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La
vendimia de Sodoma
Por
Rachilde
"Les vendanges de Sodome",
publicado originalmente en Le Démon de l'absurde (1894)
A Maurice Maeterlinck
Al
amanecer la tierra exhalaba humo como una bodega llena de mosto infernal,
y la viña centelleaba bajo un sol naciente y ya feroz en el centro
de la meseta inmensa, un sol púrpura de cabellera abrasiva que
hacía fermentar a los racimos inmaduros cuyos frutos insólitamente
grandes tomaban reflejos de ojos desquiciados, negrísimos, salidos
de sus órbitas. Brotando del fondo de un abismo de betún
hirviente, esta viña extendía su follaje de oro y sangre,
de una exuberancia monstruosa, y sus ramas locas se curvaban como metales
preciosos en plena fusión alrededor de las uvas amontonadas en
masacotes de arcilla blanda, arcilla rubia, tierra carnal extraordinariamente
roja exhalando perfume de savia fresca mezclado con pestilentes vahos
cálidos. Similar a una bestia demasiado prolífica, que
ninguna atadura debe obstaculizar en las horas dolorosas del parto,
la viña se enroscaba en el suelo en convulsiones atroces, escupiendo
guirnaldas furiosas y tendiendo sus brazos implorantes al sol, pareciendo
sufrir y delirar a la vez de un goce culpable y paradisíaco,
mientras su pulpa recalentada la desbordaba, inundándola de un
rocío de lágrimas espesas. Sus ramas engendraban frutos
prodigiosos de un tono castaño brillante y aterciopelado, misteriosa
explosión de betún mortal con los característicos
ribetes acarbonados, matices de almíbar infernal destilado en
las violencias de un volcán. Y de algunos racimos podridos, de
sus frutos abiertos con heridas de labios escarlata, corría un
licor dulce y abominable que embriagaba a las abejas hasta matarlas.
Nada cantaba, nada se movía entre las nubes tan rojas que parecían
incendiadas y la meseta tan amarilla que parecía empolvada de
azafrán; sólo un zumbido sordo de insectos ávidos
trepidando la viña, como una caldera en ebullición. En
el medio de este bosque enramado de oro, en la prensa antiquísima
(un pilón colosal de granito con una perforación circular,
como un altar de sacrificios humanos), un lagarto fabuloso revestido
de escamas de un verde chispeante, lanzando una mirada singular de jacinto,
se extendía enigmáticamente, su vientre plateado vibrando
cada tanto de una respiración entrecortada, ebrio, él
también, hasta morir.
Poco a poco las nubes perdieron brillo, tornaron a blanco, se despojaron
de su aspecto de vapores de incendio, se deshicieron, se dispersaron
y palidecieron, tras lo cual el cielo se condensó en un único
brillo solar, tomó un barniz de hierro azulado ardiendo en silencio
y volcó enormes torrentes de calor límpido. Infinita se
extendía Judea, país cuyos desgarbados higueros no llegaban
a ondear más que ligerísimos velos de sombra sobre la
tierra reseca. Algunos de estos árboles enclenques, de hojas
como dedos peludos, se deformaban en caprichos de plantas insatisfechas
con su suerte, enlazaban inextricablemente sus ramas brillantes recubiertas
de transparentes excrecencias de goma, formando brazaletes de nácar,
y los troncos torcidos por el fuego del cielo sobre el fuego de la tierra
adquirían la sinuosidad lúbrica de los inocentes condenados.
Lejos, cerca del horizonte, detrás de un último bosquecillo
de arbustos, dominando la línea vaga del muro exterior de una
ciudad, se levantaba una torre de piedras marfiladas, de una blancura
de osamenta, una torre gigantesca que ascendía en espiral hacia
los cielos profundos y violáceos, camino que conducía
al infinito y alrededor del cual giraba un escuadrón de grandes
pájaros blancos que intentaban conquistar su cima.
