Gaspar de la Noche

Por Aloysius Bertrand

Un gótico torreón
y una gótica aguja1
en un cielo ilusorio
tal Dijón, a lo lejos.
Sus alegres parrales
no tienen paralelos.
Sus campanarios antes
llegaban hasta diez.
Allí más de una muestra
fue esculpida o pintada;
y más de una portada
despliega su abanico.
Dijón ¡que te impacientas 2
Y mi laud precario te canta la mostaza
como tu Jacquemart! 3

QUIERO a Dijón como el niño a su ama, que lo alimentó; como el poeta a la jovencita que inició su corazón. ¡Infancia y poesía! ¡Qué efímera es una y qué engañosa la otra! La infancia es una mariposa que se afana en quemar sus blancas alas en las llamas de la juventud, y la poesía es como el almendro: sus flores son perfumadas y sus frutos amargos.
Estaba un día, sentado y solitario en el jardín del Arcabuz -llamado así por el arma que antes señalaba allí, tan a menudo, la destreza de los caballeros de Papeguay-. Inmóvil sobre su banco, se me hubiera podido comparar a la estatua del baluarte Bazire. Esta obra maestra del figurista Sévallée y del pintor Guillot, representaba un abate sentado y leyendo. Nada faltaba a su atavío. De lejos, se le tomaba por una persona; de cerca, se veía que era un yeso.
La tos de un paseante disipó el enjambre de mis sueños. Era un pobre diablo cuyo exterior no anunciaba nada más que miserias y sufrimientos. Yo había observado ya, en el mismo jardín, su rapada levita, que se abotonaba hasta el mentón; su fieltro deformado, que ningún cepillo cepilló jamás; sus cabellos largos como un sauce y peinados como malezas; sus manos- descarnadas, como osarios; su fisonomía burlona, garduña y enfermiza, afilada por una barba nazarena; y mis conjeturas lo habían colocado caritativamente entre esos artistas modestos, ejecutantes de violín y pintores de retratos, a los que un hambre insaciable y una sed inextinguible condenan a correr el mundo sobre la huella del Judío Errante.
Estábamos, entre tanto, dos en el banco. Mi vecino hojeaba un libro de cuyas páginas se desprendió, sin que lo advirtiera, una flor seca. La recogí para entregársela. El desconocido, saludándome, la llevó a sus labios marchitos y la colocó otra vez en el libro misterioso.
-¿Esta flor -me atreví a decirle- es, sin duda, el símbolo de algún dulce amor enterrado? ¡Ah! Todos tenemos en el pasado un día de felicidad que nos desencanta el porvenir.
-¿Es usted poeta? -me respondió sonriente.
El hilo de la conversación se había anudado. ¿En qué bobina iba a devanarse ahora?
-Poeta, ¡si es ser poeta haber buscado el arte! -¡Usted ha buscado el arte! ... ¿ Y lo ha encontrado?
-¡Pluguiera al cielo que el arte no fuera una quimera!
-¡Una quimera!. . . ¡Yo también lo he buscado! -exclamó con el entusiasmo del genio y el énfasis del triunfo.
Le pedí que me dijera a qué fabricante de anteojos debía su descubrimiento, ya que el arte había sido para mí lo que una aguja en una pila de heno...
-Yo había resuelto -dijo buscar el arte como en la Edad Media los rosacruces buscaron la piedra filosofar. ¡El arte, esa piedra filosofal del siglo diecinueve!
"Una pregunta obligó primero mi escolástica. Me dije: ¿qué es el arte? El arte es la ciencia del poeta. Definición tan límpida como un diamante de las más puras aguas.
