Color de Oscuridad

Por James Purdy
Versión: Juan Godo Costa
Color de Oscuridad, Seix Barral, 1963

A veces pensaba en su mujer; pero desde hacía algún tiempo, generalmente después de que el niño se había ido a la cama, sentía que algo le inquietaba: el no poder recordar cómo era el semblante de ella. Concretamente, no podía recordar cuál era el color de sus ojos. Esta idea lo obsesionaba de un modo extraordinario. Además, se trataba de algo de lo cual no le era posible hablar con nadie. En la ciudad había personas que, naturalmente, habrían recordado el color de aquellos ojos; pero lo cierto era que él mismo había empezado a olvidar poco a poco la estructura general del rostro de su esposa. Todo cuanto le parecía recordar era su voz, su voz suave y agradable.
Luego había el problema del niño, Baxter, por supuesto. El problema de qué era lo que sabía y qué era lo que no sabía. A veces, Baxter parecía saberlo todo. Cuando iba a agarrarse al borde de la silla y empezaba a mirar a su padre, a examinarle detenidamente (parecía como si el niño no pudiera nunca acercarse lo bastante a su padre), el padre tenía la sensación de que Baxter no ignoraba nada.
—Bax —solía decir el padre en tales momentos, mirando fijamente a su hijo a los ojos.
El niño clavaba la vista en su padre con igual insistencia. En el rostro del muchacho no había el menor vestigio de los rasgos de su madre.
—Pronto serás ya un hombre —le dijo el padre una noche, sin saber por qué se lo decía, hablándole sin siquiera haberse detenido a pensarlo.
—No lo creo —repuso el muchacho.
—¿Por qué no lo crees? —inquirió el padre, tan sorprendido por esta respuesta del hijo como por su propia pregunta.
El niño reflexionó también sobre su respuesta.
—¿Cuánto tardaré en ser un hombre?—preguntó el chiquillo.
—Bueno, todavía falta algo de tiempo para que lo seas —le respondió su padre.
—¿Estaré contigo, papá? —preguntó de nuevo el niño. El padre asintió con la cabeza.
—Podrás estar siempre conmigo —le respondió el padre.
El niño dijo: "¡Oh!", y empezó a corretear por el cuarto. Tropezó con uno de sus juguetes, se cayó y rompió a llorar.
La señora Zilke, el ama, entró en la habitación y trató de consolar al niño con unas palabras cariñosas.
El padre se levantó de su asiento y se inclinó para recoger a su hijo del suelo. Luego volvió a sentarse, y al tiempo que tomaba al pequeño en sus rodillas, dijo a la señora Zilke, enrojeciendo por el esfuerzo que había tenido que realizar:
—¡Ya lo ve usted, me voy haciendo viejo!
La señora Zilke se echó a reír.
—Si usted es viejo, entonces yo ya estoy muerta —repuso, y tras una pausa, añadió en un tono casi desabrido: Tiene usted la obligación de conservarse joven.
El se la quedó mirando, y el niño se agitó súbitamente entre los brazos de su padre, dirigiéndole una mirada interrogadora. Y le dio un beso en la mejilla.
—Todavía es joven —dijo entonces el niño a la señora Zilke.
—¡Pues claro que es un hombre joven! —asintió el ama—. No hay muchos padres más jóvenes que él.
El padre se echó a reír y el niño se puso en pie, dispuesto a que la señora Zilke lo llevara a la cama.
Su padre estuvo pensando en el comentario de la señora Zilke, y se puso a escucharla cuando ésta empezó a leer al niño un libro de cuentos. Le pareció que el relato que le estaba leyendo era un poco frío, y se preguntó si al niño podría interesarle.
Reconocía que era muy extraño que no pudiera recordar el color de los ojos de su mujer. Sabía, naturalmente, que debía recordarlos. Tal vez de un modo inconsciente estuviera tratando de olvidar. Luego empezó a pensar que tampoco podía recordar ahora el color de los ojos de su hijo, ¡a pesar de que acababa de contemplarlos!
