendió la luz.

—¿Podemos entrar?

Mayer notó el tono cortés del más viejo. —Debemos practicar un registro antes de irnos. —Pasen —Mayer se oyó la voz tranquila—.

¿Puedo cambiarme de ropa?

—No es necesario —dijo el policía rubio y alto, en el mismo tono cortés del más viejo.

Dando golpecitos con el pie dormido, Mayer esperó tranquilo que dos de los policías concluyeran el breve registro, mientras el tercero montaba guardia junto a la puerta. Se sintió invadido de pronto por un cansancio enorme. Sus golpes en el suelo se hicieron mas lentos hasta cesar del todo, restablecida la circulación en la pierna dormida.

Miró hacia la ventana. Era casi de noche. Sintió de nuevo el placer familiar que la oscuridad le causaba y estuvo tentado de apagar la luz mientras se efectuaba el registro. Pero pensó que su gesto podía ser mal interpretado y esperó.

Al terminar el registro, uno de los policías llevaba en la mano su chaqueta y varios papeles.

—¿Son estos sus documentos?

—Sí.

—Entonces vamos,

El más joven apagó la luz. Mayer echó una rápida mirada al apartamento. En la luz moribunda, todo volvió a adquirir su aíre de intimidad y reposo.

Con un sonido seco, el policía más joven cerró la puerta.

 

II

 

La comisaría era u lugar extremadamente limpio. Hubiera podido tomase por un hotel o una clínica. Como en los grandes hoteles, cada cierto tiempo pasaba un hombrecillo de uniforme oscuro con un brillante recogedor de basura —Mayer nunca había visto un recogedor tan brillante, posiblemente era de cobre muy pulido— y una escobilla pequeña, y con un movimiento casi imperceptible de la escobilla hacia desaparecer en el recogedor, cuya boca se abría al ser apoyado en el suelo, todo lo que pudiera disminuir la limpieza del lugar: colillas, pedazos de papel, polvo. El lugar olía a desinfectante.

Desde la puerta de la pequeña oficina, donde se detuvieron al llegar para identificarlo, Mayer pudo ver dos largos corredores cerrados por puertas a un lado y otro, que de día iluminaban claraboyas y de noche lámparas adosadas a la pared de trecho en trecho.

Cada corredor parecía a su vez desembocar en otros dos.

Grupos de gente, compuestos por hombres en su mayoría, todos con aire muy ocupado pero cortés, discurrían por los pasillos, salían de puertas que cerraban tras sí para entrar por otras que conducirían, pensó Mayer, a otras oficinas. A veces se detenían a hablar, lo que hacían con gesto deferente y voz queda. Las conversaciones a menudo terminaban en apretones de manos y una inclinación cortés. El frecuente abrir y cerrar de puertas, los pasos sobre los encerados brillantes, las voces contenidas de las conversaciones, los timbres de teléfonos lejanos, el ruido apagado de máquinas de escribir, producían un murmullo incesante, que los altos puntales y los corredores interminables aumentaban y repetían, un zumbido monótono y enorme (nada desagradarle, pensó Mayer) semejante al que se escucha en las grandes misas, que le produjo una fuerte sensación de sueño.

El oficial de carpeta le extendió una pluma y con un gesto preciso le indicó un renglón al final de una hoja de papel que le alargaba con la otra mano.

—Lea el acta y firme aquí.

—¿Dónde?

—Aquí —y el hombre señaló con el dedo meñique el renglón exacto.

Mayer firmó rápidamente donde se le indicaba.

—Pero no ha leído el acta —dijo el oficial mirándolo fijamente.

Mayer no contestó.

Los tres policías que lo habían detenido y el de la carpeta se miraron por un breve instante.

—¿Quiere decir que la acepta?

Como Mayer tardaba en contestar, el oficial colocó la hoja dentro de una cubierta de cartulina, abrió un archivo de metal a su derecha, guardó el escrito, cerró el archivo y se volvió hacia él. Después de un momento de vacilación, dijo con voz segura a un guardián que esperaba junto a la puerta:

—Conduzca al detenido.