De la torre lejana salieron los de Sodoma y se dirigieron a los viñedos.
Los conducía un anciano bicentenario, coloso funerario de enormísima
cabeza huesuda perdidamente bamboleante, sin cabellos, sin dientes,
envuelto en un andrajo de lino que se ajustaba como una mortaja a los
recovecos de sus miembros rígidos. Padre, jefe y patriarca, caminando
a la cabeza de su progenie, su cabeza tenía el aspecto de un
astro ovalado, resplandeciente de claridad lunar. Hacía signos
con un bastón, sin decir palabra. A su lado iban sus hijos mayores,
hombres robustos de largas barbas negras. Uno de ellos, de nombre Horeb,
llevaba cálices centelleantes que se entrechocaban melodiosamente
colgando de su cinturón de piel de león. Detrás
venía un grupo más joven, dirigido por Faleg, un gigante
casi desnudo, lampiño, de una carne compacta como mármol
veteado de rosa, con una barba de un rojo brutal. Sobre la cabeza llevaba
una pirámide de canastos de hueso llenos de pasteles de trigo.
A una distancia respetuosa caminaban con alegría los adolescentes,
vestidos de camisolas cortas y cinturones adornados de bordados extraños,
echando hacia atrás sus cabelleras abundantes y rubias como melenas
de mujer. El más bello, un niño de boca purpurina, de
pupilas violetas, color robado al misterio de los cielos, se llamaba
Sineus, y con inocencia había festoneado de flores su ajustada
pollera de piel de cordero. Cuando llegó a la viña, las
abejas, olvidando las uvas, libaron su espalda; confundiéndolo
con una lengua de miel, intentaron extraer jugos preciosos de su carne
virgen, sin hacerle daño.
Luego de cantar un himno de júbilo, los vendimiadores comenzaron
a llenar sus canastos. Los viejos recogían los pesados racimos
con un movimiento lento; los jóvenes se precipitaban voraces,
gritando. En un momento el patriarca, sentado en el borde del pilón
de granito, se irguió, extendió su bastón y todos
se acercaron a vaciar sus canastos repletos en la prensa. El viejo volvió
a sentarse, meneando la cabeza, y la tropa se alejó con los canastos
vacíos. Unos, sin querer, se salpicaban las piernas de zumo bermejo;
otros voluntariamente se embadurnaban el pecho. Sineus pisoteaba la
vendimia con alegría, condimentando el mosto con puñados
de rosas rojas salvajes.
Hacia mediodía todos estaban cansados. Se echaron a dormir, espalda
contra espalda, alrededor del padre que, siempre sobre el borde de la
prensa, en su inmóvil pose de estatua frente a todos esos machos
corpulentos, se asemejaba a la imagen soberana de la eterna muerte.
Entonces apareció, caminando con paso furtivo desde un bosque
de higueras cercano, una criatura extraña: una mujer. Esbelta
y lívida, desnuda, tan rubicunda y cubierta de fina pelusa que
parecía revestida de un lino inmaculado bordado con hilo de oro.
Su rostro, nítido y noble como la lámina centelleante
de una espada, se destacaba sobre el azul del cielo. Sus cabellos barrían
la tierra, arrastrando hojas amarillas que crujían. Sus talones
redondeados, de una redondez de durazno, tocaban apenas el suelo; caminaba
saltando como una bestia alegre. Pero los dos capullos de sus senos
eran negros, de un negro fuliginoso que estremecía. Se acercó
a Sineus, que dormía. Devoró las uvas del canasto que
él había olvidado vaciar y, ya pelados los racimos, se
acostó junto a su cuerpo, arrastrándose como una culebra.
Enseguida el niño se despertó, al sentir que dedos impuros
recorrían sus carnes; soltó un gemido lamentable y se
levantó. Y a sus gritos lastimeros respondieron los rugidos iracundos
de todos sus hermanos. El patriarca se acercó y extendió
su bastón contra la intrusa, como si hubiera visto con sus ojos
de muerto. Todos rodearon a la mujer. Era una de esas vagabundas de
amor que los sabios de Sodoma habían expulsado de la ciudad.
