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Algo
de Tolstoi
Por
Tennessee Williams
La Noche de la Iguana y otros relatos
DeBolsillo, Argentina, 2007
Estaba
cansado y me sentía fracasado: el sitio parecía un agujero
silencioso en el que una persona podría ocultarse de un mundo
que parecía totalmente en contra de ella; y finalmente, Brodzki
quiso que su hijo fuera a la universidad; ésos fueron los motivos
por los que me convertí en empleado de la librería. La
mañana que llegué al trabajo había recorrido las
calles durante varias horas con aire atolondrado. En el escaparate de
la librería aquel cartel primorosamente escrito, SE NECESITA
EMPLEADO, atrajo mi atención. Entré y encontré
al propietario, un hombre lúgubre de aspecto judío, al
fondo de la tienda, sentado detrás de una mesa de despacho enorme
con libros amontonados encima. Me miró de modo penetrante. Lo
que le indujo a contratarme me resulta difícil de imaginar. Yo
tenía la cara demacrada y el cuerpo consumido debido al insomnio,
difícilmente podría haber ofrecido un aspecto muy atractivo.
Quizá algo mío le hizo saber el hecho de que yo trabajaría
con aplicación y fidelidad a cambio de sólo la tranquila
y sombría seguridad que su pequeña librería me
podía ofrecer.
En todo caso, conseguí el trabajo y lo encontré muy parecido
a lo que quería. Mi vida era gris, pero su grisura quedó
compensada, si era compensación lo que necesitaba, con la fortuna
de ser testigo de un drama que no era menos intenso, estoy seguro, que
cualquiera de los contenidos en los miles de volúmenes que atestaban
las polvorientas estanterías de la librería.
En aquella época el hijo de Brodzki tenía dieciocho años.
Era del tipo de jóvenes judíos rusos espirituales, místicos,
de cuerpo escuálido, piel oscura, rasgos delicados, proporcionados.
Nunca le llegué a conocer bien. Nadie lo hizo, pues era huidizo
como un animalillo salvaje; el tipo de persona a la que le es completamente
imposible acercarse a cualquier distancia socialmente aceptable. Este
relato es sobre él; su padre murió a los dos meses de
darme el empleo.
El joven Brodzki estaba tremendamente enamorado, y la chica era gentil.
Por eso era por lo que el viejo señor Brodzki quería que
el chico fuera a la universidad. Como la mayoría de los otros
judíos de su generación, se oponía desesperadamente
al matrimonio de su hijo con una gentil, y parecía que los dos,
si los dejaban en paz, derivarían inevitablemente hacia el matrimonio.
El chico estaba con ella todo el tiempo. Nunca estaba con nadie más.
Se habían criado juntos; jugado toda su infancia en la misma
escalera de incendios trasera; crecieron, se podría decir, el
uno para el otro.
No eran completamente semejantes. Existían, claro, las habituales
diferencias raciales; la diferencia de la sangre gala con la sangre
hebrea, que casi es la diferencia entre el sol y la luna. Pero había
más que eso. Había una absoluta antítesis de temperamentos.
Él era, como he dicho, tímido, espiritual y místico;
ella era algo así como una fuerza salvaje; llena de vitalidad
animal, de vida y entusiasmo.
A pesar de eso, se querían enormemente desde la infancia. Él
había estado solo, supongo, y ella había estado desatendida.
Cuando la vi por primera vez era una chica de aspecto encantador. Su
cuerpo parecía una expresión perfecta de su espíritu.
Despedía luz y calor. Pero lo más encantador de todo lo
suyo era la voz. A menudo, por las tardes, ella le cantaba, y con tal
encanto irresistible que yo nunca podía dejar de escucharla,
cualquiera que fuesen mis ocupaciones o pensamientos.
