Los Cuatro Desaparecidos

Por Thomas Wolfe

   Repentinamente, en el joven corazón de junio, oí la voz de mi padre una vez más, Yo tenía dieciséis años aquel año; la semana anterior había vuelto a mi casa, luego de mi primer año en el colegio, y la enorme emoción, la enorme amenaza de la guerra en la que habíamos entrado dos meses antes llenaba nuestros corazones. Porque la guerra, que da muerte a los hombres, también les da la vida. Llena los corazones de los jóvenes con sones y con júbilos apasionados. Fluye en sus gargantas en noches cuajadas de estrellas con el grito furioso de todos sus dolores y todas sus alegrías y los llena con una profecía tempestuosa y muda, que no es de muerte sino de vida, pues les habla de nuevas tierras de triunfos y descubrimientos, de hechos heroicos, de la fama y de la camaradería de los héroes, del amor de mujeres gloriosas y desconocidas; les habla de triunfos brillantes y espléndidos éxitos en un mundo heroico y de una vida más afortunada y más dichosa que aquella que hasta entonces han conocido.
Así nos sucedía a todos nosotros aquel año. Sobre la tierra inmensa y expectante pendían la pulsación y la promesa únicas de la guerra. Lo sentía uno en los amaneceres de las pequeñas poblaciones, en el comienzo de cada una de sus tranquilas actividades, totalmente impremeditadas y habituales. Lo sentía uno en el mandadero que arrojaba habilidosamente el bulto de papel blanco en un portal y en el hombre en mangas de camisa que salía a la puerta para recoger el diario; en los cascos cansinos del caballo del lechero que resonaban en la calle tranquila, en el carro cargado de botellas retintineantes, en su súbita detención y en los rápidos pasos del lechero y en las botellas sonoras y, luego, en los cascos y las ruedas que resonaban en la mañana, en !a calma y !a pureza de la luz yen el canto de un pájaro dulce como el rocío que volvía a elevarse en la calle.
Sentía uno la enorme y amenazadora presencia de la guerra en todos los antiguos actos de la vida con su imagen permanente, siempre nuevos e inmutables, y en la luz y la mañana. La sentía uno en el bochorno del mediodía, en el rumor de los ganchos que asían el hielo en las calles y en e! frío lamento de las sierras que lo cortaban zumbando en la cuadra vaporosa, en cada brizna, en cada hoja, en cada flor, en el olor del alquitrán y en la súbita y fantasmal ausencia verde y dorada en el verano de un tranvía que acababa de desaparecer.
La guerra se hallaba en cada cosa: en las cosas que se mueven tanto como en las que permanecen inmóviles, en el animado silencio rojo de una vieja pared de ladrillos tanto como en la vida multitudinaria y en el tránsito de las calles, en los rostros de la gente que pasaba y en los diez mil momentos familiares de la vida y en los asuntos cotidianos de cada hombre.
Y solitaria, apasionada y acechante, convocándonos constantemente con los llamados de su distante cuerno perdido, se había introducido en la soledad hechizada por e! tiempo de las mágicas colinas que nos rodeaban, en todas las luces repentinas, bruscas y solitarias que venían y pasaban y se desvanecían en el verde profundo de los páramos.
La guerra estaba en los gritos lejanos, en los sonidos quebrados y en el repique de los cencerros que arrastraban las rachas del viento y en el gozo y la pena lejanos, salvajes y gemebundos de un tren que partía y devoraba distancias rumbo al este y al mar y a la guerra atravesando un valle del sur bajo el verde encantamiento y la magia de oro de pleno junio; estaba en las casas donde los hombres vivían, en la llama fugaz y en el fuego de los vidrios de !as ventanas cubiertas por cortinas.
Y estaba en los campos, desfiladeros y quebradas, en los valles dulcemente verdes de las montañas que se sumían en las sombras, en las laderas, de las colinas que enrojecían bajo la luz antigua y caían velozmente en las sombras frías y desmesuradas y en el silencio liláceo. Pasadas las nubes de polvo del tumulto del día, estaba en el misterio enorme de la tierra que podía dejarse caer por fin en el silencio con inmortal quietud, en la alegría y en la pena de !a noche que arribaba.
La guerra se había introducido en los sonidos y en los secretos, en las penas, el anhelo y el deleite, en el misterio, el hambre y el gozo apasionados que surgían del corazón profundo de la noche devoradora y llena de fragancias. Estaba en el rumor dulce y secreto de las hojas en las calles del verano, en los .pasos que resonaban tranquilos, lentos y solitarios en la oscuridad del follaje de una calle, en las persianas cerradas y en el silencio, en el ladrido distante de los perros, en las voces remotas, en las risas, en las pulsaciones de la débil música de un baile en las voces ocasionales de la noche, lejana y extrañamente próxima, íntima y familiar.
