Historia

Por Lydia Davis
Traducción: Justo Navarro
Cuentos Completos, Seix Barral

   Vuelvo a casa después del trabajo y encuentro su mensaje: que no viene, que tiene trabajo. Volverá a llamar. Espero, y a las nueve voy adonde vive, veo su coche, pero él no está en casa. Llamo a la puerta de su apartamento y a todas las puertas de garaje, porque no sé cuál es su puerta de garaje. Nadie responde. Escribo una nota, la releo, escribo otra nota y la pego en su puerta. En casa no me tranquilizo, y lo único que puedo hacer, aunque tengo mucho que hacer porque mañana salgo de viaje, es tocar el piano. Vuelvo a llamar por teléfono a las once menos cuarto y está en casa. Ha ido al cine con su antigua novia, que continúa allí. Dice que ahora me llama. Espero. Me siento por fin y escribo en mi cuaderno que cuando me llame o venga a casa, o no venga, me enfadaré, y tendré que vérmelas con él o con mi rabia, y eso podría ser estupendo, porque la rabia es siempre un gran consuelo, como descubrí con mi marido. Y entonces sigo escribiendo, en tercera persona y en pasado, que indudablemente ella siempre ha necesitado un amor, aunque fuera un amor difícil. Antes de que me dé tiempo a terminar de escribir, llama. Cuando llama, son poco más de las once y media. Discutimos hasta las doce, casi. Todo lo que dice es contradictorio: por ejemplo, dice que no ha querido verme porque quería trabajar y, más aún, porque quería estar solo, pero ni ha trabajado ni ha estado solo. No encuentro forma de que resuelva ninguna de sus contradicciones y, cuando la conversación empieza a sonarme a una de las muchas que mantuve con mi marido, me despido y cuelgo. Acabo de escribir lo que había empezado a escribir, aunque ya no parezca verdad que la rabia sea un gran consuelo.
   Lo llamo otra vez cinco minutos más tarde para decirle que lamento toda la discusión, y que lo quiero, pero no contesta. Repito la llamada cinco minutos más tarde, pensando que quizá hubiera ido al garaje y ya haya vuelto, pero sigue sin contestar. Pienso en la posibilidad de coger el coche e ir otra vez adonde vive y mirar en el garaje a ver si está trabajando allí, porque allí tiene su mesa y sus libros y allí es donde lee y escribe. Estoy en camisón, son más de las doce y al día siguiente tengo que salir a las cinco de la mañana. A pesar de eso, me visto y hago el kilómetro y medio largo que hay hasta su casa. Tengo miedo de llegar y encontrarme delante de su casa otros coches que no había visto antes y que uno de ellos sea el de su antigua novia. En el camino de entrada veo dos coches que antes no estaban, uno de ellos aparcado lo más cerca posible de su puerta, y pienso que ella está allí. A pie, doy la vuelta al pequeño edificio, hasta la parte de atrás, donde tiene su apartamento, y miro por la ventana: hay luz, pero no puedo ver nada con claridad porque están las persianas a medio echar y los cristales empañados. Pero en la habitación las cosas no están como estaban por la tarde, y antes no había vaho en los cristales. Abro la puerta mosquitera y llamo. Espero. Nadie contesta. Cierro la puerta y voy a inspeccionar los garajes. Ahora la puerta se abre a mis espaldas, mientras me alejo, y sale él. No puedo verlo bien porque el pasaje al que da su puerta está a oscuras, y lleva ropa oscura, y la poca luz que hay está a sus espaldas. Se me acerca y me abraza sin hablar, y pienso que no habla no porque la emoción se lo impida sino porque está preparando lo que va a decir. Me suelta, da una vuelta a mi alrededor y se adelanta hacia los coches que hay aparcados a la puerta de los garajes.
   Mientras andamos dice «mira», y mi nombre, y espero que me diga que ella está allí y también que todo ha terminado entre nosotros. Pero no lo dice, y tengo la sensación de que iba a decir algo parecido, por lo menos a decir que ella estaba allí, y de que luego, por alguna razón, lo ha pensado mejor. En vez de eso, dice que todos los desencuentros de esta noche han sido por su culpa, y que lo siente. Apoya la espalda en la puerta del garaje, la luz le da en la cara, y yo estoy frente a él, de espaldas a la luz. En cierto momento me abraza, tan de repente que mi cigarrillo encendido se aplasta contra la puerta del garaje, detrás de él. Sé por qué estamos fuera y no en su casa, pero no se lo pregunto hasta que todo se arregla entre nosotros. Entonces dice: «Ella no estaba aquí cuando te llamé. Volvió después.» Dice que la única razón de que esté aquí es que tiene un problema y que él es el único con quien puede hablar del asunto. Luego dice: «No lo entiendes, ¿verdad?»

   Intento aclararme la situación.
   Fueron al cine y después volvieron a su casa y entonces llamé yo y luego ella se fue y él me devolvió la llamada y discutimos y luego lo llamé yo dos veces más pero él había salido a comprar cerveza (dice) y entonces he cogido el coche y entretanto él ha vuelto de comprar cerveza y ella también ha vuelto y estaba en su apartamento y por eso estábamos hablando en la puerta del garaje. Pero ¿cuál es la verdad? ¿Es posible que los dos volvieran en el corto espacio de tiempo que media entre mi última llamada y mi llegada a la casa? ¿O la verdad es que, mientras él me llamaba, ella esperaba fuera, o en el garaje, o en su propio coche, y que luego él la invitó otra vez a entrar, y que, cuando el teléfono sonó con mi segunda y mi tercera llamada, él lo dejó sonar, sin contestar, porque estaba harto de mí y harto de discusiones? Y ni siquiera creo que saliera a por cerveza.
   El hecho de que no me diga siempre la verdad, me hace dudar de su sinceridad en determinados momentos, y entonces intento aclarar si lo que me dice es verdad o no, y a veces veo clarísimamente que no es verdad y a veces no lo sé ni lo sabré nunca, y a veces, sólo por el hecho de que me repite lo mismo una y otra vez, me convenzo de que es verdad porque no creo que repitiera tantas veces una mentira. Quizá la verdad no importe, pero quisiera conocerla, aunque sólo sea para llegar a alguna conclusión sobre cuestiones como: si está enfadado conmigo o no; si lo está, cuánto; si sigue queriéndola o no; si la quiere, cuánto; si me quiere o no; cuánto; hasta qué punto es capaz de engañarme con sus actos y, después de los actos, con sus palabras.

 

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