"Pero, ¿cuáles son los elementos del arte? Segunda pregunta ante la que dudé muchos meses antes de responder. Una noche en que a la luz de una lámpara revolvía el polvoriento depósito de un librero de viejo, desenterré un librito en lengua extravagante e ininteligible, cuyo título se blasonaba con un dragón alado que desarrollaba en una banderola estas dos palabras: Gott-Liebe. Algunos sueldos pagaron ese tesoro. Subí hasta mi bohardilla, y allí, cuando deletreaba curiosamente el libro enigmático ante la ventana bañada por un claro de luna, de pronto me pareció que el dedo de Dios rozaba el teclado del órgano universal. Así, las falenas zumbadoras se desprenden del seno de las flores, que desmayan sus labios a los besos de la noche. Subí a la ventana y miré abajo. ¡Oh, sorpresa! ¿Soñaba? Una terraza que no había imaginado, con las suaves emanaciones de sus naranjos; una joven vestida de blanco, que tocaba el arpa; un anciano vestido de negro, que rogaba, de rodillas. El libro se me cayó de la mano.
"Descendí hasta la casa de los inquilinos de la terraza. El anciano era un ministro de la religión reformada, que había cambiado la fría patria de su Turingia por el tibio exilio de nuestra Borgoña. La intérprete del arpa era su única hija, rubia y frágil belleza de diecisiete años deshojada por un mal de languidez; y el libro por mí reclamado era un devocionario alemán para uso de las iglesias del rito luterano con las armas de un príncipe de la casa de Anhalt-Coëthen.
¡Ah, señor! No removamos una ceniza no adormecida todavía. Isabel no es más que una Beatriz de veste azulada. ¡Está muerta, señor, muerta! Y he aquí el devocionario en que ella derramaba su tímida oración, la rosa donde exhaló su alma inocente. ¡Flor desecada en botón, como ella! ¡Libro cerrado como el libro de su destino! ¡Reliquias benditas que ella no desconocerá en la eternidad, por las lágrimas de que estarán empapadas, cuando rota la piedra de mi tumba por la trompeta del arcángel, me lanzaré por encima de todos los mundos hasta la virgen dorada, para sentarme, al fin a su lado bajo las miradas de Dios! ...
-¿Y el arte? -le pregunté.
-Lo que en el arte es sentimiento era mi dolorosa conquista. Había amado, había rezado. Gott-Liebe, ¡Dios y amor! Pero lo que en el arte es idea engañaba todavía mi curiosidad. Creí que encontraría el complemento del arte en la naturaleza. Estudié, pues, la naturaleza.
"Salía por la mañana de mi casa y no volvía hasta la noche. Luego, acodado sobre el parapeto de un bastión en ruinas, me complacía, durante largas horas, respirar el perfume salvaje y penetrante del alelí que motea con sus ramitos de oro el traje de yedra de la feudal y caduca ciudad de Luis Xl 4; ver accidentarse el paisaje tranquilo con un golpe de viento, con un rayo de sol o con un aguacero; jugar el papafigo y los pajaritos de las hayas en el plantel salpicado de sombras y de claridades; los zorzales llegados de la montaña, vendimiar la viña bastante alta y frondosa para esconder el ciervo de la fábula; abatirse los cuervos desde todos los rincones del cielo en bandas fatigadas sobre el esqueleto de un caballo abandonado por el desollador en algún bajo verdoso; escuchar a las lavanderas que hacían resonar sus coplas alegres al borde del Suzón 5 y al niño que cantaba una melodía lastimera girando bajo la muralla la rueda del cordelero. A veces abría a mis sueños un sendero de musgo y de rocío, de silencio y de quietud, lejos de la ciudad. ¡Cuántas veces arrebaté sus ruecas de frutos rojos y ácidos a los zarzales mal frecuentados de la fuente de juvencia y de la ermita de Nuestra Señora del Estanque, la fuente de los Espíritus y de las Hadas y la ermita del Diablo.6 ¡Cuántas veces recogí el buccino petrificado y el coral fósil en las alturas pedregosas de San José, arrolladas por la tempestad! ¡Cuántas veces pesqué cangrejos en los vados desordenados de los Tilles 7 entre los berros que abrigan la Salamandra helada, y entre los nenúfares, de los cuales bostezan las flores insolentes! ¡Cuántas veces espié a la culebra sobre las playas atascadas de Saulons, que no escuchan más que el grito monótono de la polla acuática y el gemido fúnebre del colimbo! ¡Cuántas veces alumbré con una bujía las grutas subterráneas de Asniers, donde la estalactita destila con lentitud la eterna gota de agua de la clepsidra de los siglos! ¡Cuántas veces canté en el cuerno sobre las rocas perpendiculares de Chèvre.Morte, mientras la diligencia trepaba penosamente el camino a trescientos pies por debajo de mi trono de obscuridad! Y en las noches también, en las noches de verano, balsámicas y diáfanas, cuántas veces salté como un licántropo alrededor de un fuego encendido en el valle cubierto de hierba y desierto, hasta que los primeros golpes de hacha del leñador conmovían a las encinas! ¡Ah, señor! ¡Cuántos atractivos tiene la soledad para el poeta! ¡Yo hubiera sido feliz viviendo en los bosques sin hacer más ruido que el pájaro que bebe el agua de la fuente, que la abeja merodeando el espino y que la bellota cuya caída rompe la enramada! ...