El guardián, mucho más viejo que los policías, reducido quizás por la edad a trabajar dentro del edificio, lo condujo a través del corredor que comenzaba en la puerta de la oficina de carpeta. Caminaban despacio. Era evidente que el esfuerzo de andar agitaba al guardián. Al principio tomó a Mayer por un brazo; luego, cuando se hizo más fatigosa su respiración, la presión de su mano sobre el brazo de Mayer aumentó. A medida que avanzaba por el largo corredor, el prisionero sintió que el hombre se apoyaba cada vez más en él y que su respiración se hacía más penosa.

—¿Quiere que nos detengamos un momento? — preguntó Mayer.

—Sí, por favor —repuso el guardián.

—Apóyese bien en mí —sugirió Mayer cuando reanudaron la marcha:

El hombre apoyó la mano en el hombro de Mayer, que sintió que el otro descansaba ahora en él todo su peso. Como la posición llegó a hacerse muy incómoda, Mayer lo agarró por el brazo y lo sostuvo firmemente. De esa manera pudieron avanzar mejor.

Después del primer corredor, atravesaron un patio cerrado por ventanas de cristal opaco y alumbrado por un solo foco; luego una especie de vestíbulo en forma de bóveda que daba a. un corredor ligeramente más frío, con puertas de metal de pequeñas mirillas con barrotes.

Siempre sostenido por Mayer, el guardián abrió una puerta al fondo del pasillo, separada de las demás.

—Es aquí —dijo el guardián—. Estas celdas dan a un patio—. Una vez al día vendré a abrirle para que pueda tomar aire.

—Gracias —dijo Mayer, tratando de sonreír.

Atareado en respirar, el hombre no contestó. Cerró la puerta, pasó de nuevo el cerrojo y se alejó.

Mayer inspeccionó la celda. Posiblemente no se diferenciaba de muchas otras, aunque quizás estuviera un poco más limpia. Los pisos y paredes despedían el mismo olor a desinfectante que los corredores de todo el edificio.

Mayer se sentó en la cama de flejes de metal, cubierta con un colchón y una sábana, uno de cuyos extremos estaba atornillado a la pared. Pensó que no era demasiado incómoda. Una luz pálida, que venía probablemente de algún foco en lo que el guardián había llamado el patio, iluminaba la celda. Mayer se quitó la camisa, cubrió lo mejor posible la estrecha ventana de barrotes que daba al exterior hasta obtener una oscuridad casi completa dentro de la celda, se acostó y se quedó profundamente dormido.

 

III

Cuando otro guardián, más joven y aparentemente saludable, le trajo el desayuno, le anunció que la instrucción de cargos no tendría lugar ese mismo día.

Por la ausencia casi absoluta de ruidos en el corredor exterior, que notó cuando el guardián depositó la bandeja de lata con el desayuno sobre el banco de la celda, dejando la puerta abierta varios minutos, Mayer se dio cuenta de que pocas celdas estaban ocupadas. De otro modo, a esta hora de la mañana se hubieran oído voces, ruido de objetos al caer, pasos. Sólo se oía un murmullo que no permitía decir exactamente de qué celda venía, pero que debía sin duda proceder de alguna de ellas, por la completa incomunicación en que se encontraba la sección a donde lo habían llevado con respecto al resto del edificio.

Cuando se marchó el guardián, Mayer se lavó cuidadosamente en un lavabo pequeño situado en una esquina de la celda. Luego, con lentitud, tomó su desayuno. Terminado éste, lavó la bandeja, la colocó en el suelo de modo que el agua escurriera y se sentó en el banco.

Algún tiempo después (Mayer calculó que dos horas) el guardián viejo vino y le abrió la puerta de metal que daba a lo que él llamaba patio, cuyas dimensiones y aspecto Mayer ignoraba, pues no se había ocupado de retirar la camisa de los barrotes ni de mirar hacia el exterior.

—Tiene derecho a media hora —dijo el guardián y se fue.

Mayer salió al exterior y quedó complacido del tamaño del patio. Era bastante amplio, quizás cuatro veces el de la celda. Otras celdas daban a él, pero las puertas de metal y las mirillas estaban cerradas. Evidentemente no había nadie.

Sorprendió a Mayer —que la noche anterior había recibido la impresión de que el edificio tenía una sola planta— que los muros que rodeaban el patio se elevarán hasta una altura enorme. En aquella parte, el edificio debía tener varios pisos, por lo menos diez.