Y súbitamente, mientras me hallaba sentado allí bajo el misterio orgulloso y secreto de la noche inmensamente estrellada y de pechos de terciopelo, oyendo el sonido del vozarrón de mi padre que volvía a surgir del porche, la guerra vino a mí con la soledad apasionada e intolerable del éxtasis y el deseo en la súbita palpitación de un motor que se acelera, en el silencio de la distancia, en la imagen de la oscuridad fresca y dulce de las laderas de una montaña, en la piel blanca y en !a ternura de las mujeres que se ofrecen. Oigo aún el manantial rico y sensual de una voz de mujer, voluptuosa, profunda y tierna, surgiendo de la oscuridad de un porche en el verano del otro lado de la calle cuando pienso en esto.
   ¿Qué había cambiado la guerra? ¿Que nos había hecho? ¿Qué milagrosa transformación había operado en nuestras vidas? No había cambiado nada: había enaltecido, intensificado y glorificado todas las cosas antiguas y comunes de la vida. A la esperanza había añadido esperanza, gozo al gozo, vida a la vida, y con esa hechicería vital había rescatado nuestras vidas de la falta de esperanza y de la desesperación, haciéndonos volver a vivir cuando pensábamos que habíamos muerto.
La guerra parecía haber recogido en una única imagen de alegría, fuerza y poder orgulloso y compacto 'los cientos de imágenes de alegría, fuerza y vida exultante que siempre fueron nuestros y para los cuales antes no poseíamos una palabra. Parecía que en los campos de la noche silenciosa y llena de misterios podíamos oír la nación en marcha, que podíamos oír suave y atronador en la noche el unísono del millón de pies de los :hombres en marcha. Y esta única imagen gloriosa y completa: de la alegría, la unidad y el poder nos había dado a cada uno una nueva vida y una esperanza nueva.
Mi padre era anciano, estaba enfermo de un cáncer que florecía y se alimentaba en sus entrañas comiendo día a día la desfallecida sustancia de su vida más allá de toda esperanza o remedio, y sabíamos que se moría. Sin embargo, con la mágica vida y la esperanza que la guerra nos había traído su ida parecía haber resurgido del desborde del dolor, de la muerte de la alegría y de la tristeza de un recuerdo irrevocable.
Y así pareció volver a vivir por un momento su plenitud y en el mismo momento todos nosotros fuimos revelados del negro horror de la muerte y al tiempo que pendía sobre él, del terror de pesadilla que nos había amenazado durante años. En el mismo momento fuimos librados del maligno encantamiento de un tiempo lleno de dolor y de la imagen que había hecho su muerte en vida más horrenda de lo que su muerte real podía llegar a ser.
Y en el mismo momento la vida plena, la vida dorada y jubilosa, de la niñez en cuya ,magia acabada habíamos sido mantenidos por la fuerza de su vida y que parecía ser hasta tal punto un objeto perdido e irrecuperable que había llegado a adquirir la extrañeza de una cosa soñada cuando pensábamos en ella había regresado con sus colores abigarrados y triunfantes gracias a la repentina llamarada de esa vida, esa alegría, y esa guerra Y por un momento creíamos que todo volvería a ser para nosotros lo que había sido, que nuestro padre jamás podría envejecer y morir y que en cambio viviría para siempre, que el verano, el huerto y la mañana luminosa serían nuestros otra vez para no morir jamás.
Pude oírlo hablar entonces acerca de antiguas guerras y viejas disputas arrojando contra el presente y sus líderes la dura acusación de una retórica soberana que aullaba, se elevaba, caía y se extrañaba majestuosa en la noche, invadiendo los rincones todos de la oscuridad con la desnuda penetración que su voz había poseído en los tiempos idos en que se sentaba y conversaba en su porche envuelto en la oscuridad del verano mientras la vecindad escuchaba y permanecía inmóvil.
En aquel momento, mientras mi padre hablaba pude oír a los pensionistas que en el porche lo escuchaban de la misma forma: de vez en cuándo, el chirrido sigiloso de una mecedora, una palabra apenas dicha, una pregunta, una protesta o un asentimiento y luego el silencio hambriento y alerta que se alimentaba en la charla de mi padre. Hablaba de todas las guerras y todas las disputas que había presenciado contó cómo él, "un muchacho del campo con los pies descalzos", había permanecido junto a un camino polvoriento a doce millas de Gettysburg, presenciando el paso de los desfarrapados rebeldes por el camino que los conducía a la muerte, a la batalla y a la catástrofe de sus propias esperanzas.
