El submarinista

Por Lewis Robinson

 

Peter entró en el supermercado con el traje de baño chorreando. Era la primera vez que estaba en Point Allison, el extremo más occidental de una remota y atrasada zona de Maine que apenas frecuentaba nadie. No había nadie en la caja, nadie en los pasillos de la sección de alimentación, nadie en la pequeña sección de ferretería, nadie tras el mostrador donde vendían sándwiches preparados. Al fondo, no obstante, se encontraba un hombre sentado junto a la ventana con una taza de café en la mano. Llevaba el pelo cortado a cepillo y un bigote castaño.

Estaba buscando... Perdone, lo siento. Necesito que alguien me eche una mano -dijo Peter. El agua del bañador le corría por las piernas.

Se acaba de bañar -comentó el hombre.

¿Me podría ayudar? -preguntó Peter.

Está helada, ¿eh?

Bueno, es que... Mi mujer está en el barco con la pequeña y nos hemos quedado atascados. La hélice se ha enredado en el fondo.

Necesita usted un submarinista.

Eso es.

Mal día. Es domingo -dijo el hombre.

Tenía la cara larga y la mandíbula cuadrada. Peter creyó percibir algo canino en aquella expresión que traslucía franqueza y le recordaba a un spaniel.

¿No trabajan los domingos los submarinistas?

No sé de ninguno que lo haga.

¿Me podría dar el nombre de alguno? Puedo llamarlo y preguntar.

¿Y qué le va a preguntar?

De veras no sé qué hacer. Tengo al bebé y a mi mujer en el barco; ella está asustada.

En realidad, quien estaba inquieto era él; Margaret no se había preocupado. Seguramente seguiría leyendo tan tranquila.

Vaya pensando cuánto va a pagarle dijo el hombre—Échele un precio. Eso es lo único que querrá saber la persona que encuentre.

¿Precio? No tengo ni idea. ¿Veinticinco dólares? —Cincuenta como mínimo.

¿Me puede dar el nombre de alguno? —volvió a preguntar Peter.

¿Por qué ha venido nadando?

Hemos encallado ahí al lado dijo Peter.

¿No llevan una barca de remos?

Hoy mismo se nos ha soltado el cabo. Remolcábamos una, pero no nos dimos cuenta cuándo se soltó. Supongo que la hemos perdido en el canal.

¿Está seguro de que la hélice se ha atascado?

Se le ha enredado una inmensa maraña de cuerdas. La he visto. Me he sumergido.

Conozco a un submarinista.

¿Me podría dar su número de teléfono?

Tengo un número respondió el hombre. ¿Cuánto paga?

Peter sacó del bolsillo del bañador un amasijo de billetes mojados.

Bueno, aquí hay sesenta. Puede que mi mujer tenga algo más.

Eso debería bastar dijo el hombre.

¿Hay un teléfono por aquí cerca?

Lo haré yo. Yo me sumergiré.

¿Es usted submarinista?

Los domingos no.

Peter sonrió, como un modo de aceptar la situación.

¿Lo haría igualmente?

Hoy es domingo, amigo. -Bebió un sorbo de café y giró la taza entre las manos.

¿Quiere más de sesenta?

Le estaba tomando el pelo —dijo el hombre—. Lo haré por cincuenta.

Bajaron la cuesta uno al lado del otro hasta el embarcadero del pueblo. Las zarzas que flanqueaban el camino eran más altas que Peter. El día estaba tan claro que se veía a lo lejos el faro de Matinicus. Al mediodía habían pasado al lado; el faro se levantaba sobre unos escollos a más de cinco millas de la isla más cercana. Dos frailecitos habían revoloteado alrededor del mástil, y luego habían vuelto a las rocas y se habían posado suavemente en el rompiente. Hacía un calor agradable y la pequeña dormía en la cabina. Margaret mencionó su deseo de ser farera; dijo que era el trabajo más romántico del mundo. Peter le contestó que debía de ser aburrido y solitario, y que seguramente se pasaba mucho frío. «Te volverías loca. Además, hoy en día todos los faros funcionan de manera automática.» «Mira que eres entusiasta y optimista», comentó ella. Se ciñeron al viento, tensaron las velas, y cuando Peter se puso al timón Margaret se arrodilló sobre un cojín y le bajó el bañador. «Esto está mejor», dijo Peter. Pensó en Dios. Pensó en el cielo y en morir y vivir para siempre en las nubes.