—¿Qué es lo que sabe? —preguntó el padre a la señora Zilke cuando ésta bajó de nuevo y se sentó un instante para leer el periódico. El ama encendió un cigarrillo, y fumó un poco antes de responder a la pregunta. El padre estaba entonces mirando por la ventana, como si se hubiera olvidado de la presencia de ella y de la pregunta que acababa de dirigirle.
—Lo sabe todo —contestó por fin la señora Zilke. Al oír estas palabras, el padre pareció volver en sí y miró a la mujer con semblante risueño.
—Lo saben todo, ¿verdad? —inquirió, refiriéndose a los niños en general.
—Así parece —repuso el ama, y añadió, con aire reflexivo: Sí, lo saben todo.
—Me parece como si todo el mundo tuviera cuarenta años —continuó el padre—. Incluso los niños. Sin embargo, para mí son un completo enigma. Nunca sé lo que he de decir a los niños. Y creo que tampoco sé qué es lo que ellos saben.
—¡Oh!, lo comprendo muy bien. Yo he criado a ocho pequeños, y siempre he pensado eso mismo.
—Bueno, eso me consuela un poco —repuso el padre.
La señora Zilke sonrió, pero en su sonrisa creyó leer él un pensamiento recóndito, como si el ama no le hubiera dicho todo lo que pensaba.
—Por supuesto, que jamás llegamos a conocer del todo a las otras criaturas humanas, ¿verdad? —preguntó el padre, vacilando, como si temiera no acertar a expresarse bien.
El ama asintió con un gesto, mientras seguía saboreando su cigarrillo.
—Su hijo está muy solo —dijo de pronto.
Esta vez, el padre no la miró.
—Quiero decir —prosiguió la señora Zilke —que es una pena que sea hijo único.
—¿Es que no tiene allá a otros niños? Yo creía que...
—;Oh!, no es lo mismo —dijo la señora Zilke —que reciba a otros niños los sábados y todas esas cosas. No es suficiente.
—Es verdad que estoy mucho tiempo fuera de casa. —Puede decirse que no está usted nunca —corrigió la señora Zilke.
—Eso es algo que no tiene remedio, claro. Ya lo ve usted —añadió riendo—. Soy un hombre de éxito.
Observó que la señora Zilke no se reía con él, y había observado esta misma actitud en otras mujeres como ella, enérgicas y ocupadas constantemente en sus tareas. Sentía una gran admiración por la señora Zilke. Se alegraba de que ella no lo hubiera acompañado en su risa.
—Nadie debería tener un solo hijo —dijo el ama.
—¿Sabe usted? —repuso el padre en tono confidencial—. Cuando se está tan ocupado en el trabajo como yo, la gente se aleja de uno.
Miró hacia la botella de coñac que estaba en el anaquel de los libros.
—¿Quiere tomar una copita conmigo, señora Zilke? Ella de momento rehusó, porque realmente no sentía deseos de beber, pero al ver la mirada suplicante del joven, aceptó.
—Gracias por acceder a beber conmigo —dijo él de pronto, como si con estas palabras quisiera alejar de su mente otras ideas.
—Un aroma excelente —dijo el ama oliendo el licor. —Es usted una mujer realmente inteligente. —Porque conozco el aroma —dijo ella fríamente.
—No lo digo por eso, sino por muchas otras cosas.
—¡Pobre de mí! En realidad yo no sé nada —repuso la señora Zilke.
— Usted sabe de todo. Yo, en cambio, sólo conozco mi trabajo.
—Y ya es mucho. Ellos lo necesitan —dijo el ama.
El joven se acomodó en su asiento, sin tocar el coñac. La señora Zilke, tras oler el aroma del suyo, soltó asimismo su copa.
Ambos permanecieron unos instantes callados, recogidos, como interpretándose mutuamente los pensamientos.
—No puedo recordar el color de los ojos de mi mujer —dijo él con aire desolado.
La señora Zilke guardó silencio un instante, como si considerase la importancia que pudiera tener aquel hecho, o como si se dispusiera a pasar a otro tema de conversación.
—Y esta noche, ahora mismo —añadió el padre—, no puedo recordar siquiera el color de los ojos de mi hijo.