Hablaba del temblor débil y ominoso de las armas sobre el silencio cálido y adormecedor de los campos y de las inexplicables preguntas cargadas de silencio y admiración que llenaban sus corazones, y de cómo cada uno, siguiendo la costumbre, había retornado a su trabajo en la granja. Habló de los años posteriores a la guerra, cuando había trabajado como aprendiz de picapedrero en Baltimore y habló de gozos y fatigas antiguos, de hechos e historias cuya memoria se había perdido, y habló luego, rememorándolos con familiaridad, de los americanos desaparecidos, los americanos muertos, extraños, desparecidos, lejanos en el tiempo, de los rostros remotos, sin voz y cubiertos de barbas de los grandes americanos (más desaparecidos para mí que Egipto, más alejados de mí que las costas tártaras, más fantasmalmente extraños que Cipango o los rostros desaparecidos de los reyes de las primeras dinastías que erigieron las Pirámides), y a los cuales él había visto, oído y conocido y quienes habían sido familiares para él con todo el vigor, la pasión y la gloria orgullosa de su juventud: los remotos, rostros desaparecidos y sin voz de Buchanan — Johnson, Doulgas, Blaine, las facciones orgullosas, vacías, extrañas al tiempo y cubiertas de barbas de Garfield, Arthur, Harrison y Hayes.
   —¡Ah, Señor! —dijo (resonó su voz en la oscuridad como un gong)--. ¡Ah, Señor...!    ¡Los he conocido a todos, desde la época de James Buchanan, a todos, porque tenia yo seis años cuando él ocupó el cargo!
Hizo entonces una breve pausa, se echó violentamente hacia adelante en su mecedora y escupió con precisión por encima de la baranda del porche un chorro de jugo de fuerte tabaco que fue a dar sobre la tierra barrosa entre la fragancia dulzona y nocturna de los almácigos de geranios.
—¡Sí, si —dijo gravemente, volviendo a reclinarse mientras los pensionistas atentos y deseosos aguardaban inmóviles en la viviente oscuridad—; los recuerdo a todos, desde la época de James Buchanan y he visto a la mayoría de los que vinieron después de Lincoln...! ¡Ah, Señor!—. Se detuvo durante un momento de expectativa sacudiendo con tristeza en las tinieblas su cabeza llena de gravedad—. ¡Bien que recuerdo el día aquel en que me hallaba en una calle de Baltimore... pobre huérfano sin amigos! —prosiguió mi padre con pesar, aunque con cierta falta de lógica, pues en aquel entonces su madre estaba viva y perfectamente sana en su pequeña granja de Pensilvania y habría de seguir estándolo durante casi cincuenta años—, un pobre muchacho campesino de dieciséis años y sin amigos, solo en la gran ciudad a donde había acudido como aprendiz de mi oficio... Y escuché a Andrew Johnson, quien era entonces el presidente de esta gran nación —dijo mi padre— que hablaba desde la plataforma de un coche de caballos... y estaba tan borracho... tan borracho —vociferó—, el presidente de este país estaba tan borracho que tenían que estar sosteniéndolo en cada uno de sus lados... ¡si no querían que se les fuera de cabeza dentro de la cuneta!
Se detuvo entonces, humedeció ligeramente su robusto pulgar, aclaró la garganta con satisfacción considerable, volvió a escucharse en su mecedora hacia adelante y escupió poderosamente un trozo brillante de tabaco mascado en la fragancia barrosa del oscuro almácigo de geranios.
—¡La primera vez que voté en una elección presidencial —prosiguió mi padre reclinándose nuevamente— fue en 1872, en Baltimore, por aquel gran hombre, aquel valiente y noble soldado que se llamó U. S. Grant! Y he votado siempre desde entonces por los candidatos republicanos. Voté por Rutherford Hayes, de Ohio, en 1876 (aquel fue el año, como bien sabrán, de la gran controversia entre Hayes y Tilden) y en 1880 por James Abram Garfield, ese gran hombre, sí -dijo con pasión- que fue loca y brutalmente muerto por el ataque cobarde de un asesino maldito-. Se detuvo, humedeció su pulgar y respirando pesadamente se echó hacia adelante en su mecedora y volvió a escupir. En 1884 voté por James G. Blaine, aquel año en que Grover Cleveland era su oponente -dijo brevemente-, por Benjamín Harrison voté en 1888 y nuevamente por Harrison en 1892, la vez en que Cleveland fue elegido para su segundo período... un día que todos recordaremos hasta la hora de nuestra muerte -dijo lúgubremente mi padre- pues los demócratas subieron entonces al poder y tuvimos ollas populares y, fíjense ustedes bien en lo que digo -vociferó-, volveremos a tenerlas antes de que los próximos cuatro años hayan pasado... y les van a silbar las tripas, como que hay un Dios en el cielo, antes de que ese Monstruo horrible y espantoso, cruel, inhumano y sediento de sangre que nos mantuvo fuera de la guerra -hizo escarnio mi padre- esté satisfecho con ustedes... porque el infierno, la ruina, la miseria y la condenación comienzan cada vez que los demócratas llegan al poder, ¡Ténganlo por cosa segura! -agregó en seguida y, aclarando su garganta, mojó su pulgar, volvió a echarse violentamente hacia adelante y escupió una vez más.
Durante un momento reinó el silencio y los pensionistas aguardaron.
-¡Ah, Señor! -dijo al fin mi padre triste y gravemente, con un tono de voz bajo, casi inaudible, y en un instante toda la antigua vida, toda la furia vociferante de su retórica habían escapado de él: volvía a ser un viejo enfermo, indiferente y próximo a la muerte y su voz se había vuelto vieja, gastada, tediosa y triste.