Hacían un buen matrimonio. Tenían los mismos intereses y aficiones: la vela, la gastronomía, la política local y salir de acampada. Por lo general estaban de acuerdo en todo. Peter se sentía feliz y satisfecho. Margaret lucía una larga melena castaña, los ojos azules, una figura atlética y un porte elegante. El restaurante les iba bien y llenaba sus vidas. Cuando hacían el amor, a Peter le invadía una profunda sensación de intimidad. Sin embargo, había siempre una parte de él que permanecía completamente separada, bien protegida. No era premeditado. Por ejemplo, cuando Margaret se arrodilló en el puente, él bajó la vista y la fijó en su cabeza y luego en el mar, a lo lejos, y se sintió exaltado, pero solo. Luego la abrazó, y ella sonrió y lo besó. Está bien, se tranquilizó. Es fantástico.

Una luz oblicua iluminaba Point Allison y se reflejaba en los laterales de los barcos langosteros, cuyos brillantes cascos y radares apuntaban todos en la misma dirección. El barco de Peter señalaba en la dirección opuesta.

¿Cuál es su barco? -le preguntó el submarinista-. ¿Tal vez aquel yate de allí, amigo?

El mismo -respondió Peter-. Pero no es realmente un yate.

Seguro que se tomarán sus buenos cócteles en el puente.

Pues sí, claro.

¿Es usted abogado?

No.

¿Médico?

No. Tenemos un restaurante. Vivimos aquí cerca.

—¿Aquí?

En Portland.

Eso no queda muy cerca que digamos -comentó el submarinista.

Éste guardaba su equipo en un cajón en el embarcadero, oculto bajo la pasarela de madera. Se quedó en calzoncillos y se embutió en el traje de neopreno. Era un hombre corpulento; de joven podría haber jugado al fútbol americano. Olía a tabaco, a moho y a un sudor penetrante y agrio. Peter se vio tal como lo vería aquel hombre: un tipo con un bañador de color azul y amarillo chillón que había dejado que una maraña de cuerdas se enredara en la hélice del barco. El típico zopenco que se mete a navegar sin saber, un dominguero.

¿Ha estado alguna vez ahí abajo? ¿Sabe cómo es?

No, no tengo ni idea -respondió Peter.

—Imagínese la niebla más densa que haya visto en su vida. Pero marrón.

—Por la contaminación.

No. Sólo es lodo. El agua está muy limpia en esta zona. Hay langosteros, redes de arrastre, palangres, mejilloneras. -Sonrió-. Pero ya sabe lo que se dice.

Peter negó en silencio.

Las aguas limpias inspiran pensamientos sucios, y los pensamientos sucios ayudan a pasar el invierno. O algo así -dijo el hombre, y se rió dejando ver unos dientes blancos y brillantes.

¿Hay muchos peces ahí abajo? -preguntó Peter. Y apenas lo dijo le pareció que era precisamente el tipo de pregunta que haría un dominguero.

El submarinista se ajustó la capucha del traje de neopreno en la cabeza y se subió la cremallera de la chaqueta.

A montones. Aunque no es fácil distinguirlos. Se te aparecen de pronto. ¿Ha visto alguna vez un pez roca? No sabes de dónde salen. Está todo cubierto de pinchos y tiene unos ojos grandísimos y saltones y una boca enorme, así, muy carnosa. -Abrió los ojos de par en par y volvió el labio inferior. Se rió y se le tensó el cuello, que lo tenía grueso y musculoso.

Pues entonces también se verán cantidad de langostas.

¡Claro! Parecen cucarachas. Están por todos lados. Y comen todo lo que encuentran. Basura y peces muertos. También se comen a miembros de su propia especie. Como los caníbales. —Sonrió y se abrochó un cuchillo de buzo en la pernera.

¿Para qué es eso? —preguntó Peter.

Por si se te enganchan los tubos en las algas. O te ataca un tiburón. —El submarinista sacó el cuchillo de la funda, limpió la hoja y se rascó la palma de la mano con ella, como para comprobar que estaba bien afilada.

¿Un tiburón?

iVamos, hombre! —exclamó el submarinista—. Era una broma.

iAh! Vale.

Sin embargo, las que muerden por aquí son las focas.

¿Focas?

jesús, María! Se lo traga usted todo. ¿De dónde decía que era?

