Casete

Por Norberto Soares
"Gente que baila", 2013
Fondo de Cultura Económica

Ring. Tack. Hola. ¿Quién será el primero? No importa. Este es un mensaje para todos. Para los que no me conocen, habla la licenciada Mora Madanes. Para los de siempre, soy Mora. A todos, les comunico que este es el mes de mis vacaciones.
Pero no quiero dejarlos tanto tiempo sin mi palabra. Por eso imaginé un casete especial. Es este y tiene un mes de duración. Pueden hablar todas las veces que quieran y dejar registrados sus nombres y todo lo que se les ocurra, como si estuvieran en una sesión. Va a ser fantástico escucharlo a la vuelta y darles mis interpretaciones. Comiencen a hablar después del próximo sonido. Los adoro. Hasta la vuelta... Pick.
Ring. Tack. Mora. Habla Dito Bujevich. Estoy desesperado. Después de la última sesión decidí seguir tu consejo y decirle a Dita qué me pasaba con ella. Preparé una cena estupenda yo mismo, una chernia al roquefort, un par de botellas de Calvet Brut helado, una mesa iluminada solo por un par de velas y, tenue, muy tenue, en el equipo, el quinteto para cuerdas de Brahms. Pasó la cena, comimos lentamente, mirándonos como si recién nos conociéramos, hablando de nuestra felicidad de diez años de matrimonio. Al terminar de comer, prendí un cigarrillo, tomé la mano de Dita y le dije que quería confesarle algo muy íntimo, delicado y muy secreto. Ella me miró con curiosidad y preguntó qué era.
—Dita —le dije—, yo me masturbo.
—Dito            me dijo en voz baja—, todo el mundo se masturba. No es ninguna novedad.
—Pero yo me masturbo pensando en vos, Dita —le dije rápido, mirándola con ansiedad, esperando su abrazo ante un acto de amor semejante, su beso largo y húmedo.
No pasó nada de lo que yo esperaba, Mora. Mejor dicho, pasó todo lo contrario. Lo más inesperado. Dita me miró con desprecio, se paró y me dijo:
—Siempre supe que había otra mujer.
Y se fue, Mora. A la casa de su madre. Hace días que la llamo hora tras hora pero se niega a atenderme. Recién me comunicó a través de su madre que quiere el divorcio y que su abogado ya está por iniciar los trámites. Mora: estoy destrozado. Decime qué hago. Necesito una sesión urgente.

Ring. Tack. Mora. Mora. ¿Por qué no estás allí? Habla Clara Ditter. ¡Oy veis mier! Necesito tanto que estés allí. Pasó. Sí, pasó. Es terrible. Terrible y maravilloso. ¿Y sabés qué es lo que pienso, Mora? Que treinta y cinco años de diferencia entre él y yo no tienen ninguna importancia. Y el hecho de que sea mi nieto, mucho menos. ¿Te acordás de mis últimas sesiones? ¿Mis fantasías? Soy la abuela, claro, pero no soy una viejita decrépita. Tengo cincuenta y cinco años, Mora. Solo cincuenta y cinco. Él tiene diecisiete. Te conté cómo era. Alto, musculoso, siempre tostado, loco por las motos. Mora: estoy llena de vida. ¿Sabés lo que es estar casada con un hombre veinte años mayor que yo, con el que no pasa nada desde hace mil años y con el que ja-más, jamás, tuve un orgasmo? Este chico me tenía enloquecida. Mora. Te lo dije en las últimas sesiones. No es como mis otros nietos. No me trata como ellos, abuelita, abuelita. Pendejitos de mierda. Como si fuera una momia. Mora: tengo cincuenta y cinco años y unas ganas tremendas. Estoy totalmente descontrolada. ¡Oy veis mier! ¿Por qué no estás acá? Necesito que me contengas. La cosa fue sorpresiva. Yo ni me lo esperaba. Pasó ayer. Yo estaba sola en mi casa, por la tarde, vestida con un camisón blanco, con bombacha y corpiño. De pronto, tocaron el timbre y era él, mi nieto. ¡Ay! Alguien está abriendo la puerta. Esperá. Debe ser él, mi marido. A ver. Sí. Es él. Cuelgo y mañana te sigo contando.