-¿Y el arte? -le pregunté.
-¡Paciencia! El arte estaba todavía en los limbos. Había estudiado el espectáculo de la naturaleza; estudié luego los monumentos de los hombres.
"Dijón no siempre ha deshilado sus horas ociosas en los conciertos de sus hijos filarmónicos. Se endosó la loriga -se puso el morrión-, blandió la partesana -desenvainó la espada-, cebó el arcabuz -asestó el cañón sobre sus murallas-, recorrió los campos a tambor batiente y enseñas desgarradas, y, como el trovador canoso de la barba que toca la trompeta antes de rasguear el rabel, habría maravillosas historias para contarle, o antes, sus baluartes hundidos, que encajonan en una tierra mezclada de despojos de raíces verdosas de sus castaños de India y su castillo desmantelado, cuyo puente tiembla bajo el paso de la yegua del gendarme, de vuelta al cuartel. Todo certifica dos Dijones: un Dijón de hoy, un Dijón de antaño.
"Enseguida despejé el Dijón de los siglos xiv y xv, alrededor del cual corría una muralla de dieciocho torres, de ocho puertas y de cuatro poternas o portelas; el Dijón de Felipe el Atrevido, de Juan Sin Miedo, de Felipe el Bueno y de Carlos el Temerario, con sus casas de argamasa y paredes puntiagudas como el gorro de un loco, con fachadas cerradas por cruces de San Andrés; con sus palacios fortificados, de estrechas barbacanas, de dobles postigos y de patios empedrados de alabardas; con sus iglesias, su santa capilla, sus abadías, sus monasterios, que hacían procesiones de campanarios, de guías, de agujas, desplegando por banderas sus vitroles de oro y de azul; paseando sus reliquias milagrosas, arrodillándose en las criptas sombrías de sus mártires o en el altar florido de sus jardines; con su torrente del Suzón, cuyo curso, cargado de pequeños puentes de madera y de molinos de harina, separaba el territorio del clérigo de San Benigno del territorio del abad de San Esteban, como un alguacil del parlamento arrojaba su vara y su "¡basta!" entre dos litigantes hinchados de cólera 8; y en fin, con sus arrabales populosos, uno de los cuales, el de San Nicolás, ostentaba al sol sus doce calles, ni más ni menos que una gorda marrana de parto sus doce tetas. Yo había galvanizado un cadáver y ese cadáver se había levantado.