La luz llegaba al espacio descubierto al fondo de un pozo. Mayer pensó que sólo en verano el sol llegaría, y eso por breves momentos, a tocar el piso. Luego reflexionó que al dar los rayos sobre la inmensa superficie de los muros, pintada de blanco, producirían un resplandor molesto.

Recorrió varias veces el patio, en un sentido y luego en otro, hasta agotar todas las direcciones posibles en que podía recorrerlo. Cuando comenzaba a cansarse, el viejo guardián abrió la puerta interior, y haciéndole una seña le dijo:

—Ya debe entrar.

Al volver a la celda, Mayer se sintió tentado de preguntarle la causa de su mala respiración, pero se limitó a darle las gracias, y se sentó de nuevo en el banco. La puerta exterior volvió a cerrarse.

Dos días después, condujeron a Mayer a un salón que le pareció muy distante de aquél en que había firmado el acta, aunque no del todo distinto. Esta vez no vino a buscarlo el viejo guardián sino un funcionario civil que le leyó el acta, le mostró la firma que había estampado tres días antes y lo invitó a acompañarlo.

El salón de interrogatorios estaba al extremo opuesto del edificio. Cuando el funcionario abrió la puerta de cristal, se hizo silencio en el salón donde tres funcionarios civiles y dos de uniforme hablaban en voz baja, sentados detrás de una larga mesa. El lugar estaba tan escrupulosamente limpio como el resto del edificio; lo iluminaban altas ventanas. Todo era moderno y confortable, incluso de buen gusto.

Mayer fue invitado a sentarse en una silla colocada frente a la mesa, pero algo separada de ésta. Inmediatamente notó que frente a él y sobre la mesa, habían colocado un grueso legajo de documentos.

Hechas las confirmaciones de rigor con respecto a los particulares del detenido, el funcionario civil que presidía se dirigió a Mayer abriendo el legajo.

—¿Reconoce las firmas al pie de cada uno de los documentos aquí incluidos?

Mayer se inclinó porque desde donde se encontraba no podía alcanzar a ver las páginas que el funcionario le indicaba. Se paró e hizo ademán de acercarse a la mesa.

—Con permiso.

—El acusado debe permanecer sentado.

El funcionario levantó el legajo y lo colocó verticalmente sobre la mesa acercándolo al extremo para que Mayer pudiera verlo.

—¿Reconoce las firmas? —repitió el funcionario.

A medida que éste hacía pasar las hojas, Mayer pudo ver su firma claramente estampada al extremo derecho de cada una.

—Sí.

El funcionario volvió a mirar a sus colegas, que asintieron en silencio.

—¿Recuerda en qué oportunidad fueron firmados estos documentos?

—Firmaba con frecuencia documentos similares.

—¿Sabe a qué se refieren?

Mayer no contestó.

—¿Sabe usted que un empleado de una oficina superior, cuya complicidad se sospechaba, ha sido hallado muerto?

Mayer permaneció en silencio.

El funcionario civil repitió la pregunta sin que Mayer contestara.

Después de consultar a sus colegas con la vista, prosiguió:

—Se refieren a sumas que nunca fueron utilizadas y cuyo destino se ignora —Mayer pensó que hablaba nuevamente de los documentos.

Se hizo silencio en la sala. El fuerte resplandor que se filtraba a través de los cristales de las ventanas hizo parpadear a Mayer, que se colocó una mano a la altura de los ojos, a manera de pantalla. Los días pasados en la celda habían aumentado la sensibilidad de su retina.

Acercando las cabezas, los que ocupaban el otro lado de la mesa sostuvieron una breve conferencia que Mayer no pudo oír.

—¿El acusado tiene algo que declarar? --preguntó el funcionario.

—No —repuso Mayer.

—¿Desea firmar una confesión?

—Sí.

Terminado el trámite, el funcionario civil que lo había traído recondujo a Mayer hasta su celda. Junto a la puerta esperaba el viejo guardián, que hizo girar el cerrojo. Mayer entró en la celda.

El resplandor del salón le había producido un vivo ardor en los ojos. Recordó haber leído la historia de un confinado a largos años que había enfermado de la vista, y se refrescaba los ojos aplicando la palma de las manos al suelo húmedo y colocándosela enseguida sobre los párpados cerrados. Hizo esta operación y sorprendido sintió cierto alivio.