Ring. Tack. Mora. Soy Josi. Extraño muchísimo tus sesiones pero sigo tu consejo. Tejo. Tejo mucho. Me paso el día tejiendo. Mis tapices de macramé están saliendo lindísimos. Voy a hacer una exposición. Te llamaba para decirte eso y otra cosa. Me preocupa mi mujer, Mora. Tiene actitudes muy raras. Ahora se afeita la cara con navaja. Vos sabés que es muy peluda. Eso fue lo que me gustó de ella. Pero antes se depilaba de otra manera, con una cera negra que le arrancaba los pelos de todas partes. Me gustaba mucho que lo hiciera delante de mí. Pero ahora se afeita con navaja. Ella dice que eso la tranquiliza. A mí me inquieta. Además, se pasa largo rato, antes de afeitarse, acariciando con el pulgar el filo de la navaja y mirando cómo tejo mis tapices. ¿Qué opinás? Espero que estés para la exposición. Yo sigo tu consejo. Tejo y tejo.

Ring. Tack. ¿Quién mató al último gorila de montaña del centro de Karisoke, doctora? Salió en todos los diarios. ¿Lo leyó? Estoy pensando con mi pelo recién ensortijado. Apenas leí la noticia me ricé. Quedé como Shirley Temple. Después salí a caminar por Santa Fe rumbo al Bajo, cargando a la izquierda. ¿El alveolo crece solo? Me inquieta esta tendencia mía a las rimas, doctora. Porque el hombre que rima no sabe adónde termina.

Ring. Tack. Habla Fredi, Mora. El gemelo. Ayer fue nuestro cumpleaños. Mi cumpleaños. Decidimos, con él, festejarlos en casas distintas esta vez. Fue peor. Los mismos amigos se desplazaban de una casa a otra y contaban en una lo que había pasado en la otra. Así toda la noche. ¿Cómo zafo, Mora? Hoy estuve con mamá. Me va a volver loco. Sigue hablando en plural, no puede cambiar. Treinta años escuchándola hablar en plural. Hoy fui, solo, a su departa-mento. Me dio un beso y me preguntó:
—¿Cómo están?
—Mamá —le dije—. Soy yo. Yo solo. Preguntá ¿cómo estás?, ¿cómo estás?
Bien —me dijo—. ¿Y ustedes?
Mamá —le dije, harto, zamarreándola y a los gritos—, ¿cómo puede ser que en treinta años no hayas aprendido a diferenciarnos?
Entonces, se puso a llorar, caminando alrededor de la mesa y estrujando un pañuelo de seda hasta hacerlo pedazos. Por fin habló, hipando y llorando compulsivamente.
—Tu padre —dijo—. El hijo de puta de tu padre tuvo la culpa. Él y la mierda de su madre. Yo quería diferenciarlos des-de que eran bebés, vistiéndolos distintos, haciéndolos dormir en cunas diferentes. Pero tu padre y su madre dijeron que no. Yo, como una idiota, acepté. Pero hice una trampita, les ataba en la cintura cintas de diferentes colores que indicaban quién era quién, quién había comido y quién no. Pero el hijo de puta de tu padre llegaba a la madrugada, mientras yo dormía rendida, después de un día agotador, y les cambiaba las cintitas y también los cambiaba de cuna. Entonces, yo despertaba al que estaba dormido y no quería comer porque estaba lleno y se ponía a berrear porque lo despertaba, mientras le pegaba al que tenía hambre y lloraba a los gritos, pensando que ya había comido. Era desesperante. A vos te llamaba Sami en lugar de Fredi, y a Sami, Fredi, en lugar de Sami.
—Mamá —le dije alarmado—, soy Fredi. Me miró deshecha en lágrimas y dijo: —¿Cómo saberlo?