"Dijón se levanta. ¡Se levanta, camina, corre! Treinta campanas repican en un cielo azul de ultramar, como los pintaba el viejo Alberto Durero. La muchedumbre se apretaba en las hosterías de la calle Bouchepot, en las estufas de la puerta de los Canónigos, en el martillo de la calle San Guillermo, en el cambio de la calle de Nuestra Señora, en las fábricas de armas de la calle de las Forjas, en la fuente de la plaza de los Franciscanos, en el horno común de la calle de Beze, en los mercados de la plaza Champeaux, en el patíbulo de la Plaza Morimont; burgueses, nobles, villanos, soldadesca, sacerdotes, monjes, clérigos, mercaderes, escuderos, judíos, usureros, peregrinos, trovadores, oficiales del parlamento y de la cámara de cuentas, oficiales de gabelas, oficiales de la moneda, oficiales de la jurisdicción de bosques, oficiales de la casa del duque; que claman, que silban, que cantan, que se quejan, que suplican, que maldicen -en basternas, en literas, a caballo, en mulas y en la jaca de San Francisco. ¿Y cómo dudar de esta resurrección? He aquí flotar a los vientos el estandarte de seda, mitad verde, mitad amarillo, bordado con los escudos de armas de la ciudad, que son gules con pámpano de oro y follaje de Sinople.9
"Pero, ¿qué cabalgata es ésta? Es el duque que va a recrearse en la caza. Ya la duquesa lo ha precedido en el castillo de Rouvres. ¡Qué magnífico equipo y qué numeroso cortejo! Monseñor el duque espolea a un tordillo rucio, que se estremece al aire vivo y picante de la mañana. Detrás de él caracolean y se pavonean los Ricos de Chalons, los Nobles de Viena, los Bravos de Vergy, los soberbios de Neuehátel, los buenos Barones de Beaufremont. ¿Y esos dos personajes que cabalgan a la cola de la fila? El más joven, al que distinguen su casaca de terciopelo sangre de buey y su insignia de bufón cascabelero, se desgañita de risa; el más viejo, vestido con un capisayo de paño negro, bajo el cual guarda un voluminoso salterio, inclina la cabeza con un aire avergonzado: uno es el rey de los pícaros, el otro, el capellán del duque.10 El loco propone al sabio cuestiones que éste no puede resolver; y mientras el populacho grita ¡Noël!, los palafrenes relinchan y los sabuesos aúllan y los cuernos de caza suenan, ellos, la rienda sobre el cuello de sus monturas lentas, hablan familiarmente de la prudente dama Judith y del esforzado Macabeo.
"Entre tanto, un heraldo toca la bocina sobre la torre de la residencia del duque. Anuncia que en el llano los cazadores lanzan sus halcones. El tiempo es lluvioso; una bruma grisácea le oculta a lo lejos la abadía de Citeaux que baña sus bosques en los lodazales; pero un rayo de sol le muestra más próximos y más distintos el castillo de Talant, cuyas terrazas y plataformas se almenan en la nube; las mansiones del señor de Ventoux y del señor de Fontaine, cuyas veletas horadan los macizos de verdor; el monasterio de Saint-Maur, cuyos palomares se aguzan en medio de un vuelo de palomas; la leprosería de Saint-Apollinaire, que no tiene más que una puerta y carece de ventanas; la capilla de Saint-Jacques de Trimolois, que se diría un peregrino cubierto de conchas; y bajo los muros de Dijón, más allá de las granjas de la abadía de Saint-Bénigne, el claustro de la Cartuja, blanco como el hábito de los discípulos de Saint-Bruno.
¡La Cartuja de Dijón! ¡El Saint-Denis de los duques de Borgoña! 11 ¡Ah! ¿Por qué es necesario que los hijos tengan celos de las obras maestras de sus padres? Vaya ahora adonde estuvo la Cartuja, sus pasos chocarán allí bajo la hierba con piedras que fueron seguros de bóvedas, tabernáculos de altares, cabeceras de tumbas, losas de oratorias, piezas en donde el incienso humeaba, donde la cera ardió, donde murmuró el órgano, donde los duques vivientes doblegaron la rodilla, donde los duques muertos posaron la frente. ¡Oh! ¡Nada de la grandeza y de la gloria! ¡Se plantan calabazas en la ceniza de Felipe el Bueno! ¡Nada más de la Cartuja! Pero me equivoco. La portada de la iglesia y la pequeña torre del campanario están de pie. La torrecilla airada y ligera, rama de alelí en la oreja, se asemeja a un jovencito que arrastrara a un galgo; la portada martillada sería todavía una joya digna de colgar del cuello de una catedral. Hay, además, en el patio del claustro, un pedestal gigantesco cuya cruz está ausente y alrededor del cual aparecen en sus nichos seis estatuas de profetas, admirables de desolación. ¿Qué es lo que lloran? Lloran la cruz que los ángeles se llevaron al cielo.