-¡Ah, Señor! -musitó, sacudiendo hastiada, leve y tristemente la cabeza en las tinieblas-. Los he visto a todos... Los he visto llegar y marcharse... Garfield, Arthur, Harrison y Hayes... y todos... todos... todos ellos están muertos... Soy el único que queda -dijo sin ninguna lógica- y pronto también yo me habré marchado -y guardó silencio durante un momento-. Qué raro resulta cuando uno lo piensa -musitó- ¡por Dios, si! -. Y así calló y la oscuridad, el misterio y la noche nos rodearon por completo.
Garfield, Arthur, Harrison y Hayes... tiempo del tiempo de mi padre, sangre de su sangre, vida de su vida, habían sido personas vivientes, reales y concretas en el centro de la pasión, el poder y los sentimientos de la juventud de mi padre. Y para mí eran los americanos desaparecidos: sus rostros gravemente vacíos y cubiertos de barbas se mezclaban, confundían y nadaban en las profundidades marítimas del pasado intocable, inconmensurable y tan imposible de conocer como la ciudad sepultada de Persépolis.
   Y habían desaparecido.
   Pues, ¿quién era Garfield, el mártir, y quién lo había visto en las calles de la vida? ¿Quién podía creer que sus pasos resonaron alguna vez en una acera desierta? ¿Quién había oído los tonos íntimos y carentes de ceremonia de la voz de Chester Arthur? ¿Y dónde estaba Harrison? ¿Dónde está Hayes? ¿Quién había llevado las patillas largas y quién las cortas: cuál era cuál?
   ¿No habían desaparecido, acaso?
   En sus oídos, como en los nuestros, los tumultos de muchedumbres olvidadas, en sus mentes, el millón de palabras impresas de un tiempo desaparecido y, de repente, en sus miradas agonizantes la pena fugaz y amarga y la alegría de unos cuantos recuerdos rígidos y desfallecientes con el brillo de la muerte: la hoja que se agita en una rama, la rueda que levanta minúsculos fragmentos al rozar el cordón de la vereda, el fragor largo, distante y fugitivo de un tren sobre las vías.
Garfield, Harrison y Hayes eran naturales de Ohio, aunque sólo el nombre de Garfield había sido enaltecido por su sangre, pero, ¿no habrían oído por la noche los aullidos del viento enloquecido y el aguacero duro, nítido y huracanado que cae sobre la tierra cubierta de bellotas? ¿No había recorrido cada uno de ellos en la noche caminos desiertos? ¿No habían visto una luz y reconocido en ella la suya? ¿No había conocido la soledad cada uno de ellos?
   ¿No habían acaso conocido el olor de las monturas de, piel de ternero y del cuero muy usado, el olor del abogado yanqui, olor de poderosos esputos de tabaco, el olor de los mingitorios de !os tribunales de justicia, el olor de los caballos, de !os arneses, del heno y los sudados hombres del campo, el olor de los jurados y los tribunales, el poderoso olor corporal de la justicia en la sede del condado? ¿No habían oído un ruido que recorría los oscuros pasillos donde una gota caía en las tinieblas con la monotonía puntual y creciente del tiempo, el oscuro tiempo?
Y Garfield, Hayes y Harrison, ¿no habían estudiado derecho en despachos que olían a oscuro marrón? Los caballos, ¿no habían acaso pasado bajo sus ventanas al trote entre nubes de polvo, atravesando una calle tortuosa bordeada de casas de mala muerte y edificios con frentes falsos? ¿No habían escuchado las voces del campo, desmañadas, repletas de embustes, ligeramente fanfarronas? ¿No habían oído el rumor de las faldas de una mujer y el silencio expectante, el secreteo contenido de una obscenidad y al rato las enormes risotadas, el sonido de una palma en los muslos carnosos y las carcajadas groseras y estridentes' de los bromistas? Y en el calor. y el polvo adormecidos, cuando el tiempo zumbaba lentamente como una mosca, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, ¿no habían acaso percibido el olor del río, el río húmedo, y su sutil presunción, sus aguas semidescompuestas, y pensado entonces en la piel blanca de las mujeres junto al río, sintiendo una lenta pasión pujante en sus entrañas y en sus manos una fuerza espesa y desgarran te?
Luego, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes habían marchado a la guerra, donde llegaron a ser brigadieres o generales de división. Todos ellos llevaban barbas: vieron un charco de sangre brillante entre las hojas y escucharon la conversación de los soldados sobre la comida y las mujeres. Defendieron la cabecera de un puente en brillante acción en lugares conocidos con nombres tales como Wilson's Mill o Spangler's Run y sus hombres se arrastraron con cautela a través de la densa maleza. Habían oído los insultos de los cirujanos luego de las batallas y el leve chirrido de las sierras. Habían visto muchachos que sostenían aterrorizados las entrañas en sus manos e imploraban lastimeramente con sus ojos brillantes de temor: ¿Será grave, general? ¿Le parece que será grave?