Ring. Tack. Mora. Clara Ditter de nuevo. Estoy tan excitada, tengo que terminar de contarte. Te dije que esa tarde estaba sola en mi casa, vestida con un camisón blanco, con bombacha y corpiño. Entonces se abrió la puerta y entró él, mi nieto.
Hola, abuelita —me dijo.
Hola —le dije, poniéndome colorada como una adolescente—. Esperá que voy a vestirme.
No, abuelita —me dijo él, agarrándome de un brazo—. Quedate así. Hace mucho calor.
Nos sentamos a tomar el té y entre sorbo y sorbo empezamos el juego al que jugamos desde que él era chiquito, desde que le conté la historia de Caperucita Roja. No sé por qué le causó siempre tanta gracia el diálogo de Caperucita con el lobo disfrazado de abuela. Pero siempre que estamos juntos, en algún momento, él empieza el juego, como hizo esta vez, diciendo con voz infantil:
—¡Qué orejas grandes que tienes, abuelita!
Para escucharte mejor —dije yo.
Él siguió:
—¡Qué ojos grandes que tienes, abuelita!
Para mirarte mejor.
¡Qué boca grande que tienes, abuelita!
—Para besarte mejor.
¡Qué par de tetas que tienes, abuelita! —dijo imprevistamente y me las empezó a acariciar. ¡Ay! Disculpame otra vez, Mora. Ahí entra mi marido. No sé por qué empezó a venir temprano desde hace unos días. Te vuelvo a hablar, porque la cosa no terminó ahí. Eso es lo increíble. Llamo mañana. Chau.

Ring. Tack. Habla Carla, amorosa. Súper. Eso que me pasaste es súper. Te adoro. Entiendo todo, todo, todo. ¿Entendés? Cuando deje de dar vueltas por los anillos de Saturno vuelvo a llamarte.
Ring. Tack. Diosa. Richi Novoa. ¿Cómo me abandonaste? Estoy a punto de volverme loco, totalmente dado vuelta. Aterrado. Hace dos días que volví de la Gran Manzana. Divina. Llegué espléndido pero en dos segundos me metieron en un quilombo infernal. Es terrible. Escuchá.
Ayer al mediodía estaba parado en un refugio, en mitad de la calle, frente a los edificios de Catalinas Norte. Yo andaba medio mambeado. Era un día de calor pegajoso y me cegaban los rayos del sol rebotando sobre los vidrios marrones de los edificios. De golpe, veo que cruza corriendo hacia el refugio un tipo grandote, vestido todo de blanco, con un sombrero Stetson también blanco y un monito tití trepado en su hombro derecho. El tipo esquivó, como pudo, los coches que pasaban a toda máquina, y cuando estaba a dos pasos del refugio tropezó con algo y se me vino encima. Cuando lo agarré, vi que tenía la cara deshecha, era un cacho de carne sin forma de la cual salía sangre a chorros. Me hizo mierda un enterito Calvin Klein precioso que compré en New York. No pude soportar el peso del tipo ni mi terror y me caí al suelo con el tipo encima de mí. Empecé a gritar. Al rato, cayeron tres patrulleros. El capo era un morocho bajito, de bigotes finitos, bastante repelente. El asunto es que revisaron al tipo y no encontraron nada que pudiera identificarlo, ni siquiera una puta etiqueta en la ropa o el sombrero. El cana me preguntó si lo conocía. Le dije que no, que se me había venido encima de repente, que no sabía qué había pasado y que estaba muy nervioso. Sin alterarse y señalando con un dedo las torres idénticas y marrones de Catalinas Norte, me dijo que le habían pegado un balazo desde alguna de las ventanas. Y después dijo para sí mismo:
—¿Quién carajo será?
No hay nada que pueda identificarlo, ¿no? —pregunté, temblando todavía.
—Por ahora no —dijo el cana sonriendo—, salvo el monito.
Pero los monitos no hablan —dije, para relajarme un poco.
El cana me miró, volvió a sonreír y dijo:
Por ahora. Hasta hace poco, hacíamos hablar hasta a las piedras.
Después me llevaron a la comisaría, me hicieron algunas preguntas, me ordenaron que no saliera del país y me dejaron ir. Antes, el comisario agarró al tití y pidió que me lo llevara. ¿Te imaginás, diosa? Yo por la calle con todo mi enterito manchado de sangre y un monito tití a upa. Terrible. Ahora acabo de tomarme un par de lexos y me voy a dormir. Cuando me despierte te llamo.