Sentado en el banco, recordó detalles insignificantes del lugar de donde acababa de regresar, peculiaridades en los rostros, los gestos y las ropas de los funcionarios que le habían llamado la atención. A uno de ellos le faltaba un dedo de la mano derecha. Como se sentía observado por Mayer, trataba de ocultar la ausencia del dedo, cubriéndose la mano mutilada con la otra. Mayer se preguntó si siempre haría el gesto de cubrirse la mano o si lo había hecho esa mañana al saberse observado.

Pensó en muchos otros detalles de la escena, que de un modo u otro habían retenido su atención, como el rostro de uno de los funcionarios, que Mayer encontró infinitamente plácido.

El día pasó sin incidentes. Por algún motivo el viejo guardián no vino a abrirle la puerta que daba al patio, pero Mayer no concedió al hecho mayor importancia. Sentado en el banco, las horas transcurrieron sólo interrumpidas por el ruido de la puerta al abrirse para la comida del mediodía y de la noche.

Después de comer, Mayer se sintió cansado. Segundos antes de conciliar el sueño, pensó en las firmas, burdamente falsificadas, que aparecían al pie de cada pliego del legajo. Trató de recordar la cara de algún empleado de la oficina superior, pero jamás había visto a ninguno.

Cuando pensó que Lens, su vecino de escritorio, era el único que tenía, además de él, acceso a los documentos que le habían mostrado, ya casi estaba dormido y la cara de Lens se mezcló con las imágenes superpuestas, deformadas, y tranquilas que suelen preceder al sueño.

En los días que siguieron, pocos incidentes trascendentales, o que Mayer no esperara, vinieron a perturbar la vida de la prisión. El prisionero se hizo rápidamente a la rutina de cada día. Algunas veces el guardián olvidaba venir a abrirle la puerta del patio, pero Mayer no echaba demasiado de menos los paseos por el patio, donde a veces el resplandor de los muros llegaba a mortificarlo.

Cuando podía salir, caminaba en una dirección y luego en otra en el pequeño patio. Luego se tendía en el suelo, menos húmedo que el de la celda, y si el día estaba gris miraba al cielo. Pronto consideró su celda como un lugar transitorio, pero no desagradable del todo.

Pensaba que hubiera podido ser peor, dadas las circunstancias, y estaba agradecido de las pequeñas comodidades adicionales, como el disfrute del pequeño patio que, estaba seguro, no se le concedía a otros prisioneros. En un momento dado, se sintió lleno de gratitud y sintió que las lágrimas le corrían por el rostro. Cuando el viejo guardián vino a traerle la cena, se interesó vivamente por él. Hablaron un rato y el hombre prometió comprar ciertos medicamentos que Mayer le había sugerido.

Un día deseó ardientemente que lloviera. Era una de las pocas cosas que alguna vez deseaba. Más que nada, la lluvia lo sosegaba. Recordaba haber emprendido largas caminatas bajo la lluvia fría de la primavera. El recuerdo de los paseos le trajo por primera vez claramente —hasta ahora sólo había pensado en ella de modo impreciso— el recuerdo de Eva. Pero no llegó a ser doloroso, a pesar del agudo deseo que sintió de verla.

Su recuerdo lo visitó con frecuencia y lo distrajo en las largas sesiones del juicio en las que Mayer por lo general guardaba silencio.

La primera vez que vio a Lens desde la detención, fue en una segunda visita al salón de interrogatorios. Durante toda la sesión Lens evitó mirarlo. La segunda fue en la sesión del juicio donde todos los testigos —no eran muchos— declararon, Lens primero, como testigo de cargo. En un momento en que otros testigos prestaban declaración, Lens alzó la vista y tropezó con los ojos de Mayer. Trató de desviar la mirada, pero una y otra vez sus ojos se posaron en los de Mayer, como si no pudieran evitarlo.

Lens se agitó extraordinariamente. Pidió permiso para retirarse por breves instantes. Como ya había hecho su declaración, fue autorizado a ausentarse de la sala. Al pasar cerca de Mayer, alzó la vista, como impelido por una fuerza irresistible. El ujier que lo acompañaba tuvo que sujetarlo para que no cayera al suelo. Casi arrastrándolo, ayudado por otro ujier, pudo sacarlo de la sala. Mayer no volvió a verlo hasta la sesión final. Habla envejecido mucho y parecía enfermo. Mantuvo la mirada en el suelo hasta el momento en que, dictada la sentencia, el presidente declaró cerrado el caso, tramitado con arreglo al más escrupuloso procedimiento.