—Vivimos en Portland.

¿Y dónde está eso?

Peter se lo quedó mirando y luego forzó una carcajada.

—Ha estado a punto de creerse que soy tan lerdo que no sé dónde queda Portland. Pues soy bastante lerdo, pero eso sí lo sé. Puede que no sea el dueño de un restaurante de lujo, pero sé dónde está la ciudad, amigo. —Conectó los tubos a la botella de aire comprimido, la levantó hasta los hombros y se la colgó—. Páseme esas aletas, haga el favor, amigo. —Peter agarró las aletas y se las dio—. En esto es usted mi colega —le dijo—. Esté al loro de que no me quede ahí abajo.

El submarinista se lanzó al agua de espaldas y la botella golpeó con fuerza la superficie. Peter se lanzó a su vez. Odiaba nadar; era muy lento, y sólo de pensar en tener que pasar un rato en el agua -en tener que nadar bastante distancia, como en ese momento- ya se sentía sin fuerzas. Le apetecía un plato de comida caliente. El buzo se puso las manos detrás de la cabeza y se impulsó con las aletas hasta el barco, donde lo esperó flotando.

Margaret se inclinó sobre la borda para poner la escalerilla; llevaba un bañador verde y por encima una camisa sin abrochar. El vino que se había tomado le había encendido las mejillas, y el cabello le caía sobre los hombros y le ocultaba parte de la cara.

¿Está fría? preguntó con una sonrisa.

Helada —respondió Peter. Subió la escalerilla, y ella lo envolvió en una toalla del tamaño de una manta de picnic.

Venga, colega. Pero si parece caldo. Está usted hecho un flojo, amigo -dijo el buzo. Miró a Margaret y la saludó-: ¡Hola, muñeca!

Margaret contestó al saludo con una inclinación de cabeza, y él sacó el cuchillo de la funda y se lo puso entre los dientes, como un pirata.

—Grr... ! -gruñó.

Margaret enlazó a Peter por los hombros y se rió. Entonces el buzo agarró el cuchillo con el guante de neopreno.

Voy a echar un vistazo. Si no he salido en unos minutos, vaya a buscarme ahí abajo. Se puso el tubo en la boca y se sumergió. Cuatro burbujas del tamaño de un pie rompieron la lisa superficie del agua.

Menudo sinvergüenza -dijo Peter.

Parece inofensivo -comentó Margaret.

Me ha jugado una mala pasada. Me ha hecho contar el dinero que llevaba antes de decirme que podía hacerlo él.

iChsss! -le hizo callar ella-. Sólo mira qué lugar más bonito es éste.

Nunca habían subido hasta tan arriba en esa parte de la costa: los bosques de piceas tenían un intenso color morado; el sol bajo bañaba en una luz amarilla las casitas de madera. El viento estaba amainando, y el mar era de un negro intenso. Una leve brisa rizaba de cuando en cuando la brillante piel del agua.

Lo tomó del cuello y lo atrajo hacia ella, y cuando lo besó Peter sintió el gusto del vino. Margaret estrechó su cuerpo contra el suyo, y él deslizó la mano en el escote y le besó el nacimiento del pecho.

Señaló entonces con la barbilla hacia la cabina. —¿Duerme Chloe?

No ha rechistado desde que llegamos.

¿Me prometes una cosa? -le preguntó Peter.

Sí.

Prométeme que no invitarás a cenar a este tío.

¿Por qué iba a hacerlo?

Porque lo sueles hacer. Lo sabes. Te lían y lo siguiente que sé es que hay dos testigos de Jehová sentados en el cuarto de estar.

¡Oh, venga, Peter! -exclamó Margaret-. Eran muy monos. Estábamos en febrero, y llevaban todo el día andando.

Prométemelo.

Y eran mormones, no testigos de Jehová.

Le apetecía estar con ella a solas el mayor tiempo posible; quería acabar con aquella sensación de soledad y llevaba bastante tiempo pensando en aquella excursión en barco. Sabía que sería bueno para los dos.

Miró a un lado.

¿Cuánto tiempo lleva ahí abajo? -preguntó. Avanzó hasta la barandilla, un simple cable forrado de goma, y miró abajo. No había burbujas. Dio unos pasos hacia estribor, y por ese lado el agua también estaba completamente lisa-. Maldita sea -murmuró. Se quitó la toalla y se lanzó al agua.