Ring. Tack. ¿Doctora Madanes? Habla Herman Ditter. El marido de Clara Ditter. Estoy preocupado por Clara. Desde hace algunos días está rara, es una mujer distinta. Ayer, por ejemplo, llegué a casa y me la encontré sentada en un sillón, vestida solo con unos shorts que usa para la playa y una blusa suelta y transparente, escuchando música en un walk-man. A su lado había unos patines, de esos con rueditas. Tuve que saludarla varias veces y ponerme delante de ella para que me viera. Como me vio gesticular, se sacó los auriculares y preguntó, molesta: ¿qué te pasa? ¿De quién son esas cosas?, le pregunté. ¿A quién se las vas a regalar? A nadie, me dijo, mientras volvía a ponerse los auriculares, son mías. Soy un hombre muy ocupado, doctora, tal vez un poco ignorante por culpa de mis negocios, pero solo quiero hacerle una pregunta: eso que le pasa, ¿es bueno o malo para su tratamiento?

Ring. Tack. Nena. Silvina. Cumplí los treinta y siete y ahora sé que todo depende de la luz. Soy fea si la luz viene de atrás, iluminando indirectamente mi cara y reflejándose al mismo tiempo contra la luna del espejo que desdibuja hasta extremos intolerables esa fealdad, volviéndola más horrible.
Pero soy linda si la luz viene transversal, iluminando mi cara contra el espejo en un vaivén de luz y sombra que marca con trazos lineales mis rasgos desiguales. Así va a comenzar mi próxima novela. Te veo.

Ring. Tack. Mora. Clara Ditter de nuevo. Te sigo contando. Yo me quedé sorprendida cuando empezó a acariciarme la teta pero dejé que hiciera lo que quisiera. ¡Y lo hizo! Me tiró sobre la alfombra, casi me desnuca, me arrancó el camisón, la bombacha y el corpiño y le dio con todo. ¡Oy veis mier! Mora. Hacía siglos que no me pasaba. Acabé mil veces. Y cuando la cosa terminó, pensé que se iba a ir avergonzado para no verme nunca más. Pero estaba totalmente equivocada, porque mirándome tiernamente a los ojos y tomándome de las manos, me dijo:
Después de esto, ya no puedo vivir sin vos, abuelita. Vámonos juntos.
—¿Adónde? —le pregunté, más sorprendida.
A cualquier parte —me dijo.
Mora, perdoname. Otra vez llegó mi marido. Un beso. Te llamo.