La metralla perforaba un hueco informe. Esparcía hojas y ramas en confuso amontonamiento y a veces se hincaba sólidamente en la pulpa de un árbol. A veces, cuando daba en un hombre, arrojaba a lo lejos la tapa de !os sesos y las paredes de su cráneo sin ningún concierto, de modo que el cerebro se esparcía bullente sobre un poco de terreno y la sangre se ennegrecía y congelaba y el hombre yacía allí, dentro de su uniforme grueso y basto, las telas de algodón olorosas con sus orines, en la postura accidenta!, torpe e incompleta de la muerte súbita. Y cuando Garfield, Arthur, Harrison y Hayes contemplaron estas cosas, advirtieron que no eran parecidas a la imagen que habían recibido cuando niños, que no se parecían a las obras de Walter Scott o William Gilmore Sims. Vieron que el hueco no era tan nítido ni tan pequeño ni estaba en el centro de la frente y que el campo no era verde, ni se hallaba cercado, ni la hierba estaba cortada. Sobre la tierra vasta e inmemorial brillaba la luz vibrante y recalentada de la tarde, un terreno se arrastraba rudamente hacia un montículo de árboles maltrechos y terreno a terreno, cañada a cañada, la tierra avanzaba en primitivos repliegues dulces e ilimitados.
Entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, se detuvieron un momento junto a la cabecera del puente y permanecieron inmóviles, contemplando la sangre brillando al mediodía sobre el trigo pisoteado, sintiendo el bochornoso silencio de las seis de la tarde que atravesaba ]o$ campos por donde al amanecer habían pasado todos aquellos pies tormentosos, contemplando la forma en que la primitiva cerca del campo se reclinaba sobre el camino cubierto de polvo, las hierbas silvestres y las margaritas resecas por el calor que aquí y allá alcanzaban la vera del camino, y contemplaron los vados de rocas brillantes del riacho, la sombra dulce y fresca de los árboles que se proyectaban inclinados sobre el agua.
Se detuvieron entonces junto a la cabecera del puente y miraron el agua. Vieron la chatura pura y vacía del antiguo molino rojo que de alguna manera recordaba el crepúsculo y la frescura, la tristeza y la delicia y contemplando los rostros de los muchachos que habían muerto entre el trigo, los rostros de siempre, ah, de siempre, los rostros con la extrañeza de la muerte, permanecieron allí un momento pensando, sintiendo, pensando, con el corazón repleto de una pregunta poderosa e inexpresable.
   "Cuando nos reclinemos en los zócalos de la tarde, cuando nos alcemos en los marcos de las puertas maravillosas, cuando el silencio nos reciba en su seno y nos hallemos en las laderas de la colina bajo la luz declinante, cuando veamos las extrañas y silenciadas formas sobre la tierra y las distancias enmudecidas sabiendo ya todas las cosas, ¿qué podremos decir sino que todos nuestros camaradas fueron desparramados a nuestro alrededor y que el mediodía estaba lejos?
   "¿Qué podemos decir ahora de la tierra deserta? ¿Qué podemos decir de las formas y las sustancias inmortales? ¿Qué podremos decir a quienes aquí han vivido con nuestras vidas con nuestros huesos, nuestra sangre y nuestra mente y con nuestros lenguajes sin lengua, oyendo por accidente en cualquier camino las voces totalmente familiares de los americanos, y a quienes mañana serán sepultados en la tierra, sabiendo que los campos se impregnarán de silencio, cuando nos hayamos ido, que la luz declinante que se hunde en las colinas, que la paz y la tarde retornarán unidas al millón de formas y a la única sustancia de nuestra tierra, unidas a la tarde, a la paz y a los pasos enormes de la noche ondulante que ya llega unidas también a la mañana?
   "Recíbenos, oh, silencio, recibe el campo de la paz y la quietud de la tierra inconmensurable y las distancias irreductibles; forma de la sola y única sustancia, millón de formas invadan nuestro interior, restáurennos y hágannos uno con las vastas imágenes de la inmovilidad y el gozo. Pasos de la noche ondulante, lleguen ahora veloces; tráganos, oh, silencio, en tu sigilo cuajado de estrellas habla a nuestros corazones de la quietud pues, salvo ésta, no poseemos otra imagen.
   "Allí está el puente que cruzamos, el molino en que dormimos y el riacho. Allí se alzan un trigal, un cerco, un camino polvoriento, un vergel cubierto de manzanos, y la dulce confusión silvestre de un bosque sobre aquella colina. Y vuelven a ser las seis sobre los campos, ahora y para siempre, como fue y como será hasta que el mundo se acabe. Algunos de nosotros hemos muerto esta mañana cuando atravesábamos el campo y¬ no volveremos nunca más, no volveremos nunca más a transitar este camino, como esta mañana lo hicimos, por eso, hermanos, déjennos mirar una vez más antes de la partida... Allí, el molino, allí, la cerca, allí los vados y las aguas de rocas brillantes del riacho, allá la frescura dulce e íntima de los árboles... ¡y aseguramos que allí estuvimos antes!", lloraron.