El frío le tensó la piel y le costaba contener la respiración. Le escocieron los ojos al abrirlos bajo el agua. Había una especie de bruma y un silencio absoluto. La maraña de cuerdas del tamaño de un balón de baloncesto que había visto antes enganchada en el eje había desaparecido: se distinguía perfectamente la hélice plateada, pero no se veía al submarinista por ningún lado. Al mirar abajo vio que unos rayos de sol atravesaban los zarcillos de las algas, difusas en la oscuridad del fondo. Subió a tomar aire, se sumergió de nuevo y bajó a más profundidad, dando patadas y empujando el agua con las manos, y destaponándose los oídos. Aumentó la oscuridad, y al mover el lodo del fondo se nubló todo; creyó ver las antenas de una langosta y tal vez unas pinzas. Entonces el lodo lo cegó. Infló los mofletes y salió a la superficie. Margaret estaba inclinada sobre la borda. Peter tosió.

No lo he visto.

Subió por la escalerilla, temblando, y miró hacia los barcos langosteros y luego hacia el bosque. El buzo estaba de pie en la orilla, como un hombre en la luna. Les hizo una seña, trazando lentamente un arco con el brazo por encima de la cabeza.

¡Eh! -gritó-. Debe de gustarle el agua, amigo. Ja, ja, ja.

¡Por Dios! musitó Peter.

¡Oh! ¡Míralo! -exclamó Margaret-. Si estaba ahí...

Enciendan el fuego -gritó de nuevo el buzo-. Les voy a llevar unos mejillones. Se los estaba metiendo en los bolsillos del chaleco inflable.

Peter se llevó un dedo a los labios.

iChsss! -siseó-. La niña se ha dormido. No podemos cocinar ahora.

Me parece que no te oye -dijo Margaret.

¿Cómo? chilló el buzo.

Chloe empezó a llorar. Margaret entró en la cabina. El submarinista se aproximó lentamente al barco, dejando una suave estela en el agua. Cuando estuvo al lado alzó la cabeza.

Le ha mordido una foca, amigo? -Se agarró a la escalerilla.

Se suponía que yo tenía que bajar a buscarlo si usted no había salido pasados unos minutos -dijo Peter.

Debería darse cuenta de cuándo estoy de broma, amigo.

¿Cuánto le debo? preguntó Peter.

iAh!, no se preocupe por eso. Me estoy divirtiendo -contestó el hombre-. Dejémoslo en la mitad del precio convenido. ¿Quiere ayudarme con la botella, amigo?

¿No va siendo hora de que vuelva a casa? Ya casi se ha hecho de noche.

Amigo, me conozco esta ensenada como el culo de mi mujer. Sé encontrar el camino a oscuras. Levantó las cejas.

Peter forzó una sonrisa. Esa tarde, cuando hubieron dejado atrás el faro, en el silencio absoluto del océano, se había pasado horas sin pensar en nada; había olvidado todas las preocupaciones del restaurante, todo, absolutamente todo. Sólo paz. Margaret dormía a su lado, hecha un ovillo. El cielo y el viento eran perfectos. El único ruido que se oía era el del tajamar del barco surcando las olas. Se sintió vivo y con un lugar en el mundo. Y resultaba que ahora se veía teniendo que aguantar a este gilipollas de Point Allison. Lo único que quería era quitárselo de encima.

—¿Qué le ha parecido ésa, Peter? ¿Está pensando en el culo de mi mujer?

Peter le respondió:

—Francamente, prefiero pensar en el de la mía.

—Yo también -dijo el buzo.

—¿Perdone?

—Que estoy pensando en el culo de su mujer -contestó-. Redondo como la luna. -Levantó las cejas y se soltó las correas que le sujetaban la botella de aire a la espalda-. Sólo bromeaba, amigo. ¡Madre mía, de verdad que es usted un pardillo! Vamos, écheme una mano con la botella.

Peter miró al submarinista, que se había subido las gafas a la frente. Tenía unos ojos grandes, de color castaño, y el bigote le chorreaba. Las aletas flotaban a su lado. Sin dejar de sonreír, levantó la botella hacia Peter. Se miraron.

—Tal vez debería volverse ya -repitió Peter.

El buzo dejó de sonreír.

—Les doy los mejillones. Y luego me paga.

Gracias. Creo que tenemos comida suficiente —dijo Peter.