Ring. Tack. Richi, diosa. Al borde del infarto. Estaba durmiendo súper, cuando empiezo a sentir, débilmente, un sonido muy lejano. Abrí los ojos y era el teléfono que berreaba como un hijo de puta. Atendí y, antes de que pudiera decir hola, una voz muy ronca preguntó:
—¿Novoa?
—Sí —le dije.
—No pregunte quién soy. Pero yo sé quién es usted. Dígame: ¿usted sabe quién es el tipo al que hoy reventaron de un balazo? —No.
Su padre, Novoa —me dijo.
Me quedé mudo unos segundos. No sabía si estaba soñando o si alguien realmente acababa de decir lo que había escuchado. De golpe, estallé indignado, lo mandé a la puta que lo parió, le dije que era un turro, una mierda, que me estaban destrozando los nervios y la vida y que los iba a denunciar a la policía. Él me dejó hablar y después dijo, tranquilo:
¿A quién va a denunciar, Novoa? ¿Por qué no se deja de joder? Tranquilícese un poco y escuche a un amigo. Le conviene, porque está metido en algo muy pesado.
Me recosté sobre la almohada, intenté calmarme, tomé un vaso de agua y le pedí que hablara.
El tipo grandote, vestido de blanco, que iba con un monito tití era su padre, Novoa.
—Mentira —dije—, mi padre murió cuando yo tenía cuatro años.
Eso vos lo sabés, Mora. Sesiones enteras hablando del muerto que no me dejaron ver. El tipo siguió.
—Usted es el que miente, Novoa, pero no lo sabe. Su madre y su padre inventaron la historia de esa muerte. Fue un pacto entre ellos. Y el amante que su madre jamás le presentó era su propio padre.
Diosa. Se me paralizó la lengua. No podía articular una sola palabra. Eran demasiadas cosas para una sola vida en tan pocos momentos. El tipo volvió a hablar.
Novoa —dijo—, escuche. Su padre era un tipo que andaba en negocios muy pesados. Concretamente, era un agente doble, con redes precisamente montadas, y se manejaba con agentes de primer nivel. Un día se agrandó más de la cuenta y quiso jugar a más puntas de las que debía. Alguien se enteró y decidieron bajarlo. Fue el día que le volaron la cabeza y cayó entre sus brazos. Pero antes de que lo bajaran, tuvo tiempo de guardar en un lugar secreto una lista con los nombres reales y de guerra de sus agentes. Usted era uno de ellos.
—¡Qué! —dije chillando.
No se ponga loco, Novoa —me contestó—. No hay tiempo. Usted nunca se enteró, pero todo su trabajo de correo aéreo para la empresa TourSur no era más que una cobertura para trabajar como agente de su padre. Dígame: ¿alguna vez supo qué había dentro de las valijas selladas que le entregaba el señor Lipks en el hotel Innc de Miami?
—No.
Bueno, trate de no enterarse. Por su salud. Y también por su salud, trate de encontrar cuanto antes la lista que su padre escondió si quiere seguir vivo.
Diosa. Yo seguía paralizado. No sabía si me estaban gastan-do, si me hablaban en serio, si unos cuantos hijos de puta se habían confabulado para volverme loco, si todo no era más que una trama siniestra armada por Guille y las maricas de Metrópolis para castigarme por haberlo abandonado en New York. No sabía nada. El tipo siguió hablando.
—¿Sabe por qué hago todo esto, Novoa?
—No.
Por amor —me dijo, naturalmente. Y de golpe cambió de tema—. Ahora escuche y anote este número de teléfono.
Obedecí como un zombi. Saqué un lápiz del cajón de mi mesa de luz y tomé un papel. El tipo dictó el número.
—¿Anotó?
Sí.
—Llame ahí mañana, a las nueve en punto. La consigna es "casete".
—¿Qué?
Novoa. Usted va a llamar a ese número. Alguien va a levantar el tubo pero no va a decir hola ni nada parecido. Para que hable, usted debe decir: "casete".
¿Por qué?
—Porque ese era su nombre de guerra, Novoa. Ahora, hasta siempre.
—Espere —le dije—, ¿cómo hago para encontrar la lista?
Llame a ese número. Lo adoro, Novoa. Chau.
Y colgó. Ahí me di cuenta de que la cosa venía en serio. Muy en serio. Empecé a temblar todo. Me dio diarrea. Rompí tres vasos por el temblor de las manos. Diosa. ¿Por qué no estás aquí, conmigo? Necesito una tonelada de lexos. Voy a buscarlos. Hasta mañana.

Ring. Tack. Llamado internacional. Clara Ditter. No sabés desde dónde te hablo, Mora. Desde Miami. Sí, divina. Nos fuimos. De un día para otro, y dejamos todo. Supongo que allá nadie entiende nada. Que él y yo hayamos desaparecido al mismo tiempo. Deben estar todos locos. Le saqué a mi marido todos los dólares que tenía guardados en el cajón de su escritorio y, zas, nos fuimos para Las Vegas. Allí Luchi, mi nieto, apostó de un saque todo lo que llevábamos al 36 y nos alzamos con un millón de dólares. ¡Te das cuenta! Casi enseguida descubrí que estoy embarazada. Mora: voy a ser madre y bisabuela al mismo tiempo. ¿No merezco una tapa de Hola? Vamos a vivir en un hermoso chalé aquí en Miami. Algún día voy a volver a llamarte, Morita. Te adoro. Hasta siempre.