Con justa y formidable cólera, los hombres de Dios se habían
reunido para deshacerse de esas dementes que una sed insaciable de pasiones
malditas atormentaba del crepúsculo a la aurora. Condenándose
virilmente a una castidad perpetua para no dar lo mejor de sus fuerzas
a esos abismos de voluptuosidad que eran las hijas de Sodoma, se quedaron
sólo con las parturientas y las viejas, repudiando hasta a sus
propias esposas y hermanas. Ellas abandonaron sus guaridas y huyeron
de la ciudad, golpeadas hasta el hartazgo, con los senos sangrando y
desnudas. Fueron perseguidas como perras. Libradas al desierto, se abalanzaron
sobre Gomorra a través de las arenas ardientes. Muchas murieron
en la hoguera de la meseta. Otras vivían de lo que robaban de
los viñedos. Pero ninguna de esas malditas se arrepentía,
pues sus cuerpos, latigados por deseos insensatos, se alimentaban de
las llamas del sol y destilaban una lujuria tan ardiente como las secretas
profundidades de la tierra.
Y he aquí que una de estas perras salvajes afirmaba de nuevo
sus apetitos de hombre, atacando a un niño que le resultaba deseable.
-¿Quién eres? -le preguntó Horeb.
-¡Soy Saraí!
Sineus se cubrió la cara con el brazo.
-¿Qué quieres? -dijo Faleg.
-¡Tengo sed!
-¡Ah, tienes sed! -los hombres se consultaron con la mirada, y
el padre, enojado, elevó su bastón, y cada uno se agachó
para tomar una piedra del suelo.
La mujer, sol de piel rubia, extendió sus brazos como dos haces
de luz y exclamó, con un acento tan agudo que todos se echaron
atrás:
-¡Muéranse!
-Ahora te reconozco -dijo Horeb-; me has robado, una noche, mis más
bellos cálices de metal.
-¡Y a mí -exclamó Faleg- me has invitado a pecar
el día consagrado al Señor!
-¡Yo -gritó Sineus, con lágrimas corriéndole
por las mejillas-, yo no te conozco, y no quiero de ningún modo
conocerte!
El viejo dejó caer su bastón.
-¡Lapidémosla! -gritaron todos a la vez.
La mujer no tuvo tiempo de huir. Treinta piedras cayeron sobre ella.
En sus senos brotaron racimos rojos y su frente se coronó de
líneas de púrpura. A los saltos, retorciéndose,
revolvía sus cabellos contra las ramas que la aprisionaban. Luego
se puso en cuclillas, humillada, y arrastrándose como una serpiente
se deslizó en el pilón en el que fermentaba el mosto.
Cubriéndose con montones de uvas reventadas, permaneció
inerte, irrigando la sangre de las uvas con el vino exquisito de sus
venas. Como todavía agonizaba, los hombres descendieron al pilón
y le prensaron los pies, mientras le echaban miradas de suprema maldición
con las prodigiosas uvas negras de sus ojos desencajados.
De noche, habiendo terminado la sagrada tarea, los vendimiadores se
repartieron los postres de trigo y bebieron abundantemente. Desdeñaron
retirar el cadáver, borrachos ya, más ebrios por la matanza
que por la vendimia. Bebieron, blasfemando a la mujer, el hórrido
licor emponzoñado del amor; y esa misma noche, mientras resonaban
rugidos de bestias desconocidas a lo lejos, mientras la atmósfera
se saturaba de olor a azufre y la torre gigantesca tomaba la palidez
de un esqueleto bajo la sombría claridad de la luna, esa misma
noche, por vez primera, los de Sodoma cometieron pecado contra natura,
en los brazos de su joven hermano Sineus, cuyas espaldas dulces tenían
el sabor de la miel.
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