En la bañera

Por Amy Hempel

    El corazón... creí que se me paraba. Así que me subí al coche y me fui rumbo a Dios. Pasé por delante de dos iglesias ante las que había coches estacionados. Después paré en una tercera porque nadie había estacionado ahí.
    Fue a primera hora de la tarde, a mediados de semana. Elegí un banco de las filas centrales. Episcopal o metodista, daba lo mismo. Estaba tan silenciosa como puede esperarse de una iglesia.
    Pensé en lo que sentí cuando me dio el largo paro cardíaco, y en el desorden de los latidos que vinieron después, cuando se precipitaron para llenar el espacio vacío. Sentada allí, bajo la alta estructura de la vidriera silenciosa, me puse a escuchar.

 

    En la parte trasera de mi casa, ante la claridad que trasluce la puerta corrediza de cristal, puedo mirar el porche. En él hay margaritas y suculentas sembradas en macetas de barro rojo. Una de las macetas está vacía. Es poco profunda, pero ancha, y está llena de agua, como una pileta para que los pájaros se bañen en ella.
    Mi gata suele adormecerse encima de la jardinera de la ventana. Su mentón gris está empolvado con la pelusa de luz en las alas de mariposa. Si doy un golpe suave en el cristal, la gata no levanta la mirada.
    El sonido que hago no es una señal para la comida.
    De chica, me escapaba por las noches. Me estrechaba a los cercos y me fundía con las sombras de los árboles. Iba a un solar en construcción que había cerca del lago. Tomaba el recipiente de una hormigonera, lo arrastraba hasta la orilla y me sentaba dentro, como si fuera el platito de una taza. Con la ayuda de un remo robado la empujaba hacia el agua y me pasaba horas flotando, sin oír ningún ruido.
    La pileta para pájaros tiene la misma forma que aquel recipiente.

 

    Me miro las uñas bajo la luz cruda del cuarto de baño. El miedo aparecerá en forma de onda en la base. Tardará un par de semanas en revelarse. Pongo el cerrojo y dejo que la bañera se llene. En realidad, la mayor parte del tiempo no lo escuchas. Una pulsación es algo que se siente. Aunque estés en silencio. A veces la escuchas de noche, cuando apoyas la cabeza en la almohada. Pero sé de un lugar donde puede oírse incluso mejor que en la almohada. Sólo tienes que hacer esto: te metes de a poco dentro de la bañera llena de agua. Te sientas con cuidado. Te recuestas y esperas a que las ondas se vayan. Después respiras profundo, deslizas la cabeza dentro del agua y escuchas el gozo de tu corazón.

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