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Una
modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda
sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles
al público
Por
Johnathan Swift (1665-1745)
Es cosa triste
para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles,
los caminos y las puertas de las cabañas atestados de pordioseras, seguidas
de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada
viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar
por su honesto sustento, se ven obligadas a perder su tiempo mendigando para
sus hijos desvalidos que, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo,
o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en
España o se venden a los Bárbaros.
Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número
prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas, o a los talones
de sus madres, y, frecuentemente, de sus padres, significa, en el deplorable
estado actual del Reino, un perjuicio adicional muy grande; por lo tanto, quienquiera
que encontrase un método razonable, económico y fácil para
hacer de ellos miembros cabales y útiles de la comunidad, merecería
tanto agradecimiento del público como para que se le erigiera una estatua
como protector de la nación.
Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente
por los hijos de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tiene
en cuenta el número total de niños de cierta edad nacidos de padres
que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra
caridad en las calles.
Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre
este importante asunto, y sopesando maduramente los diversos planes de otros
hacedores de proyectos, siempre los he encontrado groseramente equivocados en
su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser
mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más,
a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos,
que la madre puede conseguir mediante su legítima ocupación de
mendigar. Y es exactamente al año de edad cuando yo propongo que nos
ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus
padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus
vidas, contribuyan por el contrario, a la alimentación, y en parte a
la vestimenta, de muchos miles.
Existe, además, otra gran ventaja en mi plan: evitará esos abortos
voluntarios y esas prácticas horrendas, ¡cielos!, demasiado frecuentes
entre nosotros, de las mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando
a los pobres bebés inocentes (creo que más por evitar los gastos
que la vergüenza), práctica que arrancaría las lágrimas
y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.
La población de Irlanda se estima usualmente en un millón y medio
de almas, y calculo que, en conjunto, habrá aproximadamente doscientas
mil parejas cuyas mujeres son fecundas. De ese número resto treinta mil
parejas capaces de mantener a sus hijos (aunque temo que no pueda haber tantas
bajo las actuales angustias del reino); pero dando esa cifra por buena, quedarán
ciento setenta mil mujeres fecundas. Resto nuevamente cincuenta mil por las
mujeres que abortan, o tuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de
cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres
pobres que nacen anualmente. La cuestión es, entonces, ¿cómo
se educará y sostendrá a esta multitud de niños? Lo que,
como ya he dicho, en la situación actual de los asuntos es completamente
imposible, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos
emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura: ni construimos casas
(en el campo, me refiero) ni cultivamos la tierra. Y ellos raramente pueden
ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando
están precozmente dotados; aunque confieso que aprenden los rudimentos
mucho antes. Sin embargo, durante esa época sólo pueden ser considerados
como aficionados; así me lo ha asegurado un caballero del condado de
Cavan, según el cual no ha conocido más que uno o dos casos por
debajo de la edad de seis años, ni siquiera en una parte del reino tan
renombrada por su agilísima habilidad en ese arte.
Nuestros comerciantes me han asegurado que un muchacho o muchacha no es mercancía
vendible antes de los doce años, y que aun cuando lleguen a esta edad
no producirán más de tres libras o tres libras y media corona
como máximo en la transacción, lo que ni siquiera puede compensar
a los padres o al reino el gasto de alimento y harapos, que ha alcanzado por
lo menos cuatro veces ese valor. Por consiguiente, propondré ahora humildemente
mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.
Me ha asegurado un joven americano muy entendido que conozco en Londres, que
un tierno niño saludable y bien criado constituye, al año de edad,
el alimento más delicioso, nutritivo y sano, ya sea estofado, asado,
al horno o hervido; y yo no dudo que servirá igualmente en un fricasé
o en un guisado.
Por lo tanto, propongo humildemente a la consideración del público
que de los ciento veinte mil niños ya anotados, veinte mil sean reservados
para la reproducción; de ellos, sólo una cuarta parte serán
machos, lo que ya es más de lo que permitimos a las ovejas, los vacunos
y los cerdos. Mi razón es que esos niños raramente son frutos
del matrimonio, una circunstancia no muy venerada por nuestros rústicos:
en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras.
De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos
en venta a las personas de calidad y fortuna del reino, aconsejando siempre
a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a
fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño
hará dos fuentes en una comida para los amigos, y cuando la familia cene
sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable. Y
hervido y sazonado con un poco de pimienta y sal, resultará muy bueno
hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
He calculado que, por término medio, un recién nacido pesa veinte
libras, y en un año solar, si es adecuadamente criado, alcanzará
las veintiocho.
Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será, por lo
tanto, muy adecuado para terratenientes, que como ya han devorado a la mayoría
de los padres, parecen acreditar los mejores títulos sobre los hijos.
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Una persona
muy meritoria, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo,
se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto buscándole
refinamientos a mi proyecto. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros
de este reino han terminado por destruir sus ciervos, la demanda de carne de
venado bien podría ser satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos
y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce, dado que
son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país
por falta de trabajo y de ayuda. De éstos dispondrían sus padres,
si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus relaciones más cercanas.
Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota,
no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque, en lo que concierne
a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente
experiencia, que su carne es generalmente correosa y magra, como la de nuestros
escolares por el continuo ejercicio; que su sabor es desagradable, y que cebarlos
no justificaría el gasto. En cuanto a las mujeres, creo humildemente
que constituiría una pérdida para el público, porque muy
pronto serían parideras. Además, no es improbable que alguna gente
escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque muy injustamente,
por cierto) como un poco lindante con la crueldad; confieso que ésa ha
sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier
proyecto, por bien intencionado que estuviera.
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Me parece
que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas,
así como de la mayor importancia.
En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número
de papistas que nos infestan anualmente, que son los principales engendradores
de la nación y nuestros enemigos más peligrosos, y que se quedan
en el país con el propósito de rendir el reino al Pretendiente,
esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes que han
preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos,
contra su conciencia, a un cura episcopal.
Segundo: Los arrendatarios pobres poseerán algo de valor que la ley podrá
hacer embargable, y que los ayudará a pagar su renta al terrateniente,
habiendo sido confiscados ya sus ganados y cereales, y siendo el dinero algo
desconocido para ellos.
Tercero: puesto que la manutención de cien mil niños de dos años
para arriba no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cabeza,
el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras al año,
sin contar la utilidad producida por el nuevo plato introducido en las mesas
de todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento
en el gusto. Y como la mercadería será producida y manufacturada
por nosotros, el dinero no saldrá del país.
Cuarto: las reproductoras perseverantes, además de ganar ocho chelines
anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación
de mantenerlos después del primer año.
Quinto: este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde
los venteros serán seguramente tan precavidos como para procurarse las
mejores recetas para prepararlo a la perfección y, consecuentemente,
ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos caballeros que se precian
con justicia de su conocimiento del buen comer; y un cocinero diestro, que sepa
cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo
tan costoso como a ellos les plazca.
Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que
todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o han impuesto mediante
leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres
hacia sus hijos, seguras entonces de que los pobres chicos tendrían una
colocación segura de por vida, provista de algún modo por el público,
y que les daría ganancia en vez de gastos. Pronto veríamos una
honesta emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál
de ellas lleva al mercado el niño más gordo. Los hombres atenderían
a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus
vacas o sus marranas cuando están por parir, y no las amenazarían
con golpearlas o patearlas (como tan frecuentemente hacen) por temor a un aborto.
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