—Son azules como el mar —dijo el ama en tono algo áspero, pero impregnado también de melancolía.
Luego añadió:
—Esas son pequeñeces en las que no tiene que pensar un hombre tan importante como usted.
El padre soltó una risotada al oír estas palabras, y la señora Zilke rio también. Parecía como si hubiera desaparecido la tensión que antes había habido entre aquellas dos personas.
El padre levantó su copa y la señora Zilke lo imitó, bebiendo su contenido a pequeños sorbos.
—Se percibe muy bien el sabor de la uva —dijo el ama.
—Claro, por eso lo compré —repuso el padre en el tono que habría usado de hallarse en compañía de otros hombres.
—No tendría que preocuparle a usted el color que puedan tener o haber tenido sus ojos —dijo la señora Zilke.
— Bueno, es que no tengo una gran memoria para recordar a las personas —dijo el padre—. Soy muy mal fisonomista.
— No me extraña —repuso la señora Zilke—, ¡Tiene usted tantas cosas en qué pensar!
— No, no se trata de eso; si quisiera, podría recordar a las personas.
—Ahí está: si usted quisiera —repuso el ama.
—Bueno, ¿y por qué no puedo recordar el color de los ojos de mi mujer? —preguntó el padre, volviendo al tema de antes. Y luego preguntó—: ¿Puede usted recordar acaso el color de los ojos de todos los miembros de su familia?
—¡De todas las cuarenta y dos personas que la componen! —repuso riendo la señora Zilke.
—Bueno, por lo menos de los de su marido y los de sus hijos e hijas.
—¡Oh! Supongo que sí —respondió la mujer en tono evasivo.
—Sí, señora Zilke; usted sabe muy bien que los recuerda.
—Conforme, los recuerdo; pero es que yo soy una mujer de mi casa. Usted, en cambio, está siempre fuera.
¿Por qué habría de recordar el color de los ojos de las personas? ¡Vaya preocupación la suya!
Dejó la copa encima de la mesa y recogió unos calcetines que había estado zurciendo antes de llevar al niño a la cama.
—Trabajaré mientras hablamos —dijo la señora Zilke con tal firmeza que parecía dar a entender que ahora quería menos conversación y que probablemente no bebería más.
Luego, cerrando de pronto los párpados, el joven se dio cuenta de que ahora no sabía tampoco el color de los ojos de la señora Zilke. Pero de repente cesó de tener miedo. No le dio importancia a la cosa, y estaba seguro de que tampoco le habría preocupado a la señora Zilke el que él recordara o no el color de sus ojos. Seguramente ella misma le habría dicho que no se preocupara por ello. La recordaba; y eso, estaba seguro, era lo más esencial. Recordaba la bondad de aquella mujer para con él y para con su hijo, y lo importantes que ambos eran en su vida.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Baxter a su padre, mientras éste se hallaba sentado tomando una copa.
—Veintiocho, me parece —respondió el padre en tono distraído.
—A esa edad, ¿se es suficientemente viejo como para estar muerto? —inquirió ahora el niño.
—Sí y no —le respondió su padre.
—¿Tengo yo bastante edad para estar muerto?
—Me parece que no —le contestó el padre, lentamente, como si su mente estuviera absorta por otras ideas.
—¿Por qué no estamos todos muertos?—insistió el niño, haciendo volar un pequeño aeroplano de papel que él mismo había hecho. Luego tomó un pájaro que había hecho también con papel marrón y lo arrojó al aire. Fue a dar contra una planta de filodendro, y se quedó en ella, como si fuera un añadido hecho ex profeso—. Siempre estás pensando en otras cosas, ¿verdad? —dijo el niño. Luego se acercó a su padre y lo miró fijamente.
—Tienes los ojos azules —le dijo éste—, azules como el mar.
De pronto, el niño besó a su padre, y éste se le quedó mirando unos instantes.
—No me mires así —dijo el niño, cohibido ante aquella mirada.
—¿De qué modo te miro? —preguntó el padre, bajando los ojos al suelo.          
El niño se alejó algo confuso, arrastrando los pies sobre la alfombra.