   "Oh, sí, hermanos, tengan por seguro que nos hemos sentado en ese puente frente al molino y que a la tarde cantamos en coro junto a las aguas de rocas brillantes del riacho, y que cruzamos el trigal en la mañana, y que oímos, dulce como el rocío, el canto del pájaro que surgía del cerco. Tú, tierra íntima y nuestra, tierra orgullosa de este inmenso país inexpresable; noble tierra orgullosa e inflamada con toda tu delicadeza, tu aislamiento, tu pasión y tu terror, gran tierra con toda tu soledad, tu belleza y tu alegría intensísima, tierra terrible en todas tus fecundidades ilimitadas, inflamada con los pliegues y repliegues infinitos que se adentran en las extensiones del oeste, ¡tierra americana!, puente, cerco y riacho y camino polvoriento, y tú tremenda poesía total de Wilson's Mili donde murieron esta mañana los muchachos entre el trigo, tú, tierra de la magia que eres el hogar, inexpresablemente lejana y próxima, extraña y conocida y para quien bastaría una palabra si pudiéramos hallarla, para quien bastaría una palabra que nunca pueda ser dicha, que nunca pueda ser olvidada y que nunca pueda ser revelada; oh, tú, noble tierra orgullosa, familiar e inflamada, ¡deberíamos haberte conocido antes! ¡Deberíamos haberte conocido siempre, pues todo
lo que sabemos con certeza es que una vez recorrimos este camino a la mañana y ahora nuestra sangre está dibujada en el trigo y tú eres nuestro ahora, nosotros somos tuyos para siempre... y que aquí hay algo que no hemos de recordar jamás, algo que jamás olvidaremos!"
¿Habían sido jóvenes Garfield, Arthur, Harrison y Hayes? ¿O bien habían venido al mundo con espesas patillas y cuellos de pajarita, pronunciando desde la cuna que los brazos de sus madres formaban las sonoridades nobles y hueras de un estadista que sabe ver a lo lejos? Imposible. ¿No había sido cada uno de ellos un hombre joven en 1830, en 1840 y en 1850? ¿No lloraron como nosotros durante la noche en caminos desiertos y envueltos en vientos enloquecidos? ¿No lloraron acaso en un éxtasis de exultación cuando la medida cabal de su apetito y la esperanza potente e inicial surgía en ese llanto único y sin palabras?
¿No rondaron quedamente en su juventud, como nosotros de un lado a otro en las oscuras horas de la noche., viendo en una esquina las llamas tremolantes que caían con luz empalidecida sobre los ángulos de viejos vericuetos callejeros entre sus casas de piedra oscura? ¿No habían oído el rítmico ruido solitario de los cascos de un caballo, el traqueteo de las ruedas de un cabriolé en esos estériles vericuetos callejeros? ¿No habían esperado, acaso, con un temblor en la oscuridad el momento en que coche y caballo hubieran pasado, desvaneciéndose en la solitaria retirada de los cascos herrados hasta que su sonido dejó de oírse?
Y luego Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, ¿no habían esperado en el silencio de la noche, rondando de un lado a otro por los desiertos vericuetos callejeros, con labios trémulos, estómago anudado y corazón palpitante? ¿No habían adelantado la mandíbula, no habían realizado repentinos movimientos indecisos, no habían sentido terror y gozo y el peso de un éxtasis de insensibilidad y esperado entonces, esperado ...pero, qué? ¿No habían esperado, percibiendo en la noche los sonidos de las locomotoras en las playas de maniobras, percibiendo la respiración áspera y gaseosa de pequeñas locomotoras a través de los tiznados tubos de respiración de sus chimeneas? ¿No habían esperado allí en la calle oscura con el apetito feroz y solitario de un muchacho, sintiendo a su alrededor la quietud inmensa y móvil del sueño, el sonido del corazón de diez mil hombres que duermen mientras ellos +esperaban y seguían esperando en la noche?
¿No habían levantado entonces como nosotros los ojos hacia el enorme rostro estrellado de la noche, la inmensa oscuridad lilácea de América en abril? ¿No habían oído el silbato repentino y estridente de una locomotora que parte? ¿No habían esperado, pensando, sintiendo, viendo entonces el inmenso y misterioso continente de la noche, la tierra salvaje y lírica, tan sencilla, dulce y extraña y conocida con todo su espacio, su salvajismo y terror, su misterio y su alegría, su ilimitada extensión y su grandeza, su fecundidad delicada e intensa? ¿No habían tenido entonces una visión de las llanuras, las montañas y los ríos que fluyen en la oscuridad, la enorme estructura de la tierra interminable y la devoradora soledad de América?