Pero esa última mañana del juicio, Mayer estaba muy lejos de la amplia sala del tribunal. Llovía y Eva estaba a su lado.

 

IV

La primera vez que Mayer vio a Eva no pudo menos de fijarse en sus ropas, que parecían demasiado ligeras para la estación. Era invierno. Pensó que posiblemente no tendría otras ropas y, sin conocerla, sintió cierta preocupación por ella. Era una mujer joven y pulcra, pero con cierta palidez enfermiza en el rostro y las manos, que contrastaba con un cabello abundante y fuerte y con la energía de las maneras.

Cuando Mayer regresó de su trabajo, una tarde, ella estaba llamando a su puerta. Posiblemente había llamado varias veces porque parecía a punto de irse.

Mayer subió rápidamente los últimos escalones y se acercó.

—Perdón, me he demorado un poco más que de costumbre.

—Está bien —la voz de ella era firme y un poco nasal.

Mayer se sintió intimidado por el tono seco de la mujer. Pensó que quizás trataba de disimular su juventud con la energía, un poco artificial que —Mayer observaría más tarde— imprimía a todo cuanto decía.

—¿Buscaba a alguien?

—Lo buscaba a usted.

—No recuerdo.

—No importa. Siempre hay tiempo de conocerse. Mayer vaciló ante el tono decidido

--¿Me permite hablarle?

Un poco torpemente, Mayer sacó de un bolsillo la llave que abría la cerradura doble. Forcejeó un poco con la llave, que siempre se negaba a salir. Luego abrió con facilidad otra cerradura, colocada un poco más abajo, y luego la puerta.

—Pase.

La mujer entró sin decir una palabra.

—Voy a ventilar un poco. Siempre lo cierro todo al salir.

Meyer abrió la ventana. Cuando se dio vuelta, ya su visitante se había acomodado en una de las dos butacas que constituían el mobiliario de la habitación. Fue a cerrar la puerta de entrada, pero ella lo detuvo.

—Por favor, déjela entreabierta.

Mayer sonrió y se sentó en la otra butaca. Con gesto firme, la mujer sacó un libro de un gran bolso de mano.

—¿Puede concederme unos minutos?

Mayer hizo un gesto afirmativo.

—Le aseguro que no le pesará.

Mayer volvió a asentir.

Abriendo el libro, la mujer lo miró y leyó:

—"Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tiene poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre.

"Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra".

Leía sin respirar. Cuando llegó al final del párrafo, el aire de los pulmones se le había agotado. Respiró profundamente y prosiguió sin mirar a Mayer:

—"He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes para que ninguno tome tu corona.

"Al que venciere yo le haré columnas en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él en nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo."

A Mayer le pareció que la palidez de su visitante se había intensificado.

Ella cerró el libro, y lo miró fijamente.

—Todo se cumple. Está escrito que su puerta se abriría y se abrió. ¿Cómo es posible dudar de la palabra?

Toda su energía parecía concentrarse en los ojos negros ligeramente desorbitados.

—No debe rechazarla. Debe estar preparado para recibirla. ¿Me entiende? ¿Es capaz de entender lo que le digo?

—Perfectamente.

—Porque hay mucho más. Lo que vendrá hará palidecer a lo que ha ocurrido. Escuche.

Y empuñando el libro leyó de nuevo:

—"Oí una gran Voz que decía desde el templo a los siete ángeles: Id y derramad sobre la tierra la ira de Dios.

"Fue el primero, y derramó su copa sobre la tierra, y vino una úlcera maligna y pestilente sobre los hombres, que tenían la marca de la bestia, y que adoraban su imagen.

"Vino entonces uno de los ángeles y habló conmigo diciéndome: Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas."

La voz había alcanzado un grado de dureza extraordinario, y las mejillas se habían coloreado violentamente. Mayer miró la mano que se agitaba frente a él, y pensó que su pequeñez y delicadeza se avenía mal con el tono metálico y vibrante de la voz.

--¿Está preparado? —el tono era ahora impetuoso.

Mayer no supo qué contestar, temeroso de otro torrente de palabras. Pero no tuvo tiempo de pensar una respuesta:

—¿Me permite visitarlo con frecuencia? —Venga cuando quiera.