Poco después de que yo hubiera reemplazado al joven Brodzki como
empleado de su padre y al chico lo mandasen a la universidad, el anciano
enfermó. La señora Brodzki mandó rápidamente
a por su hijo, pero antes de que éste hubiese tenido tiempo de
volver las velas del candelabro de los siete brazos estaban encendidas,
y se entonaban cantos mortuorios en la casa de la familia de encima
de la librería. La señora Brodzki no sería tan
enérgica como lo había sido su marido. El chico se negó
a volver a la universidad, y en menos de un mes él y la chica
estaban casados y vivían juntos en las habitaciones del piso
alto. Entonces empezó el trágico drama del que, durante
quince años, yo fui espectador.
El conflicto entre sus caracteres fue de inmediato tan evidente como
lo había sido la devoción del uno por el otro.
La chica nunca había tenido nada. Probablemente durante su infancia
muchas veces había necesitado comida y ropas adecuadas. Habría
quedado satisfecha, pensaría uno, con su posición como
esposa del dueño de una librería que iba bastante bien.
Pero ella era una cosilla excesivamente enérgica y ambiciosa.
Quería más, mucho más, de lo que le podía
proporcionar la modesta librería. Empezó a animar a su
marido a que la vendiera y se dedicara a un negocio más lucrativo.
No conseguía ver lo imposible que sería eso. Desde que
le conocía podía ver que aquel muchacho soñador
no encajaría en ningún sitio mejor que una librería.
Él, sin embargo, lo veía con claridad. El cambio era algo
a lo que temía. Adoraba la sombría oscuridad de aquella
pequeña librería; la adoraba tan apasionadamente como
la había adorado yo. Por eso fue, aunque él no fuera amistoso,
por lo que llegamos a sentir una intensa simpatía el uno por
el otro. Aborrecíamos del mismo modo las calles ruidosas que
empezaban al otro lado de la puerta de la librería.
La chica andaba detrás de él incesantemente; no le dejaba
en paz; concentraba toda su inmensa energía en la lucha con él.
Pero el chico encontró en la herencia de su raza la energía
para resistírsele. Y lo que sucedió casi al cabo de un
año fue esto. Por lo que fuera, ella conoció a un agente
de teatro de variedades. El tipo apreció los encantos de su voz
y habló a la chica de las posibilidades que tendría en
el mundo teatral. Le dijo muchas cosas, supongo, y al final dejó
tan completamente fascinada a la chica con las expectativas, que ella
decidió abandonar a su marido.
Supongo que yo no tenía lo bastante claro el modo en que el joven
amaba a su mujer. Era más que la habitual relación de
dependencia propia de los judíos. Su amor por ella era la esencia
de su vida. Había un enorme peligro en aquel amor. Cuando se
pierde la amada, se pierde la vida. Ésta se hace trizas. Y eso
fue lo que le pasó a la vida del joven Brodzki cuando su mujer
se marchó con la compañía de variedades.
Debería describir el modo en que ella le dejó.
Una mañana, después de haber hablado, supongo, con el
agente de teatro de variedades, ella irrumpió en la librería
y llamó a su marido, que estaba desembalando un nuevo envío
de libros. La chica tenía una nota histérica, frenética,
en la voz, y se apretaba la garganta con una mano como si algo la estuviera
asfixiando.
Por el modo en que habló con su marido se habría pensado
que mantenían una violenta disputa. Pero la disputa había
surgido de un cielo despejado; un cielo, cuando menos, que no estaba
más nublado de lo habitual.
Ella le dijo:
-Ya he tirado de la cuerda todo lo posible. Ya no puedo soportar esto
más. Te lo he dicho muchas veces, pero es inútil. Ahora
tengo una oportunidad maravillosa; y no voy a dejarla pasar. Me voy
a Europa con un espectáculo de variedades.