¿No habían sentido, como lo hemos sentido nosotros, mientras esperaban en la noche, la enorme y desierta tierra del tiempo de la noche y de América, en la cual diez mil durmientes poblaciones solitarias se hallaban esparcidas? ¿No habían sentido el frágil tejido de la luz, los pequeños rieles, confusos y mal unidos que cruzan la tierra y sobre los cuales los solitarios trencitos corren en las tinieblas, derramando a manos llenas ecos perdido en la ribera del río, dejando un eco en el precipicio abrupto y resonante para ser luego devorados por la inmensa noche desierta, la noche que todo lo cobija y todo lo devora? ¿No habían conocido, como nosotros los hemos conocido, el gozo y el misterio apasionados y secretos de la tierra que siempre perdura, la oscuridad lilácea, la soledad salvaje, silenciosa y posesiva que se acumulaba en torno de diez mil pequeñas poblaciones solitarias, en torno de diez millones de durmientes perdidos y solitarios y esperaba y toleraba siempre y permanecía inmóvil?
¿No habían esperado entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, sintiendo una alegría y una tristeza indómitas en sus corazones y un apetito voraz y un deseo (una llama, un fuego, una furia) que ardía feroz, enjuto y solitario en la noche, y ardía para siempre mientras los durmientes dormían? ¿No ardían y ardían y ardían así como el resto de nosotros ha ardido? ¿No ardían Garfield, Arthur, Harrison y Hayes en la noche? ¿No ardían para siempre en el silencio de las pequeñas poblaciones con el apetito feroz, con la pasión indómita y el deseo sin límites que los hombres de esta tierra han conocido en la oscuridad?
¿No habían esperado entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, como hemos esperado nosotros, con labios crispados y corazón retumbante y miedo, con deleite, alegría poderosa y terror agitados en su interior mientras permanecían frente a una casa en una calle silenciosa, orgullosos malvados, pródigos, iluminados... llenos de certidumbre, secretos y solitarios? Y cuando percibieron el casco, la rueda, el súbito silbato y el inmenso silencio soñoliento de la ciudad, ¿no esperaron allí en la oscuridad, pensando:
"Oh, ¡pronto; pronto, pronto!, hay nuevas tierras, hay una mañana y una ciudad reluciente?".
¿No sintieron Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, esos hombres llenos de ferocidad y júbilo que allí esperaban como hemos esperado nosotros en las calles desiertas y estériles con labios temblorosos, manos insensibles, un terror y un gozo indómitos, con un arrobamiento feroz, viviente y agitado en sus entrañas, no sintieron acaso como lo hemos sentido nosotros cuando escucharon el estridente silbato que anunciaba la partida en las tinieblas, el sonido de grandes ruedas que batían violentamente la ribera del río? ¿No sintieron como hemos sentido nosotros esperaban en la intolerable dulzura, en la soledad, el misterio y el terror de la gran tierra en el mes de abril y al advertirse solos, vivos, jóvenes y locos y secretos condeseo y apetito en el gran silencio durmiente de la noche, la promesa acechante y cruel de esta tierra? ¿No fueron desgarrados, como lo hemos sido nosotros, por una pena acerba y una vehemencia sin palabras, por el áspid del tiempo, por la espina de la primavera y el llanto agudo y sin lenguaje? ¿No dijeron acaso estas palabras?
— ¡Oh, hay mujeres en el este... y nuevas tierras, hay una. mañana y una ciudad reluciente! Hay olvidadas ráfagas de humo resplandeciente sobre Manhattan un bosque de mástiles rodea la isla abarrotada, orgullosas separaciones de barcos que se marchan, la red que se remonta y el descenso de alas y la alegría del' gran puente y hombres con sombreros hongo que cruzan el Puente para saludarnos:.. ¡Vengan, hermanos, vamos y encontrémonos con ellos! Pues el enorme rumor del millón de pies de la vida ciudadana, vida inmensa, vida de colmenar, soñolienta y extraña como el tiempo ha venido a hacer guardia en nuestros oídos con todas sus doradas profecías de gozo y triunfo, de felicidad, fortuna y amor tales cómo ningún hombre antes había conocido. ¡Oh, hermanos; encontraremos en la ciudad, en el encantamiento relumbrante, glorioso de esta ciudad de fábula grandes hombres y mujeres deliciosas, diez mil regocijos que nunca han de cesar, mil aventuras mágicas! Despertemos a la mañana en nuestros cuartos de colores generosos para volver a oír los cascos y las ruedas en las calles de la ciudad y oleremos el puerto inédito y semipodrido, con sus pulseras de brillantes mareas, su tráfico de barcos orgullosos que nacieron en el mar, con su pureza y la alegría de la mañana dorada y danzante.
