Piso veintitrés

Por Marcio Veloz Maggiolo

 

            El hombre, --sombrero verdinegro, camisa a rayas, pantalón gris ratón-- entró al elevador con los ojos acuosos y profundos. Lucía un clavel encarnado en la solapa. El ascensorista le miró con indiferencia: ruidos de motor y elevador que asciende: dos, cinco, ocho.

            ---Voy al veintitrés señor.

            --- No hay veintitrés señor, este es un edificio de quince.

            ---Pues déjeme en el quince, subiré a pies los demás.

            ---No hay demás, señor, solo tenemos quince.

            --- ¡Cúmplame las órdenes!

            --- Bien, señor.

            El hombre salió a la azotea –sombrero verdinegro, camisa a rayas, pantalón gris ratón--. Realmente no había más pisos. Las horas pasaron, y por fin, convencido de que no podía ascender más, decidió bajar de aquel enorme mástil  de bandera en el que se había trepado buscando un piso veintitrés disuelto en el espacio y el futuro.

 

Santo Domingo, 1967

 

 

Verbo

Le crecía la lengua a razón de pulgada y media por minuto. Pronto, la misma, fina y espumosa le llegó al suelo. Quiso guardarla en uno de los bolsillos de su americana. No pudo. El movimiento de la ondulante lengua impedía cualquier intento de aprisionarla. Nadie sabe ni se imagina cómo pudo el señor Jantipo hacer un nudo y ahorcarse con sus propias palabras.

 

Santo Domingo, 1967

 


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