El chico al principio no le dijo nada; tenía aspecto de que le
había abandonado toda vida. La siguió, mirándola
fijamente sin entender nada, mientras ella se apresuraba escalera arriba
hacia las habitaciones donde vivían. Curiosamente, recuerdo que
el chico agarraba en las manos un libro encuadernado rojo del que habíamos
vendido varios centenares de ejemplares aquella temporada, impertinentemente
titulado Idiotas enamorados, y que, a pesar de la auténtica tragedia
de la situación, yo contuve con dificultad una sonrisa ante la
grotesca correspondencia de aquel título con la expresión
aturdida, desamparada de la cara de él.
Cuando ella volvió a bajar pareció que, al fin, el chico
había conseguido entender lo que estaba pasando.
-¿Te marchas? -preguntó sordamente.
Ella contestó que se iba. Entonces él se buscó
dentro del bolsillo y tendió a su mujer una pesada llave negra.
Era la llave de la puerta delantera de la librería.
-Será mejor que la guardes -le dijo, todavía con una completa
tranquilidad-, porque algún día la necesitarás.
Tu amor no es mucho menor que el mío como para que puedas alejarte
de él. Volverás en algún momento, y yo estaré
esperando.
Ella le agarró por los hombros, le besó, y luego, jadeando
con fuerza, salió de la librería. En el sombrío
interior, nos quedamos siguiéndola con la mirada. Juntos, seguimos
mirando la calle que los dos aborrecíamos y temíamos;
la calle, rebosante de vida e iluminada por el sol, que parecía
regocijarse maliciosamente por haberse llevado en su concurrido torrente
todo lo que tenía algún valor para el hombre de mi lado.
Durante los meses y los años que siguieron fui testigo de algo
que parecía peor que la muerte.
Como dije, la chica había sido la esencia, la vida de él.
Cuando se marchó, el chico quedó destrozado. Al principio
creí que se sumiría en una completa y violenta locura.
Recorría aturdido los retorcidos pasillos de entre los estantes
de libros, quejándose y frotando las manos arriba y abajo a los
lados de su chaqueta. Los clientes le miraban y se apresuraban a salir
de la librería. Traté de convencerle de que se quedara
en el piso de arriba. Pero él no quería. No soportaba
estar allí, supongo; las habitaciones en las que vivía
estaban llenas del recuerdo de ella. Durante varias noches se quedó
conmigo en la habitación que ocupaba yo al fondo de la librería.
No dormía. Me mantenía constantemente despierto con un
murmullo continuo; unas palabras que le dirigía a ella. Más
que otra cosa, decían:
-Tú me quieres... en algún momento volverás.
Viendo que no lo superaba, mandé a por su madre, que había
ido a vivir con unos parientes. Ella le tranquilizó un poco.
Y no mucho después de eso el chico se dedicó a leer.
Se entregó a la lectura como otro hombre se hubiera entregado
a la bebida o las drogas. Leía para escapar de la realidad. Y
al final la lectura consiguió su objetivo con una efectividad
espantosa.
Sentado a la gran mesa cercana al fondo de la librería, leía
el día entero, hasta que los ojos se le cenaban de cansancio.
Su madre y yo intentábamos que se levantara, que fuera a atender
a los clientes, a desembalar y distribuir los libros, no porque se necesitase
su ayuda, sino porque considerábamos que estar ocupado le sentaría
bien. Parecía dispuesto a hacer todo lo que podía. Pero
se había vuelto tan inútil y torpe como un niño
pequeño. La lectura constante le había nublado la conciencia,
haciéndole increíblemente embotado. Las preguntas más
simples que le dirigían los clientes lo desconcertaban. No conseguía
recordar los títulos de los libros que le pedían. Paseaba
la vista alrededor de un modo absurdo, desorientado, como si acabase
de salir de un profundo sueño
Yo había esperado -pues había llegado a sentir por él
una intensa piedad y simpatía- que aquel estado sólo fuera
temporal. Según pasaban los meses y los años, sin embargo,
no daba signos de que fuera a pasar. Aparentemente era un hombre perdido;
una vela consumida. No existía esperanza de volverle a revivir
nunca. No, a menos que ella volviera a él. E incluso en ese caso
-Incluso si ella regresaba-, tal vez fuese demasiado tarde.