No me malinterprete -susurró el submarinista—. Lo del culo se lo digo totalmente en serio. Es fantástico. Debería creerme, mataría por un culo así. Es usted un hombre con suerte.

Peter se inclinó para agarrar la botella. La tomó por la boquilla y la levantó hasta la borda. Se sintió mejor, le pareció que controlaba la situación. La botella pesaba menos de lo que había pensado, pero aun así pesaba lo suyo, casi diez kilos. Se le pasó por la cabeza —como una necesidad urgente y momentánea— la idea de castigar a aquel hombre. Éste miró hacia arriba y puso un pie en la escalerilla. Entonces Peter dejó resbalar la botella por encima de su cabeza. Apenas cayó desde una altura de treinta centímetros y, aunque no le dio de pleno, supo que le había hecho daño; le había rebotado en la sien, que llevaba cubierta con la capucha de neopreno. El hombre se soltó de la escalerilla y se hundió; su cuerpo emergió un instante después y quedó flotando, inerte, en la superficie. Tenía la cara sumergida, y por debajo de las gafas de buceo salían unas burbujitas.

Peter observó la coronilla del submarinista. Dejó la botella en la cubierta y se lanzó al agua. Lo agarró por detrás y, sujetándose con una mano a la escalerilla, le sacó la cara del agua.

Chloe había dejado de llorar y la ensenada estaba en completo silencio. Le pitaban los oídos. Miró a su alrededor, a los barcos langosteros, a las casas de madera, grises en la media luz del anochecer, y vio una gaviota de lomo negro posada en una baliza verde de señalización situada en el centro de la pequeña bahía. De dos aletazos, el pájaro se elevó y voló hasta el malecón. Chilló dos veces -¡cuac, cuac!- y luego volvió a reinar un absoluto silencio, salvo por la pesada respiración de Peter al avanzar por el agua con el cuerpo desmadejado del buzo en sus brazos. Tenía la cabeza caída y la boca abierta. Peter se preguntó si estaría muerto.

Peter enganchó una de las correas del traje de neopreno a un lado de la escalerilla y subió al barco. Tumbado boca abajo en la cubierta, agarró al hombre por debajo de los brazos y tiró de él. Ya tenía la cabeza a la altura de la borda cuando Margaret salió de la cabina; se había puesto unos vaqueros y un jersey.

Vaciló un instante en las escaleras.

¿Peter?

Agárralo por detrás y tira, ¿quieres?

¿Le ha pasado algo? -Se ha desmayado.

¿Qué ha ocurrido?

Se ha dado en la cabeza con la botella de aire comprimido.

¡Ay!

—Pues sí, ¡ay! Ha perdido el conocimiento.

Peter lo tumbó en el banco del puente, se arrodilló y le quitó la capucha del traje. Acercó la mano a la nariz del buzo y sintió el calor de su respiración. Esto lo tranquilizó bastante, pero también lo asustó. Le dio un ligero cachete en la mejilla. Le subió un párpado, y el ojo parecía negro y vacío. Entonces Peter lo agarró y lo zarandeó.

Despierta, despierta dijo.

Deberíamos tumbarlo de lado por si empieza a vomitar aconsejó Margaret. Peter le dio la vuelta.

Despierta —repitió mientras le subía los párpados con los pulgares. Sólo vio el blanco de los ojos. Peter soltó los párpados, y los ojos se cerraron.

—¿Qué significa esto? —preguntó Peter.

No lo sé reconoció Margaret.

Pellízqueme dijo el submarinista.

Peter se sobresaltó y al echarse atrás tropezó con su mujer.

Pellízqueme a ver si eso funciona. Pellízqueme en la nariz —repitió el buzo, y se echó a reír—. Tíreme del dedo -continuó. Seguía con los ojos cerrados, pero levantó el índice hacia Peter.

¡Dios! exclamó Peter. ¿Se encuentra bien?

Fantástico -contestó el buzo—. Me dio un golpecito, pero quería volver a verlo en el agua, Peter. ¡Ja! Se ha llevado un buen susto, ¿eh?

Peter respiró aliviado. Buscó los brazos de Margaret y la enlazó por el pecho.

¡Dios! ¡Uf!

¿Ha puesto el agua a calentar? preguntó el buzo.

Voy a ver si hierve —dijo Margaret—. ¿Le traigo hielo?