Ring. Tack. Amorosa. Caria. Después del vuelo total con lo que me pasaste, ¡qué bajón!, amorosa. Casi me voy a la mierda. No sabía qué hacer, cómo conseguir más, nadie tenía, nadie conseguía y nadie conocía, tampoco, lo que me habías pasado. Estaba erizada de los pies a la cabeza. Me sentía una muñeca llena de resortes que se cortaban cada segundo, uno por uno. No podía controlar nada, nada. Estaba tan desesperada que me tomé una caja entera de Mandrax, con media botella de whisky. Las pastillas pasaban, al final, por mi garganta, como papel de lija. Al rato de tomarme la última pastilla empecé a sentirme muy extraña. Era como si las cosas que me rodeaban, las paredes, los muebles y los objetos me abandonaran, como si retrocedieran cuando yo caminaba hacia ellos o cuando intentaba agarrar alguno con las manos. "Ese placar sale a dar una vuelta", pensé mientras veía caminar realmente al placar. Pero la sensación más intensa, la que casi me vuelve loca del todo, fue verme en el espejo y pensar que no estaba vestida para morir. Fue una sensación intolerable, amorosa. Entonces llorando disqué el número de papá y, con la voz pastosa y las últimas fuerzas que me quedaban, le dije:
Papá. No quiero morir así vestida. Vení.
Después me desmayé y no me acuerdo de nada. Ahora estoy súper de nuevo, esperando que vuelvas. Un beso.

Ring. Tack. Richi, diosa. Te cuento. El día indicado por el de la voz ronca, llamé al teléfono que me pasó a las nueve en punto de la mañana. Sonó tres veces.
Por fin, del otro lado, alguien levantó el tubo y esperó en silencio. Yo dije:
—Casete.
—¿Tiene al monito? —me preguntó del otro lado un tipo de voz suave.
Sí —le dije, sin entender un carajo.
—Cuídelo, Novoa —me ordenó—. Que nadie lo vea, no lo saque de su casa, póngale una cadena, cualquier cosa. Pero no lo saque de su casa, ni lo deje suelto, ni le diga a nadie que tiene a ese monito. Y espéreme hoy, a las cuatro de la tarde, en el lobby del Bauen.
—¿Cómo lo voy a reconocer? —le dije.
—Fácil. Voy a tener sobre mi mesa una caja de caoba y una rosa amarilla adentro de un vaso.
Y colgó. ¿Te imaginás mi estado, no? Hasta las tres de la tarde estuve encerrado en el baño con una diarrea que no me dio un minuto de tregua. Saqué fuerzas de no sé dónde, me bañé y a las cuatro entré al lobby del Bauen, temblando como una hoja en el viento. En una de las mesas del fondo descubrí al tipo, con la caja y la rosa. Casi me cago encima. Pude controlarme y me senté frente a él, repitiendo la consigna. Era un tipo bajito, pelado y lampiño. Muy suave y sonriente. Me saludó inclinando apenas la cabeza y empezó a hablar enseguida.
—Tal vez ya le quede muy poco tiempo, Novoa, así que voy a ser breve. Su padre no tenía a ese tití por casualidad ni porque era un tipo extravagante. La función del monito en todo el engranaje que había montado era muy precisa: consistía en hacer desaparecer la lista con los nombres de sus agentes ante cada situación de peligro. Lo había entrenado para ese trabajo y el tití aprendió muy bien la lección. Por razones que me reservo, sabemos que antes de que mataran a su padre el tití pudo esconder la lista en un lugar que solo él, ahora, conoce.
Se calló. Señaló la caja que había sobre la mesa y preguntó: —¿Sabe lo que hay aquí, Novoa?
—No —le contesté.
Una 45 cargada y la dirección de la oficina de su padre. Con la pistola y con el monito va a ir a esa oficina y va a encontrar la lista.
Diosa. Yo no tenía palabras para definir mi terror. Solo atiné a decir:
¿Por qué yo?
Sin alterarse, sonriendo, el tipo me respondió:
Porque tiene al monito, que es la clave de todo esto, y por-que usted está viviendo contrarreloj.
Pero, ¿por qué no lo hacen usted y el que me llamó prime-ro? Saben de estas cosas. Puedo darles ya mismo al tití.
Otra sonrisa del tipo y otra respuesta, sin que se le moviera un músculo de la cara.
—Ni el que le habló ni yo fuimos jamás hombres de su padre, Novoa, aunque conocíamos todos sus movimientos. No es-tamos en la lista. Ir sería arriesgar la vida al pedo.
Diosa, ya estaba derrotado. No tenía argumentos. Pregunté: —¿Por qué hacen todo esto por mí?
—Ya se lo dijo el otro, Novoa. Por amor. Su incredulidad está empezando a ponerme nervioso.
Bajé la cabeza y murmuré:
Nunca usé un arma.
Es fácil —dijo—, se lo enseño en dos segundos. Fue lo que hizo. Después, me dijo:
Ahora vaya y haga su trabajo, Novoa. Memorice la dirección, el número del piso y el de la oficina. No se olvide de la pistola. Y grábese la palabra de orden para que el monito busque la lista: es "casete".
Se calló, llamó al mozo, pagó la cuenta, sacó la rosa amarilla del vaso y la colocó sobre la caja de caoba. Se levantó lentamente y se despidió acariciándome con suavidad la mejilla derecha. Me quedé sentado un rato con la cabeza en blanco, después agarré la caja y la rosa y volví a mi casa, desde donde te hablo. Diosa. Estoy agotado. Esto es una pesadilla que espero se corte mañana porque ya no doy más. Te llamo.