Casi quince años después de que su mujer se hubiera marchado,
para irse al extranjero con la compañía de variedades,
la joven señora Brodzki volvió a la librería. Era
a mediados de diciembre; la oscuridad había caído, pero
la gente, de compras para navidades, todavía pululaba por las
aceras de la dudad. Su aliento empañaba el escaparate de la librería,
lo recuerdo, con una escarcha brillante.
La librería estaba cerrada y todas las luces apagadas a no ser
la bombilla colgada encima de la mesa del fondo, donde estaba leyendo
Brodzki. Yo me encontraba parado junto a la puerta, interesado por el
espectáculo de los que pasaban. Un coche con un apuesto chofer
se detuvo en el bordillo y una mujer, envuelta en pieles, surgió
del compartimento trasero. Una farola de la calle se alzaba directamente
encima del coche, conque cuando la mujer volvió su cara hacia
la librería supe de inmediato que era ella.
Con una extraña sensación de terror me retiré de
la puerta, medio escondiéndome entre las oscuras estanterías.
Ella se acercó a la puerta, abriéndose paso impacientemente
entre la multitud de compradores. En apariencia no había cambiado;
en la cara y los movimientos del cuerpo, intensamente iluminados por
la farola, estaba tan intensamente viva como antes. ¿Por qué
había vuelto?, me pregunté. ¿Se había cumplido
la profecía de su marido y al cabo de quince años había
descubierto que su amor por él había sido demasiado fuerte
para rehuirlo?
Iba a obligarme a mí mismo, con la menor gana posible, a volver
a la puerta y abrirla, cuando sonó una llave en la cerradura.
Todavía la tenía; ¡la llave que le había
dado él aquella mañana de quince años atrás!
***
En un momento la puerta estaba abierta y ella se encontraba en el interior
de la librería en penumbra. La oí respirar profundamente.
Paseó la vista a su alrededor con ojos brillantes, pero por algún
motivo no llegó a distinguirme mientras yo estaba estúpidamente
acurrucado en un rincón entre las estanterías de libros.
Pude notar que estaba terriblemente nerviosa. Se agarraba la garganta
con una mano enguantada, igual que había hecho la mañana
en que se marchó; como si alguien la estrangulara.
En los quince años transcurridos desde que se marchara, el local
había cambiando tan poco, de hecho, que debía de resultarle
sumamente difícil creer que aquellos años habían
pasado de verdad. De pronto debían de parecerle completamente
increíbles, como un sueño fantástico. La penumbra,
las extrañas sombras de las mesas y los estantes, el olor a papel,
el sonido amortiguado de la calle abarrotada; todo eso debía
de resultarle tan agobiante como en aquellas tardes de invierno, quince
años antes, cuando solía bajar de las habitaciones del
piso alto para ayudarle a cenar la librería.
Debía de tener la sensación de que retrocedía,
literalmente, en el tiempo.
Apretándose un diminuto pañuelo en los labios, parecía
hacer esfuerzos por contenerse. Avanzó silenciosamente. Entonces
ya debía de haber visto que él estaba sentado a la mesa.
Sólo le resultaba visible la coronilla; lo demás quedaba
oculto por un libro enorme. El pelo, espeso, de un negro azulado y despeinado,
le brillaba intensamente bajo la bombilla eléctrica. Se me ocurrió,
con repentino horror, que ella podría encontrar que físicamente
él casi no había cambiado. En aquellos quince años
su marido no había envejecido de modo perceptible; carecía
además de vida, habría parecido, para hacerse mayor.
Me dije que debería adelantarme y prepararla para lo que se iba
a encontrar. Pero algo me impidió moverme de mi escondite de
entre los estantes de libros. La observé mientras avanzaba hacia
la mesa y me pareció notar la intensidad de su emoción.