¿Para la cabeza? No —respondió el hombre—Pero no me importaría echárselo a un poco de ron. Ron con hielo, la bebida de los almirantes. ¿Tienen ron?

¿Está seguro de que le sentará bien después de haberse dado un golpe en la cabeza? —preguntó Margaret.

—Es la bebida perfecta.

Se lo prepararé. Margaret se dirigió a la cabina.

Peter —le llamó el hombre—, venga a sentarse a mi lado, amigo. Tengo que hablarle de algo.

Peter tenía un nudo en la garganta y las piernas congeladas. Se envolvió en la toalla y se acercó al submarinista. Margaret le gritó desde abajo:

¿Quiere que le suba ropa seca?

¡Oh! ¡Estupendo! le gritó a su vez el submarinista. Margaret asomó la cabeza. ¿Se puede poner tu chándal, Peter?

Sí, claro.

Margaret volvió abajo.

El submarinista le pasó el brazo por los hombros a Peter.

Amigo le susurró, ¿le ha dicho a su mujer que la botella me ha golpeado en la cabeza? Eso es.

¿Qué me he dado con ella?

Debió de resbalárseme dijo Peter. Lo siento. Lo siente? preguntó el buzo sonriendo. Atrajo a Peter hacia sí. Ha intentado matarme, amigo.

No. La botella pesa mucho y se me ha escapado.

Ha intentado machacarme los sesos —le susurró el buzo—. Estaba enojado, amigo. —Volvió a sonreír.

Margaret apareció en el puente con una bandeja con tres vasos y un trozo de queso blanco sobre unas galletas saladas. Llevaba el chándal y una toalla bajo el brazo.

Menos mal que no le ha pasado nada —le dijo Margaret al hombre.

Es usted una joya —comentó él tomando su vaso—Tengo algo que decirles.

Margaret cogió su vaso. Peter estaba exhausto. Apenas podía levantarlo. La noche se había echado a perder; la sonrisa del buzo —semejante a la de un perro— no presagiaba nada bueno.

Por la belleza de la verdad y la verdad de la belleza —brindó el buzo al tiempo que le guiñaba un ojo a Margaret. Ella se rió y miró a Peter. Entrechocaron los vasos—. Bienvenidos a Point Allison —siguió el buzo, bebió la mitad del ron y dejó que la bebida se le asentara en el cuerpo.

Se desabrochó el cuchillo, lo puso al lado del vaso y acto seguido se bajó la cremallera del traje de neopreno. Se lo empezó a quitar todavía sentado, y cuando se hubo descubierto los hombros se levantó y se lo bajó hasta los tobillos. El grueso neopreno chirrió al sacárselo por los pies. Su olor era menos agrio, más salado. El sol acababa de hundirse detrás de las islas y, a media luz, la piel del hombre tenía un color rojo oscuro y despedía una nubecita de vapor.

Tíreme esa toalla, muñeca.

El buzo alargó el brazo hacia Margaret, sin dejar de sonreír y sin preocuparle el hecho de que se había quedado en paños menores. Se volvió de espaldas a ellos, se bajó los calzoncillos, se secó y se puso los pantalones del chándal verde de Peter. Se subió la cremallera de la sudadera hasta la barbilla. Le quedaba muy ceñido, lo que acentuaba su anchura de hombros.

¡Ah! —suspiró—. Fantástico. Qué gusto. ¡Si me vieran ahora esos patanes! —Tomó el vaso y terminó la bebida de un trago.

Peter, ¿te importaría poner los mejillones en el fuego? -dijo Margaret-. Y de paso échale un vistazo a Chloe. -Se recostó en un cojín y subió los pies al banco.

Tengo demasiado frío para moverme -contestó Peter.

Pues vístete. Mira que eres tonto... —le regañó ella. Peter miró al hombre rana, que asintió con un gesto a lo que decía Margaret.

No se preocupe por nosotros —intervino luego—. Déjese de cumplidos.

De verdad, estoy... Me encuentro fatal. Déjame que me quede un momento quieto, ¿vale?

Lo haré yo —respondió Margaret—. Serás vago... —Lo dijo en tono de broma, pero él se dio cuenta de que estaba molesta. Margaret sacó los mejillones de los bolsillos del traje de neopreno del buzo.

Y cuando se fue éste volvió a pasarle el brazo por los hombros a Peter.