"El destino de la Cartuja ha sido el de la mayor parte de los monumentos que embellecían a Dijón en la época de la anexión del ducado al dominio real. Esta ciudad no es más que la sombra de ella misma. Luis XI la había despojado de su poder, la revolución decapitó sus campanarios. No le quedan más que tres iglesias, de siete templos, de una santa capilla", de dos abadías y de una docena de monasterios. Tres de sus puertas están cerradas, sus poternas fueron demolidas, sus arrabales arrasados, su torrente de Suzón se precipitó a las alcantarillas, su población se fue abajo y su nobleza ha dado un vuelco. ¡Ah! Bien se ve que el duque Carlos y sus caballeros, que partieron hará pronto cuatro siglos 12 para la batalla, no han vuelto.
"Y yo ambulaba entre esas ruinas como el anticuario que busca medallas romanas en los surcos de una ciudadela, después de una gran lluvia tempestuosa. Dijón, desaparecido, conserva todavía alguna cosa de lo que fue, como esos ricos galos a quienes se enterraba con una moneda de oro en la boca y otra en la mano derecha.
-¿Y el arte? -le pregunté.
-Estaba un día ocupado, ante la iglesia de Nuestra Señora, en observar a Jacquemart, su mujer y su hijo, que martillaban las doce. La exactitud, la pesadez, la paciencia de Jacquemart serían el certificado de su origen flamenco, aun cuando se ignorara que daba las horas a los buenos burgueses de Courtray, cuando el saqueo de esta ciudad en 1383. Gargantúa escamoteó las campanas de París; Felipe el Atrevido el reloj de Courtray; cada príncipe tiene su talla. Un estallido de risa se escuchó arriba, y distinguí en un ángulo del gótico edificio, una de esas figuras monstruosas que los escultores de la Edad Media aseguraron por los hombros a los aleros de las catedrales; una atroz figura de condenado que, presa de sus sufrimientos, sacaba la lengua, rechinaba los dientes y se torcía las manos. Era ella la que se había reído.
-¡Usted tenía una paja en el ojo! -exclamé.
-Ni paja en el ojo ni algodón en la oreja. La figura de piedra se había reído, reído con una risa gesticulante, horrible, infernal; pero sarcástica, incisiva, pintoresca.
Tuve vergüenza, en mi interior, de haber atendido tan largo tiempo a un maniático. Sin embargo, estimulé con una sonrisa al rosacruz del arte para que prosiguiera su divertida historia.
-Esta aventura -continuó- me hizo reflexionar. Pensé que, puesto que Dios y el amor eran las primeras condiciones del arte, lo que en el arte es sentimiento, Satanás podría bien ser la segunda de esas condiciones, lo que en el arte es idea. ¿No es el diablo quien ha construido la catedral de Colonia?
"Heme aquí en busca del diablo. Palidezco sobre los libros mágicos de Cornelius Agrippa, y degüello la gallina negra del maestro de escuela, mi vecino. No más diablo allí que en el rosario de una beata. Sin embargo, él existe. San Agustín ha legalizado con su pluma la filiación: Dæmones sunt génere animalia, ingenio rationabilia, ánimo passiva, córpore aerco, témpore eterna. Esto es positivo. El diablo existe. Habla en la cámara, litiga en el palacio, especula con el agio en la bolsa. Se le graba en viñetas, se le pone en novelas, se le viste en los dramas. Se le ve en todas partes, como lo veo a usted. Es para depilarle mejor la barba que los espejos de bolsillo fueron inventados. Polichinela ha errado a su enemigo y al nuestro. ¡Oh! ¡Que no lo haya matado con un golpe de bastón en la nuca!