— Me miras como si no supieras nada.
Luego corrió hacia la cocina, donde estaba la señora Zilke.
Cuando la señora Zilke se iba a dormir, cosa que solía hacer unas cuatro horas después de haber acostado al niño, el padre tenía la costumbre de quedarse abajo sentado, pensando en los problemas de su trabajo, pero en momentos como los de aquel día, solía pensar en ella, en la que hacía tiempo había sido su mujer. Se había ido (ésta era la expresión que usaba casi siempre al referirse a su desaparición) hacía tanto tiempo, y su matrimonio había durado tan poco, que le parecía como si Baxter fuera un regalo que alguien le hubiera hecho, y que a medida que aumentaba el valor de este regalo, su relación con él fuera haciéndose más y más ambigua y difícil de comprender. Sin embargo, la señora Zilke le parecía un ser más real que casi cualquier otra persona. Es verdad que no podía recordar el color de sus ojos, pero era un ser completamente real. Le parecía como si fuera su madre, y como si el niño fuera para él un hermano pequeño al que no conocía muy bien, que muchas veces hacía preguntas difíciles de contestar, y como si su mujer, que se había ido, no fuera más que una muchacha con la que él había salido. Ahora no le era posible recordarla en absoluto.
En cierto modo envidiaba a la señora Zilke su condición de ama de llaves, que le permitía mandar en todas las cosas. Al parecer, ella conocía todo lo que era de su incumbencia y podía identificar todas las cosas que caían bajo su jurisdicción. Estaba seguro de que para ella el mundo era algo redondo, firme, completamente iluminado.
Para él, sólo su trabajo tenía un verdadero significado (y recordaba que el ama había dicho que él era un hombre importante); pero el significado que eso podía tener en relación con todo lo demás era muy vago.
Aquella noche, al subir a su dormitorio, echó una ojeada al cuarto de su hijo. Le sorprendió ver que el niño estaba durmiendo con un enorme cocodrilo de juguete. Experimentó una sensación desagradable. Durante unos instantes, dudó entre si había de quitarle o no a su hijo aquel juguete; pero luego, no queriendo despertarlo, se dirigió a su habitación, se desnudó y permaneció un momento, desnudo, respirando frente a la abierta ventana. Luego se acostó.
—Es su juguete favorito —dijo la señora Zilke, durante el desayuno, refiriéndose al cocodrilo—; no querría separarse de él por nada del mundo.
—Tengo miedo de que le dé pesadillas —repuso el padre.
—El niño no tiene pesadillas —dijo el ama, untando con mantequilla la tostada—. ¡Ea, señor! Aquí tiene usted el desayuno.
El padre estuvo comiendo en silencio unos instantes.
—Me sorprendió desagradablemente el ver aquel cocodrilo en su cama —insistió de nuevo.
—Bueno, se trata únicamente de cierta aprensión por parte de usted —repuso el ama.
—Así lo espero. No obstante, ¿no sería mejor que tuviera un osito o una muñeca?
—Ya tiene también esos juguetes. Pero es que precisamente anoche dio la casualidad de que usted lo viera con el cocodrilo —dijo la señora Zilke, trajinando inquieta en la cocina.
—Está bien —dijo el padre, desdoblando el periódico y poniéndose a leer un artículo sobre Egipto.
—Su hijo necesita un perro —dijo entonces la señora Zilke, yendo a sentarse a la mesa con el señor. En sus manos se veían aún burbujas de jabón.
—¿Qué clase de perro? —inquirió el padre.
—¡Ah! ¿Entonces no se opone usted a la idea? —preguntó a su vez el ama.
—¿Por qué habría de oponerme a que mi hijo tuviera un perro? —respondió el joven, sin dejar de mirar el periódico.
—Tiene necesidad de tener algo —le dijo ahora la señora Zilke.
—Naturalmente —repuso el padre, sorbiendo un poco de café. Luego, se quedó mirando fijamente al ama.
—¿Quiere usted decir que mi hijo no tiene nada?