Es un mentiroso. Deberían encerrarlo.

Esto es absurdo -susurró Peter-. ¿De qué me está hablando?

Su preciosa mujer no le conoce de verdad, ¿a que no?

No merecía la pena contestarle; aquel hombre no sabía nada de él. Nada. Peter amaba a su mujer y ella lo amaba a él. De eso no cabía la menor duda. Lo único que quería era estar a solas con ella. Había dejado caer la botella por error; tal vez también porque estaba enfadado. No pensaba dejar que aquel tipo lo acosara como si fuera un matón. ¿Qué pruebas tenía? Debía echarlo del barco cuanto antes, y todo volvería a la normalidad. Mañana seguirían navegando a pleno sol.

Margaret se asomó subida a la escalerilla de la cabina y le tiró unos vaqueros y un jersey. Luego volvió a la cocina.

¡Gracias, cariño! —le gritó. Se enrolló la toalla en la cintura y se cambió.

No debe de estar acostumbrado a la hospitalidad dijo el submarinista. Sacó el cuchillo de la funda y lo manipuló con cuidado, rodando el mango entre las palmas de las manos. En la hoja se reflejó la luz naranja del pantoque de un barco langostero próximo. Me echo al agua en domingo. Le traigo unos mejillones. Ésta es la hospitalidad de Point Allison. Y viene usted y me habla como un auténtico hijo de puta.

No le he pedido nada -susurró Peter.

Claro que lo ha hecho -repuso el hombre-. Y además, amigo mío, la hospitalidad es algo que no se pide.

Le ruego que deje de llamarme «amigo» —comentó Peter.

Amigo, no olvide que he vuelto de entre los muertos. Aquí mando yo. -Se rascó el dorso de la mano con el cuchillo para quitarse la sal-. Le voy a preguntar algo: ¿se cree mejor que yo?

No dijo Peter.

Pero quiere decir sí, ¿me equivoco?

Quiero decir no -insistió Peter.

Hagamos un trato terció el buzo volviendo a guardar el cuchillo en su funda. Usted se queda aquí y se convierte en el submarinista del pueblo. Y yo me voy en su barco a Portland, me ocupo del restaurante y me quedo con su mujer.

Peter se echó a reír.

No hay trato que valga.

¿De qué se ríe? —preguntó el buzo—. A mí me parece que es un buen trato. A usted le gusta esto. Sería un buen sitio para una persona como usted.

Ni en broma.

Conozco a los tipos como usted. Le gustan las cosas sencillas. Puede guardar las distancias, y nadie tiene por qué enterarse de que es usted un mentiroso.

No sabría qué hacer en mi restaurante, colega. Ni con mi mujer.

No me faltan ideas, amigo —contestó el submarinista. Margaret volvió al puente con una fuente de mejillones humeantes. Había puesto unas velas en el centro.

Aquí están dijo.

Estupendo -comentó el buzo.

¿Qué tal aquí arriba? -preguntó ella.

Fíjese, Margaret -le explicó él sonriendo y dándole a Peter unos golpecitos en la espalda—, su marido y yo nos hemos entendido enseguida. Es raro. Como si fuéramos hermanos o algo por el estilo. Da gusto.

Margaret dijo entonces:

Me alegro. Y miró a Peter. ¿Estás bien, cariño?

Sí.

Comieron los mejillones en silencio. Peter iba más lento; no tenía hambre, pero no quería llamar la atención. Los mejillones resbalaban por su garganta casi enteros. El buzo se anudó una servilleta al cuello de la sudadera del chándal.

Son excelentes —dijo limpiándose las comisuras de los labios con la servilleta.

Son una de las especialidades de nuestro restaurante. ¿Le ha contado Peter que tenemos un restaurante?

Claro respondió el hombre.

¡Oh! ¿Qué tiene en la cabeza? —Se acercó a él—. Déjeme ver.

El buzo sonrió y bajó la cabeza, la barbilla tocándole el pecho. Tenía un chichón del tamaño de una pelota de ping-pong muy cerca de la sien.

Deberían verle eso —dijo Margaret—. Y comprobarle las  pupilas.

Pero si acabamos de empezar... —contestó el buzo, y se chupó los dedos.

Ya que hemos solucionado lo de la hélice, podemos acercarlo al muelle —intervino Peter.

¿Me pone un poco más de ese ron, muñeca? -preguntó el buzo.