"Bebí el elixir de Paracelso en la noche, antes de acostarme. Tuve un cólico. Por ninguna parte se veía al diablo con sus cuernos y su cola.
"Todavía una contrariedad: la tempestad, esa noche, mojaba hasta los huesos a la vieja ciudad acurrucada en el sueño. Como vagaba yo a tientas, no viendo ni gota, por las anfractuosidades de Nuestra Señora, es lo que podrá explicarle un sacrilegio. No hay cerradura de la cual el crimen no tenga la llave. ¡Tenga piedad de mí! Necesitaba una hostia y una reliquia. Una claridad agujereó las tinieblas; muchas otras se mostraron sucesivamente, de modo que pronto distinguí a alguien cuya mano, provista de un largo encendedor, distribuía la llama a los candeleros del altar mayor. Era Jacquemart, que, no menos imperturbable que de costumbre, bajo su remendado atavío de hierro, terminó su labor, sin parecer inquietarse ni aun apercibirse de la presencia de un testigo profano. Jacobina, arrodillada en las gradas, conservaba una inmovilidad perfecta, en tanto la lluvia manaba de su falda de plomo trabajada al estilo brabantino, de su gorguerita de palastro encajonada como una puntilla de Brujas, de su rostro de madera barnizada como las mejillas de una muñeca de Nuremberg. Yo le balbuceaba una humilde pregunta sobre el diablo y el arte cuando el brazo de la Maritornes se aflojó con la precipitación súbita y brutal de un resorte, y, al ruido cien veces repercutido del pesado martillo que empuñaba, la multitud de abades, caballeros, bienhechores, que pueblan con sus góticas momias las bóvedas góticas de la iglesia, afluyó procesionalmente alrededor del altar deslumbrante de esplendores vivos y alados del pesebre de Navidad. La virgen negra 14, la virgen de los tiempos bárbaros, con una altura de un codo y su trémula corona de hilo de oro, con su veste rígida de almidón y de perla, la virgen milagrosa ante la cual chisporrotea una lámpara de plata, saltó abajo de su pedestal y corrió sobre las baldosas con la velocidad de una perinola. Avanzaba desde las naves profundas, a brincos graciosos y desiguales, acompañada de un pequeño San Juan de cera y lana, que, abrasado por una chispa, se fundió azul y rojo. Jacobina se había armado de unas tijeras para recortar el occipucio de su niñito envuelto en pañales; un cirio iluminó a lo lejos la capilla del bautisterio, y entonces. . .
-¿Y entonces?
-Y entonces, el sol que lucía por el ojo de una cerradura, los gorriones que picoteaban mis cristales y las campanas que refunfuñaban una antífona en la nube, me despertaron. Había tenido un sueño.
-¿Y el diablo?
-No existe.
-¿Y el arte?
-Existe.
-Pero ¿dónde?
-¡En el seno de Dios! -y sus ojos, en los que nacía una lágrima, sondeaban el cielo. Nosotros no somos, señor, más que los copistas del Creador. La más magnífica, la más triunfante, la más gloriosa de nuestras obras efímeras no es más que la indigna falsificación, que el centelleo extinguido de la menor de sus obras inmortales. Toda originalidad es un aguilucho que no rompe la cáscara de su huevo más que en las regiones sublimes y fulminantes del Sinaí. ¡Sí, señor, he buscado mucho tiempo el arte absoluto! ¡Oh delirio! ¡Oh locura! ¡Mire esta frente arrugada por la corona de hierro de la desgracia! ¡Treinta años! Y el arcano que impetré de tantas vigilias pertinaces, al que inmolé juventud, amor, placer, fortuna, el arcano yace inerte e insensible, como el vil guijarro, en la ceniza de mis ilusiones. La nada no vivifica a la nada.