Ring. Tack. Como siempre. Nunca estás cuando una te necesita. Soy yo: Julia Laurenti. Sería estúpido preguntar cómo estás.
Regia como siempre, seguro, protegida por tu plata, tus hijos y el marica de tu marido. ¿Y yo? ¿Pensás en mí alguna vez, en cómo estoy? No mientas. Estoy aquí tirada en la cama, en esta pieza de la casa de mis padres, fumando un cigarrillo detrás de otro, tres paquetes hasta ahora, y no pienso parar. No estoy borracha, no te equivoques. Sé muy bien lo que digo. No sé por qué me gasto pensando en vos. En realidad, pienso que me usás y después me tirás para volver a tu seguridad. Me aburro espantosamente. Ayer me llamaron para ofrecerme el papel de Cordelia en una versión vanguardista de El rey Lear. Miré indignada a los tipos y les dije: "A esta altura, deberían ofrecerme el papel de Lear". Y me fui. Anoche salí con el coche a dar una vuelta y enganché a un tipo. Le dije una tarifa cualquiera y aceptó. Daba lástima ver cómo se movía encima de mí, jadeando, para arrancarme algún gemido. Idiota. Debía pensar que me iba a hacer gozar como solo yo sé hacerlo. Ayer estuve en la quinta de unos amigos. Al mediodía, mientras estaba tirada en uno de los costados de la pileta, vi que venía saltando hacia mí una rana o un sapo, no sé distinguir el sexo de los batracios. Se paró a pocos centímetros de mi cara, parpadeó varias veces y dijo:
Hola.
Hola —dije yo—. ¿Rana o sapo?
Ni lo uno ni lo otro —contestó—. Soy la princesa Renée, víctima de un hechizo realizado la noche del 17 de diciembre de 1643 en Lyon, Francia.
—¿Y nadie cortó todavía el hechizo? —dije, por decir algo.
No. ¿Sabés cómo se hace?
—No —le dije.
Una mujer debe besarme —explicó—. Si me da un beso en la boca quedo convertida en mitad princesa y mitad rana. Si me da dos besos, me convierto en princesa, pero toda vestida. Y si me da un beso de lengua, quedo convertida en princesa toda desnuda. ¿Te animás?
Me aburría la idiota. Así que le dije:
—Yo no beso a las ranas.
Me miró con desprecio, dio media vuelta y se fue saltando como vino. "Qué tarada" —pensé—. "¿Por qué todas las ranas cuentan la misma historia?" Y me dormí.
Te estarás bronceando como una yegua, tirada al sol y en Punta del Este, mientras yo doy vueltas sobre esta cama en una pieza oscura, desordenada y llena de humo, sabiendo que fingís que no te importo un carajo. Es medianoche. Sigo fumando y escucho "Ciruela Song", una canción que algún día voy a escribir y grabar. Hace un rato prendí el televisor y de la pantalla saltó un hombrecito verde que debía medir veinte centímetros, más o menos. Era arrugado como una pasa de uva y tenía a los costados de la cabeza dos antenas largas y ridículas.
¿Julia Laurenti? —preguntó.
¿Para qué pregunta si ya sabe quién soy? —le contesté.
Encantado —dijo—, soy un extraterrestre.
Qué me importa —le dije.
Las antenas empezaron a oscilar. Primero despacio, después cada vez más rápido.
¿Cómo que no le importa? —dijo—. Este es un encuentro histórico.
¿Para quién? —dije.
—Para los dos.
—Para mí nada tiene importancia.
¿Ni siquiera mi presencia? —preguntó, al borde de las lágrimas.
—Menos —dije.
—¿Pero alguna vez vio a alguien como yo en su planeta? Bajito, verde y con antenas.
—Vi cosas peores —le dije.
Y me di vuelta contra la almohada para ver si podía dormir un rato, harta de tanta pavada. Tengo dos Rohypnol encima, así que pronto van a hacer efecto. Espero no soñar, que ninguna imagen venga a hincharme las bolas cuando duermo. No soporto los sueños. No sé por qué te llamé. ¿Querés decirme por qué te llamé?