Cuando Peter encendió el motor, sabía que iba a parecer brusco Margaret lo miró inquieta—, pero ahora estaba dispuesto a hacerse cargo de la situación. Todavía no había salido la luna, así que no era fácil distinguir el agua en la oscuridad, pero a lo lejos brillaba una luz amarilla. Chloe volvía a llorar, asustada por el ruido del motor. Margaret la subió al puente en el momento en que Peter levaba el anda.

¡Qué niña más bonita! -exclamó el buzo-. Tiene sus ojos, Peter.

Peter miró a Chloe sin soltar el timón, pero estaba demasiado oscuro para distinguirla.

Los tiene más claros que yo; se parecen más a los de Margaret —comentó—. ¿Vamos en la buena dirección?

Diríjase a aquella luz —respondió el buzo—. Es el muelle.

¿Quiere tenerla en brazos? preguntó Margaret.

Me encantaría —contestó el buzo.

No creo que sea buena idea que os la andéis pasando ahora —les dijo Peter.

Margaret acunó a Chloe al tiempo que le canturreaba una canción. Se acercaron al muelle a la mínima velocidad. Peter puso el motor en punto muerto, y este zumbido se unió al chapoteo de una válvula de escape que expulsaba agua por la popa. Peter saltó al muelle y amarró.

El submarinista extendió los brazos hacia Margaret y Chloe.

A ver qué preciosa es esta pequeñita...

Se ha quedado tranquila. No la alborotes —-dijo Peter. Su mirada se encontró con la del buzo.

¡Oh! No se preocupe; tengo mucha mano con los niños. Sólo la cojo en brazos un instante y me voy.

Peter observó cómo Margaret le pasaba la pequeña al hombre y cómo éste la acurrucaba contra su pecho, susurrándole una canción igual que había hecho Margaret. Era lo único que se oía en todo Point Allison.

¡Qué monada! —comentó devolviéndole suavemente la niña a Margaret, que enseguida se la llevó abajo.

El buzo descargó su equipo, saltó al muelle y se bajó la cremallera del chándal. Cuando empezaba a quitárselo Peter le dijo:

Quédeselo. Y aquí tiene su dinero. —Sacó un billete de diez y dos de veinte de la cartera, los dobló por la mitad y se los ofreció.

Invita la casa —dijo el hombre.

No. Insisto.

El buzo se agachó, y al levantarse tenía el cuchillo en la mano, sin funda.

Tómelo de recuerdo. —Se lo ofreció por el mango. No se movió, a la espera de que Peter lo agarrara—Venga, hombre, así tendrá un recuerdo mío —continuó—Yo también recordaré los buenos tiempos cuando me ponga este chándal. —Siguió alargándole el cuchillo con un rostro inexpresivo.

Deberíamos irnos ya apremió Peter.

Es un regalo. Le estoy haciendo un regalo —dijo el hombre—. Acéptelo.

No, gracias —negó Peter, pero se dio cuenta de que la mejor manera de acabar con aquello cuanto antes era aceptar el cuchillo.

Cuando agarró el mango, el submarinista soltó la hoja suavemente, y Peter lo puso en el banco, a su lado.

Nos veremos, amigo -comentó el hombre con una sonrisa. Margaret volvió al puente para despedirse.

Gracias por los mejillones —dijo—. Estaban fantásticos.

Como usted —continuó—. A propósito. Hay algo que debe saber sobre su esposo.

¿Qué?

Peter soltó amarras; en unos minutos estarían solos alejándose de Point Allison en la tranquilidad de la noche. —Es un tipo de primera. Ha tenido suerte de conocerle.

Sin duda afirmó Margaret.

El buzo se quedó en el muelle, diciéndoles adiós con la mano, mientras ellos se alejaban.

Peter llevaba el timón, con Margaret a su lado, pegada a él. A la luz de una linterna, ella consultó el mapa y comprobó que seguían el canal y tenían suficiente calado. Una hora después salió la luna, y se distinguieron las formas de las olas.

Cuando Chloe empezó a llorar de nuevo Margaret bajó a la cabina.

Peter no cabía en sí de gozo. Era como si hubiera vuelto a nacer. Vio el cuchillo en el banco, a su lado, y lo lanzó por la borda. Lo vio caer al agua, iluminado por la luna, y se lo imaginó descendiendo en espiral hasta el fondo del océano.

 

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