Se levantó. Le testimonié mi conmiseración con un suspiro hipócrita y banal.
-Este manuscrito -agregó- le dirá cuántos instrumentos han ensayado mis labios antes de llegar al que da la note pura y expresiva, cuántos pinceles usé sobre la tela antes de ver nacer en ella la vaga aurora del claro obscuro. Ahí están consignados diversos procedimientos, nuevos quizás, de armonía y de color, único resultado y única recompensa que obtuvieran mis elucubraciones. Léalo. Me lo devolverá mañana. Las seis dan en la catedral; ellas expulsan al sol que se esquiva a lo largo de esos lisos. Voy a encerrarme para escribir mi testamento. Buenas noches.
-¡Señor!
¡Bah! Estaba lejos. Me quedé tan quieto y confuso como un presidente a quien su escribano hubiérale apresado una pulga que cabalgara en su nariz. El manuscrito se titulaba: Gaspar de la Noche. Caprichos a la manera de Rembrandt y de Callot.
Al día siguiente era sábado. Nadie había en la Arcabuz; algunos judíos festejaban el día del sábado. Recorrí la ciudad pidiendo informes acerca de M. Gaspar de la Noche, a cada transeúnte. Unos me respondían: "¡Oh! ¡Usted bromea!"; otros: "Eh! ¡Que le tuerzan el pescuezo!" Y todos al instante me dejaban plantado. Abordé a un viñador de la calle San Filiberto, muy pequeño y jorobado, que se contoneaba en su puerta riéndose de mi confusión.
-¿Conoce usted al señor Gaspar de la Noche?
-¿Qué es lo que quiere de ese muchacho?
-Quiero devolverle un libro que me prestó.
-¿Un libro mágico?
-¿ Cómo? ... ¡Un libro mágico! ... Dígame, por favor, su domicilio.
-Allá abajo, donde cuelga ese pie de cierva.
-Pero, esa casa. . . usted me indica la del señor cura.
-Es que acabo de ver entrar allí a la morena que le lava sus albas y sus corbatines.
-Y eso ¿qué tiene que ver?
-Eso quiere decir que el señor Gaspar de la Noche se engalana algunas veces como una joven y bonita muchacha para tentar a los devotos. Es testimonio de esto su aventura con San Antonio, mi patrono.
-Déjese de bromas malignas y dígame dónde está el señor Gaspar de la Noche.
-Está en el infierno, si es que no se ha ido a otra parte.
-¡Ah!. . . ¡Acabo de comprender! Entonces... Gaspar de la Noche será...
-¡Claro! ... !El diablo!
-¡Gracias, mi amigo! ... Si Gaspar de la Noche está en el infierno, que se ase ahí. Yo imprimo su libro.

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Notas

1.- El torreón del palacio de los duques y la aguja de la catedral, que los viajeros perciben a muchas leguas de distancia.
2.- En el original, moult te tarde. Antigua divisa de la comuna de Dijón.
3.- El reloj de Dijón, donde Jacquemart, su mujer y su hijo, marcan las lloras con un martillo.
4.- Ese castillo, impuesto a Dijón por la tiránica desconfianza de Luis XI, cuando, después de la muerte de Carlos el Temerario, se apoderó del ducado en perjuicio de la heredera legítima, María de Borgoña, ha disparado más de una vez contra la ciudad, que, es verdad, le ha devuelto bien sus agasajos. Hoy, sus torres hermosas sirven de retiro a una compañía de gendarmes.
5.- Torrente que antes recorría Dijón a cielo descubierto. Sus aguas son recibidas hoy al pie de las murallas en canales abovedados. Las truchas del Valle del Suzón tienen renombre en Borgoña.