—Mientras vive uno de los padres, cualquiera de ellos, el padre o la madre, un niño tiene algo. No, no quise decir eso —aclaró la señora Zilke, sin querer en realidad disculparse por lo que había dicho; cosa que, por su parte, él no había esperado.
—Preferiría que se acostara con un perro que no con un cocodrilo.
—¡Vamos! ¡Ya salió otra vez lo del cocodrilo!—exclamó impaciente la señora Zilke.
El padre se quedó unos instantes con la cabeza inclinada cuando el ama hubo salido del aposento. Contemplaba el anillo de boda que aún llevaba en el dedo. De pronto, se quitó el anillo, por primera vez desde que se lo puso el sacerdote. Lo había seguido llevando en el dedo todos aquellos años sencillamente porque, según suponía, quería que la gente supiera que estaba casado. Todo el mundo estaba casado, y comprendía que también él tenía que estarlo.
Dejó el anillo de boda encima de la mesa y pasó a la habitación de enfrente.
—Señor —dijo el ama de llaves.
—Deje el anillo ahí donde está —dijo el joven, creyendo que la señora Zilke lo había encontrado.
Pero en la expresión de su semblante leyó otra cosa.
— Tendrá que llevar usted mismo al niño a comprar el perro. Ya sabe que yo no puedo caminar sobre pavimentos duros.
—Está bien, señora Zilke —respondió el padre de Baxter, algo aliviado por las palabras del ama.
El perro que compraron en la tienda era de raza cruzada, con un rabo muy largo, y tenía los ojos (el padre de Baxter se fijó muy bien en ello) de color pardo. Casi lo primero que hizo el chucho fue un charquito junto a la mesa escritorio del padre. Este insistió en que limpiaran aquello en seguida, y Baxter lo observó, mientras la señora Zilke refunfuñaba en la cocina. Finalmente vino y echó un poco de serrín sobre el lugar mojado.
El perro contemplaba la escena desde su rincón, pero no parecía dispuesto a acercarse a ellos.
— Ahora tienes que cuidar de tu nuevo amiguito — dijo el padre.
Baxter lo miró, pero no se movió de donde estaba.
—Anda, cógele —le dijo su padre, y el niño se encaminó al rincón donde estaba el perro y se puso a mirarle fijamente.
El padre se sentó ante su mesa escritorio y pasó a ocuparse de sus asuntos.
— ¿Has tenido un perro alguna vez? — preguntó Baxter a su padre.
Este se quedó un instante pensativo antes de responder.
—Sí —le dijo finalmente.
—¿De qué color era? —inquirió de nuevo el niño.
El padre se agitó nervioso en su asiento. Luego dijo: —¡Hace ya tanto tiempo!
—¿Era gris? —insistió el niño. El padre hizo un gesto afirmante.
— Un perro gris —dijo el niño, poniéndose a jugar con su nuevo amiguito. El perro levantó su pata, aún mojada, y mordisqueó suavemente al niño, el cual gimoteó un poco.
—Vamos, no llores, que lo hace en broma —dijo el padre con aire distraído.
Baxter corrió a refugiarse a la cocina, llorando un poco, y el perrito se quedó sentado en el rincón.
— Ahora no vayas a tener miedo de tu amiguito —le dijo la señora Zilke—. ¡Anda! Ve a hacer las paces con él.
Baxter y la señora Zilke salieron de la cocina y fueron hacia el perro.
—Ahora tendrás que ponerle un nombre —le dijo el ama.
—¿Es verdad, papá que tendré que ponerle un nombre? — inquirió el niño.
El padre asintió.
Después de cenar estaban los tres sentados en el salón. Baxter dormitaba. El padre fumaba en su pipa, con la botella de jerez cerca de sí. Se habían reunido en el salón para decir qué nombre le pondrían al perro, pero, al parecer, a nadie se le ocurrían ideas nuevas, y el padre, envuelto en un halo de humo de excelente tabaco de pipa, parecía hallarse tan lejos de allí como si de nuevo se hubiera marchado a la capital.
Baxter volvió a cabecear un poco, y la señora Zilke exclamó:
—¡Vaya! ¡Todavía no es hora de acostarse y el hombrecito ya se está durmiendo!