Sin añadir palabra, la mujer abandonó la habitación y salió.

Desde aquel día, Mayer se acostumbró a esperar su visita, a oírle leer sus textos amenazadores mientras la cara pálida se iba afilando por el celo. En los días convenidos, al regresar de su trabajo, ya ella lo estaba esperando para la exhortación semanal, protegiéndose del frío en el estrecho zaguán del edificio.

Él la escuchaba sin esfuerzo, a veces hasta con agrado, trataba de comprenderla y procuraba no contrariarla. Al final de cada visita, él le ofrecía algo de tomar, que ella siempre rechazaba. Insensiblemente, sus visitas se hicieron parte de la vida de cada semana.

Al principio la mujer desplegó grandes esfuerzos para ganar definitivamente a Mayer. Pero a medida que las semanas fueron pasando, la pasividad de éste, que la esperaba y la veía llegar complacido, sin dar señales de progreso, llegó a ponerla al borde del furor.

Una tarde ella anunció que daba por terminada su misión, en vista de la indiferencia de Mayer. El furor dio paso a inesperadas lágrimas de derrota.

Él trató de calmarla.

—No debe desesperarse. Sus visitas han sido muy agradables.

Mayer tomó el libro del suelo, donde ella lo había dejado al interrumpir la lectura, buscó una página al azar y leyó:

—"Tu estatura es semejante a la palmera y tus pechos los racimos. Yo dije: subiré a la palmera, asiré sus ramas. Deja que tus pechos sean como racimos de vid, y el olor de tu boca como manzanas, y tu paladar como el buen vino, que se entra a mi amado suavemente".

Mayer la oyó calmarse, pero temeroso de que se fuera volvió a leer con rapidez, omitiendo párrafos, sin percatarse del todo de lo que leía ni de las curiosas contradicciones del texto:

—"Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí... ¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias, oh, hija de príncipe! Los contornos de tus muslos son como joyas... tu ombligo como una taza redonda, tus dos pechos como gemelos de gacela".

Cuando ella quiso levantarse, débilmente, él la retuvo. La pequeña mano estaba helada y cubierta de sudor. Mayer continuó:

—"Mi amado es blanco y rubio, señalado entre diez mil. Su cabeza como oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo. Sus ojos como palomas junto a los arroyos... sus labios como lirios que destilan mirra fragante, sus manos como anillos de oro... su cuerpo como claro marfil... sus piernas como columnas de mármol... su lengua dulcísima, y todo él codiciable... oh doncellas de Jerusalén...

Mayer alzó los ojos del libro y la miró. Estaba más pálida que nunca y le temblaban los labios. Volvió los ojos al libro y siguió leyendo, seguro de que el único obstáculo que se interponía entre ella y la puerta era su voz leyendo, y de que si dejaba de leer, ella desaparecería para siempre.

—"Mientras el rey estaba en su reclinatorio mi nardo dio su olor. Mi amado reposa entre mis pechos..."

Mayer repitió el texto. Las imágenes comenzaban a llegar hasta él en todo su significado.   

—"Mientras el rey estaba en su reclinatorio... mi nardo dio su olor...".

Sintió que su respiración se hacía difícil. Con voz pastosa, que temblaba un poco, repitió:

—"Mi nardo dio su olor. . ." —y quedó en silencio.

La mano helada y sudorosa tembló violentamente y se aferró con más fuerza a la suya. Mayer dejó caer el libro, que hizo un ruido sordo al chocar contra el suelo. Con un corto gemido, rodaron abrazados —ella convulsa— derribados por el profundo erotismo de la Escritura.

Desde ese día, ella menudeó sus visitas, pero no volvió a leerle.

Se veían varias tardes en la semana. Con el tiempo, ella se quedó algunas noches. A veces salían, pero ella pronto se hizo a los hábitos de Mayer, y casi siempre permanecían en el pequeño apartamento esperando la llegada de la noche.

 

V

La diferencia entre los días consistía en detalles muy pequeños.

Mayer aprendió a distinguir los ruidos en las celdas que daban al corredor exterior (las que daban al patio no se ocuparon mientras estuvo allí). Tomó nota de ellos y de la forma en que se producían y la hora aproximada, que podía decir con bastante exactitud por la luz que llegaba a la celda y la intensidad con que la pared exterior la reflejaba. De este modo pudo trazar un pequeño historial de ruidos, que unido a las veces en que el guardián viejo olvidó abrirle la puerta interior, y a las modificaciones en su respiración, le permitió diferenciar los días que precedieron a la ejecución, evocarlos separadamente, eliminar toda posibilidad de confusión con respecto a cada uno, y a la correcta clasificación de sus recuerdos.