Una intensidad que parecía atravesarme; y de modo insoportable.
Muchas veces me pregunto en qué estaría pensando ella
cuando se detuvo delante de la mesa, bajando la vista hacia el hombre
al que había amado apasionadamente cuando era su marido quince
años atrás. Perfectamente podría sentirse desconcertada,
entonces, ante el extraño ensimismamiento con el que leía
él, sin que aparentemente hubiera tomado conciencia del sonido
de su entrada y de sus pasos; del crujido de éstos en las vetustas
tablas del suelo. A lo mejor, con todo, ella estaba rebosante de alegría,
y de una especie de terror, como para preguntarse nada.
Con voz aguda, temblorosa, dijo el nombre de él:
-Jacob.
Con un espasmo, él alzó la cabeza y miró en su
dirección con ojos que parpadeaban, que bizqueaban. Los momentos
pasaron despacio, insoportablemente lentos, mientras yo los veía
mirarse uno al otro.
Había esperado que ella se echase a llorar y se lanzara hacia
su marido; lo cual, seguramente habría sido lo natural que hiciera.
Pero la falta de vida, la ausencia absoluta de reconocimiento de los
ojos de él, debían de haberla contenido. ¿En qué
estaría pensando? ¿Supondría que él se negaba
deliberadamente a reconocerla? ¿O imaginaba que los quince años
la habían cambiado hasta el punto de que él no la reconocía?
Cuando yo pensaba que el propio aire debía romperse debido a
la tensión, él habló.
Le dijo, con aquella voz sin expresión, temblorosa, que se había
convertido en la suya habitual, estas palabras:
-¿Quiere un libro?
Ella se llevó la mano enguantada a la garganta y soltó
un leve jadeo. Me alegró tenerla de espaldas y no poder verle
la cara. Los angustiosos momentos pasaban muy despacio mientras los
dos continuaban mirándose uno al otro. Al final, ella debió
de llegar a una conclusión; decidió que los quince años
le habían afectado mucho más a ella que a él, y
que le resultaba irreconocible. En cualquier caso, pareció que
ella se recuperaba. El cuerpo se le relajó algo y se quitó
la mano de la garganta.
-¿Quiere un libro? -repitió él.
Ella tartamudeó:
-No... bueno... quería un libro, pero he olvidado su título.
Enfrentada a aquellos ojos que miraban fijamente, debía de haber
encontrado completamente imposible decir directamente: -Soy Lila. He
vuelto contigo.
Debía de haber recurrido a aquel pretexto de que había
venido a por un libro, como un modo de revelarle quién era con
una franqueza menos embarazosa.
Sentándose en un taburete, cerca de la parte delantera de la
mesa, dijo:
-Deje que le cuente el argumento. A lo mejor lo ha leído y puede
decirme el título. Es sobre un chico y una chica que habían
sido compañeros constantes desde la infancia. Querían
estar juntos siempre. Pero el chico era judío y la chica era
gentil. Y el padre del chico se oponía tajantemente a que su
hijo se casara con alguien que no fuera de su propia raza. Mandó
al chico a la universidad. Pero al poco tiempo, el padre murió
y el chico volvió y se casó con la chica. Vivían
juntos en unas habitaciones de encima de una pequeña librería
que el padre le había dejado al chico. Habrían seguido
juntos perfectamente felices a no ser por una cosa; la librería
proporcionaba poco más de lo escaso para vivir, y la chica era
ambiciosa. Ella adoraba al chico, pero su descontento aumentó
y continuamente metía prisa a su marido para que se dedicara
a algún negocio más rentable. Pero el chico era muy diferente
a la chica. La quería tanto que haría lo que fuese por
ella; pero era incapaz, por lo que fuera, de renunciar a la librería
que había pertenecido a sus padres. ¿Entiende? El chico
era soñador, sentimental, un Judío raro. Y la chica nunca
conseguía ver las cosas desde su punto de vista. La familia de