6.- La capilla hoy cerrada de Nuestra Señora del Estanque estaba habitada en 1630 por un capellán y por un ermitaño. Habiendo asesinado este último a su compañero, fue condenado por una sentencia del Parlamento de Dijón a ser enrodado vivo en la plaza de Morimont.
7.- Nombre genérico de muchos riachos que riegan la llanura, entre Dijón y el Saona.
8.- Las dos abadías de San Esteban y San Benito, de las cuales las disputas fatigaron tan frecuentemente la paciencia del Parlamento, eran tan antiguas, tan pujantes, y gozaban de tantos privilegios acordados por los duques y los papas, que no había en Dijón ningún establecimiento religioso que no dependiera de una o de otra. Las siete iglesias de la ciudad eran sus hijas y cada una de las dos abadías tenía además su iglesia particular. La abadía de San Esteban acuñaba moneda.
9.- Tales habrían sido, de acuerdo con Pedro Paillot, las antiguas armas de la comuna de Dijón; pero el abate Boulemier (Mem. de la Acad. de Dijón, 1771) ha sostenido que ellas no eran sino gules. Estos dos sabios, ¿no habrán hecho confusión de los tiempos, y las armas de Dijón no habrán sido gules plenos antes de llevar el pámpano de oro con follaje de sinople? Es lo que no tengo posibilidad de aclarar aquí.
10.- Felipe el Atrevido tenía su rey de los pícaros, al que dio 200 libras en 1396 (Courtppée).
11.- No comparó la Cartuja de Dijón con la abadía de Saint-Denis nada más que en relación con la magnificencia y la riqueza de sus sepulturas. Tres duques fueron inhumados solamente en la Cartuja, Felipe el Atrevido, Juan Sin Miedo y Felipe el Bueno y no ignoro que la iglesia de Citeaux había recibido comúnmente, a partir de Eudes I, los despojos de los duques de la primera y la segunda raza real. Fue Felipe el Atrevido quien fundó la Cartuja en 1383. Todo allí no era sino artesonados de madera de Irlanda, casullas y tapices de paño de oro, cortinas de estofas de Chipre y Damasco, pilas de agua bendita y candeleros d plata, lámparas de plata sobredorada, capillas portátiles con figuras de marfil, pinturas y esculturas ejecutadas por los primeros artistas de ese tiempo. La vajilla para el servicio del altar pesaba 55 marcos. El martillo de la revolución, echando abajo la Cartuja, había dispersado en los gabinetes de algunos curiosos los restos de ¡as tumbas de Felipe el Atrevido, de Juan Sin Miedo y de Margarita de Baviera, mujer de este último (Carlos el Temerario no había hecho elevar ningún monumento a su padre Felipe el Bueno). Esas obras maestras del arte del siglo xv han sido restauradas y colocadas en una de las salas del Museo de Dijón.
12.- No escapó más que la Cartuja y tantas otras obras maestras al furor de las reacciones. No se le ha dejado piedra sobre piedra. Esta santa capilla, levantada por el duque Hugo III, de regreso de la cruzada, hacia 1171, era rica de mil objetos de arte y de piedad. ¿En qué se convirtieron, por ejemplo, las ventanas de sus iglesias y sus estatuas históricas, el emnaderamiento del coro, donde estaban colgados los escudos de los treinta y un primeros caballeros del Toisón de Oro, instituidos por Felipe el Bueno; el hermoso copón en que se conservaba una hostia milagrosa y sobre el cual brillaba en los días de fiesta la corona de oro que el rey Luis XII, levantado después de una peligrosa enfermedad, en 1505, había enviado al Capítulo con dos heraldos? El tiempo ha dado un paso y la tierra ha sido renovada, dice en alguna parte M. de Chateaubriand.
13.- Carlos el Temerario, último duque de Borgoña, fue muerto en la batalla de Naney, el domingo 5 de enero de 1476.
14.- Esta imagen gozaba ya de gran veneración en el siglo XII. Es de una madera negra, dura y pesada, que, se cree, debe ser castaño.


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