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El
Ilustre Amor
1797
Por
Manuel Mujica Láinez
En el aire
fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa
fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía
hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana.
Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante
los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que
viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al
cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.
A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo
a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin
razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla
de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa.
Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta
ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.
Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará
a salir?
Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre
los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el
lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto
las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto
de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos
motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena
ahoga un grito, abre la puerta y sale.
Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada
de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como
una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado
y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués
de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros.
Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta
que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos.
El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.
Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia
se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con
la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor. Pero Magdalena no calla.
Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora
el nombre ilustre: "Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris
ordinis Sancti Jacobi..."
El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de
quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido.
Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son
las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos
desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la
casa?
Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de
los largos rosarios.
-¿Por qué llorará así Magdalena?
A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué
puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué
pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes
recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey? El Marqués
de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia
la capa porque la brisa se empieza a enfriar.
Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes.
Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro
en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa
cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase
la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.
Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se
aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones
profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías.
¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!
El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera
bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa,
incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada,
palmeándola, calmándola.
Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba,
cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con
sus insignias.
-¿Qué le acontece a Magdalena?
Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.
Chisporrotean, celosas.
-¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O
habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero
no, no, es imposible... ¿cuándo?
Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza,
caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio,
primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general
de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia
Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que
cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia
real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en
el oscilar de las antorchas.
Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los "Dominus vobis cum".
Las vecinas se codean:
¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra... ¡Y
qué calladito lo tuvo!
Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos
esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más
sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan
cerca estuvo del amo.
La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara,
del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie.
La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado,
le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro hermanas jóvenes
no osan mirarse.
¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá
reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil
alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra
seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás
salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría
el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte?
¿Dónde se encontrarían?
-¿Qué hacemos? -susurra la segunda.
Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del
coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado
soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia
displicente.
Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena,
a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las
cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los
maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.
Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa
de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor.
Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen.
Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados
la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa
tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.
Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas.
Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no
la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como
un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario,
en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última
vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto
nunca.
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