ella, que había muerto y la había dejado con una tía
viuda, era de origen francés. Debido a ello, la chica había
heredado una gran energía, sentido práctico y amor hacia
el mundo. Al cabo de un tiempo, la chica recibió la oferta del
agente de una compañía de variedades para que hiciera
gala de su talento musical sobre un escenario. Cegada por la brillante
perspectiva de una carrera teatral, ella decidió aceptar la propuesta
del agente de la compañía de variedades. Volvió
a la librería y le dijo a su marido que le iba a dejar. Él
fue demasiado orgulloso para hacer el menor esfuerzo por retenerla,
y en lugar de eso le entregó una llave de la librería
y le dijo que algún día ella volvería; y que siempre
la estaría esperando. Aquella noche ella embarcó rumbo
a Inglaterra con el espectáculo de variedades. Tuvo un éxito
enorme en los escenarios de Londres. Se convirtió en una cantante
famosa y recorrió todos los países más importantes
de Europa. Llevaba una vida desenfrenada y arrebatadora, y durante extensos
periodos ni siquiera pensó en el judío soñador
que había sido su leal marido, ni tampoco en la pequeña
y polvorienta librería donde habían vivido juntos. Pero
la llave de aquella librería, que le había dado su marido,
permanecía en su poder. No podía obligarse, por lo que
fuera, a deshacerse de ella. La llave parecía apegarse a ella,
casi con una voluntad propia. Era una llave de aspecto raro, antigua,
pesada, larga y negra. Sus amigos se reían de ella porque siempre
la llevaba encima y la chica se reía con ellos. Pero poco a poco
empezó a darse cuenta del motivo por el que la conservaba. El
encanto de las cosas nuevas con las que había llenado su vida
empezó a desvanecerse y dispersarse, como una niebla, y la chica
veía, brillando entre ellas, la auténtica y profunda belleza
de las cosas que había dejado atrás. El recuerdo de su
marido y de su vida juntos en la pequeña librería cada
vez acudía a su mente con más intensidad y de modo más
obsesivo. Finalmente ella comprendió que quería volver;
que quería entrar en la librería con la llave conservada
durante quince años, y encontrar que su marido todavía
la esperaba, como prometió que haría.
La mujer se había levantado del taburete; el cuerpo le temblaba
y se agarraba a la mesa como apoyo.
Hubo momentos de quietud, de una calma completa. Cuando la mujer volvió
a hablar había una nota de terror en su voz. Debía de
haber empezado a darse cuenta de lo que había pasado; de en qué
se había convertido el hombre que había sido su marido.
-¿No recuerda... tiene que recordarla... la historia de Lila
y Jacob?
Ella escudriñaba desesperadamente la cara de su marido, pero
en la cara no había nada más que desconcierto.
-Hay algo que me suena en la historia. Creo que la he leído en
alguna parte. Me recuerda a algo de Tolstói.
Desde mi refugio entre las estanterías de libros oí un
fuerte sonido metálico que debía de ser el de la llave
al caer al suelo. Y luego oí las largas zancadas de ella entre
la confusión de mesas y estanterías. Debía de estar
dándose prisa, presa de un ciego frenesí, para salir de
aquel sitio. Cerré los ojos, sin atreverme a verle la cara y
el horror que debía expresar, hasta que la puerta se cerró
detrás de ella. Cuando los abrí, el hombre del fondo de
la habitación tenía oculta la cara otra vez detrás
del enorme libro, y había reanudado la lectura con su aterradora
tranquilidad de costumbre. Su mujer había vuelto a él
y se había ido de nuevo, y todo era tan fantásticamente
igual que podría creerse que había ocurrido en sueños,
si yo no hubiese visto, caída en el suelo, la pesada llave negra
de la librería.
Abril de 1936 Inédito anteriormente
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