De la planta baja, donde habían dejado al perrito, llegaban los ladridos quejumbrosos del animal; pero hacían como si no los oyeran.
Finalmente dijo la señora Zilke:
—Cuando esté bien educado, podrás dormir con él,
Baxter.
El niño abrió los ojos y la miró.
— ¿Cómo dice? —inquirió.
—Que cuando haya aprendido a no hacer pipí, podrás llevártelo a la cama.
—No quiero —respondió el niño.
La señora Zilke dirigió al padre de Baxter una mirada estoica.
—¿Por qué no quieres, cariño? —preguntó el ama, pero en sus palabras no había el menor dejo de emoción. —No quiero nada —dijo el niño.
La señora Zilke volvió a mirar al padre de Baxter, pero aún parecía más ausente que antes.
—¿Qué es lo que tienes en la boca? —exclamó de pronto el ama de llaves, poniéndose las gafas y mirando fijamente al niño.
—Es un chicle —respondió el niño, sonrojándose levemente.
—¡Ah! —dijo la señora Zilke.
En el reloj de pared dieron las ocho.
— Me parece que es hora de que te acuestes —dijo el ama de llaves.
Luego miró al niño fijamente.
—¡Vamos, Baxter! ¿No quieres ir a dormir? El niño hizo un gesto afirmativo.
—Dile buenas noches a papá y dale un beso —añadió el ama en tono autoritario.
El niño se puso en pie y se dirigió hacia su padre, pero se detuvo ante las volutas de humo.
—Buenas noches —susurró.
—¿Qué es lo que tiene en la boca? —preguntó el padre dirigiéndose a la señora Zilke y sacando la cabeza de en medio de la nube de humo.
La señora Zilke se levantó ahora de su silla, penosamente, y poniéndose otras gafas volvió a mirar al chiquillo.
—¿Qué es lo que estás chupando? —preguntó, y tanto ella como el padre se quedaron mirando fijamente al rapaz.
Baxter los miraba como si ellos hubieran puesto una red alrededor de él. De su indiferencia hacia aquellas dos personas nacía ahora un nuevo sentimiento que cruzó por su mente infantil. Retrocedió un paso, como si quisiera incitarles a ir en pos de él.
—Baxter, querido —dijo la señora Zilke, y tanto ella como el padre lo miraron fijamente, corno si acabaran de descubrir quién era.
—¿Qué es lo que tienes en la boca, hijo mío? —preguntó el padre, y la palabra hijo sonó de un modo extraño en los oídos del niño, produciéndole la misma impresión desagradable que anteriormente le había producido el pipí del perro.
—¡Vamos! Dime lo que es, hijo —insistió el padre. La señora Zilke miraba entre tanto al niño fijamente. —Estoy mascando chicle —les dijo.
—No, no es verdad, Baxter. ¿Por qué no quieres decirnos lo que es? —dijo la señora Zilke con acento quejumbroso.
Baxter se dirigió hacia el rincón donde antes estuvo el perrito.
—El perro es malo, ¿verdad? —dijo Baxter, y de pronto se echó a reír, pensando en lo que el perro había hecho.
Entre tanto, la señora Zilke y el padre de Baxter estaban hablando en voz baja dentro de la nube de humo de tabaco.
Baxter se sentó en el suelo hablando consigo mismo y jugando con un pedazo de juguete roto. De su boca salía aún el sonido de algo vagamente metálico.
Entonces se le acercó sigilosamente la señora Zilke, con una mezcla de tristeza y bondad en su semblante, como corresponde a una buena ama.
—No puedes irte a la cama con eso en la boca, cariño.
—Es un chicle —dijo el niño.
Sus piernas enfermas no le permitían a la señora Zilke arrodillarse junto al niño, como hubiera sido su deseo. Quería hablar con él confidencialmente, íntimamente, como solía hacer la buena mujer, sentándose junto a su cama; pero ahora se veía obligada a hablarle de pie, y su respiración fatigosa se oía penosamente en la habitación. Y se limitó a decir:
—Nunca me habías dicho ninguna mentira, Baxter.