Ring. Tack. Diosa. Richi. Acaba de pasar. Te hablo desde la oficina de mi viejo. Tengo la 45 en una mano y el tubo en la otra. Tiemblo todo. Entré a esta oficina hace media hora, más o menos. Las llaves estaban dentro de la caja que me dio el tipo en el Bauen junto con la pistola. Cuando entré estaba todo oscuro, pero no prendí la luz. En pocos segundos, la luz que se filtraba a través de la ventana empezó a definir, apenas, los objetos. El tití conocía el lugar porque se movía por él como un ciego en un terreno conocido. Yo no me movía del lugar donde estaba, por temor a tocar algo y dejar alguna huella. En un momento, aspiré hondo y decidí terminar con el asunto. Miré al monito y le di la orden: "casete".
Apenas escuchó la palabra, el tití giró la cabeza a derecha e izquierda y empezó a correr hacia la ventana. La abrió con un rápido movimiento de manos y desapareció. Yo seguía de espaldas a la puerta de la oficina, tenso y cagado de miedo. Al rato, el tití volvió a aparecer, se recortó, nítido, en el marco de la ventana, iluminado por las luces de los faroles que venían de la calle. Esa luz me permitió ver que tenía aferrado en su mano derecha un objeto rectangular con las dimensiones de un casete. Allí está todo grabado, pensé. Hay que quemar la cinta y se acaba todo este circo. El monito seguía allí, recortado en el marco de la ventana, chillando y mostrándome el casete. En ese instante lo adoré. Mi corazón latía a trescientas pulsaciones por segundo y mi cabeza estaba a punto de explotar. Fue entonces cuando me abalancé hacia la ventana, mirando al monito. Cuando estaba a punto de llegar hasta él, tropecé con una silla, me caí, intenté atenuar el golpe con la mano derecha donde tenía aferrada la pistola, que se disparó sola, apuntando sin querer al monito, que salió cagando apenas la bala le rozó la cabeza, y se perdió, sin soltar el casete, por los edificios de Catalinas Norte, mientras yo llegaba hasta la ventana pretendiendo agarrar a un fantasma.
Sigo aquí. Tal vez vuelva. Si te digo que estoy desolado es como si te dijera que soy feliz. No sé cómo nombrar mi esta-do. Diosa. ¿Te das cuenta de mi situación? Solo, abandonado en una oscura oficina de Buenos Aires, condenado a muerte y con toda mi vida dependiendo de un monito de mierda, tan aterrado como yo. Ring. Tack...

 

Volver a pagina de inicio

 

 

Contacto: info@lamaquinadeltiempo.com

..............................................................................................................................................