En el séptimo año de la vida de Mayer ocurrió algo que borró todos los pequeños recuerdos anteriores.

La mañana que siguió al día en que se iniciaron los sucesos, el regocijo que Mayer había observado en la calle donde vivía su familia cedió el lugar a un extraño silencio, a cuchicheos, a súbitas entradas y salidas. La calle, profundamente decorada con banderas, amaneció desierta. Sólo las banderas se agitaban en las ventanas, colgando de los marcos o de astas improvisadas. Aunque no pasaba nada, la gente se asomaba con cautela a las ventanas y miraba por los postigos de las puertas de calle antes de salir. Un pariente de Mayer señaló al techo de un edificio vecino y él se extrañó de verlo cubierto de hombres agazapados.

Por la calle, la gente caminaba de prisa, pegándose a los muros. El día anterior, la vida se había detenido y los establecimientos cerrados y los adornos habían dado al reducido sector de la ciudad que Mayer conocía el aspecto de un día de fiesta. Algo de esto quedaba aún en la calle, a pesar de las extrañas precauciones que Mayer observaba en torno a él.

La mañana fue interminable. Pero al acercarse la hora del almuerzo la tensión desapareció, como si todo el mundo deseara volver a la vida normal aunque fuera por breves momentos. Las familias sacaron sillas al exterior y pudieron comer con relativa tranquilidad, si bien cualquier ruido tenía el poder de hacer enmudecer a todo el mundo y la intensificación en el tiroteo que se dejaba oír al otro extremo de la ciudad hacía aguzar los oídos. Una detonación cercana hizo en una ocasión emprender la retirada a los que comían. Pero el hecho de hacer al aire libre la comida del mediodía, la convirtió en un suceso agradable,

Dos cosas no pasaron inadvertidas a la mirada atenta de Mayer. En cada bocacalle, cerrando la cuadra, había grupos de hombres armados. Cada cierto tiempo cruzaban señales con los apostados en las azoteas. Durante toda la mañana, las miradas parecían concentrarse en la parte alta de un edificio del que habían evacuado a los vecinos desde temprano. A la hora del almuerzo, los comensales en las aceras habían comido con los ojos fijos en el piso alto, que en un primer momento Mayer creyó vacío. Era el único donde no había banderas.

Pero el edificio no estaba vacío. Poco después del almuerzo, Mayer vio a un hombre corpulento, de pelo negro, asomarse a una de las ventanas. Esto provocó miradas de inteligencia y risas entre las gentes. Por un rato todo el mundo miró hacia la ventana donde el hombre había hecho una breve aparición. Al poco rato, el hombre se asomó por otra ventana. Miró atentamente la calle. Su pecho y sus hombros casi cubrían el hueco de la ventana. Un silencio saludó esta segunda aparición, que duró largo rato.

A media tarde Mayer sintió aproximarse una banda de música por la cuadra vecina. La banda fue obligada a detenerse en la bocacalle y tras una breve discusión con los que montaban guardia sus integrantes decidieron no seguir adelante. A los pocos minutos la banda comenzó a tocar de nuevo, sin moverse. Desde su observatorio, Mayer pudo ver la cara de los músicos, tocando y mirando en dirección del piso superior del edificio vacío.

Mayer vio al hombre asomarse por tercera vez a una de las ventanas y comenzar a colgar una bandera enorme. La amplitud de la bandera lo obligó a maniobrar para poder desplegarla entre dos ventanas. Terminado esto, observó a los músicos con una débil sonrisa y desapareció.

El acto del hombre pareció causar hondo estupor en toda la calle. Al estupor siguió la indignación. —Trata de salvarse —comentó alguien.

Como convocados por este acto, grupos de hombres y mujeres, que a diferencia de los vecinos de Mayer no tomaban precauciones para protegerse, comenzaron a invadir la calle. Al ruido de la banda de música se unió el de cascos de caballos, que Mayer, fascinado, vio aparecer como si hubieran brotado de la tierra. El sol brillaba sobre las bayonetas de los jinetes.