—¡Oh!, sí que te la había dicho —repuso el niño—. Sin embargo, les digo que es un chicle.
Y volvió a hacer sonar el objeto que llevaba en la boca.
—Se lo diré a tu padre —dijo el ama, como si el padre estuviera ya de nuevo en Washington.
—Es un chicle —insistió el pequeño.
—Es algo de metal —dijo el ama, mirándole enfadada.
—No es más que un chicle.
Dicho esto, el niño se puso de nuevo a jugar.
—Tendrá que hablar usted con él —dijo la señora Zilke al padre de Baxter.
El padre fue a sentarse en cuclillas al lado de su hijo, y éste se dio cuenta de un modo vago que ésta era la primera vez que su padre hacía ademán de ir a jugar con él. Miró fijamente a su padre, pero no prestó atención a las palabras que éste le dirigía.
—Si pongo el dedo dentro de tu boca, ¿me lo darás? —preguntó el padre.
—No —respondió el niño.
—Supongo que no querrás tragarte lo que tienes en la boca.
—¿Por qué no? —respondió Baxter.
—Porque te haría daño —le dijo el padre.
—Y entonces tendrías que ir al hospital —agregó la señora Zilke.
—No me importa a dónde pueda ir — repuso el niño—; lo que tengo en la boca es un juguete.
—¿Qué clase de juguete? —preguntó el padre, y de pronto, tanto él como la señora Zilke sintieron una mayor curiosidad por saber de qué se trataba.
—Es un juguete de oro —dijo riendo el chiquillo, pero sus ojos tenían un extraño brillo vidrioso.
—Hazme el favor —dijo su padre, poniendo suavemente el dedo sobre los labios del niño.
—¡No me toques! —exclamó de pronto el niño —. ¡No te quiero!
El padre se retiró despacio, como si ahora quisiera volver a su trabajo, y fue la señora Zilke quien, en vez de él, exclamó:
—¿No te da vergüenza decir eso?
—¡Es verdad! ¡No lo quiero! —repitió el muchacho, porque nunca está aquí.
—¡Baxter! —le reprendió su padre.
—Dale ahora mismo a tu papá lo que tienes en la boca; de lo contrario, te lo tragarás y te pasará algo terrible.
—¡No quiero! —contestó el niño, y arrojó contra la señora Zilke el objeto que tenía en la mano.
—Oyeme, Baxter —dijo su padre, pero con aire soñoliento, sin expresión.
—¡Calla la boca, asqueroso! —se atrevió a decir el pequeño.
Entonces el padre tomó rápidamente la barbilla y la mandíbula del niño y lo obligó a arrojar lo que tenía en la boca.
El anillo de boda cayó sobre la alfombra, y todos se quedaron mirándolo fijamente unos instantes.
Sin previa advertencia, el pequeño dio a su padre un puntapié en la ingle y echó a correr hacia la escalera.
Cuando estuvo arriba, se detuvo un momento, y repitió la palabrota con que había insultado a su padre, como si la hubiera estado guardando para él en su mente desde hacía mucho tiempo.
La señora Zilke profirió una exclamación, mezcla de vergüenza y estupor.
El padre, entre tanto, retorciéndose de dolor, procuró decir, con grandes esfuerzos:
—Ya me dirá usted dónde ha aprendido palabras como ésa.
La señora Zilke se dirigió al lugar donde estaba ahora el anillo, encima de la alfombra.
—No sé lo que le está sucediendo a la gente —dijo, colocando el anillo encima de la mesa.
Luego, casi maquinalmente, preguntó:
—¿Le duele mucho, señor?
De los ojos del padre fluían las lágrimas por el golpe recibido en parte tan sensible de su cuerpo, y durante unos instantes fue incapaz de pronunciar una palabra.
—¿Puedo hacer algo por usted, señor? —inquirió la señora Zilke.
—Creo que no, muchas gracias —respondió el joven—, muchísimas gracias.
—He dejado ahí el anillo para que no se le pierda —dijo el ama.
El padre hizo un gesto de asentimiento desde el suelo, donde aún estaba retorciéndose de dolor.

 

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