— ¡Calle de la mañana, calle de la esperanza!--gritaron—. ¡Calle de la frescura y la luz oblicua, del precipicio frontal y la sombra azul y empinada, calle del oro matutino de las aguas que danzan sobre marcas azotadoras, calle de los embarcaderos herrumbrados por el tiempo, calle del ferry de nariz achatada que echa espumarajos con su sólida pared de pequeños rostros blancos y mirones, silenciosos y atentos, vueltos hacia ti, calle orgullosa! ¡Calle de los aromas apetitosos del café recién molido, del grato olor del dinero recién impreso, de los crudos olores semidescompuestos del puerto con toda la evocación de sus mástiles dispuestos y sus marejadas de barcos, gran calle! ¡Calle de los antiguos edificios ricamente ensuciados por la cálida y dulce suciedad del comercio! ¡Calle del millón de pies que a la mañana se apresuran siempre en la misma dirección! ¡Calle orgullosa del gozo y la esperanza y la mañana, en tu empinado desfiladero conquistaremos la fortuna, la fama, el poder y la estima que nuestras vidas y talentos se merecen!
— ¡Calle de la mañana, calle de la esperanza misterio y el suspenso, del terror y el deleite, de la inquietud y la esperanza, calle bordeada por la oscura amenaza de una inminente felicidad colmada y desconocida, calle de la risa y de la calidez y la maldad, calle de los grandes hoteles, de los bares pródigos y los restaurantes, callé del brillo suavemente dorado de las luces intermitentes y la blancura de pétalo de mil caras blancas, silenciosas y sedientas en los teatros abarrotados, calle de la marejada de rostros iluminados por el millón de tus luces, multitudinarios, incansables e indetenibles en su búsqueda insaciable del placer, calle de los amantes que caminan con pasos lerdos, el rostro del uno vuelto hacia el rostro del otro, perdidos en la obnubilación del amor entre la trama y la urdimbre perpetuas de la muchedumbre, calle del rostro pálido, de la boca pintada, del ojo brillante que se insinúa... oh, calle de la noche, con todo tu misterio, tu alegría y tu terror: hemos pensado en ti, calle orgullosa.
"Y nos desplazaremos al atardecer sobre las silentes profundidades de las alfombras suntuosas, recorriendo la risa, la calidez y la rutilante felicidad de los grandes salones iluminados de la noche, repletos del murmullo y la languidez dulzona de los violines, donde las más bellas y apetecibles mujeres del mundo, las hijas bienamadas de grandes comerciantes, amantes y solas, se mueven con lentos y orgullosos pasos ondulantes y una mirada de insondable ternura en sus rostros frágiles y hermosos. ¡Y la más hermosa de todas", gritaron, "es nuestra para siempre si la deseamos! ¡Puesto que, hermanos, en la ciudad reluciente, mágica y dorada nos moveremos entre los hombres más importantes y las mujeres más gloriosas y no conoceremos más que la poderosa alegría y la felicidad y conquistaremos con nuestro valor y nuestro talento y mereceremos el puesto de mayor honra y honor en medio de la vida más afortunada y feliz que los hombres puedan poseer, con sólo ir allí y hacerlo nuestro!"
Así, pues, pensarlo, sintiendo, esperando como hemos esperado nosotros mismos en el silencio soñoliento de la noche en calles silenciosas, oyendo como hemos oído nosotros el agudo chasquido del silbato, el estruendo de las grandes ruedas en la ribera del río, sintiendo como lo hemos sentido nosotros mismos el misterio de la noche y el misterio de abril, la enorme presencia inminente, la promesa apasionada y secreta de la tierra salvaje, 'solitaria y perpetua, no hallando, como tampoco pudimos hacerlo nosotros, puertas que franquear y desgarrados como lo fuimos nosotros por las espinas de la primavera y por el llanto estridente y sin palabras, ¿no llevaron consigo estos jóvenes del pasado, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, de la misma forma que nosotros lo hemos hecho, en su pequeña estructura de huesos, sangre, tendones, sudor r agonía, el peso intolerable de todo el dolor, el gozo y la esperanza, de todo el apetito desesperado que un hombre puede padecer y que el mundo puede conocer?
¿No habían desaparecido? ¿No habían desaparecido como lo ha hecho cada uno de nosotros, los que en esta tierra conocimos la ,juventud y el hambre, como cada uno de los que en la noche hemos esperado, flacos y locos y solos, sin encontrar un destino, ni un muro, ni una residencia, ni una puerta?
Los años fluyen como el agua y un día la primavera regresa. ¿Volveremos a salir alguna vez por las puertas del este corno lo hicimos una vez en la mañana, buscaremos nuevamente como entonces lo hicimos nuevas tierras, la promesa de la guerra y la gloria, del gozo y el triunfo, la promesa de una ciudad reluciente?
Oh, juventud, aún herida, viviente, llena de los sentimientos de un lamento inexpresable, que te dueles todavía de un dolor intolerable, sedienta aún de una sed indominable... ¿dónde hemos de buscar? Porque la violenta tempestad se abate sobre nosotros, la furia salvaje golpea a nuestro alrededor, el hambre frenético se alimenta de nosotros... y nosotros no tenemos una casa, ni una puerta, ni un sosiego, sino una permanente marcha forzada. Y nuestra mente ha enloquecido y nuestro corazón se ha vuelto salvaje y sin palabras y ya no sabemos hablar.

 

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