La multitud pareció exaltarse con la llegada de éstos. Todos discutían acaloradamente y la calle, tan silenciosa en la mañana, se llenó de gritos de gentes que se abrazaban y se separaban para volver a abrazarse, y que se animaban mutuamente, conmovidos por alguna razón.

Del piso donde estaba el hombre salió un disparo. Mayer sintió un olor acre, nuevo para él. La multitud se desplazó pesadamente, sin pánico, en varias direcciones, para volver a concentrarse frente a la casa. El ruido y los gritos se hicieron ensordecedores. Mayer sintió lástima por los caballos, que se encabritaban asustados.

A una señal de los que montaban guardia en la esquina, los hombres agazapados en los techos comenzaban a disparar. Con frecuencia casi regular, algunos de los que disparaban saltaban de un techo al techo vecino, aproximándose al edificio donde estaba el hombre que había sacado la bandera. Por los comentarios gritados de un lado al otro de la calle, el hombre, al parecer un tirador excelente, logró derribar a dos de los que se aproximaban.

Cuando el combate se generalizó y los disparos atronaban la calle con un ruido que parecía producido por grandes bombas, Mayer fue arrancado de su observatorio por uno de sus parientes.

Pero el combate fue corto. Cuando terminó, Mayer fue subido nuevamente hasta la ventana y sentado sobre el parapeto. Desde allí pudo disfrutar por primera vez de una vista excepcional de toda la calle, y de cada una de las escenas de alegría a que el resultado del combate parecía dar lugar.

Claramente pudo ver como el hombre corpulento, herido pero vivo aún, era sacado por una de las ventanas. Mayer lo vio agarrarse al marco de madera, luego a la bandera, que arrastró en su caída, hasta que el enorme cuerpo se estrelló de cabeza contra el pavimento, tres pisos más abajo.

 

VI

Durante todo el tiempo en que Mayer permaneció en la celda junto al pequeño patio, no llovió.

Hacia el segundo mes, oyó decir al guardián que había mejorado, gracias a las indicaciones del prisionero, aunque esto no podía afirmarse con completa exactitud por la gran cantidad de medicamentos que tomaba. Esto fue para Mayer motivo de gran complacencia. A su vez dijo al guardián que también él había mejorado de salud. No lo decía por contentarlo, ni por agradecer de alguna manera la regularidad con que recibía los alimentos. En realidad habla mejorado visiblemente, lo que atribuía sobre todo a que su sueño era ahora tranquilo. Si alguna vez despertaba en medio de la noche, disfrutaba por unos segundos el silencio que reinaba en el inmenso edificio y volvía a quedar rendido.

La mañana en que Mayer abandonó la celda entre el alcaide y un ayudante, seguido por el capellán, sus deseos se vieron colmados. A medida que el pequeño cortejo avanzaba hacia el gran patio central por pasillos descubiertos que Mayer veía por primera vez, sintió unas finas gotas de lluvia mojarle la frente y las manos. Luego las gotas se hicieron más abundantes, hasta convertirse en una lluvia fina y refrescante que lo complació sobremanera. Se miró las manos atadas, y como ocurría siempre, las pequeñas gotas de lluvia lo conmovieron. Cuando llegaron al gran patio central, el suelo brillaba, empapado. El cortejo se detuvo.

Sin explicar por qué, Mayer pensó en Eva. Por una asociación de ideas, repitió varias veces mentalmente: "Mi nardo dio su olor... ". Mientras esperaba, las imágenes se agolpaban en su mente, sin perturbarlo. Pensó, sonriendo, que si permanecía mucho rato allí en la lluvia con el recuerdo de Eva, una erección incipiente podía llegar a hacerse visible, lo cual quizás molestaría al capellán.

Pero todo pasó tal como había sido previsto.

Segundos antes de que, girando a gran velocidad y a enorme presión, el tornillo mayor le fracturara la segunda vértebra cervical desgarrándole la médula, en un movimiento sincronizado con el del anillo que cerró el paso del aire, Mayer tuvo, con más claridad que en ningún otro momento, la sensación de hallarse, como una criatura pequeña e indefensa, en el vientre seguro, inmenso y fecundo de la iniquidad, perfectamente protegido —¡para siempre, se dijo, para siempre!— de todas las iniquidades posibles.


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